Desde el 28 de febrero, una nueva guerra asola Oriente Medio. Decenas de millones de mujeres y hombres, en Irán, Líbano, Israel y en numerosos países vecinos, se ven sumidos en la guerra, son blanco de las bombas, se convierten en refugiados o quedan atrapados en buques de carga. Lejos de terminar «en cuatro semanas», como afirmaba Trump, esta enésima agresión israelo-estadounidense acentúa las contradicciones de la economía capitalista y amenaza con arrastrar a un país tras otro a la guerra.
Las fuerzas aéreas estadounidenses e israelíes bombardean Irán, destruyendo no solo bases militares, hangares que albergan drones y misiles, fábricas supuestamente dedicadas a la fabricación de armas, cuarteles y comisarías, sino también ministerios y otros edificios oficiales situados en pleno centro de Teherán y de las grandes ciudades, centrales eléctricas e infraestructuras vitales para la población. Desde el primer día, una escuela primaria quedó destruida, enterrando probablemente a 160 niñas. Según el Ministerio de Salud iraní, a 21 de marzo, habían muerto 1500 civiles, entre ellos 200 niños. En cuanto al ejército israelí, inmerso desde el 7 de octubre de 2023 en una guerra sin fin contra todos sus vecinos, está convirtiendo el sur del Líbano en una nueva Gaza. Por orden suya, más de 800 000 personas, de los 4 millones de habitantes del Líbano, han sido expulsadas de sus hogares. El Estado libanés, ya en bancarrota antes de esta nueva tragedia, es incapaz de ofrecer abrigo a estos refugiados, en su gran mayoría chiitas, a quienes, además, se presenta como una amenaza para las demás comunidades libanesas, con el pretexto de que estarían protegiendo a combatientes de Hezbolá.
La resistencia del régimen iraní
Cuatro semanas después del ataque israelí-estadounidense, a pesar de los asesinatos selectivos del « Líder Supremo », Alí Jamenei, y de decenas de altos cargos del Estado y de los Guardianes de la Revolución — los pasdaranes, que concentran la mayor parte de las fuerzas militares —, el régimen de los mulás no se ha derrumbado. En el interior, la agresión imperialista, según todos los indicios, ha reforzado el sentimiento nacional y ha permitido a la República Islámica recomponer su base social, mermada por las revueltas que se suceden desde 2017 y la masacre de manifestantes cometida los días 8 y 9 de enero. Las bombas israelo-estadounidenses no solo no ayudan a la población a «tomar el poder», como le instó Trump el 28 de febrero, sino que, por el contrario, la lucha contra «los traidores y los espías» sirve de pretexto para reforzar el control de la población y la represión contra todos aquellos que cuestionan la dictadura y los privilegios de los dignatarios del régimen. Así, el 19 de marzo, en Qom, el poder mediatizó el ahorcamiento público de tres jóvenes detenidos durante las manifestaciones de enero. Esta represión intensificada es una prueba, si es que hacía falta, de que las bombas imperialistas no traerán ninguna liberación.
En el exterior, el ejército iraní sigue estando en condiciones de atacar a Israel, a Estados Unidos y a sus aliados. En respuesta a los ataques israelíes contra las instalaciones de gas de South Pars, Irán ha atacado las instalaciones de Catar, que comparte con Irán la explotación del mayor yacimiento de gas del mundo. El régimen iraní ataca diversos objetivos, como plantas desalinizadoras, terminales portuarias o bases militares estadounidenses, francesas y británicas, en los Emiratos Árabes Unidos, en Arabia Saudí, Kuwait, Jordania, Irak, Azerbaiyán —aliado de Israel— y hasta la base estadounidense-británica de Diego García, en medio del océano Índico.
Una espiral cada vez más amenazante
Aunque nadie puede predecir cómo se desarrollará esta guerra, ya se vislumbra cómo se pone en marcha una espiral. Si bien los países del Golfo han intentado en un primer momento evitar la escalada —dado que sus instalaciones energéticas y sus puertos son el blanco de los ataques y su prosperidad se basa en el comercio, las finanzas, el tráfico aéreo y el turismo—, no podrán aceptar por mucho tiempo sin reaccionar los bombardeos iraníes y el bloqueo prolongado del estrecho de Ormuz. El 19 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores saudí declaró que Arabia Saudí «se reserva el derecho de llevar a cabo acciones militares contra Irán», es decir, de entrar en guerra.
En cuanto a los dirigentes europeos, se comprometen a regañadientes, pero ya están implicados. Aunque Macron —a quien Trump y Netanyahu no se dignaron informar de su ofensiva conjunta— afirmó en un primer momento que «hay que rebajar la tensión», envió inmediatamente el portaaviones francés al Mediterráneo oriental. En el marco de los acuerdos de defensa firmados con diversos países del Golfo Pérsico, a cambio de la venta de aviones Rafale y otros equipos militares sofisticados, la aviación francesa habría derribado, en quince días y según el Ejercito del Aire, «varias decenas de drones y misiles iraníes lanzados contra los Emiratos». A este, por cierto, le preocupa el agotamiento de las reservas de misiles interceptores, aparatos que cuestan un millón de euros cada uno. La muerte de un soldado francés en una base cerca de Erbil, en Irak, ha servido para recordar que el ejército francés está presente de forma permanente, no solo en Irak, sino en todo Oriente Medio, donde estan desplegados cerca de 5000 soldados. El argumento esgrimido para justificar esta presencia militar es la defensa de los países aliados del Golfo, pero esta alianza, y no es casualidad, responde a los intereses vitales de Bouygues, Vinci o Veolia en las gigantescas obras de la región, de Dassault y Thales, los reyes del armamento, de la compañía marítima CMA CGM y de TotalEnergies.
