El 14 de junio, Estados Unidos anunció un memorando de entendimiento con Irán, país con el que está en guerra desde el 28 de febrero. No hay nada que garantice que este acuerdo, cuyos detalles siguen sin estar claros, se vaya a cerrar efectivamente. Pero es evidente que, más allá de este enfrentamiento, el imperialismo estadounidense, bajo el liderazgo de Trump, quiere reafirmar su supremacía a escala mundial. La guerra contra Irán forma parte de esta ofensiva, en este caso para hacer respetar la ley de Estados Unidos en un Oriente Medio en el que Estados Unidos pretende seguir siendo la potencia dominante. Pero más allá de esta guerra, el principal obstáculo para la dominación mundial estadounidense parece ser hoy en día China.
Los días 14 y 15 de mayo, Donald Trump estaba en Pekín para una cumbre con Xi Jinping. Según un periodista, este se permitió el lujo de preguntarle a Trump si Estados Unidos estaba dispuesto a evitar la «trampa de Tucídides», una situación de conflicto entre una potencia emergente —la suya— y una potencia consolidada —la de Trump— que, de hecho, podría acabar en guerra.
El auge de China en los últimos cuarenta años, la penetración de su capital en los mercados internacionales y su transformación —aunque sea muy parcial— de fábrica del mundo a competidora de las empresas occidentales es una realidad. Tras las sonrisas diplomáticas, el imperialismo estadounidense lleva ya varios años constatando que el Estado chino no solo es lo suficientemente sólido como para resistir su presión sobre su mercado interior, sino que ahora es lo bastante fuerte como para ayudar a sus empresas nacionales a hacerse con mercados en Oriente Medio, América Latina o África.
Un territorio extenso, una población numerosa, un Estado centralizado e intervencionista
El auge de China en los últimos años se explica en gran parte por la potencia de su Estado, un Estado burgués que se apoya en 1 400 millones de habitantes y el 7,2 % de la superficie terrestre del planeta, lo que le confiere una fuerza y unos recursos de primer orden. Sin embargo, el tamaño de China no significaría gran cosa si no estuviera administrada por un Estado fuerte y centralizado, un Estado que, además, se construyó para protegerla de la presión del imperialismo tras la revolución de 1949, y al que este aún no ha logrado someter ni controlar.
En el siglo XIX, China fue integrada a la fuerza en el mercado mundial y desmembrada por las potencias occidentales. Así comenzó el siglo de la humillación. No fue hasta 1949 cuando la revolución nacional liderada por el Partido Comunista Chino (PCCh), bajo la dirección de Mao Zedong, puso fin al desmembramiento del país. Pero no puso fin a la presión imperialista. El Estado chino se ha forjado desde la década de 1950 hasta nuestros días en oposición al imperialismo occidental. Es esta historia la que explica sus características actuales.
La revolución de 1949, digan lo que digan los partidarios de Mao y de su régimen, fue de carácter burgués. La clase obrera aún no se había recuperado del aplastamiento que había sufrido en 1927 y se limitó a ser mera espectadora. La revolución, dirigida por el PCCh —que en realidad se había convertido en un partido nacionalista, formado por cuadros procedentes sobre todo de los círculos intelectuales burgueses—, se apoyó en una profunda revuelta campesina para derrotar a las tropas de Chiang Kai-shek, respaldadas por el imperialismo estadounidense. Pero incluso la burguesía, por débil que fuera en ese inmenso país, se había alejado entonces del régimen de Chiang Kai-shek, un régimen completamente corrupto e ineficaz. Así, toda una fracción de la burguesía podía identificarse con la cuarta estrella de la bandera del PCCh, la que simboliza a la burguesía patriota. La revolución llevó a cabo parte de las tareas democráticas que entonces estaban a la orden del día al unificar el país, liberar a los campesinos de sus deudas y de la cuasi-servidumbre a la que estaban sometidos, y expulsar a los terratenientes y al imperialismo. La propiedad capitalista no se vio afectada. Solo la isla de Taiwán, convertida en refugio de Chiang bajo protección estadounidense, quedó al margen de esta revolución.
Después de 1949, el PCCh tuvo que reconstruir el Estado mientras sufría el embargo del imperialismo. Este Estado burgués tuvo que funcionar muy pronto sin la burguesía, que solo veía sus intereses inmediatos y el embargo impuesto por Estados Unidos. Los esfuerzos que les exigía el PCCh convencieron muy pronto a los capitalistas chinos —a quienes Mao presentaba como patriotas— de que se marcharan a continuar sus negocios en el extranjero, empezando por Hong Kong, Taiwán y Macao. Algunos de ellos se quedaron en el país para representar allí los intereses de su familia y se integraron en el aparato del Estado. A este le correspondió administrar la economía en su casi totalidad hasta finales de la década de 1970. No fue hasta 1972, por iniciativa del presidente Richard Nixon, cuando Estados Unidos decidió poner fin al aislamiento de China. Esta se abrió de nuevo al capital extranjero. Una parte de los capitalistas chinos emigrados regresó del extranjero para hacer negocios bajo el control del Estado chino, y las capas dirigentes del Estado se apropiaron de sectores enteros de la economía. Así, a diferencia de lo ocurrido en muchos países imperialistas, no fue la burguesía la que convirtió al Estado en la herramienta de su dominación interna y de su expansión exterior, sino que fue la capa dirigente al frente del Estado y del PCCh la que impuso sus normas y sus intereses, incluso a la burguesía china renaciente. Es precisamente esta particularidad, fruto de su historia, la que permitió que China no fuera desmantelada cuando se reabrió al capital extranjero tras la visita de Nixon y, posteriormente, tras la muerte de Mao en 1976, y cuando se reintegró plenamente en el mercado mundial en la década de los noventa, hasta su admisión en la OMC a principios de la década de los 2000.
