Cuatro textos fueron discutidos, y votados por los delegados al congreso de Lutte Ouvrière:
- El capitalismo en crisis y el intervencionismo del Estado
- La situación internacional (en 2 partes)
- Francia: una situación marcada por la campaña electoral
- Nuestros objetivos en las dos campañas electorales de 2022 (extractos)
Publicamos estos cuatro textos, escritos a finales de octubre de 2021 y inicios del mes de noviembre. Han sido adoptados con unanimidad de los delegados. Estos votos reflejan la cohesión política de nuestra organización.
En el congreso, se ha presentado un balance de nuestra actividad en 2021, también las cuentas del partido, y se ha discutido nuestra participación en las elecciones de 2022.
El congreso ha escuchado intervenciones de grupos invitados, vinculados con Lutte Ouvrière dentro de la Union comunista internacionalista (trotskista). Son grupos que militan en las islas de Martinica y de Guadalupe, en la isla de la Reunión, en Haití, en Costa de Marfil, en Estados Unidos, en Turquía, en Alemania, en Gran Bretaña, en Bélgica, o en Italia.
Por fin, el congreso a elegido los órganos de dirección de Lutte Ouvrière : comité central y comité ejecutivo.
7 de diciembre de 2021
El capitalismo en crisis y el intervencionismo del Estado
La pandemia del coronavirus y la consiguiente crisis sanitaria no sólo han agravado la crisis de la economía capitalista, sino que han evidenciado las tendencias profundas de su evolución.
Tanto la actitud ofensiva de la patronal como las medidas del gobierno señalan a la clase obrera qué ha de esperar. También resalta la necesidad de defenderse mediante la lucha colectiva, y contraatacar por no verse abocada a la miseria y la decadencia.
El balance de los últimos dos años viene dominado por el refuerzo constante y considerable de los cárteles más potentes así como el enriquecimiento de la gran burguesía.
Citemos la expresión de un periódico tan dedicado a defender los intereses de la gran burguesía como Les Échos (29 de julio de 2021), el cual nota con temor : “Hay resultados financieros que espantan, pues ver que, en plena crisis sanitaria y económica, las grandes tecnológicas estadounidenses baten nuevos récords y acumulan miles de millones, es inquietante para quienes ya antes de la pandemia consideraban desmesurado el poder de los Gafam. […]los datos son irrevocables. Google, Apple y Microsoft puestos juntos han duplicado (o casi) sus beneficios en el último trimestre, con lo cual producen cada semana más de 5.000 millones de ganancias (quitado el impuesto)! Aunque gigantescos, esos colosos mantienen además un ritmo de crecimiento digno de startup.”
Y no se trata únicamente de los tres cárteles estadounidenses citados. Según el diario Les Échos de 22 de julio: “En Europa, el Oriente Medio y África (EMEA), las empresas han acumulado 1,3 billón (millón de millones) de euros de liquidez en 2020, según dice la agencia Moody’s. Gran parte de dicha reserva está en manos de 25 grandes compañías que juntas han acumulado 491.000 millones de euros de tesorería, o sea el 37% del total.”
La parte de esas enormes sumas de dinero que no se dirige a la especulación es orientada hacia operaciones de fusión y adquisición. El diario Les Échos de 1 y 2 de octubre afirma que “en 2021 se ha visto la mayor fase de consolidación global de la historia de fusiones y adquisiciones. Más de 4,36 billones de dólares de acuerdos se pactaron en nuevo meses, hasta finales de septiembre […]o sea un dato que ya destruye el récord de 2015, establecido a lo largo del año entero, y era de 4,218 billones.”
El diario económico ve importante añadir que se trata de una fiebre de compras “exacerbada por los fondos de capital-inversión”, puesto que, incluso en las operaciones de concentración, entra buena parte de especulación.
Sin embargo, aunque se trate ante todo de concentración financiera, se hace con empresas, es decir, allí donde se crea la plusvalía. Pasa lo mismo que siempre: aunque la especulación contribuya a determinar quién saldrá favorecido en el reparto de la plusvalía global de los capitalistas, ésta procede al fin y al cabo de las empresas que producen plusvalía, o sea que viene de la explotación de los trabajadores.
Precisamente, en el movimiento de concentración yace la función de las crisis en el capitalismo: eliminar las empresas menos rentables, en beneficio de los grupos capitalistas más potentes, e incrementando cada vez más el peso de éstos en la economía global.
Los Estados desempeñan un papel enorme en esa acumulación. El “cueste lo que cueste” de Macron fue la actitud de todos los Estados imperialistas. Como contraparte de las ayudas públicas a los capitalistas, el endeudamiento de todos los Estados se disparó.
“La deuda pública europea alcanza récords” afirma el diario Le Monde del pasado 24 de julio. “Al terminar el primer trimestre, la deuda pública de la eurozona culminó en 100,5% del producto interior bruto (PIB), superando por primera vez los 100%, según los datos publicados […]por Eurostat. En Francia […], alcanzó el 118% del PIB, en vez de 100,8% un año antes. En Alemania, se estableció en 71,2% del PIB, y en España en 125,2%. Pasó los 150% en Italia (con 160%) y en Grecia (209%). […] »
Una cantidad considerable de dinero que sólo en pequeña parte se invierte en la producción. Al contrario, puesto que el dinero está para circular y generar ganancia, son importes que pueden dar un impulso considerable a la especulación, que lleva consigo una amenaza permanente de crac financiero.
Un artículo significativo de Le Monde de 24 de julio trata del “espectro de una economía debilitada por mucho tiempo”. Se basa en el hecho de que, mientras se observa un repunte de la epidemia, muchos economistas burgueses ya no creen en la opción – antes la más presente – de un choque puntual con vuelta a la situación de antes de 2020.
Viendo que la pandemia “ha vuelto a imponer el papel del Estado, después de cuarenta años de cuestionamiento”, los economistas y hombres de negocios, cuyo punto de vista expresa Le Monde, abogan por la prorrogación de la intervención estatal que durante la pandemia se nos vendió como puntual. “Hemos pasado de una epidemia a una endemia. Como resultado, hay menos altibajos en el crecimiento pero vemos otros efectos, sobre la desigualdad, el ahorro, las empresas, los hogares… Porque se alarga.” En cuanto al futuro: “Con la crisis han surgido nuevas formas de precariedad en el tema de la vivienda, la educación, la salud.” No se trata de una mera previsión sino del esbozo de un plan de ataque de la burguesía contra los trabajadores.
Nos lo aclara la fórmula de otra publicación económica, la Revue d’économie financière: “Las evoluciones antes descritas […] están relacionadas con los cambios políticos y sociales que estremecen el mundo en este inicio de siglo. […]La pandemia sólo los ha agravado.”
Es el caso del “plan de inversión Francia 2030” que Macron acaba de anunciar. Claro está que se trata del arranque de su campaña electoral. Sin embargo, más allá de sus ambiciones electorales, existe una preocupación entre la clase capitalista acerca de los sectores que en el futuro pueden generar ganancias: energía nuclear, hidrógeno, baterías, chips electrónicos. “Invertir mejor” es el título de un editorial de Les Échos. Lo cual significa ante todo: que la inversión la financie el Estado.
Los “cambios políticos y sociales que estremecen el mundo” resumen el empeoramiento de la explotación, es decir el precio que pagan las clases trabajadoras para que la gran burguesía siga enriqueciéndose aún más a pesar de la crisis – o mejor dicho, aprovechándola.
La ofensiva patronal y las medidas estatales se complementan para reducir el poder adquisitivo de todas las categorías de la clase obrera, tanto las que tienen trabajo como las que no, ya sea por el desempleo o por la edad. Para quienes trabajan, significa ritmos de trabajo más duros, una disciplina más severa, más sanciones, todo por imponer más producción con menos trabajadores, y por recordar quién manda en las empresas, tras un periodo de producción desorganizada o interrumpida con paros y ERTE. Al bloqueo de los sueldos se añaden múltiples maneras de bajar los salarios reales: dejar de pagar primas, abaratar las horas extra, etc.
El no prorrogar los contratos eventuales también aumenta el número de despedidos, muy por encima de los que oficialmente se anuncia. Las pocas protecciones jurídicas que se implementó en el pasado van cayendo una tras otra. La condición obrera se degrada y vuelve hacia su nivel de antes de la Segunda Guerra Mundial.