Los demás Estados europeos, empezando por Gran Bretaña, antigua potencia colonial en Oriente Medio, tampoco pueden quedarse al margen. Ante la insistente petición de Trump de participar en la « securización » del estrecho de Ormuz — en realidad, su toma de control —, por donde transita una quinta parte del petróleo mundial y en cuyas proximidades 3200 buques han quedado bloqueados por temor a ser hundidos, los dirigentes europeos comenzaron por negarse, antes de cambiar de tono. El 20 de marzo, seis de ellos afirmaban que estaban « dispuestos a contribuir en el marco de la ONU », pero « sin acciones ofensivas ». En plena guerra, no se puede tomar el control del estrecho de Ormuz sin acciones ofensivas, es decir, sin atacar las posiciones iraníes, lo que significa convertirse en beligerante. Aunque no hayan decidido esta guerra, aunque muestren vacilaciones, una vez iniciada, las potencias imperialistas secundarias se ven obligadas a seguirla, tanto para defender los intereses de sus capitalistas como por sus repercusiones en toda la economía mundial.
Para las clases populares de los países europeos, la consecuencia más inmediata es la subida vertiginosa de los precios del gas y de la gasolina, lo que, poco a poco, reavivará la inflación general. El precio que cobran los armadores por el transporte de contenedores ya ha aumentado, mientras que el tráfico marítimo internacional, que funciona en gran medida «justo a tiempo», es decir con stock mínimo, se ve desorganizado por el bloqueo de Ormuz. Los países asiáticos, que importan la mayor parte de sus hidrocarburos de Oriente Medio, ya están sufriendo efectos visibles. En la India se ha instaurado un racionamiento del gas adquirido por particulares. Al no disponer de grandes reservas estratégicas, países situados en el centro de la cadena de producción globalizada, como Vietnam o Bangladés, han tenido que paralizar o ralentizar fábricas e instalaciones por falta de combustible o de materias primas. Aún no se pueden medir los efectos que tendrá esta nueva crisis sobre la industria, los mercados y la competencia. Pero, como en todas las crisis anteriores, desde la crisis pos-COVID hasta la guerra en Ucrania, serán múltiples, modificarán las relaciones de fuerza entre capitalistas y empujarán a los Estados a intervenir de una forma u otra.
De una guerra regional a una guerra mundial
La guerra iniciada el 28 de febrero por Trump y Netanyahu contra Irán es más que una nueva guerra regional en un Oriente Medio que ha vivido tantas, desde Afganistán hasta el Líbano, pasando por Irak o Siria. Al igual que la intervención estadounidense en Irak en 2003, se ha iniciado sobre la base de una mentira —en aquella época, la existencia de armas de destrucción masiva; hoy, una amenaza nuclear— y sin una visión política por parte del imperialismo. Pero no será solo un nuevo atolladero militar estadounidense que sumirá a los pueblos en la barbarie, destruirá de forma duradera un país grande y relativamente desarrollado, desestabilizará una vez más toda la región y hará surgir nuevos señores de la guerra. Es un paso hacia la generalización de la guerra.
En primer lugar, Irán no es Irak en cuanto a tamaño, capacidad industrial, poderío militar e importancia económica. Es un punto estratégico para el petróleo, el gas y el comercio mundial, como lo demuestran las consecuencias ya visibles del bloqueo del estrecho de Ormuz y la destrucción de infraestructuras petroleras en la economía mundial. En segundo lugar, y sobre todo, esta nueva guerra se ha desencadenado en un momento en que el sistema capitalista se encuentra en una profunda crisis y en el que sus contradicciones se han agudizado desde 2003. Hace 25 años, los capitalistas solo juraban por la globalización, el libre comercio y la supresión de los aranceles. Hoy, la guerra económica que libran pasa por el establecimiento de barreras proteccionistas colosales y la intervención económica agresiva de los Estados. Hace 25 años, China aún no era la potencia económica en la que se ha convertido, capaz de competir con Estados Unidos en diversos sectores. Hoy, estos últimos parecen decididos a obstaculizarla a toda costa, reduciendo su acceso a las materias primas y a los mercados, empezando por el de América.
La nueva guerra contra Irán forma parte de una ofensiva general del imperialismo estadounidense para reorganizar el orden mundial a su conveniencia e impedir que surja un rival poderoso. Desde que volvió al poder, Trump parece decidido a someter o derribar a los regímenes poco dóciles, como demostró con el secuestro del presidente venezolano, Maduro, y la prohibición de enviar petróleo a Cuba, estrangulado a la isla y privándola de los medios para producir electricidad. Parece decidido a apoderarse de todos los territorios que considera indispensables para el dominio capitalista estadounidense, incluidos aquellos que están bajo el control de estados que antes eran aliados, como Groenlandia. En Oriente Medio, el régimen de los mulás se ha enfrentado de una u otra manera a Estados Unidos desde que derrocaron al régimen proestadounidense del Sha tras un profundo levantamiento popular en 1978-1979. Los éxitos militares obtenidos por Israel con el apoyo de Estados Unidos desde el 7 de octubre de 2023, como la destrucción de Gaza, que debilitó a Hamás, las derrotas sufridas por Hezbolá en el Líbano en 2024 y, posteriormente, la caída de Bashar al-Asad en Siria, así como los efectos de la «guerra de los doce días» contra Irán en junio de 2025, le dieron a Trump y a Netanyahu la sensación de que podían atacar directamente a Irán.