En las décadas de los 80 y los 90, China se integró inicialmente en el mercado como subcontratista de los consorcios occidentales. Se convirtió en la fábrica del mundo, que ofrecía al capitalismo internacional una clase obrera joven, formada pero mal remunerada, compuesta por cientos de millones de personas. Exportaba productos textiles y componentes electrónicos, mercancías fabricadas por encargo de grandes empresas occidentales o japonesas, o incluso componentes integrados en productos fabricados por estas empresas extranjeras. Hoy en día, una parte importante del aparato productivo chino sigue formando parte de la cadena de valor dominada por los consorcios occidentales, como es el caso de Apple, que sigue subcontratando en China una gran parte de la fabricación de sus teléfonos. Pero el apoyo del Estado central, el de las provincias o las administraciones municipales, así como el proteccionismo que aplicaron —en particular al imponer las «joint-ventures» (empresas conjuntas) entre empresas extranjeras y chinas, obligatorias para quien quisiera hacer negocios en el país—, permitieron a una serie de empresas desarrollar su propio ecosistema, adquirir las tecnologías y poner en marcha sus propias producciones. Así, a lo largo de las décadas de 2000 y 2010, el Estado construyó, de forma consciente y paciente, lo que denominó «campeones nacionales», empresas capaces de competir con sus homólogas occidentales, incluso en productos acabados y de alta tecnología.
Trump, los días 14 y 15 de mayo, iba acompañado de una veintena de altos directivos estadounidenses, seleccionados porque todos ellos tenían litigios comerciales y problemas que resolver con el Estado chino. Así, Jensen Huang, director ejecutivo de Nvidia, ha visto cómo las ventas de sus chips, esenciales para la inteligencia artificial, se han reducido prácticamente a cero desde que el Gobierno estadounidense le obligó a vender en China únicamente versiones limitadas. El Estado chino ha aprovechado la ocasión para desarrollar una industria nacional capaz de competir con Nvidia en toda una gama de sus productos. El director de la empresa estadounidense Micron Technology, que comercializa otros tipos de semiconductores, ve cómo sus productos quedan de hecho prohibidos por el Estado chino con el pretexto de la seguridad nacional, una respuesta a las barreras impuestas por el Estado estadounidense contra la importación de productos de Huawei. En definitiva, resulta muy difícil determinar cuáles han sido los resultados de las negociaciones entre bastidores, pero los capitalistas estadounidenses, a pesar de todo su poder, deben constatar una vez más que en China no pueden hacer lo que quieren.
La política de contención del imperialismo
La evolución de las décadas de los 90 y los 2000 se ha convertido, por tanto, en una rivalidad que los dirigentes del Estado estadounidense han calificado de sistémica, al considerar que se enfrentan a un Estado que se les escapa por completo y cuyo desarrollo amenaza su posición hegemónica. Este cambio de actitud del imperialismo no se remonta a Trump, sino que ya se estaba gestando en 2007, bajo el mandato de George Bush. En 2011, Obama llevó a cabo un «giro estratégico» que consistió en desplazar una parte importante de las fuerzas militares estadounidenses a Asia, donde era necesario canalizar, frenar y contener a China, según la terminología consagrada por los dirigentes imperialistas. Estados Unidos intensificó las presiones contra lo que consideraba intolerables cotos de caza privados chinos. También reforzó sus bases y alianzas militares con Japón, Filipinas, Vietnam y Malasia. Desde entonces, Estados Unidos, en colaboración con Francia, el Reino Unido, Japón y Australia, organiza frente a las costas chinas operaciones denominadas «Fonops» (por Freedom of Navigation Operations, operaciones de libertad de navegación) con el pretexto de garantizar la libertad de navegación, que supuestamente se vería amenazada por la Armada china. Lo que demuestra que el concepto de libertad de navegación no tiene el mismo significado según los mares en los que se disputa… En 2017, Trump llevó a su país por la senda de la guerra comercial, al gravar con aranceles o prohibir la entrada en Estados Unidos de una serie de mercancías, como las producidas por Huawei. Biden, presidente entre 2021 y 2025, solo modificó ligeramente la guerra comercial iniciada por Trump. En octubre de 2022, su equipo afirmaba: «La prioridad es mantener [su] ventaja competitiva frente a China» y que: «La República Popular China es el único competidor que tiene la intención de reformular el orden internacional y que, además, posee cada vez más el poder económico, diplomático, militar y tecnológico para lograr sus objetivos».1
En 2025, desde el comienzo de su segundo mandato, Trump buscó intensificar la guerra comercial, pero con un resultado marginal. Debido a la debilidad y las limitaciones de su mercado interno, muchas empresas chinas encontraron maneras de sortear los obstáculos a sus exportaciones al establecerse en México, Brasil, Vietnam o Hungría, como lo hizo el fabricante de automóviles BYD. También encontraron otras salidas, en Asia, América latina y África. En cuanto a las restricciones estadounidenses a las exportaciones de productos sensibles a China, el gobierno chino está reaccionando redoblando su esfuerzo para desarrollar cadenas de suministro en semiconductores, automóviles eléctricos y robótica. Finalmente, en un número limitado de sectores, el terreno de esta competencia ya no es sólo el mercado interno, en el que las empresas chinas, como en el automóvil eléctrico, han expulsado parcialmente a sus competidores occidentales, sino los mercados internacionales.
La exportación de capitales chinos
El hecho de que China exporte capitales lleva a algunos a afirmar que se ha convertido en una potencia imperialista comparable a las antiguas potencias occidentales que alcanzaron la etapa imperialista tal y como la describió Lenin en 1915. Sin embargo, este criterio no es suficiente. Singapur, Hong Kong y Luxemburgo exportan diez o veinte veces más capital por habitante y al año que Estados Unidos, sin que ello convierta a esos territorios en potencias imperialistas. Cuando Lenin describía el imperialismo como la fase suprema del capitalismo, se refería a naciones en las que la libre competencia había dado paso a los monopolios, en las que la banca y la industria se habían fusionado, y en las que la burguesía se había transformado en una oligarquía financiera y utilizaba al Estado como instrumento para conquistar el mundo. El reparto económico y territorial, la colonización y el militarismo, las guerras contra los pueblos y las guerras entre imperialismos iban a la par de la exportación de capitales. Si bien estos rasgos del imperialismo siguen siendo los de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña o Japón, no son, o no lo son del todo, los de China.