A los economistas burgueses les resulta cómodo atribuir a la pandemia y a su duración la intervención del Estado en la economía, por el rescate del capitalismo en crisis. Otra vez la pandemia no es la causa sino el síntoma de una realidad. Esa realidad no es de ayer.
Más allá del parasitismo burgués puesto de relieve por el papel del Estado en el capitalismo, existen motivos más fundamentales, como lo escribió Trotsky a principios de los años 1940: “La agudeza de la crisis social viene de que, a raíz de la actual concentración de los medios de producción, o sea el monopolio de los trust, la ley del valor, el mercado ya no puede equilibrar las relaciones económicas. La intervención del Estado se convierte en una necesidad absoluta.”
El texto es de 1940. A lo largo de los años de depresión posteriores al crac de 1929, la burguesía tuvo la oportunidad de probar varios métodos políticos destinados a evitar que su economía se viniera abajo. Hubo una variedad de situaciones, dependiendo de los países. Estos se repartieron entre el estatismo fascista que fue, en la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler, “un intento por salvar la propiedad privada y a la vez controlarla” (Trotsky), y el estatismo de New Deal de Roosevelt en los Estados Unidos, con grados intermediarios. Fueron dos caminos distintos pero que ambos llevaron primero a la economía de guerra – sacrificarlo todo por el ejército – y luego a la Segunda Guerra Mundial.
Aquella “necesidad absoluta” de la actuación estatal refleja dos aspectos fundamentalmente contradictorios de una sola realidad, que expresa la crisis capitalista: por un lado, el empuje del desarrollo económico hacia más coordinación, que expresa la necesidad de una economía organizada y planificada a escala global; por otro lado, la imposibilidad de realizarlo a causa de la propiedad privada de los medios de producción.
Aunque es posible que el Estado burgués logre imponer cierta regulación a la economía capitalista, esto no la salvará. Lo recordaba Trotsky: “La crisis del sistema capitalista viene no sólo del papel reaccionario de la propiedad privada, sino también del papel no menos reaccionario del Estado nacional.”
Los infortunios del Estado francés con Australia y sobre todo con los EE.UU. acerca de la venta de submarinos ponen de relieve lo ridículo de la agitación de un imperialismo secundario frente al imperialismo estadounidense. Pero hay más. Recuerdan ante todo la rivalidad feroz entre las potencias imperialistas, apoyándose cada una de ellas en una “concentración gigantesca de fuerzas productivas, fusión del capital monopolista con el Estado” (Lenin, El imperialismo).
La globalización de la división del trabajo lleva largo tiempo en contradicción con la fragmentación del mundo en Estados nacionales. “El imperialismo es la mera expresión de esa contradicción”, decía Trotsky. “El capitalismo imperialista busca resolver la contradicción moviendo fronteras, conquistando nuevos territorios etc.”
Trotsky resumió en una fórmula concisa las consecuencias políticas extremas de ello: “La centralización y la colectivización caracterizan tanto la política de la revolución como la de la contrarrevolución.” De ahí la necesidad de derrocar el capitalismo mediante el único camino posible: la revolución proletaria, porque la política de la burguesía ante tal desarrollo llevaba al fascismo y a la guerra.
El último intento de unificar por fuerza el mercado europeo – en este caso, en beneficio del imperialismo alemán – fue la de Hitler. Fracasó. Las principales burguesías imperialistas del continente llevan desde el fin de la guerra esforzándose, mediante la supuesta “construcción europea” – expresión tan pomposa como mentirosa! – por sortear las dificultades procedentes de la fragmentación del continente en Estados, de los cuales no quieren ni pueden deshacerse. La pandemia del coronavirus ilustra con qué facilidad las fronteras se vuelven a erigir, porque nunca se cuestionó a existencia de los Estados nacionales.
Lo que está pasando en el tema de la energía demuestra que la famosa construcción europea bajo dirección burguesa no ha levantado las contradicciones. A lo sumo, las ha agudizado cambiando sus formas.
Nos explican que, por ejemplo, si el precio de la luz sube en Francia, viene de que está indexado sobre el del gas. Pero ¿por qué esa indexación?
El mercado común de la luz al nivel de la UE fue creado en el marco del mercado común de energía. Ahora bien, las fuentes de energía (carbón, eólica, presas hidroeléctricas, nuclear etc.) son distintas de un país imperialista europeo a otro (y en lo que a los países no imperialistas se refiere, de todas formas, tienen derecho a hablar pero no a decidir).
Por lo que, a lo largo de muchas negociaciones, fue implementado un sistema complejo, con el objeto de compensar la desventaja de algunos respecto a tal o cual recurso mediante una ventaja con otra fuente de energía. Así se permite que las energéticas menos rentables generen ganancias, y en el caso de las privatizadas, que sus accionistas cobren buenos dividendos. De ahí un sistema en el cual el precio de la luz poco tiene que ver con la realidad de su producción.
Hasta la ley de oferta y demanda, regulación del capitalismo, es desviada, e incluso vaciada de significado.
La agitación ridícula del ministro de Economía, Le Maire, por resolver la situación absurda así provocada, es mero postureo.¡No puede hacer nada!
A pesar de que tengan una relación muy lejana con la realidad productiva, los precios de la energía con su subida brutal son un problema muy concreto para los consumidores. Por cierto, no son las medidas insignificantes de Castex (primer ministro) las que compensarán la pérdida de poder adquisitivo de los asalariados, consecuencia de la subida de la gasolina y el fuelóleo.
Lo complejo del sistema de precios tiene una ventaja para las empresas capitalistas: les facilita una cortina de humo más para ocultar la formación de precios en el capitalismo de la época imperialista.
Eso contribuye a disimular las manipulaciones realizadas por las petroleras dentro de la subida de los precios de la gasolina y el fuelóeo.
Las subidas se producen en un contexto en el que se habla cada día más de sustituir los motores térmicos con híbridos o eléctricos. La mayoría de los países europeos contemplan prohibir en 2035 la venta de vehículos térmicos nuevos. Mientras dejan que los ecologistas nos entretengan con la expresión “transición ecológica”, los patrones de los cárteles petroleros, así como los de la automoción, llevan largo tiempo preparando su reconversión.
Los pocos cárteles dominantes en el sector petrolero desde hace más de un siglo no tienen la más mínima intención de perder un mercado que les ha proporcionado tanta riqueza; al menos, no sin sustituirlo por mercados tan rentables. Su posición de monopolio les permite imponer sus decisiones, aunque sea en perjuicio de otros capitalistas menos potentes.
Para eso sirve un monopolio en el mundo de las fieras capitalistas. No hacen otra cosa los capitalistas que gozan de semejante posición en otros sectores – papel, contenedores, chips.
“La transición requiere inversiones enormes. Y la luz va a costar más caro.” El hombre que pronunció esa frase sabe de qué habla: se trata de Patrick Pouyanné, presidente ejecutivo de TotalEnergies, el nuevo nombre de la petrolera Total. En la misma entrevista que dio a Les Échos (1 y 2 de octubre), no niega que se trate de una operación voluntaria y preparada con antelación. “Hace dos años, dice, cuando empezamos a trabajar sobre nuestra compañía común ACC (Automotive Cells Company) en el campo de las baterías con el director general de Stellantis, Carlos Tavares, teníamos un debate sobre el compromiso que PSA podía consentir para garantizar las compras de baterías de las fábricas.” Y afirma: “Desde este año, el mundo ha cambiado por completo.”
El presidente ejecutivo de Total sólo habla de baterías, que son uno de los problemas centrales de la conversión de los vehículos a la energía eléctrica.
Pero la investigación se abre paso a otras fuentes, en particular el hidrógeno. En cuanto a la producción de electricidad, vemos cómo vuelve, al lado de la energía eólica y la fotovoltaica, la producción nuclear (que en adelante viste de verde) e incluso el carbón, que hace poco parecía condenado.
Las petroleras y sus aliados de la automoción ni siquiera han decidido ya cuál será su orientación futura. En cambio, saben que su reconversión costará dinero, empezando por la investigación para determinar lo más rentable; y que más vale lograr que los consumidores y el Estado financien las inversiones correspondientes.
Así que, como vemos, la subida brutal del petróleo, que los medios y ministros nos venden como una “sorpresa”, ¡en realidad ha sido una operación planificada y organizada desde hace mucho tiempo!