Según algunos comentaristas, "Netanyahu forzó la mano de Trump". Netanyahu necesita que su país esté en guerra para mantenerse en el poder y siempre ha presentado al régimen iraní como una amenaza existencial. Joseph Kent, un veterano de la guerra de Irak y alto funcionario de los servicios secretos estadounidenses, dimitió a mediados de marzo al declarar que "Irán no representa una amenaza inminente" y que Estados Unidos había iniciado la guerra "bajo la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense".
Sin embargo, más allá de lo cierto en estas afirmaciones y de la versatilidad de Trump -capaz de decir blanco un día y negro al siguiente-, no actuó impulsivamente. El estado mayor del ejército estadounidense desplegó pacientemente una armada alrededor de Irán, como había organizado con precisión los ataques aéreos sobre ese país en junio de 2025 y había desplegado otra armada en el Caribe alrededor de Venezuela. Más allá de las payasadas del personaje, más allá de su brutalidad e incompetencia, su política del palo grande, su voluntad de derribar a todos los regímenes que no funcionan según le conviene, su voluntad de debilitar a China, de someter a los imperialismos de segundo rango, incluso cuando son aliados, coinciden con los intereses profundos de la burguesía estadounidense, dispuesta a todo para mantener su hegemonía. Desde la presidencia de Theodore Roosevelt (1901-1909), Estados Unidos ha tenido una larga historia de presidentes que se esforzaban por someter a los países que se les resistían.
Si el regreso de Trump a la Casa Blanca encarna esa voluntad del imperialismo más poderoso de someter a sus competidores, y si su aventurerismo puede precipitar los acontecimientos, este avance hacia una nueva guerra mundial está inscrito en las contradicciones de la economía capitalista senil, y todos los dirigentes del mundo se están preparando activamente para ello desde hace varios años. Basta con observar la evolución de sus presupuestos militares, que han pasado de un total de 1,78 billones de dólares en 2018, tras varios años de estancamiento, a 2,72 billones en 2024, con un aumento de casi el 10 % el último año.
La guerra no ha cesado en ninguna parte del mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y decenas de millones de mujeres y hombres han muerto en las últimas décadas en África o en Oriente Medio a causa de los conflictos alimentados por el saqueo imperialista. Sin embargo, el ataque israelí-estadounidense contra Irán forma parte de una nueva guerra que la historia recordará sin duda como la tercera de este tipo. Es cierto que su inicio podría situarse el 24 de febrero de 2022, cuando Putin lanzó sus ejércitos contra Ucrania, o bien el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás llevó a cabo sus ataques en Israel, o incluso en una fecha aún por llegar que marcaría la entrada de China o de otro país en la guerra.
Hasta la fecha, China se mantiene cuidadosamente al margen. Aunque tanto ella como Rusia ayudan a su aliado iraní —la primera suministrando material y comprando petróleo, y la segunda proporcionando información—, lo hacen con total discreción. Trump incluso ha llegado a dirigirse a los dirigentes chinos para pedirles que participen en el control del estrecho de Ormuz, del que China es una de las usuarias, tanto para exportar sus productos como para abastecerse de hidrocarburos. China no tiene ningún interés en entrar en esta guerra y Estados Unidos no busca implicarla en ella por el momento. Pero ningún dirigente, ni Donald Trump ni sus adversarios, controla las consecuencias en cadena de esta nueva guerra.
En algunos aspectos, la aceleración de los acontecimientos en Oriente Medio recuerda la espiral de 1914, cuando un atentado en Sarajevo, debido al entramado de tratados, condujo en dos meses a la Primera Guerra Mundial. En aquella época, la guerra no estalló en razón de la muerte de un archiduque, sino porque el mundo capitalista era un polvorín que solo esperaba una chispa, cualquiera que fuera, para estallar. En un mundo muy diferente, con nuevos actores, un escenario de guerra mucho más amplio y un ritmo desconocido, se está poniendo en marcha hoy una espiral.
China no podrá mantenerse al margen de esta espiral. No solo es objeto de las maniobras de Trump, tanto en Venezuela como en Irán, ya que ambos países desempeñaban un papel importante en su abastecimiento de petróleo, sino que es el principal adversario del imperialismo estadounidense, al ser la única potencia realmente capaz de plantarle cara. Tarde o temprano, se verá implicada.
El enemigo principal está en nuestro propio país
Independientemente de cómo se desarrollen los acontecimientos y de quiénes sean los futuros beligerantes, esta nueva guerra es una guerra del imperialismo, una guerra decidida y dirigida por los representantes del capital más poderoso, decididos a mantener su hegemonía mundial por todos los medios. Los instigadores de la guerra son los dirigentes de los países imperialistas, y hay que rechazar la unión nacional que va a establecerse en los distintos países.
Hasta la fecha, en Francia, las presiones para someterse a esta unidad son escasas, ya que el país no se encuentra abiertamente en guerra. Pero estas presiones no pueden sino ir en aumento. Si se hunden los barcos franceses enviados al estrecho de Ormuz, si mueren soldados o ciudadanos franceses, si el agravamiento del caos en Oriente Medio provoca atentados en Europa, asistiremos a campañas belicistas y nacionalistas. Ya hemos visto a todos los líderes de partido, en plena campaña municipal, aprobar sin reservas el envío del portaaviones al Mediterráneo. Incluso Mélenchon y Panot, representantes de La France Insoumise, a pesar de estar marginados por los demás partidos, han declarado que «Francia debe cumplir sus compromisos».