China no siempre ha exportado capital: las inversiones directas en el extranjero (IDE), es decir, el capital que sale de China, se mantuvieron en niveles marginales hasta principios de la década de 2000. Entre 2001 y 2016, tras la entrada de China en la OMC, el valor de ese capital que salía del país se disparó. De hecho, Pekín animaba entonces a sus empresas públicas estatales (las SOE) a asegurar su abastecimiento de materias primas y a adquirir tecnologías de vanguardia. Las exportaciones de capital crecieron muy rápidamente hasta 2016, año en el que alcanzaron un máximo histórico de unos 196 000 millones de dólares. Primero el Estado chino y, después, las potencias occidentales pusieron fin, por razones que detallaremos más adelante, a esta expansión y, desde 2017, el volumen de estas IDE se ha estancado entre 150 000 y 190 000 millones de dólares al año. A modo de comparación, las IDE procedentes de Estados Unidos es más del doble que la de China, situándose entre 350 000 y 400 000 millones de dólares al año, al igual que la de la Unión Europea y el Reino Unido juntos. Las IDE procedentes de Japón, país cuyo carácter imperialista no ofrece ninguna duda, es ligeramente inferior a la de China.
De hecho, si se relacionan los capitales exportados con el tamaño de la población de los países en cuestión, China se sitúa muy por detrás, entre el puesto 30 y el 45 a nivel mundial, ya que los capitales que salen del país representan entre 100 y 135 dólares al año por habitante, frente a los 800 a 1 500 de Estados Unidos, Alemania, Francia y Japón. Brasil e India, por su parte, destinan a la exportación entre 15 y 30 dólares al año por habitante, muy por detrás de China.
De hecho, China sigue siendo, en muchos aspectos, un país pobre que solo puede desempeñar un papel en la competencia mundial a través de su Estado, capaz de obtener de cada uno de sus habitantes unas pocas decenas de dólares, mientras que los países imperialistas obtienen diez veces más. El papel del Estado es fundamental en lo que respecta a la exportación de capitales: salvo contadas excepciones, no son las empresas privadas las que salen a conquistar el mundo, sino las empresas públicas las que construyen infraestructuras en el extranjero y se hacen con fuentes de materias primas; todas estas operaciones se llevan a cabo bajo el control del Estado, que negocia con uno u otro Estado, presta dinero y organiza el mercado. Es esta capacidad de centralización de su Estado la que permite a China situarse con holgura a la cabeza de los países pobres.
Un país pobre, pero centralizado y con un tamaño suficiente
Aunque el Estado chino solo recauda entre 100 y 135 dólares por habitante y año, el tamaño de su población hace que el volumen total de capital exportado sea comparable al de muchas potencias imperialistas. Y ahí radica precisamente el problema para estas últimas.
A modo de ejemplo, el propio Golfo Pérsico se ha convertido en un importante escenario de enfrentamiento económico entre Estados Unidos y China, y esto mucho antes de la guerra contra Irán. En pocos años, este último ha conquistado un lugar que nadie habría imaginado hace veinte años en este mercado de las monarquías petroleras, un mercado privilegiado debido a las riquezas que allí se concentran. En dos décadas, China ha invertido cerca de 270 000 millones de dólares en Oriente Medio, con una notable intensificación entre 2014 y 2023. Pekín llegó incluso a inyectar en 2025 más capital que Estados Unidos, es decir, cerca de 20 000 millones de dólares en la construcción inmobiliaria solo en Arabia Saudí, por ejemplo. Las empresas petroleras chinas han invertido en la producción de gas de Catar y han desarrollado oleoductos, puertos e instalaciones de almacenamiento por toda la región. En los Emiratos Árabes Unidos, varias empresas chinas están construyendo la nueva red ferroviaria. Este tipo de inversiones se dan en muchos países, como Egipto, Marruecos y, por supuesto, Irán.
A diferencia de los inversores de los países imperialistas, las empresas chinas no actúan de forma autónoma, sino que permanecen bajo tutela; su política se debate en cumbres del Estado y del PCCh y, si es necesario, sus dirigentes pierden sus cargos con el pretexto de la lucha contra la corrupción. Así, fue en primer lugar el Estado chino quien frenó bruscamente en 2017 el flujo de capitales salientes, preocupado por la naturaleza de estas inversiones en el extranjero. De hecho, los grandes conglomerados privados solicitaban entonces préstamos masivos a los bancos estatales chinos para adquirir activos prestigiosos, pero no estratégicos: clubes de fútbol europeos, cadenas de hoteles de lujo o estudios de cine en Hollywood. Por lo tanto, Pekín habría temido que el endeudamiento de estos grupos privados amenazara la estabilidad de los bancos públicos chinos. Al frenar estas inversiones de prestigio, el Estado también pretendía poner en vereda a una parte de la burguesía china que, a través de estas inversiones directas en el extranjero, buscaba poner a salvo su capital en el extranjero, protegido en dólares o en euros, fuera del alcance de sus autoridades. En agosto de 2017, el Consejo de Estado chino publicó una directiva que prohibía o restringía las inversiones en el extranjero en la industria armamentística, los juegos de azar, la hostelería, el entretenimiento y los clubes deportivos, pero fomentaba aquellas dirigidas a las infraestructuras de las Rutas de la Seda, la alta tecnología y las energías.
Estas inversiones, impuestas por una economía capitalista que ya se asfixiaba dentro de sus fronteras nacionales, consistieron en gran parte en conceder préstamos a países como Pakistán, Sri Lanka, Malasia, Venezuela, Kenia y muchos otros del Oriente Medio… lo que les permitió financiar obras de infraestructura a un precio más ventajoso que el de las empresas estadounidenses, europeas o japonesas. Y es que, a cambio, estos Estados —a menudo desatendidos por las empresas de los países imperialistas— confían estas obras a empresas chinas, aunque ello suponga que su población tenga que asumir posteriormente el coste de dichos préstamos. De este modo, China utiliza los miles de millones de la Ruta de la Seda como una baza que le permite contrarrestar el peso de las empresas occidentales y atraer políticamente a su lado a una serie de países de Asia y África.