Si la subida actual de los precios petroleros se mantiene y se amplifica, lo cual parece cierto, las grandes compañías petroleras buscarán hacer pagar a los consumidores la reconversión parcial de su industria, con las inversiones que supone.
¿Han fomentado ellos el bombo sobre la “transición ecológica”? ¿Sólo buscan anticipar el movimiento sacando ventaja de él? Lo cierto es que están reproduciendo los mecanismos de las crisis petroleras de los años 1970. Las reservas de petróleo barato ya no eran suficientes para satisfacer el consumo anticipado, por lo que las petroleras impusieron a la economía mundial el choque de una verdadera explosión de precios de petróleo y gas, para que por anticipación los consumidores pagasemos la inversión necesaria para explotar los yacimientos menos rentables (petróleo offshore, gas de lutita etc.). Una operación preparada con una campaña mentirosa cuyos argumentos mezclaban el agotamiento de los yacimientos – se decía entonces que ya no habría petróleo en 2000 – con la codicia de los “emires del petróleo”, la todopoderosa Opep (Organización de los países exportadores de petróleo). Hoy día, se habla más bien de la demanda china, los problemas de gasoducto, la voluntad de Putin de vender el gas ruso al mayor precio posible, el coste del transporte marítimo, etc.
Detrás de los chivos expiatorios y los motivos inventados está, al igual que hace medio siglo, una operación planificada y ejecutada por los monopolios petroleros y otros cuantos de la automoción.
Las “crisis petroleras” de los años 1970 llevaron, progresiva o brutalmente, a una subida general de los precios. Con ésta se cambiaron las relaciones de fuerza entre las empresas capitalistas. Esta vez va a pasar lo mismo. Los cambios drásticos que puede causar la subida de los precios energéticos ampliarán la crisis y modificarán un poco más el reparto de la plusvalía global en beneficio de los trust más potentes. La subida de precios energéticos tendrá impacto en toda la economía. El movimiento ya se ha iniciado, con más o menos brutalidad, en particular en los precios de los productos más esenciales para las masas populares.
Por supuesto es preciso enfatizar la responsabilidad de los trust, y especialmente las energéticas, así como la doble ventaja que tienen en cobrar ya la ganancia adicional fruto de la venta de productos petroleros, y preparar al mismo tiempo su reconversión. Es preciso revelar qué oculta el supuesto entusiasmo ecológico, que al principio no pasaba de los políticos ecologistas de poco alcance y ahora es un tópico de todas las estrellas políticas de la burguesía. Hay que basarse en esa realidad para poner en evidencia la necesidad de eliminar el secreto de los negocios, etapa necesaria del control de los trabajadores y clases populares sobre la producción y el reparto de todo lo producido.
Los problemas ecológicos son muy reales, pero las soluciones burguesas llevan su carácter de clase. Primero porque las sufren las clases populares, con el encarecimiento del transporte y la calefacción; de hecho se selecciona con el criterio del dinero quienes pueden calentarse y moverse sin límite. Pero además, una organización económica cuyo fundamento es la propiedad privada y el Estado nacional es incapaz de dar una respuesta a problemas que exigen la planificación al nivel global.
Sobre todo, es preciso aprovechar la oportunidad para defender entre los trabajadores la reivindicación de la indexación de los sueldos sobre la subida de los precios. Tenemos que basarnos en lo que todos los trabajadores experimentan como consumidores, el que las subidas de precios significan la reducción del poder adquisitivo, o sea una bajada del salario real.
El autoritarismo creciente del Estado: una condición inevitable para sus intervenciones en el rescate de la economía capitalista
La revista antes citada (§7) nota lo siguiente: “La pandemia […] ha otorgado a los Estados un poder de intervención y coacción exorbitante. Vuelven a ser agentes centrales en la vida económica. […]Han tomado a su cargo la salud y subsistencia de todos. El Estado providencia es omnipresente. »
En los años 1930, apenas dos décadas después de la revolución rusa y a pesar de la degeneración burocrática de la Unión Soviética, la condición política fundamental de la política económica del fascismo – salvar el capitalismo abocando a los trabajadores a la miseria y preparando la guerra – fue ante todo quebrar a la clase obrera viva y combativa.
Lo que Hitler impuso en Alemania aplastando a la clase obrera, en los Estados Unidos lo obtuvo Roosevelt otorgando primas a la aristocracia obrera gracias a la colaboración de los aparatos sindicales reformistas. Cuando se acabó la poderosa movilización de la clase obrera de los años 1930, el peligro de la guerra dio al Estado americano los recursos para emprender una política que consistía en poner a disposición de la economía capitalista lo que el Estado cobraba directamente de las clases populares.
No estamos en la misma situación ahora, claro está. Para neutralizar y desactivar la resistencia obrera, es necesario anestesiarla. Otra vez, la pandemia y las medidas sanitarias del gobierno, no han sido su motivo fundamental, pero han sido una oportunidad para ello. La “guerra contra el coronavirus” a la que se ha referido Macron al principio de la pandemia le permitió disimular con motivos sanitarios que se ponía en vereda a la población. Forma parte de la implementación de los que la revista financiera antes citada llama “un poder de intervención y coacción exorbitante”.
Las condiciones políticas que permiten el estatismo para salvar el capitalismo en crisis fueron ofrecidas a la burguesía mucho antes de la pandemia, por la apatía política de la clase obrera, asqueada y desviada de las preocupaciones políticas por décadas de traiciones por parte de los partidos que pretendían representarla.
La expresión de Trotsky en el Programa de Transición según la cual “La situación política mundial en su conjunto viene caracterizada ante todo por la crisis histórica de la dirección del proletariado” expresa una realidad que se ha venido agravando a lo largo del tiempo. El estalinismo ha destruido hasta el concepto de “dirección del proletariado”.
El incremento del intervencionismo estatal no ha hecho desaparecer las contradicciones del capitalismo senil. Aun teniendo en cuenta la intervención del Estado, el mercado se encuentra totalmente incapaz de equilibrar las relaciones económicas.
La concentración en trust y multinacionales procede del capitalismo de libre competencia. El desarrollo del capitalismo, que ha acabado en imperialismo, aun con la intervención del Estado no ha eliminado las crisis sino que ha reducido su capacidad reguladora.
La forma y amplitud de la anarquía capitalista, atribuidas por error a las consecuencias de la pandemia, se notan con la desorganización de buen número de circuitos de producción al nivel global: retrasos o paros en los abastecimientos, altibajos en el funcionamiento de los transportes (desde gasoductos hasta contenedores marítimos), sobresaltos en los precios en diversas etapas del proceso productivo, etc.
Es verdad que no es ninguna novedad la anarquía de la producción capitalista, ya sea en las relaciones entre empresas, o entre la empresa principal y sus subcontratas. De hecho, es una característica propia de la organización capitalista de la producción. Dentro de cada empresa capitalista, en cambio, es característico el reparto regulado del trabajo, basado en una disciplina rigurosa que se impone a los trabajadores. No obstante, el caos actual tiene impactos hasta dentro de las empresas.
Toda la cadena de producción de automóviles está desorganizada, y puede que no sólo sea de manera puntual sino por un determinado periodo, porque con las intervenciones estatales el mercado es incapaz de regular la oferta y la demanda de buen número de productos semi-acabados indispensables. ¿La razón? Ninguna huelga o bloqueo fruto de la lucha de clases, sino procesos propios del funcionamiento de la economía capitalista. La desorganización se da tanto al nivel global como al nivel de cada empresa, donde los jefes y ejecutivos no saben cómo arreglárselas para que vaya funcionando la mecánica capitalista de la producción.
Los comunistas revolucionarios, claro está, tenemos que denunciar el hecho de que todas esas sacudidas de producción se pagan con una degradación de la condición obrera: aceleración de los ritmos de trabajo, a veces entrecortados con periodos sin actividad, despido de los eventuales, precariedad de los sueldos y horarios de trabajo, pérdidas en la nómina, etc. Pero, mucho más allá de esas consecuencias día tras día, tenemos que denunciar una organización económica y social cada día más incapaz de regular el equilibrio fundamental entre capacidades de producción y necesidades por satisfacer.
Los ministros van repitiendo que hay recuperación. No hablemos de la parte de optimismo que aquí en Francia se debe a la campaña electoral… Algunos elementos parecen fundamentar esa afirmación.