Los comunistas revolucionarios no solo deben rechazar cualquier tipo de unión nacional, sino que deben luchar políticamente contra el esfuerzo bélico y contra los dirigentes belicistas hasta que los trabajadores alcancen la conciencia suficiente para querer oponerse a ello. Deben luchar para que el proletariado intervenga con sus propios objetivos y se niegue a ser sacrificado por los intereses de Total, Thales y Dassault. Deben denunciar el agravamiento de la explotación en las fábricas, que serán reorganizadas para la producción militar, y afirmar que quienes resulten mutilados o mueran, en un frente u otro, serán sacrificados por los intereses de los capitalistas. Esta lucha, si se lleva hasta el final, debe llegar hasta el derrocamiento de los gobiernos en el poder, sin detenerse ante el hecho de que pueda conducir a la derrota en la guerra del país al que se pertenece. Llevar esta lucha hasta el final es querer que la guerra imperialista genere revoluciones contra la burguesía y su sistema, que arrastra a la humanidad a la barbarie; revoluciones en las metrópolis imperialistas, cuyos dirigentes son los principales responsables de la guerra; una revolución en Israel, donde la población no siempre se unirá en bloque detrás de unos dirigentes cada vez más fascistoides que la mantienen en guerras sin fin; pero también una revolución en Irán, donde las clases populares y la juventud han demostrado muchas veces su combatividad y su valor en los últimos años. Derrocar el imperialismo significa actuar en favor de revoluciones en todo el mundo, incluyendo Rusia, donde la primera revolución proletaria de la historia puso fin a la Primera Guerra Mundial, y China, donde el proletariado es joven y está concentrado. Es natural que algunos trabajadores se sientan del lado de Irán y su régimen, de la Rusia de Putin o de la China de Xi Jinping, que se presentan como los defensores de la resistencia frente a Estados Unidos y su aliado israelí. Ante el cinismo, la brutalidad y la arrogancia de los Trump y los Netanyahu, es comprensible que cada misil iraní que alcanza su objetivo pueda parecer una pequeña venganza. Pero el único objetivo de los regímenes antiobreros, ya sea en Irán, China o Rusia, cuyas clases poseedoras y dirigentes son rivales de las potencias imperialistas que dominan el mundo, es encontrar su plaza dentro del orden capitalista. Esto no puede representar una perspectiva para los oprimidos del mundo entero. Tanto en Francia como en Irán, en Estados Unidos como en China, estos deben tener su propia política. Deben intervenir, actuar y organizarse más allá de las fronteras.
Esta perspectiva, defendida por la minoría de militantes que mantuvieron su internacionalismo al inicio de la Primera Guerra Mundial —con Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg en Alemania, y Lenin y Trotsky en Rusia— y, posteriormente, por un puñado de militantes trotskistas aún más minoritarios durante la Segunda Guerra Mundial, debe ser la de los comunistas revolucionarios, ahora que la burguesía sumerge al mundo en una nueva guerra.
25 de marzo de 2026
El imperialismo francés en el Golfo Arábigo-Pérsico
Al desencadenar su guerra contra Irán el pasado 28 de febrero, Estados Unidos e Israel han sumido a Oriente Medio en el caos de los bombardeos, las muertes y la destrucción. Irán ha respondido atacando, en particular, a los países árabes del Golfo, que son aliados de larga data de Estados Unidos: Arabia Saudí, Catar, los Emiratos Árabes Unidos y otros. El imperialismo estadounidense ha sumido, por tanto, una vez más a toda la región en una escalada bélica con consecuencias globales incalculables.
Aunque Francia no fue invitada a participar al inicio de la guerra, posteriormente se posicionó del lado de su aliado estadounidense. Macron justificó el envío del portaaviones Charles-de-Gaulle al Mediterráneo oriental y la movilización del ejército francés en virtud de los acuerdos militares que vinculan a Francia con las monarquías del Golfo. «Debemos estar al lado de nuestros amigos y aliados de la región para garantizar su seguridad y su integridad territorial», declaró el 3 de marzo, asegurando que las tropas francesas (más de 5000 soldados en la región) tendrán un objetivo estrictamente defensivo, e incluso de desescalada.
Pero detrás de las declaraciones sobre la defensa de los países amigos se esconde, en realidad, la defensa de los intereses de la burguesía francesa en esta región. Y es que, desde hace años, sus intereses económicos van mucho más allá de la cuestión del petróleo y el gas: hoy en día afectan a numerosos consorcios del CAC 40 y ponen en juego importantes volúmenes de capital. Así pues, si se habla de «seguridad», se trata de la seguridad de las inversiones, las cuotas de mercado y los beneficios de los capitalistas franceses en esta región estratégica.
La fragmentación de la región, fruto de la dominación imperialista
Se necesita todo el cinismo de un dirigente imperialista para hablar de «integridad territorial» en relación con una región, Oriente Medio, que ha sido fragmentada y reestructurada por las grandes potencias a lo largo del siglo XX. Hoy en día, la costa árabe del Golfo está fragmentada entre siete Estados: Irak, Kuwait, Arabia Saudí, Baréin, Catar, los Emiratos Árabes Unidos (que agrupan a siete microestados, entre los que destacan Abu Dabi y Dubái) y, por último, Omán. Esta fragmentación estatal no obedece a una particularidad geográfica, sino que es el resultado de la política de la antigua potencia colonial, Gran Bretaña, presente desde principios del siglo XIX para asegurar la ruta comercial hacia la India. Con el pretexto de luchar contra la piratería, convirtió esta zona en un vasto coto privado, apoyándose en los jefes tribales (jeques) y cuidando de fomentar sus ambiciones contradictorias. El poder británico había prohibido a estos jeques celebrar cualquier acuerdo entre ellos o con una potencia tercera. Cuando el jeque de Baréin firmó en 1860 un tratado con Persia, la pequeña isla fue sitiada por la flota británica, tras lo cual se vio obligada a firmar con Gran Bretaña un tratado de «paz perpetua y amistad». Este es el tipo de amistad que une desde hace casi dos siglos a las potencias occidentales y a las familias reinantes del Golfo: «nuestro comercio tanto como vuestra seguridad»1, resumió el gobernador británico de la India, Lord Curzon, en 1903.