La reacción imperialista
Las inversiones chinas en el extranjero han hecho temer a las potencias occidentales que sus joyas industriales nacionales se les escapen de las manos. Ya en 2018, comenzaron a levantar barreras normativas como pocas veces lo habían hecho. En Estados Unidos, el Congreso amplió considerablemente las competencias del CFIUS, el comité encargado de filtrar las inversiones extranjeras. Este bloqueó sistemáticamente las adquisiciones de empresas tecnológicas estadounidenses e incluso obligó a inversores chinos a revender participaciones adquiridas años antes. Del mismo modo, en 2019, la Unión Europea estableció su primer marco de evaluación de las inversiones extranjeras directas. Alemania, Francia y el Reino Unido endurecieron sus legislaciones nacionales, bloqueando varias adquisiciones de empresas de semiconductores o de robótica.
Este doble bloqueo ha redefinido por completo el panorama de las inversiones chinas en el extranjero. Los flujos hacia Europa y América del Norte han disminuido, mientras que los capitales se han reorientado hacia el sudeste asiático, América Latina y Oriente Medio: hacia países más pobres atraídos por los precios y las facilidades de pago chinas. En la actualidad, el stock de IDE chino ascendería a 3 billones de dólares, algo menos que los 3,6 billones que poseen las potencias occidentales solo en China.
Competencia comercial e intervenciones militares
Para los capitalistas occidentales, los mercados y las inversiones en el extranjero son cruciales, hasta el punto de empujar a sus Estados a entrar en guerra para defenderlos. Sin embargo, las ofensivas comerciales del Estado chino no se han traducido hasta ahora en un mayor intervencionismo militar. Por su parte, el imperialismo estadounidense cuenta con más de 700 bases militares fuera de Estados Unidos y, al parecer, ha intervenido militarmente en el extranjero en 150 ocasiones desde el 11 de septiembre de 2001. Al mismo tiempo, China solo ha adquirido una única base fuera de sus fronteras, en Yibuti, y no ha llevado a cabo ninguna guerra de invasión ni ningún bombardeo en el extranjero. Su proyección militar internacional se ha limitado al marco de la ONU y a la protección de sus intereses económicos, mientras que su uso de la fuerza sigue centrado en su periferia, en el mar de China, en torno a Taiwán y en Ladakh, en la frontera con la India.
Esto no significa que los intereses chinos no se hayan visto perjudicados en algún lugar del planeta. Así, el derrocamiento de Maduro en Venezuela y la guerra de Estados Unidos contra Irán también son golpes asestados a los intereses chinos. Sin embargo, China no ha enviado armas al régimen iraní para ayudarle a defenderse. Y aunque ha sufrido las consecuencias económicas del bloqueo del estrecho de Ormuz, se ha limitado a buscar soluciones para sortearlo.
Es obvio que el Estado chino no es más pacífico que cualquier otro Estado burgués del planeta. Es cierto que cuenta con muchos menos recursos que el imperialismo estadounidense, pero esos recursos existen, y lo demuestra con regularidad. Sin embargo, para sus dirigentes es evidente que una reacción militar por su parte, en cualquier lugar del planeta, lo situaría en el mismo terreno que el imperialismo occidental y perjudicaría su desarrollo comercial, ya que China sigue dependiendo en gran medida de sus exportaciones. Los dirigentes chinos prefieren promover lo que denominan multilateralismo frente a la agresividad del imperialismo.
Gracias al poder de su Estado y a una clase obrera compuesta por cientos de millones de trabajadores, China —que sigue siendo un país pobre en muchos aspectos— ha logrado desarrollar una importante burguesía, ampliar sus centros urbanos y numerosas infraestructuras, y exportar capitales. En cuanto al imperialismo, el hecho de que su dominio ya no sea directo, como en la época colonial, deja huecos en los que China ha podido colarse. Así, ha conquistado posiciones comerciales en Asia, África, América Latina y Oriente Medio. Sin embargo, estas posiciones no están respaldadas por una presencia militar y siguen siendo precarias, sujetas a las relaciones de poder.
¿Cuáles son las perspectivas?
Está claro que, para los dirigentes estadounidenses, el auge de China en el ámbito económico supone una amenaza: la de verse suplantados dentro de 10, 20 o 30 años por los capitalistas chinos, que se impondrían en el mundo tal y como ellos mismos lo hicieron en el pasado, cuando superaron a sus competidores europeos a mediados del siglo XX. No les queda más remedio que intentar contrarrestar tal evolución. Pero para ello deben encontrar los medios políticos y militares necesarios.
El futuro dirá si los acontecimientos que estamos presenciando son el comienzo de una nueva guerra mundial, pero en este enfrentamiento entre Estados Unidos y China, los revolucionarios no pueden ser neutrales. Sobre la guerra sino-japonesa de 1937, Trotsky escribió: "Si Japón es un país imperialista y China es una víctima del imperialismo, preferimos a China. [… ) La victoria de Japón significará la esclavización de China, el fin de su desarrollo económico y social y un fortalecimiento terrible del imperialismo japonés".2 Hoy, una victoria del imperialismo sobre las potencias que lo cuestionan también retrocedería el planeta décadas atrás. Sólo se puede desear su derrota y en todo caso que no tenga los medios para ganar. Más allá de la solidaridad con los pueblos víctimas de la agresión imperialista, los revolucionarios deben estar del lado de los países agredidos. También deberían estar del lado de China si ésta fuera a su vez el blanco de las agresiones del imperialismo, ya que éste sigue su lógica de reafirmación de su poder en el planeta.