Los teóricos de la burguesía suelen basar su optimismo, entre otros elementos, en el repunte del comercio mundial. “El volumen del negocio global de mercancías, según afirma Les Échos, debería crecer un 10,8% este año, tras retroceder un 5,3% en 2020.”
Pero otro hecho viene a matizar el optimismo: la penuria. Leemos en Le Monde del pasado 7 de octubre: “Especias, lana, juguetes, móviles… las penurias van a durar. Varios granos de arena han entorpecido una cadena logística global que hasta aquí iba bien, con las tensiones debidas al repunte de la demanda. Hasta el bloqueo. La economía global acaba de entrar en lo imprevisible.”
Les Échos de 7 de octubre menciona una “recuperación de la industria europea todavía bajo presión. Es fuerte el repunte, puesto que, tras un retroceso de más del 25% en abril de 2020 respecto a enero del mismo año, la producción industrial del Viejo Continente volvió este mes de julio a su nivel de antes de la crisis. En los Estados Unidos pasa casi lo mismo.”
Pero otra vez se modera la afirmación: “En Alemania, la producción industrial sigue por debajo de su nivel de enero de 2020, en un 4% aproximadamente. Asimismo la industria francesa mantiene un ritmo reducido puesto que su producción queda un 3% por debajo de su nivel de antes de la pandemia.”
Un economista de Coface da la siguiente explicación: “Alemania y Francia llevan retraso por la estructura de su industria. La industria francesa depende en gran parte de la aeronáutica, y la alemana, de la automoción. Ahora bien, la automoción, casi la cuarta parte de la producción industrial alemana, y la aeronáutica, un 12% de la francesa, siguen con dificultades.”
Una “recuperación en el filo de la navaja”, comentario del periodista de Les Échos. El mismo diario afirma basándose en las previsiones del FMI: “El crecimiento global da muestras de estancamiento.”
En los próximos meses veremos si la producción inicia una verdadera recuperación o si se trata de un repunte momentáneo tras las alteraciones de la producción debidas a la pandemia.
El único sector donde sí hay recuperación es la banca. Sin embargo, su gasolina son los miles de millones que los bancos centrales derraman en la economía. Miles de millones generados por la creación monetaria, el crédito fácil, y por la compra casi sin límite de deuda pública y privada, especialmente los bonos del Estado. Los economistas lo llaman “expansión cuantitativa”, (quantitative easing en inglés). Es una combinación de dos elementos: la compra de títulos de deuda y la bajada de los tipos de interés. La compra de títulos significa que sin límite se echa dinero y crédito a la economía; la bajada de los tipos supone que esas liquideces se ponen a disposición de los capitalistas al menor precio posible.
Ambos favorecen la inflación.¿Habrá que seguir con esa política o, al contrario, dejarla, lo cual amenaza con provocar pánico en el mundo financiero y acelerar la crisis financiera? El debate viene dividiendo a los intelectuales de la burguesía. ¡Y con razón! Es a cuadratura del círculo. Otra vez, los remedios contra una determinada fase del capitalismo enfermo se convierten en venenos en la siguiente fase.
Mientras tanto, Les Échos de 11 de octubre lleva el siguiente título: “Los bancos europeos en la cima de sus resultados en la Bolsa”. Con un alza del 44%, los bancos realizan el mejor resultado en Bolsa entre todos los sectores desde el principio del año. Es posible que siga subiendo su cotización de aquí al final del año. Muchas entidades han anuniado generosos planes de reparto para sus accionistas.
En la prensa económica se observa una unanimidad casi completa para señalar el peligro de otra nueva crisis financiera importante, “sistémica”. En cambio, existe una gran variedad de hipótesis acerca de cómo puede estallar. La conjetura más comentada en la actualidad en cuanto a la especulación inmobiliaria se refiere a la posible quiebra de las compañías chinas Evergrande y Fantasia.
Toda la economía productiva está sobre un polvorín y con peligro de estallido financiero. Tanto más cuanto que la especulación inmobiliaria que ha llevado a Evergrande cerca de su quiebra es un fenómeno general en casi todos los grandes países industriales. Hasta Francia contribuye a esta situación, teniendo en cuenta la subida de los precios inmobiliarios de las ciudades pequeñas y medianas. El entusiasmo de los pijos de París por adquirir su residencia principal en una provincia bien comunicada con AVE ya está produciendo una subida de precios que perjudica a los compradores locales. La especulación es inevitable.
29. Ya se recupere o no la economía, no acabará con la crisis de fondo, cuyos principios se remontan a las crisis monetarias y petroleras. Llevamos así más de medio siglo, durante el cual el estancamiento global se ha manifestado con una sucesión de retrocesos y repuntes.
Seguir todas esas fases permite saber como adaptar las reivindicaciones que vienen resumidas en el Programa de Transición a las preocupaciones de los trabajadores. El lema de indexación de los salarios sobre los precios, o escala móvil de los salarios, por ejemplo, nunca ha desaparecido de la propaganda comunista revolucionaria. Sin embargo es evidente que como lema para la agitación diaria, no tenía tanta eficacia hace unos meses, cuando la inflación no se notaba o casi, como ahora, mientras las clases populares sufren al llenar el depósito del coche o al establecer el presupuesto de calefacción.
Es probable que la economía capitalista salga de la fase actual de su crisis. Ya se salió de las anteriores, en particular de la que hubiera podido hacer estallar el sistema bancario global en 2008. Tiene gran capacidad de adaptación. Pero, a la vista del medio siglo transcurrido desde lo que economistas de la burguesía han llamado la “crisis secular”, los sobresaltos cada vez más frecuentes en la economía (crisis del petróleo, monetaria, del euro, del sistema bancario, inmobiliario; crisis específicas en tal o cual región del mundo…) demuestran la incapacidad del capitalismo de seguir administrando las fuerzas productivas que lo están haciendo estallar.
Engels notó hace un siglo y medio en Del socialismo utópico al socialismo científico que “esas fuerzas productivas vuelven a brotar con una potencia creciente hacia la eliminación de la contradicción, su emancipación de la cualidad de capital, el reconocimiento efectivo de su carácter de fuerzas sociales”. Otra expresión del mismo Engels, en el mismo libro, suena como anticipación de la situación actual: “El reconocimiento parcial del carácter social de las fuerzas productivas se impone a los capitalistas: apropiación de los grandes organismos de producción y comunicación, primero mediante sociedades por acciones, luego mediante cárteles y por fin el Estado. La burguesía aparece como una clase inútil, todas sus funciones sociales las desempeñan trabajadores asalariados.” Y añade: “resolución de las contradicciones: el proletariado toma el poder público y, con ese poder en manos, convierte los medios de producción sociales, que escapan de las manos de la burguesía para ser propiedad pública.”
Por muy arraigada en el poder que esté la burguesía, y muy feroz en su voluntad de agarrarse a la forma capitalista de la economía, gracias a la cual conserva su dominación y privilegios, las leyes del desarrollo económico son mucho más potentes.
Desde que Engels escribió esas líneas, el desarrollo económico llevó a progresos científicos e inventos técnicos, desde el uso de la energía atómica hasta la comunicación instantánea al nivel global, pasando por el inicio de la conquista del espacio. Creó relaciones entre todos los seres humanos a escala del planeta. Desde las multinacionales hasta los grandes bancos y los gigantes de la distribución tipo Amazon, una multitud de formas de organización producidas por el desarrollo capitalista facilitan recursos para gestionar consciente y racionalmente, por el bien común, la producción y reparto de los bienes creados colectivamente.
Senil, enfermizo, paralizado por enfermedades múltiples, ¿puede el capitalismo acabar derrumbándose? Para que no se lleve a toda la civilización humana, será necesario que la clase obrera lo eche abajo. En ese sentido, la ausencia de una dirección revolucionaria, o sea de un partido comunista revolucionario, pone en peligro el futuro, por los mismos motivos que en tiempos de Trotsky.
13 de octubre de 2021
Situación internacional - 1
Pandemia, caos económico, enfrentamientos armados, amenazas de guerra
Capitalismo y gestión de la pandemia
El caos de la economía capitalista en crisis se refleja en las relaciones internacionales y predomina en ellas.