A principios del siglo XX, la región del Golfo adquiere una importancia decisiva. No solo porque la apertura del canal de Suez la convirtió en un espacio clave para el comercio mundial. Sino sobre todo porque en 1908 se descubrió petróleo en Abadán, en la costa persa del Golfo, a unos cientos de kilómetros de Kuwait. Durante la Primera Guerra Mundial, en 1916, Francia y Gran Bretaña firmaron un acuerdo secreto, el acuerdo Sykes-Picot, para repartirse los inmensos territorios controlados hasta entonces por el Imperio otomano. Francia se reservaba el control de Siria y del Líbano, mientras que el Reino Unido se quedaba con Egipto y controlaba Palestina, Irak y todos los pequeños emiratos del Golfo. El 1 de diciembre de 1918, pocos días después del fin de la guerra, los primeros ministros francés y británico se reunieron en Londres: «Dígame qué quiere», preguntó Clemenceau. «Quiero Mosul», dijo Lloyd George. «Lo tendrá», respondió Clemenceau. «¿Nada más? — Sí, también quiero Jerusalén», continuó Lloyd George. «La tendrá», dijo Clemenceau, «pero Pichon [el ministro francés de Asuntos Exteriores] pondrá pegas por Mosul».2 Detrás de estas odiosas negociaciones se esconde la voluntad común de saquear la región trazando fronteras absurdas y creando Estados de la nada. El imperialismo francés separa el Líbano de Siria y trata de dividir esta última en cuatro. El imperialismo británico separa Palestina de Transjordania, un país en gran parte desértico, lo que le permite disponer de un paso terrestre entre el Mediterráneo y el Golfo. También crea Irak, colocando a su cabeza a un rey originario de La Meca, a más de mil kilómetros de distancia, ampliamente rechazado por la población, que se rebela en numerosas ocasiones. También se encarga de separar el nuevo Estado iraquí del pequeño territorio de Kuwait. Esta división no se basa en ninguna tradición nacional concreta, pero permite al imperialismo británico privar a Irak casi por completo de acceso al mar.
A la hora de trazar fronteras en medio de las arenas del desierto, la potencia colonial no se andaba con sutilezas. En 1922, el alto comisionado británico en Irak, Percy Cox, convocó al nuevo emir de Arabia Saudí, Ibn Saud, para decidir las fronteras entre su país, Irak y Kuwait. Un testigo relata: «Sir Percy tomó un lápiz y trazó en el mapa de Arabia, con esmero, una línea fronteriza desde el golfo Pérsico hasta el Jabal Anaizan, cerca de la frontera con Transjordania. De este modo, concedía a Irak una zona bastante amplia que era precisamente la que reclamaba [Ibn Saud]. Luego, evidentemente para apaciguar a Ibn Saud, privó a Kuwait de casi dos tercios de su territorio para dárselos [a él]»3.
Fronteras en torno a los yacimientos petrolíferos
Con unos trazos de lápiz sobre los mapas, las potencias europeas llevaron a cabo, por tanto, una política deliberada de fragmentación de Oriente Medio. Esta política dio lugar a países mutilados desde su nacimiento, dependientes y con economías inviables. Se dedicó metódicamente a enfrentar a unos pueblos contra otros, aprovechando las diferencias religiosas y étnicas. Y además funcionaba como un seguro para el imperialismo: la garantía de que los reyes y emires instalados por el imperialismo, desprovistos de base social y de legitimidad nacional, le serían totalmente leales porque le debían su situación privilegiada.
Al igual que Kuwait, Catar o el emirato de Abu Dabi, deben su existencia independiente como microestados únicamente a la voluntad del imperialismo británico. La delimitación de sus fronteras se llevó a cabo en la década de 1930, cuando las compañías petroleras realizaron las primeras prospecciones del subsuelo. Detrás de las múltiples disputas que surgen entre emiratos rivales en torno a estas fronteras, suele estar la competencia que mantienen entre sí los consorcios petroleros. El consorcio estadounidense Standard Oil of California (la futura Aramco) obtiene concesiones en Baréin y Arabia Saudí. Los consorcios británicos realizan prospecciones en Kuwait, Catar y Omán, y más tarde en Abu Dabi. A veces, la competencia da lugar a un compromiso fronterizo: esto explica la existencia, hasta hoy, de una zona neutral entre Arabia Saudí y Kuwait, de más de 5000 km², en la que la explotación de los hidrocarburos se reparte entre ambos países. Pero también hay conflictos fronterizos abiertos: por ejemplo, la disputa en torno al oasis de Buraimi, reclamado tanto por Arabia Saudí como por Omán y Abu Dabi. El conflicto comenzó en 1949 después de que un equipo de geólogos de Aramco sospechara de la existencia de un importante yacimiento en la zona. La disputa degeneró en 1955 en un enfrentamiento armado entre saudíes y británicos, y no fue hasta 1974 cuando se firmó oficialmente un tratado. El principal motivo de este litigio fronterizo fue la rivalidad entre la empresa estadounidense Aramco y las empresas británicas Shell y BP.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el Golfo y sus inmensas reservas de petróleo cobraron, por tanto, una importancia creciente para el imperialismo. La potencia colonial británica, que seguía siendo el gendarme de la región, fue sustituida cada vez más por el imperialismo estadounidense, la nueva superpotencia mundial, preocupada por el futuro agotamiento de sus recursos. «Si hubiera una Tercera Guerra Mundial, habría que librarla con el petróleo de otra persona»4, advirtió un asesor de Roosevelt en 1944. Estados Unidos convirtió a Arabia Saudí y, posteriormente, a Irán en sus protegidos militares y en su coto privado.