Por supuesto, tal postura por parte de los revolucionarios no puede ser suficiente. La evolución hacia una guerra mundial, cuyos contornos aún no se pueden vislumbrar en su totalidad, no es solo fruto de la agresividad estadounidense, sino que es señal del callejón sin salida al que ha llegado el desarrollo capitalista, de su decadencia y de la crisis en la que se encuentra sumido. Se trata de un callejón sin salida sangriento para la humanidad. Pero el futuro de la humanidad tampoco puede estar representado por el régimen chino y su «comunismo», que no es más que un capitalismo nacional que el Estado intenta regular. Solo el retraso histórico de la revolución proletaria puede explicar la importancia que han podido adquirir hoy en día tales regímenes nacionalistas, hasta el punto de que a algunos les puedan parecer héroes del antiimperialismo. Es al sistema imperialista en su conjunto, como sistema de dominación del capital financiero sobre el conjunto de la economía humana, al que hay que poner fin para avanzar hacia una economía colectiva y planificada a escala planetaria. Solo el proletariado revolucionario puede alcanzar ese objetivo. El desarrollo de China ha creado una clase obrera de más de 700 millones de proletarios, de los cuales más de 400 millones son trabajadores, que comparten intereses comunes con los trabajadores del mundo entero. Esa es la mejor garantía para el futuro. Los militantes revolucionarios no solo deben saber tomar partido en los conflictos actuales; su tarea principal es construir partidos obreros comunistas y una internacional revolucionaria, capaces de luchar con total independencia de clase para derrocar el capitalismo y todos los regímenes que, en mayor o menor medida, son instrumentos de la clase burguesa.
14 de mayo de 2026
1Documento de seguridad nacional estratégica de Estados Unidos, octubre de 2022.
2León Trotsky, Carta a Diego Rivera sobre la guerra sino-japonesa, 23 de septiembre de 1937.
La lucha del imperialismo estadounidense por mantener su supremacía
A pesar de las bombas lanzadas sobre Irán durante cinco semanas, Trump y su aliado Netanyahu no han logrado someter a este país de 90 millones de habitantes ni derrocar a la República Islámica que se ha dotado de un poderoso medio de presión al tomar el control del estrecho de Ormuz. El 17 de junio, en Versalles, Trump firmó con los dirigentes iraníes un acuerdo que estos pueden presentar como una victoria para su país, pero que, sobre todo, abre nuevas vías de negociación. Aunque estas acabaran conduciendo a un acuerdo similar al firmado por Obama en 2015, la tregua seguirá siendo precaria y temporal, ya que el imperialismo estadounidense no puede renunciar a someter a los países que se resisten a su dominio.
Estados Unidos se ha metido en un callejón sin salida en Irán, del que le cuesta salir. Ha arrastrado a sus aliados del Golfo a una guerra en la cual estos han sufrido en primera línea consecuencias desastrosas para sus ingresos, su imagen internacional y su seguridad. El bloqueo del estrecho de Ormuz ha agravado el caos económico mundial. Así, Catar aportaba un tercio de la producción mundial de helio, un gas indispensable para la fabricación de semiconductores. Tras los bombardeos de las instalaciones de gas, la capacidad de producción de chips se ve amenazada. En cuanto a los fertilizantes nitrogenados, subproductos de la extracción petrolera, una cuarta parte del consumo mundial ha quedado bloqueada en el famoso estrecho, lo que «amenaza la alimentación mundial», según la FAO. Todas las contradicciones del sistema se agravan, lo que intensifica la competencia entre capitalistas y las rivalidades entre Estados, en un contexto de amenaza permanente de un colapso bursátil y financiero.
La guerra en Irán demuestra, una vez más, que no basta con lanzar toneladas de bombas sobre un país, por muy sofisticadas, potentes y caras que sean, para someter a un pueblo, derrocar un régimen o tomar el control de un país. Desde Vietnam hasta Irak, pasando por Afganistán, el ejército estadounidense lo ha comprobado en numerosas ocasiones. Pero estos repetidos fracasos nunca han modificado, en el fondo, la política de los dirigentes estadounidenses, ya sean demócratas o republicanos. Al contrario, les han empujado a aumentar su capacidad militar. Lo mismo ocurrirá esta vez.
Una huida hacia la guerra
El dominio del imperialismo norteamericano se basa en su poder económico, la riqueza de sus empresas y bancos, el papel del dólar en la economía mundial, la atracción que ejerce Estados Unidos sobre el mundo, sus aliados dentro de los Estados y las clases privilegiadas del planeta. El capital estadounidense domina los sectores más rentables de la economía capitalista, en particular la informática, donde Nvidia, Apple, Google, Amazon y Oracle están batiendo récords bursátiles. Ocho de las diez empresas con la mayor capitalización bursátil son estadounidenses.
Este poderío económico proviene de la acumulación, por parte del capital estadounidense, de la riqueza producida por los explotados de todo el planeta. Esto supone defender y reafirmar constantemente el dominio estadounidense sobre el mundo, lo que exige mantener el mayor poderío militar. El presupuesto militar estadounidense —1 billón de dólares al año— supera al de China, Japón, India, Rusia, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia juntos.
Hoy en día, el capitalismo sufre de senilidad y lleva cincuenta años sumido en una crisis que ha llevado la especulación y la financiarización a niveles nunca alcanzados antes. El crecimiento se estanca, los mercados solventes se reducen: cuanto más se recrudece la competencia entre las potencias capitalistas, más se ve obligada la burguesía estadounidense a asegurarse mercados, rutas comerciales y acceso a las materias primas indispensables (petróleo, gas, tierras raras y otros minerales…), privando al mismo tiempo de ellas a sus competidores. Esto hace que el imperialismo estadounidense sea más ofensivo que nunca: frente a los imperialistas de segunda fila, que están subordinados a él pero siguen siendo competidores a los que hay que debilitar; frente a los países que, por su historia, han adquirido los medios para plantarle cara, como la Rusia de Putin, el Irán de los pasdaran y, sobre todo, China, cuyo auge económico representa una amenaza para los capitalistas estadounidenses.
Frente a ellos, la burguesía estadounidense no tiene más remedio que mantener por todos los medios la hegemonía que ha adquirido a lo largo de un proceso de más de un siglo, incluso a riesgo de sumir al mundo en una nueva guerra. Por eso, la política de mano dura aplicada por Trump no es una simple gesticulación de un multimillonario megalómano o bajo influencia: por muy aventurera que sea, responde fundamentalmente a las exigencias del imperialismo estadounidense.