Tanto la pandemia como su gestión por parte de los gobiernos ilustran las contradicciones cada vez más agudas que conlleva la organización social capitalista.
Por un lado, la evolución del propio capitalismo abarca a los pueblos y las economías en un todo, lo cual supone que se reorganice la sociedad a escala internacional. Al mismo tiempo, ofrece a la humanidad los medios para hacerlo. Por otro lado, se producen repliegues nacionales, tanto en los hechos como en las conciencias.
Por un lado, el progreso de la ciencia y la técnica ha permitido que rápidamente se encontrase cómo luchar contra la Covid; por otro lado, a buena parte de la humanidad se le niega esos recursos.
Por un lado, media docena de grandes farmacéuticas son capaces de producir y distribuir vacunas a escala mundial; por otro lado, dicha capacidad de planificar a gran escala no ha acabado con su competencia feroz. La propiedad privada de los medios de producción, así como la existencia de Estados nacionales, imposibilitan la circulación de la vacuna como “bien común de toda la humanidad”.
La pandemia y el sentimiento de una amenaza común han facilitado a los gobiernos de los países desarrollados – aquellos que disponen de un sistema sanitario – la oportunidad para imponer una disciplina nacional, detrás del Estado. La han aprovechado, en mayor o menor medida. Sin embargo, el aspecto colectivo de la amenaza, que parecía común de todos los seres humanos, en absoluto ha cambiado la naturaleza de clase del Estado, que sigue siendo el instrumento de la burguesía. Cuando el poder mete en cintura a la población, aunque tenga en parte su consentimiento, fundamentalmente sirve los intereses de la clase dominante.
Asimismo, cuando los Estados aumentaron las barreras erigidas entre los pueblos, se han referido a la necesidad de limitar la circulación viral. Hay quienes lo hicieron de forma “soft”, prohibiendo o dificultando los viajes entre un país y otro. Otros añadieron motivos sanitarios a los otros tantos que, según dicen, justifican las alambradas puestas alrededor de su país con el objeto de impedir la inmigración.
No hay imagen más verdadera de las contradicciones de la globalización bajo el capitalismo que ese deseo de parar la pandemia mediante el aislamiento nacional – y la imposibilidad de realizarlo. La “guerra contra la pandemia” provocó un arranque de egoísmo nacional desenfrenado (existencias de vacunas desviadas en perjuicio de otros países, vacunas producidas por unos y no reconocidas por otros…). Sobre todo, ahondó aún más el abismo entre los países desarrollados, imperialistas, por un lado, y por otro lado los países pobres, cuyas capas dirigentes son las únicas con acceso a las vacunas (en general, yéndose a los países más desarrollados).
Precisamente son los avances científicos y técnicos de la humanidad, su creciente capacidad a medir los estragos que la economía capitalista con su carrera al beneficio y su anarquía causan a la naturaleza, los que imponen los problemas ecológicos en la opinión pública. Parece cada día más visible que los problemas más importantes, o sea el cambio climático y la reducción de la biodiversidad, exigen una cooperación internacional.
Las catástrofes naturales recuerdan a la humanidad que es una e indivisible, y forma parte de un conjunto más amplio, el de los seres vivos. Más allá de la mera sociedad humana, es la vida la que se ve amenazada por una forma de organización económica depredadora. Pero, al mismo tiempo que surge esa conciencia, sólo desemboca en conferencias internacionales palabreras y estériles.
Otra vez la propiedad privada y los Estados nacionales son obstáculos infranqueables ante la puesta en común de todos los recursos elaborados por el genio humano. Imposibilitan el tomar e implementar las decisiones que corresponderían a las necesidades colectivas.
Dentro del movimiento ecologista, incluso los que sinceramente se preocupan por el futuro del planeta – y no los que sólo reivindican una etiqueta ecologista muy útil para sus ambiciones políticas – descorazonados por la inacción de los Estados, se quedan en llamamientos a la conciencia individual. Es otra manera de oponerse a la toma de conciencia colectiva, es decir, la de lo necesario de la destrucción del fundamento de la economía capitalista: la propiedad privada de los medios de producción y la búsqueda del beneficio.
Incapaz de resolver los problemas de la sociedad mediante soluciones que pondrían en tela de juicio su credo, la búsqueda de la ganancia, el capitalismo en crisis lleva las imperfecciones de su organización social hasta lo absurdo: el egoísmo tanto de los individuos como de los pueblos, las formas más agresivas del nacionalismo, la ley de la jungla. Lo cual supone el dominio de los más potentes sobre los más débiles, el de la burguesía imperialista sobre todos los pueblos del mundo.
Cómplices contra los pueblos, compiten unos con otros
Cómplices para someter a los pueblos, las potencias imperialistas siguen siendo rivales. Lo demuestra con elocuencia el reciente caso de los submarinos que ha enfrentado a Francia y Australia – o mejor dicho, al imperialismo francés y al imperialismo estadounidense. Demuestra que sus relaciones están fundamentadas en la fuerza, por lo que el imperialismo secundario, lo que es Francia, no puede hacer otra cosa que protestar con palabras. El foco de tensión no yace tanto en la cancelación de un contrato de venta de submarinos (aunque sea una pérdida de decenas de miles de millones de euros, que lamentan los dirigentes franceses) como en el anuncio brutal de una nueva alianza entre los EE.UU., Australia y el Reino Unido en el Pacífico – con las siglas Aukus. Una manera de recordar a Francia, que con sus territorios ultramarinos en la zona (Polinesia “francesa”, Nueva Caledonia, Wallis y Futuna) pretende desempeñar un papel importante en la zona indo-pacífica, que sólo es un vasallo de los EE.UU., y que pueden tratarlo como tal.
Semejante relación existe entre ambos imperialismos, estadounidense y francés (aliados y rivales a la vez) en África y en particular en el ex imperio colonial francés. Por un lado, en privado, son aliados: sus relaciones se basan en el beneplácito de los EE.UU. a que Francia se encargue del trabajo de policía en su zona, con una presencia militar, y en la necesidad para Francia de contar con el apoyo de los EE.UU., aunque sólo sea la logística para mover sus tropas. Por otro lado, más público: dos imperialismos rivales por los recursos naturales y los mercados, ya existentes o futuros.
Un documental de la cadena Arte (cadena franco-alemana) habla de un segundo reparto de África, con alusión al primero que tuvo lugar el Berlín en 1884-1885 para dividir el continente entre los imperialismos europeos. Al igual que la primera vez, no sólo se trata de competir por acaparar recursos que ya se saben explotar – uranio, petróleo, tierras raras, etc., sino también de sentar una ocupación territorial para dificultar el acceso de los rivales.
En general, los enfrentamientos sangrientos, las guerras étnicas o nacionales que nunca han cesado en el continente africano, no son el resurgimiento de un lejano pasado o del regreso a las antiguas guerras tribales.
Directa o indirectamente, detrás de los conflictos está la rivalidad entre compañías, entre imperialismos, y las maniobras de sus servicios secretos. Todo aquello viene ocultado por el secreto, y en primer lugar el secreto de los negocios, que tan importante es para el capitalismo. La opinión pública y hasta los círculos “informados” de la burguesía sólo ven una parte del iceberg. Si es que la ven…
El diario belga Le Soir (24 de agosto) describe cómo hace poco el ejército ruandés fue a Mozambique a combatir grupos armados yihadistas.
¿Qué buscaba Ruanda en Mozambique, cuando esos países ni siquiera tienen una frontera común? Parte de la respuesta yace en que, tras el genocidio de su etnia por los Hutus, los Tutsis reconquistaron el poder con un ejército eficaz, más eficaz que la mayoría de los ejércitos del continente, cuya experiencia militar se reduce a la opresión de sus pueblos.
Pero la intervención de los grupos yihadistas, y luego la del ejército ruandés para imponer el orden, venían después del descubrimiento de un inmenso yacimiento de gas en Mozambique; ahora bien, una rivalidad opone las sociedades Eni, italiana, y Anadarco, estadounidense, de las cuales el francés Total busca deshacerse. Qué papel preciso ha tenido cada una de las compañías? Sólo lo saben quienes están en el secreto. Podemos suponer que a Total no le apetecía realizar inversiones masivas necesarias para la producción y licuefacción del gas en una zona de guerra…
Imperialismos europeos, más rivales que unidos
En cuanto al ensamblaje de imperialismos de nivel secundario que forma el núcleo original de la Unión Europea, todo el historial de su vida común ilustra tanto la obligación de unirse por la supervivencia económica como la imposibilidad de hacerlo del todo.