Durante otras dos décadas, los pequeños emiratos del Golfo siguieron siendo protectorados británicos. En 1961, Kuwait se independizó oficialmente. Pero cuando un líder nacionalista iraquí reclamó inmediatamente la anexión de Kuwait a Irak, la demostración de fuerza de las tropas británicas recordó a todos que la descolonización no podía significar el cuestionamiento de las fronteras creadas por el imperialismo. Ya en aquella época, se trataba para el recién ex-colonizador de velar por el respeto de la «integridad territorial» de sus creaciones estatales. En 1971, Baréin, Omán, Catar y los Emiratos Árabes Unidos se independizaron a su vez. El Irán del sha aprovechó para tomar posesión de las pequeñas islas que controlan el estrecho de Ormuz, hasta entonces propiedad de los emires árabes. Pero en aquella época, el imperialismo no puso ninguna objeción, ya que reconocía al sha como el nuevo gendarme de la región.
El imperialismo francés pone un pie en la región
Las fronteras de la colonización se han convertido, por tanto, en las fronteras de la independencia. La fragmentación estatal permite a Estados Unidos apoyarse en diferentes regímenes que le son todos leales y que, al mismo tiempo, compiten por desempeñar el papel de guardianes del orden regional. Esto permite al imperialismo maniobrar entre unos y otros, aprovechar sus rivalidades para imponerse aún con más firmeza como árbitro supremo. Cuando Estados Unidos pierde a su protegido con la caída del sha de Irán en 1979, puede apoyarse en otras piezas de su tablero: Arabia Saudí, el Irak de Sadam Husein y, sobre todo, Israel. Animarán a Irak a lanzarse a una guerra contra el nuevo régimen iraní antes de volverse contra él cuando Sadam Husein decida tomar el control militar de Kuwait en 1990. El imperialismo estadounidense desató la primera Guerra del Golfo, secundado, entre otros, por tropas británicas, francesas y saudíes. Los soldados estadounidenses ya no abandonarán la región; hoy en día son entre 40 000 y 50 000, repartidos en diferentes bases en Catar, Kuwait, Baréin y otros lugares.
Por su parte, la presencia francesa en el Golfo se remonta a los años inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial. Si bien Francia cedió a Gran Bretaña el control de la región de Mosul, a cambio obtuvo una cuarta parte de los yacimientos petrolíferos de Irak. Estos fueron asignados a la Compagnie française des pétroles (CFP, antecesora de Total), que aprovechó la oportunidad para expandirse en la región, a la sombra de los consorcios británicos y estadounidenses más poderosos. Así, la CFP se instaló en Catar en 1935 y en Abu Dabi en 1939. Pero, aparte de este acceso al maná petrolero, el imperialismo francés tuvo que esperar varias décadas para poner un pie en la región del Golfo, a partir de los años setenta y ochenta. La fragmentación de la región, la suma de rivalidades y conflictos que de ella se derivaban abrían posibilidades para vender armas a los distintos Estados. Tras haber sido el principal proveedor militar de Israel en los años 1950, se convirtió en el principal proveedor occidental de Irak durante su guerra contra Irán entre 1980 y 1988.
Al vender armas allí donde otras potencias imperialistas se mostraban reacias a hacerlo por razones estratégicas, el Estado francés no solo ha hecho las delicias de Dassault o Thomson —hoy Thales—, sino que también ha cultivado una posición diplomática más o menos original que, a su vez, ha dado lugar a nuevos contratos de armamento.
Venta de armas y contratos industriales
Porque si bien el imperialismo dominante busca diversificar sus auxiliares en el mantenimiento del orden regional, también ocurre que los auxiliares buscan diversificar a sus protectores. Así, la relativa no alineación de la política exterior francesa con respecto a la de Estados Unidos facilitó la firma de contratos con Catar y los Emiratos Árabes Unidos ya a finales de la década de 1970. Un antiguo embajador de Francia en Catar explica: «Fue Pompidou quien entabló las relaciones diciendo a Catar que teníamos una política árabe y que, por lo tanto, debíamos estar presentes en esa zona anglosajona. Después, fue bajo el mandato de Giscard cuando se firmaron los primeros contratos. »5 Esta presencia de larga data permite hoy a Francia realizar cerca de la mitad de sus exportaciones de armas hacia Oriente Medio. La región del Golfo cuenta con tres de los mayores clientes de la industria militar francesa en la última década: los Emiratos Árabes Unidos, Catar y Arabia Saudí. Para hacer posibles estos lucrativos contratos y asegurar los futuros, Francia firmó en la década de 1990 acuerdos de defensa con Kuwait, Catar y los Emiratos, acuerdos que se han actualizado y reforzado desde entonces. Estos prevén el apoyo del ejército francés en caso de agresión externa a estos países, en una versión moderna de la fórmula de Lord Curzon: «nuestro comercio de armas tanto como vuestra seguridad». No existe ningún acuerdo similar con el Líbano, un país agredido por Israel y cuyos vínculos con Francia se remontan, sin embargo, a más de un siglo. El hecho de que sea un cliente modesto de la industria militar francesa y de que el capital francés tenga allí bastante menos presencia que antes seguramente tiene mucho que ver. Así que, al contrario de lo que dice Macron, estos acuerdos de defensa firmados con las monarquías del Golfo no son una cuestión de solidaridad con las poblaciones, sino de solidaridad con los beneficios de Dassault, Thales o Nexter.