El surgimiento del imperialismo estadounidense
Mucho antes de su etapa imperialista, la burguesía, que surgió en Europa en los intersticios de la sociedad feudal, se desarrolló «sudando sangre y barro por todos los poros»1, saqueando el mundo, explotando a hombres y mujeres, desmantelando imperios a veces milenarios y destruyendo los antiguos modos de producción. Tras pasar progresivamente a manos de un número reducido de grupos industriales y bancarios, un puñado de Estados burgueses convertidos en imperialistas —en primer lugar, Gran Bretaña y Francia, a los que se unieron Alemania, Italia y, más tarde aún, Estados Unidos en América y Japón en Asia— se disputaron el mundo. Para vender sus mercancías, extraer materias primas e invertir sus capitales, trazaron fronteras, instauraron o derrocaron regímenes. Organizaron la economía mundial en función de los mercados de sus capitalistas, deformando irremediablemente las economías de los países dominados y creando islotes de riqueza y desarrollo en un océano de miseria.
Desarrollada más tarde que las demás, en un vasto territorio que nunca sufrió la fragmentación de la vieja Europa, colonizado mediante el exterminio de la población autóctona y la explotación de esclavos de origen africano y de migrantes procedentes de Europa, la burguesía estadounidense se impuso progresivamente sobre las demás. Con el pretexto de «devolver América a los americanos» (James Monroe), Estados Unidos empezó expulsando las primeras potencias coloniales del continente, tomó el control de Cuba y Puerto Rico haciéndose pasar por liberadores durante la guerra hispano-estadounidense (1898), sacó «el gran garrote » (Theodore Roosevelt) para separar Panamá de Colombia (1903), antes de construir allí un canal (inaugurado en 1914) que abría una vía marítima vital para los negocios y la marina estadounidenses, para el comercio este-oeste de Estados Unidos y, posteriormente, hacia China y Asia. Al afirmar que quiere hacerse con Panamá, Venezuela, Cuba, pero también con Canadá o Groenlandia, Trump no hace más que retomar el lenguaje crudo de sus lejanos predecesores.
Dado que el planeta ya estaba repartido y los países que llegaron tarde quedaban excluidos del festín, las potencias imperialistas enfrentaron a sus pueblos entre sí para volver a repartirse el mundo según las nuevas relaciones de poder. Entre 1914 y 1945, hicieron falta dos guerras mundiales, una destrucción inconmensurable y más de 100 millones de muertos para que surgiera un nuevo orden imperialista que se mantendría durante varias décadas.
Pero estas dos guerras se vieron entrecortadas por una ola revolucionaria que enfrentó a la burguesía y a la clase obrera, esa clase de proletarios en la que Marx y Engels habían reconocido a los «sepultureros de la burguesía». En 1917, los obreros, aliados con los campesinos, lograron hacerse con el poder de forma duradera en el imperio zarista, lo que impulsó revoluciones en varios países de Europa e incluso en China. Aunque la burguesía acabó consolidando su poder, tras numerosas convulsiones, y restaurando su dominio —salvo en la URSS, que representaba una sexta parte del mundo—, la Revolución de Octubre «sacudió verdaderamente al mundo» y ofreció un modelo y una esperanza a millones de oprimidos durante varias décadas.
Estados Unidos salió de ese período de guerras mundiales, revoluciones y convulsiones políticas como la principal potencia imperialista. Aunque su población pagó un alto precio en vidas humanas —aunque mucho menor que el de todos los demás beligerantes, con 400 000 muertos de los 80 millones de víctimas de la segunda carnicería mundial —, Estados Unidos salió de ella sin haber sido invadido, sin haber sufrido bombardeos ni la destrucción de su industria y sus infraestructuras, con una moneda que se convirtió durante décadas en el patrón monetario internacional y con una considerable ventaja tecnológica y científica.
Después de 1945, Estados Unidos siguió ampliando su dominio sobre las potencias secundarias. Con el Plan Marshall, la reconstrucción de Europa se llevó a cabo bajo la égida y en beneficio de la burguesía estadounidense. Aunque las burguesías británica y francesa intentaron aferrarse a sus posesiones coloniales, no tardaron en ser expulsadas de ellas, tanto por las revueltas anticoloniales como por las maniobras del imperialismo estadounidense, que se erigía en defensor de la libertad de los pueblos y del anticolonialismo para poder instrumentalizarlos mejor.
En Oriente Medio, Estados Unidos ocupó el lugar de Gran Bretaña al impulsar la creación del Estado de Israel en 1948, al organizar en 1953 el golpe de Estado en Irán contra Mossadegh —quien se había atrevido a nacionalizar el petróleo iraní— y al actuar como árbitro en 1956 durante la crisis de Suez. Tanto en Asia como en África, Estados Unidos aprovechó, desde el final de la guerra, cada acontecimiento para reforzar su posición, incluso en detrimento de sus supuestos aliados, lo que llevó al secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger (1923-2023), que nunca andaba escaso de cinismo, a afirmar: «Ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser su amigo es fatal».
Por eso, a pesar de sus posturas y maniobras, Estados como Francia, Alemania, el Reino Unido o incluso Japón siguen estando subordinados a Estados Unidos. Les guste o no, las burguesías de los países imperialistas de segundo orden siempre acaban por someterse y alinearse, ya que no disponen de los medios para plantar cara a Estados Unidos, soportar medidas de represalia, arriesgarse a ser excluidas de su mercado o pagar decenas de miles de millones de dólares en multas por incumplir un embargo impuesto por Washington. En la lucha por los mercados y los recursos, estos Estados intentan preservar los intereses de sus respectivos capitalistas recuperando las migajas que dejan los Estados Unidos.
Así, en la guerra que enfrenta en Ucrania a las potencias de la OTAN con la Rusia de Putin, Estados Unidos es el principal vencedor. Esta guerra ha debilitado a los capitalistas europeos, y en primer lugar a los alemanes, privados del gas ruso. Las empresas estadounidenses se han llevado la mayor parte de las tierras, las minas, las fábricas y los bancos de Ucrania, así como de las ventas de armas. Pero, para preservar los intereses de Dassault, Bouygues, Crédit Agricole y sus homólogos ingleses o alemanes, Macron, Starmer o Merz, excluidos de las negociaciones entre Trump y Putin, se erigen en aliados incondicionales de Zelenski.