Los dirigentes políticos de los países imperialistas europeos sueñan con la potencia económica que ésta podría ser, con su población, mercado, fuerza de sus industrias nacionales juntas. Sin embargo, su sueño choca constantemente con la realidad de la competencia entre sus capitalistas.
La crisis económica con sus sacudidas en varios sectores va poniendo en tela de juicio los equilibrios cuidadosamente elaborados entre las potencias rivales de la Unión Europea. Así pues, el pacto energético que tan trabajosamente se ha implementado determinando el peso específico de cada energía, carbón, energía nuclear, hidráulica, eólica, fotovoltaica, ahora es amenazado por la subida brutal del precio del gas y el petróleo – voluntad de las compañías petroleras.
Por lo que los veintisiete países de la Unión Europea resultan divididos. Francia y, justo después de ella, España, forman una frente común con el objetivo de reformar el sistema europeo de fijación del precio de la luz, un sistema en el cual – según dice un medio – “la tecnología más cara (el gas) determina el precio mayorista de la luz”. Enseguida comparten esa posición Grecia, Chequia y Rumania, y la combaten Alemania, los Países Bajos y varios países del Norte de la Unión, que “prefieren que el mercado se autorregule”.
He aquí la Unión Europea dividida en dos bloques opuestos, según las fuentes energéticas o las alianzas de cada país.
La riña en torno a Jersey entre pescadores franceses e ingleses puede parecer una cosa sin importancia. Pero no lo es para su existencia. Además, la llegada de una nave de guerra británica en la zona de pesca, aunque sólo sea para enseñar los músculos, traduce la tensión entre dos de las principales potencias imperialistas de Europa. Tanto más cuanto que el Brexit ha traído consigo más consecuencias. Algunas son realmente la cuadratura del círculo, por ejemplo lo que ocurre en Irlanda del Norte, con un pie en la UE por sus vínculos con la República de Irlanda, y otro en el Reino Unido sumido en el Brexit. Otra consecuencia del Brexit pone en riesgo la vida de los migrantes: la discrepancia en torno a quién tiene que hacer el policía en el Canal de la Mancha para impedir las migraciones ilegales.
Los debates que dividen a las instituciones europeas y lo que ocultan
No sólo la Unión Europea no ha resuelto las diferencias entre, por un lado, países imperialistas del Oeste del continente, y por otro lado, la parte oriental o balcánica, más pobre – sino que las viene amplificando. Las compañías alemanas, francesas, neerlandesas etc. dominan la economía de aquellos países, en competencia con las grandes compañías estadounidenses, británicas y asiáticas. La dominación de los trusts y el sentimiento que de ella tienen los pueblos permiten que parte de la clase política de los países del Este toque la fibra nacional para oponerse a las instituciones europeas, añadiendo (como es el caso en Polonia o Hungría) buena dosis de otras ideas reaccionarias y chovinistas. La pelea jurídica y política entre Polonia y la UE sobre qué impera, la soberanía nacional o las leyes europeas, tiene sus raíces en esas relaciones de dominación.
El húngaro Orban puede desarrollar su demagogia contra los inmigrantes y presentarla como un ejemplo de soberanía nacional – el eje de su oposición a la “burocracia de Bruselas” – tanto más cuanto que semejante demagogia es frecuente entre la casta política europea. Las alambradas que hizo elegir en 2015 en la frontera con Serbia ya han encontrado su imitación con la construcción del muro entre Polonia y Bielorrusia. No hace falta recordar que el muro que España levantó alrededor de Melilla es muy anterior (1996) al de Orban para saber que los grandes países de Europa occidental, supuestamente civilizados, han convertido el Mediterráneo y el Canal de la Mancha en “barreras” mortales para preservar su “Europa fortaleza”.
En el Este europeo, donde los pueblos llevan siglos entremezclados, el nacionalismo extremado de los gobiernos trae más opresión contra las minorías nacionales. Algunas se convirtieron en minorías por los tratados de Versalles o Yalta, otras por el desmembramiento de Yugoslavia, o de la Unión Soviética (los rusos en los países bálticos, los húngaros en Rumania, Eslovaquia y Serbia, los rumanos y húngaros en Ucrania,etc.). Por ahora, la opresión que sufren queda limitada a toda clase de discriminaciones, especialmente en la educación o el derecho a usar su idioma en la administración. No quita que a veces toma un aspecto brutal, en particular contra los gitanos.
En esa región, la multiplicación de los Estados no suele ser una liberación para las minorías, sino al contrario un empeoramiento de su opresión. El desmembramiento de Yugoslavia, con horror y sangre, dio en negativo una imagen de la necesidad de una forma federal del Estado, con derechos idénticos para los pueblos en él reunidos. Esa idea la defendió el movimiento obrero durante largo tiempo.
La opresión de las minorías nacionales, étnicas o religiosas es una característica fundamental del mundo bajo dominación imperialista. En un periodo de crisis, sólo puede empeorar.
En varios países, la opresión lleva a las minorías a la emigración (los Rohingyas en Birmania, por ejemplo), en otras partes acaba provocando revueltas contra el Estado central, como en Etiopía. Se trata de un potente factor de desestabilización en numerosas regiones del mundo.
Desestabilización y descomposición de los Estados
A raíz de esa desestabilización, surgen permanentemente conflictos locales o regionales en los cuales se agotan pueblos y comunidades. Como consecuencia traen consigo, directa o indirectamente, la intervención de las potencias regionales (Turquía, Arabia Saudí…), las cuales, incluso cuando no son manipuladas desde el inicio por las potencias imperialistas, acaban convirtiéndose en sus instrumentos.
La crisis económica es la causa directa de la descomposición del Estado libanés. Con ella llegan a su extremo otras fuerzas de desintegración, fruto de las rivalidades entre los imperialismos francés y británico.
En Haití, en cambio, esos factores de desintegración étnica o religiosa no existen. Allí, en beneficio de las bandas armadas, el Estado se desmiembra en la corrupción, en medio de la miseria sin fin de las masas populares. A la banda armada oficial del Estado y su aparato dirigente, su policía, sustituye progresiva pero violentamente una serie de bandas armadas privadas, que prosperan a base de rapiña, rapto y chantaje. Una caída hacia el abismo que se produce a unos pocos kilómetros de Florida, o sea una de las regiones donde más se exhibe la riqueza de la burguesía imperialista más potente del mundo…
Desde el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán hasta la guerra en Yemen, pasando por las guerras simultáneas o sucesivas que descuartizan Oriente Medio y África, los conflictos locales y regionales hunden a buena parte de la humanidad en el sufrimiento, la destrucción y la muerte. Lo descrito forma parte de la dominación del imperialismo. Más aún, es uno de sus principales componentes. No sólo sabe el imperialismo vivir con los conflictos, sino que los utiliza para perpetuar su dominación. Las grandes compañías sacan ventaja de ello, con la venta de armas y municiones a las capas dominantes de los países. La corrupción del personal político local facilita la apropiación de riquezas por los trusts. Montar unos contra otros a los pueblos bajo su imperio permite a las potencias imperialistas mantener su dominación.
El mundo imperialista es un gigantesco polvorín. Más todavía en los periodos de crisis, cuando las tensiones ya existentes empeoran. Surgen nuevas tensiones inevitablemente, ahí donde las masas oprimidas, además, son empujadas hacia la miseria. Basta con ver lo que está pasando en Sudán en el momento de redactar este texto.
Nadie puede prever qué chispa encenderá el fuego. La burguesía imperialista se lo espera, y constantemente se prepara a ello.
A pesar del desmantelamiento de la Unión Soviética, principal enemigo que les servía de pretexto a los dirigentes imperialistas en su carrera armamentista, ésta no ha cesado nunca, ni siquiera ralentizado. Tampoco ha desaparecido, entre las potencias imperialistas, el juego de alianzas, pactos militares, con vistas a la futura conflagración general, que todas creen inevitable.