Pero los acuerdos de defensa no lo son todo; la venta de armamento letal es una actividad que requiere una intensa labor de gestión ministerial. Le Drian, ministro de Defensa con Hollande y posteriormente ministro de Asuntos Exteriores con Macron, ha visitado así en decenas de ocasiones a los emires del Golfo. Un responsable confiesa: «Le Drian se jactó un día ante los periodistas de haber dedicado un tercio de sus desplazamientos —256 viajes, 64 países, 1,5 millones de kilómetros— al armamento… ¡Es cierto! Y el resultado para el Rafale estuvo a la altura de nuestras expectativas. Evidentemente, soy muy consciente de que hemos enriquecido a la familia Dassault. ¡Pero son patriotas!»6 En 2021, los Emiratos Árabes Unidos compran 80 Rafale por 16 000 millones de euros, un contrato récord para Dassault que ha requerido trece años de negociaciones. Se beneficia del hecho de que el Rafale ha demostrado su eficacia en combate en zonas desérticas en las sucias guerras de Francia en Libia (2011) y en Mali (2013).
Los acuerdos y contratos militares no solo suponen una oportunidad valiosa para los fabricantes de armamento: permiten a todos los capitalistas franceses posicionarse en los mercados del Golfo. Cuando Francia abrió en 2009 una base militar en Abu Dabi, la primera fuera de su antiguo ámbito de influencia colonial, firmó al mismo tiempo un acuerdo de cooperación en materia de energía nuclear civil. Este acuerdo debía traducirse en la venta de dos reactores nucleares a los Emiratos Árabes Unidos, por parte de un consorcio formado por Areva, Total y Suez. Aunque favoritos al principio, pero las leyes del negocio son crueles: su proyecto fue considerado poco convincente y el contrato de 20 000 millones de dólares lo ganó finalmente un consorcio coreano. No obstante, el grupo EDF consiguió unos años más tarde un contrato de explotación y mantenimiento de estas centrales. En 2017, cuando el Estado francés vendió doce aviones Rafale a Catar, también permitió a Airbus vender 50 aviones civiles por un importe de 5000 millones de euros, y a una empresa conjunta RATP-Keolis hacerse con el contrato de explotación del metro de la capital, Doha, por un importe de 3000 millones de euros.
Capital francés en los sectores de la energía y el transporte
La región del Golfo se ha convertido, por tanto, en un mercado importante para los capitalistas franceses. Aunque las monarquías llevan dos décadas intentando diversificar sus economías, la región sigue siendo especialmente estratégica por sus recursos de petróleo y gas. Se calcula que el consorcio Total obtiene aproximadamente un tercio de su producción mundial de hidrocarburos en la región. En Catar, es incluso el principal socio extranjero de la empresa catarí que explota el inmenso yacimiento de gas de North Dome. Hay que decir que la antecesora de Total, la CFP, ha mantenido una relación privilegiada con el emir de Catar desde que ayudó a poner en marcha la compañía energética nacional en los años setenta, aportándole financiación y experiencia. Un ministro de Energía catarí, que se ha convertido en un allegado del exdirector general Margerie, resume: «Entre Total y nosotros, es un matrimonio católico sin divorcio. »7 Un poco más al oeste, en Jubail (Arabia Saudí), el grupo francés es copropietario (junto con Aramco) de una gigantesca refinería inaugurada en 2013. Ha requerido una inversión de 12 000 millones de dólares, pero es una de las más rentables del mundo, ya que el coste de producción del barril es un 40 % inferior al de una refinería europea media.
Más allá de los hidrocarburos, la región se ha convertido en un centro importante del comercio mundial de mercancías. El puerto de Jebel Ali, en Dubái, figura entre los diez puertos más grandes del mundo en cuanto al transporte de contenedores. En Abu Dabi, a unos cien kilómetros, el consorcio CMA CGM es propietario del 70 % del puerto de Khalifa, inaugurado en 2024 en el marco de una concesión de 35 años. Hace unos meses, CMA CGM invirtió 450 millones de dólares en la ampliación del principal puerto saudí en Yeda, en el mar Rojo. Es precisamente este puerto el que la naviera utiliza en estos momentos para seguir abasteciendo a los países del Golfo sin pasar por el estrecho de Ormuz. A más largo plazo, la importancia estratégica del Golfo para el transporte mundial está llamada a aumentar, ya que se sitúa en el centro del proyecto de corredor económico entre la India, Oriente Medio y Europa. El proyecto, lanzado durante una cumbre del G20 en 2023, tiene un coste estimado de 500 000 millones de dólares de inversión y pretende competir con el proyecto chino de las «Nuevas Rutas de la Seda». El futuro trazado del corredor aún no ha determinado cuál será el puerto de entrada de los flujos en Europa entre El Pireo, Trieste o Marsella. El grupo CMA CGM y el Estado francés están, evidentemente, haciendo campaña para que la elección recaiga en este último puerto, con las beneficiosas consecuencias que cabe imaginar.
Un prestigio internacional que beneficia a Accor y a Vinci
Las monarquías del Golfo se han convertido, por tanto, en destinos atractivos para el capital francés. Los Emiratos Árabes Unidos cuentan con 600 filiales de empresas francesas que emplean a 30 000 trabajadores. Francia sería el cuarto inversor extranjero de capital en este país. En 2024, las exportaciones francesas a este país ascendieron a 6500 millones de euros, cuatro veces más que las destinadas a Israel, por ejemplo.