Una hegemonía constantemente cuestionada
Es cierto que el imperialismo estadounidense no es todopoderoso. Desde 1945, su hegemonía nunca ha dejado de ser cuestionada y nunca ha dejado de mantenerla mediante la fuerza de sus armas. Se ha topado regularmente con la resistencia de los pueblos que se han levantado contra su dominación y su saqueo, empezando por el pueblo vietnamita, cuya lucha acabó provocando, de forma indirecta, poderosas revueltas entre la juventud y el sector negro del proletariado estadounidense. Se ha topado con la resistencia de los Estados que habían logrado ganarse cierta base social y disponían de una relativa independencia frente al imperialismo.
Durante varias décadas, la principal oposición a esta hegemonía provino de la Unión Soviética. Aunque la burocracia soviética ya no representaba, desde finales de la década de 1920, los intereses de la clase obrera —sobre la que ejercía una dictadura feroz—, estaba al frente de un vasto territorio y de un sistema económico que escapaba a la explotación de los capitalistas. Esta burocracia había demostrado en numerosas ocasiones su determinación por defender el orden social vigente —es decir, el orden imperialista— impidiendo o traicionando revoluciones, aliándose con los Aliados contra la Alemania hitleriana y, posteriormente, organizando junto con Estados Unidos y Gran Bretaña el mantenimiento de dicho orden en las conferencias de Teherán (1943), Yalta (febrero de 1945) y Potsdam (julio de 1945).
Sin embargo, tan pronto como se disipó el temor a una posible ola revolucionaria provocada por la guerra, resurgió la rivalidad entre la burguesía imperialista y los burócratas soviéticos. Tres años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se sumió en la Guerra Fría. Desde el bloqueo de Berlín en 1948 hasta la crisis de los misiles en Cuba en 1962, y más aún durante la Guerra de Corea entre 1950 y 1953 —que, de hecho, enfrentó a China y a Estados Unidos y provocó la muerte de cerca de un millón de personas—, esta Guerra Fría vivió varios episodios de extrema tensión, sin llegar nunca a convertirse en una nueva guerra mundial, ya que ninguno de los dos bloques lo deseaba.
Durante cuarenta años, a pesar de las graves tensiones, las dos superpotencias hicieron respetar «el orden de Yalta». Cada una de ellas ejerció el control en su zona, es decir, ante todo, aplastó la más mínima revuelta obrera, combatió los movimientos de emancipación o a los gobiernos que no se mostraban lo suficientemente sumisos, dejando que la otra potencia actuara a su antojo en su esfera de influencia. Durante esos años, marcados por profundas revueltas anticoloniales, pero también por las guerras fomentadas por el imperialismo para reprimir esas revueltas o debilitarlas, algunos países, antes colonizados o semicolonizados, lograron su independencia o derrocaron la dictadura proestadounidense. Aunque ninguno pudo escapar de forma duradera del saqueo imperialista, algunos se emanciparon parcialmente de Estados Unidos gracias a la base social que habían adquirido, a su tamaño o a sus recursos petrolíferos, o porque, con la Guerra Fría, pudieron obtener apoyo diplomático y económico de la URSS. Incluso la pequeña isla de Cuba pudo plantar cara a su poderoso vecino gracias al apoyo soviético, tras liberarse de la dictadura proestadounidense de Batista. Más de sesenta años después, cuando los cubanos ya no representan el más mínimo peligro para la burguesía estadounidense, Trump sigue haciéndoles pagar muy caro su rechazo a someterse.
Tras la desintegración de la URSS, que se percibió como la victoria de Estados Unidos en la Guerra Fría —hasta el punto de que los defensores más acérrimos del capitalismo proclamaron «el fin de la historia»2—, el dominio estadounidense pudo parecer absoluto. De inmediato, los países de la OTAN, con Estados Unidos a la cabeza, quisieron someter a su control el territorio de la antigua Unión Soviética, saqueando sus recursos naturales, instalando bases militares, integrando a los países bálticos en la OTAN y maniobrando para hacerse con el control de Ucrania. Fue esta presión constante la que acabó empujando a Putin, máximo representante de los intereses de los burócratas y oligarcas rusos, a invadir Ucrania en 2022 para marcar su territorio. Tras cientos de miles de muertos y vidas destrozadas, destrucción y un sufrimiento indescriptible para ucranianos y rusos, Trump y Putin se han quitado la máscara: negocian, a escondidas o a la luz pública, para repartirse las riquezas de Ucrania. Esta guerra fratricida se prolonga porque cada uno de estos bandidos busca asegurarse su parte del pastel. Putin es quien más tiene que perder, tanto porque los dirigentes imperialistas han pisoteado en repetidas ocasiones las promesas hechas a los líderes del Kremlin tras 1991, como porque una «ganancia» demasiado escasa tras más de cuatro años de guerra podría costarle el poder en Rusia.
Unos años antes de la desaparición de la URSS, la oposición al dominio imperialista había surgido en Irán, donde los mulás de Jomeini habían canalizado y encabezado una profunda revuelta popular contra la dictadura proestadounidense del sha. Diez años más tarde, el iraquí Sadam Husein, a quien los dirigentes imperialistas habían empujado a declarar la guerra a la República Islámica de Irán, invadió Kuwait, ese emirato cuyas fronteras habían trazado los británicos en torno a un vasto yacimiento petrolífero. La respuesta militar decidida por la coalición liderada por Estados Unidos para castigar este crimen contra el imperialismo dio inicio a tres décadas de guerras y caos de las que Oriente Medio nunca ha salido. Países enteros —Irak, Afganistán, Siria, Líbano— han sido devastados, balcanizados según etnias o confesiones, y sus poblaciones asesinadas, mutiladas, sometidas al hambre y retrocedidas décadas en el tiempo.
Estas guerras de los EE.UU. crearon y alimentaron directamente a Al Qaeda y luego al Estado Islámico (ISIS), que impuso sus métodos bárbaros a los pueblos del Oriente Medio antes de propagarse por África y otras partes. Han engendrado generaciones de jóvenes enfurecidos que no ven otra salida que la de unirse a grupos yihadistas o a aparatos político-militares como Hamas en Gaza, Hezbollah en el Líbano o los hutíes en Yemen. Al atacar a Irán y apoyar sin límites a su aliado Netanyahu, independientemente de las masacres cometidas por el ejército israelí, Trump ha seguido finalmente los pasos de Clinton, Bush padre e hijo, Obama, Biden y sus predecesores en la Casa Blanca. Porque defienden un orden social bárbaro y sin futuro, los sucesivos dirigentes del imperialismo no saben utilizar más que métodos brutales que alimentan guerras interminables.