El semanal británico The Economist dedicó un artículo a la “primera potencia militar europea, Francia, [quien] se prepara ante la posibilidad de un conflicto de alta intensidad, Estado contra Estado”. Cita a quien se ha convertido en el jefe de estado mayor de los ejércitos franceses, Thierry Burkhard: “Tenemos que prepararnos a un mundo más peligroso.” Lo cual supone algo que él llama un “endurecimiento” del ejército de tierra. […] Se alegra de que: “el presupuesto de Defensa para los años 2019-2025 ha subido notablemente, y alcanzará los 50.000 millones de euros al final del periodo o sea un incremento del 46% respecto a 2018”; luego añade que “entre 2010 y 2025, los equipos del ejército habrán cambiado más que durante los cuarenta años transcurridos entre 1970 y 2010”.
Prosigue el artículo: “El espectro de un conflicto de alta intensidad se ha convertido en algo tan común en el pensamiento militar francés que lleva sus siglas propias: HEM, o sea en francés “hipótesis de intervención mayor”. No se señala a los adversarios, pero los analistas aluden no sólo a Rusia sino también a Turquía o un país de África del Norte.”
Pasa lo mismo – a gran escala – en los Estados Unidos. Las guerras en Malí (en el caso de Francia) o en Afganistán (en el de los EE.UU.) sólo han sido entrenamientos para los países imperialistas. Bajo influencia de los Estados Unidos, que son la primera potencia imperialista, los medios militares y diplomáticos se concentran en la hipótesis de un enfrentamiento con China. Su preocupación es ampliamente difundida por los medios del mundo.
Un enfrentamiento entre dos Estados entre los más potentes del mundo sería el inicio de una guerra mundial.
El mar de China, en el sureste asiático, con sus islas de soberanía dudosa, Taiwán, sus estrechos, sus grandes rutas comerciales, se han convertido en el punto caliente del planeta. También es el lugar donde se miran dos ejércitos entre los más potentes del mundo.
La prensa denuncia casi unánimemente la “agresividad de China”, pero ¡son las naves de guerra estadounidenses las que están a las puertas de China, no lo contrario! Es China quien se ve cercada no sólo por el dispositivo estadounidense, sino también por una coalición de imperialistas (el Japón, Australia, Reino Unido), más o menos reforzados por Filipinas y la India.
Llevan cierto tiempo multiplicándose los artículos y libros que, al igual que el artículo del Financial Times antes citado y titulado “Hemos entrado en una guerra fría 2.0” usan el término “escalada”.
En una obra reciente, un director de investigación sobre estrategia, Jean-Pierre Cabestan, se pregunta: “Mañana, China: guerra o paz?” (ed. Gallimard, 2021). El libro, claro está, no da la respuesta. Sin embargo ofrece elementos de reflexión, bien para sostener la idea de que la competencia en el plano económico, diplomático y, con cada día más fuerza, militar entre ambos países inevitablemente los lleva a la guerra; bien para explicar que el enfrentamiento entre los EE.UU. y la Unión Soviética no desembocó en una tercera guerra mundial, por lo que no hay por qué creer que pasará entre los EE.UU. y China, puesto que sus economías tan compenetradas impiden un conflicto.
Elaboren los aprendices en estrategia sus hipótesis, cuyo único vínculo con la realidad es que hacen vender papel…
A pesar de los vínculos económicos cada día más estrechos entre los Estados Unidos y China, a pesar de la compenetración industrial, comercial y ante todo financiera entre ambos países – sin olvidar que la potencia económica estadounidense domina la de China, subordinada – una guerra es posible.
Las relaciones económicas fuertes entre Gran Bretaña y Alemania en vísperas de la Primera Guerra Mundial, redobladas con vínculos familiares entre dos dinastías, no impidieron que estallara la guerra ni que los bandos se formaran en torno a la oposición entre esas dos potencias imperialistas.
Además, en el caso de la relación EE.UU. – China, en absoluto China es el factor de guerra, sino que es el imperialismo. La guerra estallará cuando represente el interés del imperialismo estadounidense, o una necesidad para él.
A diferencia de la Primera y sobre todo la Segunda Guerra Mundial, hoy día no se puede adivinar la serie de acontecimientos, ni el cómo ni el según qué plazos llevará a la guerra. Sin embargo los imperialistas saben que es inevitable y sus estados mayores, sus diplomáticos nunca han dejado de prepararlo. Los medios ya aportan su cuota preparando a la opinión pública a esa posibilidad.
Se trata de un aspecto importante en la preparación militaro-estratégica, urdida en la discreción de los estados mayores o detrás del lenguaje sordo de los diplomáticos que montan alianzas.
En el artículo antes citado de The Economist se comenta cómo el estado mayor francés se prepara a la guerra, con “grupos de trabajo encargados de analizar la capacidad del país a afrontar un conflicto de alta intensidad”; prosigue: “los grupos estudian tanto el riesgo de penurias de municiones como la resistencia de la sociedad, incluso el saber si los ciudadanos están “dispuestos” a aceptar un nivel de pérdidas nunca visto desde la Segunda Guerra Mundial”, según uno de sus miembros.” Detrás del cinismo aparece la fría determinación de los servidores militares de la burguesía.
Para la población de Sira, Yemen, Somalia o el Sudán, igual que para la población de buen número de países africanos o asiáticos, la guerra ya está aquí. Nadie puede afirmar con certeza que esas guerras todavía locales o regionales nunca se convertirán en etapas de una futura conflagración global. Mucho antes del 1º de septiembre de 1939, fueron etapas la guerra de Italia en Etiopía a partir de 1935 y la invasión japonesa de Manchuria (1931) y luego China (1937).
En realidad, la guerra es el modo de existencia del imperialismo.
Para una organización comunista revolucionaria, luchar contra el imperialismo consiste esencialmente en una actividad propagandística y de explicación entre los trabajadores y los militantes. Se trata de explicar que, más allá de la explotación diaria, la dominación de la burguesía imperialista, que ya causa una multitud de guerras locales, lleva dentro la posibilidad de una tercera guerra mundial. Sólo derrocando el poder de la burguesía se pondrá fin al imperialismo y se evitará la catástrofe que amenaza con golpear a toda la humanidad con una fuerza nunca antes vista, incluso comparándola con la Primera y la Segunda Guerras Mundiales y sus respectivos 18 y 50 millones de muertos.
Además de la propaganda es importante, en nuestra agitación diaria, llevar la contraria a la burguesía, sus políticos y medios, luchando no sólo contra el chovinismo, la xenofobia sino también contra el patriotismo, es decir, la idea de colaboración de clases, de unos intereses idénticos entre la clase explotadora y la clase explotada.¡No puede haber interés común entre quienes preparan una catástrofe para la humanidad y quienes serán sus víctimas! El abandono del internacionalismo es la primera señal de traición del bando proletario.
En el Programa de Transición redactado en 1938 o sea un año antes de que estallase la Segunda Guerra Mundial (ya iniciada en realidad) escribía Trotsky: “En la cuestión de la guerra más que en cualquier otro tema, la burguesía y sus agentes engañan al pueblo mediante abstracciones, fórmulas generales, frases patéticas tipo “neutralidad”, “seguridad colectiva”, “armamento por la defensa de la paz”, “defensa nacional”, “lucha contra el fascismo” etc. Son fórmulas que a fin de cuentas consisten en mantener la cuestión de la guerra, o sea de la suerte de los pueblos, en manos de los imperialistas, sus gobiernos y diplomacia, sus estados mayores con sus intrigas y complotes contra los pueblos.”
Algunas de esas “frases patéticas” ya están pasadas de moda. Otras pueden ser recicladas. Los servidores intelectuales de la burguesía inventarán nuevas fórmulas, tan engañosas como las anteriores. Cuando el peligro de globalización de la guerra tenga un aspecto concreto, el proletariado será sorprendido y engañado, empujado detrás de sus gobiernos, como pasó cuando el inicio de las anteriores guerras mundiales. Alguna información procedente de los Estados Unidos ya nos aporta ejemplos de un repunte de agresividad anti-China.
El porvenir del proletariado, así como el de la humanidad dependerán de con qué rapidez la clase obrera recupere su conciencia de clase y su papel en a transformación social. Una vez se inicie la guerra, esa conciencia de clase sólo podrá ser traducida con la expresión de Lenin: “Convertir la guerra imperialista en guerra civil.”