A cambio, las familias reinantes del Golfo ponen a disposición de los capitalistas de todo el mundo su inmenso poder financiero. Los fondos soberanos de estos Estados gestionan cada uno varios cientos de miles de millones de dólares y, en ocasiones, lubrican los engranajes financieros de los grupos del CAC 40. Así, el fondo soberano catarí QIA ha adquirido participaciones minoritarias en Total, Vinci, Veolia y Accor. Desde hace unos meses, un fondo soberano emiratí, MGX, financia con varios miles de millones de euros el proyecto de construcción de un campus gigante dedicado a la inteligencia artificial en la región parisina, junto a Bouygues, la start-up francesa Mistral AI y el fabricante estadounidense de chips Nvidia. Los fondos soberanos del Golfo están muy lejos de «comprar Francia», como afirman algunos políticos y periodistas, pero ponen parte de sus miles de millones al servicio de la burguesía francesa.
Para añadir un toque de agrado a todos esos miles de millones, el Estado francés ha establecido una serie de colaboraciones culturales con las monarquías del Golfo. Así, existe una Universidad de la Sorbona en Abu Dabi, una escuela con prestigio académico como la HEC (Estudios comerciales) en Catar y, desde 2017, un Museo del Louvre en Abu Dabi que atrae a turistas de todo el mundo. Dado que la frontera entre la cultura y los negocios nunca es hermética, el pabellón francés en la Exposición Universal de Dubái de 2021 permitía al visitante descubrir La Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, visitar Notre-Dame de París en realidad aumentada, antes de dirigirse eventualmente a un salón privado para hablar de negocios con las empresas presentes, entre las que se encontraban Renault o Engie. En Arabia Saudí, una agencia francesa colabora en el desarrollo de un complejo turístico centrado en el yacimiento arqueológico de Al Ula, en colaboración con el Centro Pompidou. El presidente de esta agencia no es otro que el exministro Le Drian y, como es de suponer, no fue su pasión por la arqueología lo que le llevó a ocupar el cargo. El grupo Alstom se ha adjudicado el contrato para la construcción de un futuro tranvía por valor de 500 millones de euros, mientras que Thales ha vendido al Gobierno saudí un sistema de seguridad para el yacimiento por 40 millones de euros. La cooperación cultural es, por tanto, sobre todo un trampolín para la cooperación de las chequeras.
Y la cooperación en el ámbito deportivo se rige por las mismas reglas: un poco de deporte, mucho dinero. La candidatura de Catar para organizar el Mundial de fútbol de 2022 contó con el firme apoyo del presidente Sarkozy en 2010. Algunos periodistas revelaron que, en aquel momento, organizó un almuerzo secreto con el emir de Catar y el presidente de la UEFA, Platini. Durante ese almuerzo, se hablaron de las contrapartidas económicas al apoyo de Francia a la candidatura catarí: la compra del PSG, pero también la adquisición de 24 aviones Rafale.
Por último, el atractivo turístico mundial de Dubái, con 19 millones de visitantes en 2024, beneficia al grupo Accor, que cuenta con más de cincuenta hoteles en la ciudad. Al atraer a los «influencers» y a los nuevos ricos del mundo entero (solo la ciudad de Dubái alberga a más de 80 000 millonarios), los centros comerciales emiratíes representan un mercado prometedor para los gigantes del lujo LVMH o Kering. Y, por supuesto, las innumerables obras de estadios, carreteras y otros rascacielos suponen un buen negocio para el consorcio Vinci, sólidamente implantado en Catar y en los Emiratos Árabes Unidos, donde recurre, al igual que otros, a prácticas esclavistas: jornadas de 70 horas, confiscación de los pasaportes de los trabajadores, distribución escasa de agua.
El imperialismo francés defiende su posición
Aunque la región del Golfo no forma parte de la zona de influencia histórica del imperialismo francés, como las antiguas colonias de África, sí es, sin embargo, sede de decenas de miles de millones de capital, recursos y cuotas de mercado para los capitalistas franceses. Es para garantizar la seguridad de estas riquezas por lo que el ejército francés mantiene una presencia permanente en la región, en Yibuti y Abu Dabi, y ha reforzado su presencia en los últimos tiempos.
Al imperialismo le importa un comino la seguridad de los habitantes de esas monarquías del Golfo. La inmensa mayoría de ellos son trabajadores extranjeros para quienes la «seguridad» es una palabra vacía, incluso en tiempos de paz. Son decenas de millones, procedentes de la India, Bangladesh, Pakistán o Filipinas, los que trabajan en las instalaciones petroleras, las obras de construcción, los puertos de contenedores o las zonas industriales. Encadenan jornadas laborales de entre 10 y 15 horas al día, se hacinan en barracones sórdidos y varios miles regresan cada año a su país de origen en un ataúd. No los matan los drones iraníes, sino que mueren de agotamiento, asesinados por la explotación capitalista. Es la existencia de este proletariado inmigrante la que está en el origen de las innumerables riquezas de la región.
La propaganda que afirma que el ejército francés libra en el Golfo una guerra defensiva en solidaridad con países amigos es engañosa. No, el imperialismo francés libra una guerra capitalista, una guerra para garantizar los mercados y los beneficios de Dassault, Total, CMA CGM… una guerra para que la burguesía francesa conserve una posición ventajosa, la de una potencia imperialista que, aunque sea de segunda fila, está tan ávida de beneficios y saqueos como las demás.
25 de marzo de 2026
1Caroline Piquet : Los paises del Golfo desde la perla hasta la economía del conocimiento , Armand Colin, 2013.
2Henry Laurens : Las crisis de Oriente, t.2, Fayard, 2019.
3Ibidem.
4Harold Ickes,"We're running out the oil", Amerian Magazine, enero de 1944
5Christian Chesnot y Georges Malbrunot, Catar los secretos de la caja fuerte, Michel Lafon, 2013.
6Anne Poiret, Mi país vende armas, Les Arènes,2019.
7Le Monde, "Francia-Catar, una amistad llena de recursos", 11 de noviembre de 2022.