Desde hace unos diez años, China se perfila como la competidora y rival más seria de la burguesía imperialista3. Esta posición es el resultado de su historia particular. Saqueada y desmembrada por las grandes potencias desde el siglo XIX, se liberó de su dominio durante la revolución burguesa de 1949, una revolución que movilizó masivamente a los campesinos y que fue dirigida por el aparato político-militar del PCCh, liderado por Mao. Esta revolución dio lugar a un Estado fuerte y centralizado. Bajo embargo durante veinticinco años, el país se construyó en oposición a las presiones del imperialismo. Cuando este lo reintegró finalmente en el mercado mundial, en calidad de subcontratista, a mediados de la década de 1970, el Estado chino puso a sus trabajadores a disposición de los capitalistas occidentales. Pero tuvo los medios para impedir el saqueo que imperaba en la mayoría de los países del mundo.
El control de la economía por parte del Estado chino ha permitido el desarrollo de grandes empresas nacionales. Limitadas por las restricciones del mercado interior, estas empresas, bajo la égida y el control del Estado, se han orientado hacia el mercado internacional. Aunque sigue siendo un país pobre en muchos aspectos, China, con una población que representa una quinta parte de la humanidad, ha acabado convirtiéndose en un serio competidor de Estados Unidos. Pero, contrariamente a toda la propaganda, los dos países no están en igualdad de condiciones en su pulso. El imperialismo estadounidense se ha enriquecido extorsionando la plusvalía de los trabajadores de todo el planeta. Se mantiene constantemente a la ofensiva para evitar que se le escapen vastas zonas. El Estado chino, y detrás de él su burguesía, se encuentran en posición defensiva. Esto resulta evidente en el ámbito militar, ya que China no ha participado en ninguna guerra desde 1979 y no envía portaaviones a las costas de California.
Desde, al menos, la presidencia de Obama, a principios de la década de 2010, Estados Unidos tiene a China en el punto de mira. Están reorganizando todo su sistema militar y su red de alianzas para rodearla e intentar aislarla. Multiplican los despliegues aero-navales en el mar de China, lo que obliga a este país a desarrollar, a su vez, su ejército y su marina. Aumentan las tensiones en torno a Taiwán. Por ambas partes, los dirigentes y sus estados mayores se preparan para una confrontación militar, mientras que los dirigentes políticos occidentales preparan a sus poblaciones para ello.
Militarización acelerada
Los reveses de Trump en Irán demuestran que Estados Unidos se queda muy lejos de estar en condiciones de emprender una guerra con una potencia como China. Varias semanas de bombardeos intensivos —sumados a los del ejército israelí, equipado por Estados Unidos— han puesto de manifiesto que la industria estadounidense no fabrica bombas, misiles y otros drones tan rápido como se lanzan contra las infraestructuras y los edificios de Oriente Medio. Según una estimación del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), Estados Unidos ha utilizado casi la mitad de sus reservas de misiles de precisión y la mitad de sus interceptores de misiles.
Por eso Trump exige que este presupuesto se incremente en 500 mil millones de dólares el año que viene, lo que supone un aumento de casi el 50 %. Pero nada garantiza que los principales fabricantes de armas que se llevan una parte importante de este presupuesto, como Lockheed Martin, RTX o Northrop Grumman, estén dispuestos a invertir masivamente en la producción de armamento. En 2023, Lockheed Martin y RTX destinaron 19 000 millones de dólares a la recompra de acciones, frente a solo 4 100 millones de dólares en inversiones, según datos de la agencia Bloomberg. La industria armamentística no escapa a la financiarización ni al carácter cada vez más parasitario del capital.
Más allá de la cuestión del armamento, si Trump se ve obligado a negociar con los Pasdaran es porque no dispone de los medios políticos para lanzar una ofensiva terrestre en Irán. Un desembarco de este tipo supondría desplegar decenas o incluso cientos de miles de soldados, con las bajas humanas que ello implicaría. Sin que siquiera se haya planteado una ofensiva de este tipo, la población estadounidense se muestra mayoritariamente hostil a esta guerra que está disparando los precios.
Esos obstáculos y resistencias ya existían antes de cada una de las guerras mundiales, pero no detendrán a los dirigentes estadounidenses, ni tampoco a los de las demás potencias. Aunque ignoran las etapas y los plazos previos a una nueva guerra general y cuáles serán las alianzas entre los beligerantes, quienes dirigen el mundo preparan abiertamente dicho conflicto. No lo ocultan, aumentan los presupuestos militares en todas partes —2,5 billones de dólares en 2025, un aumento constante desde hace diez años—. En todas partes empiezan a preparar a la población para la guerra. Para acelerar la preparación de las poblaciones, están dispuestos a dramatizar cada acontecimiento. Pueden mentir, como hicieron en 2003 con las supuestas armas de destrucción masiva en Irak. Pueden pretender intervenir para defender la paz o la libertad de un pueblo, ayer los ucranianos, mañana los habitantes de Taiwán. Y reprimirán a quienes se nieguen a someterse.
Decenas de millones de mujeres y hombres ya están inmersos en una guerra imperialista que amenaza el futuro de toda la humanidad. La única manera de detener el desastre es que la clase trabajadora, más numerosa que nunca en el mundo, se una a través de las fronteras por los lazos de la división internacional del trabajo. indispensable para el funcionamiento de toda la sociedad, pero también de la producción militar, arrebate el poder al puñado de grandes capitalistas que poseen el verdadero poder. Las guerras dan lugar a revoluciones con regularidad. Para que este programa sea una realidad, es necesario que haya mujeres y hombres para mantener alta la bandera del comunismo.
15 de junio de 2026
1 El Capital, Karl Marx
2Titulo de un libro de Francis Fukuyama publicado en 1992.
3Véase el artículo "China, en el punto de mira de los Estados Unidos" en este número de la LDC.