29 de octubre de 2021
Situación internacional - 2
Estados Unidos
Después del desplome de la economía en 2020, los políticos y especialmente el gobierno demócrata se glorifican de la recuperación de los últimos meses. La tasa oficial de desempleo ha vuelto a los 4,8%, es decir no menos de 7,7 millones de desempleados. Sobre todo, el dato (que era del 3,5 % en febrero de 2020) es parcial, porque buena parte de los trabajadores ha salido del mercado laboral. Más de fiar es el dato de la “participación al empleo”, es decir la relación entre el número de activos y el de personas con la edad de trabajar. Era del 67% a principios de los años 2000, del 63,3% antes de la crisis sanitaria y hoy ha bajado al 61,6% – un nivel históricamente bajo. Alrededor de 40 millones de personas han dejado el mercado laboral, que ya ni se inscriben como desempleados porque que no podrían cobrar prestaciones, y por eso desaparecen de las estadísticas. El nivel real del desempleo rondaría más bien los 25%. Las ayudas a los parados implementadas en lo más duro de la pandemia son eliminadas una tras otra, para obligar a los trabajadores sin empleo a aceptar las peores condiciones. Sin embargo, el país cuenta con cinco millones de empleos menos que antes de la Covid, especialmente mujeres que cuidan de parientes mayores en su domicilio.
En cambio, la bolsa ha vuelto a sus buenas cifras de antes de la pandemia. En febrero de 2020 el índice Dow Jones alcanzaba los 29.000 puntos, y ahora supera los 35.000. Con la pandemia se ha disparado la riqueza de los capitalistas. La fortuna total de los multimillonarios ha subido un 70%. 745 multimillonarios poseen ahora más de 3 billones (millones de millones) de dólares, o sea dos tercios más que la riqueza acumulada de los 165 millones de personas que forman la mitad más pobre de la población estadounidense. La fortuna de Jeff Bezos (Amazon) se ha incrementado un 70% en dos años, cuando la de Mark Zuckerberg (Facebook) ha subido un 115% y la de Elon Musk (Tesla, SpaceX), un 750%. En un solo día, le pasado 25 de octubre, la fortuna de Musk ganó 25.000 millones de dólares. Durante dos años de pandemia, 90 millones de estadounidenses han perdido su trabajo, 45 millones han sido contaminados por la Covid y 738.000 han muerto de ella. La esperanza de vida ha perdido año y medio, lo cual se debe ante todo al Covid, es cierto, pero afectando ante todo a los obreros, a las trabajadoras de la sanidad y por lo general a los más pobres. Como pasa muchas veces, los Estados Unidos representan la forma química pura del capitalismo, con la opulencia más indecente en un polo, y la explotación más feroz en el otro.
Tras semanas de pelea, la elección presidencial del 3 de noviembre de 2020 finalmente dio la victoria a Biden. La abstención fue más baja que de costumbre. Quizás porque el candidato demócrata, que ni siquiera tenía una imagen de reformador y parecía más bien un viejo barón de la política, tan inconsistente como leal ante la burguesía, consiguió utilizar el odio que Trump le provocaba a buena parte de los votantes. Pero los resultados también demuestran que Trump ha conservado la base que en 2016 le permitió apartar a los caciques del partido republicano antes de imponerse frente a Hillary Clinton. En 2020 logró 74 millones de votos, o sea 11 millones más que cuatro años antes. Es verdad que no conocemos bien el estado de la opinión popular estadounidense, pero no es menos cierto que a parte de las clases populares les sigue gustando Trump o al menos las ideas proteccionistas y xenófobas que defiende. No ha dicho su última palabra.
El asalto al Capitolio, sede del Congreso, el 6 de enero de 2021 en Washington, por parte de unos miles de militantes excitados contra los resultados de las elecciones, no fue una tentativa de golpe de Estado. Sin embargo nos ha recordado que existe en los Estados Unidos una extrema derecha que no queda confinada al margen sino que puede apoyarse en el presidente – que entonces estaba en ejercicio. Una extrema derecha que usa violencia; algunos de sus militantes incluso tenían pensado secuestrar a la gobernadora de Michigan. La corriente se sirvió de la oposición contra los confinamientos y cierres de comercios, contra mascarillas y vacunas. Por ahora, la gran burguesía y los altos círculos del Estado rechazan utilizar ese movimiento racista, conspiracionista o fascista. Pero esas fuerzas siguen preparándose, en la reserva, y empujando toda la política estadounidense hacia la derecha. Dicho de otra manera, la victoria de Biden en absoluto ha sido la señal de una corrección de la opinión estadounidense hacia la izquierda.
Después de nubosas promesas, Biden representa la continuidad de Trump. Sus planes para la recuperación son vaciados progresivamente de todo lo relacionado con los trabajadores (ayudas a las familias, seguro de salud, educación superior gratuita). El impuesto sobre las empresas no volverá a su nivel de antes de Trump. La promesa de un salario mínimo federal de 15 dólares por hora no se cumplirá, y la inflación – oficialmente superior al 5% – va comiéndose día tras día el poder adquisitivo de las clases populares. Las violencias policiales, especialmente los homicidios contra negros, siguen con la misma impunidad. Las amenazas contra el derecho de las mujeres al aborto se hacen más graves, tal y como se nota con las medidas que ha adoptado Texas sobre el tema. Se trata tan mal a los migrantes como en tiempos de Trump, lo ha demostrado la reciente expulsión de miles de haitianos rechazados fuera. La izquierda del partido demócrata (Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez), tras haber hecho la campaña de Biden con el pretexto de llevarlo hacia la izquierda, no influye. Son vendedores de ilusión en los cuales los trabajadores no pueden apoyarse.
En las últimas semanas, los medios han comentado huelgas en el país, y es algo que no es usual allí. Así pues la huelga en el fabricante de material agrícola John Deere, 10.000 trabajadores están en huelga por los sueldos, repartidos en 14 fábricas y almacenes; se trata de la mayor huelga en una empresa privada desde la de General Motors en 2019. En Kellogg’s, 1.400 trabajadores están en huelga en cuatro fábricas que producen cereales para el desayuno. 2.000 sanitarios del hospital están en huelga en Buffalo, contra la falta de personal y las malas condiciones de trabajo. No hay que exagerar la amplitud de las huelgas, menos numerosas que en 2018 o en 2019: surgen en un momento de renovación de los contratos colectivos, y hasta la fecha sólo alcanzan una pequeña parte de la clase trabajadora. Sin embargo, es de notar que trabajadores se niegan a enriquecer indebidamente a los accionistas mientras su propio nivel de vida va desplomándose bajo los golpes de la patronal. En aquél país que se nos presenta como sin lucha de clases, la única perspectiva de los trabajadores estadounidenses es volver a ella.
China
Tanto la crisis sanitaria como la económica han golpeado duramente la economía china. No se sabe mucho en cuanto a los efectos sociales de la crisis ni sobre cómo ha afectado a las diversas clases sociales, y menos aún se sabe de sus respectivas reacciones.
A pesar de lo insuficiente de la información procedente de China, se vislumbra una parte de la realidad con el peligro (aún no descartado) de la quiebra de la grande inmobiliaria Evergrande. Muchas obras han quedado abandonadas, víctimas de la especulación inmobiliaria, y a veces son ciudades enteras que sin haber existido de verdad se convierten en fantasmas. Dejan imaginar el número de despidos en la edificación, la profundidad del desempleo y la degradación de las condiciones de la clase trabajadora. El tamaño de las pérdidas deja que se adivine el enriquecimiento procedente de la especulación inmobiliaria.
En cambio, no hay deducción que permita medir lo experimentado por los trabajadores de ese país cuando comparan la caída de sus condiciones de vida con los miles de millones que se mueven en los círculos de la burguesía y los medios relacionados con la cumbre del poder.
Es verdad que la dictadura puede ahogar las reacciones obreras, o sea, impedir que se den a conocer; pero no puede impedir un estallido social.
La prensa burguesa de occidente suele glosar en torno a la evolución autoritaria del régimen chino. Fundamenta sus afirmaciones en hechos que se ven desde fuera, por ejemplo la represión contra las poblaciones uigur o tibetana, así como el poder aumentado de Xi Jinping, que casi se ha convertido en el presidente de por vida.
Pero en el ámbito social, los ejemplos más destacados por lo general tratan de la reacción del poder estatal contra grandes empresas, más o menos relacionadas con el Estado, y quienes las dirigen, ya se trate de altos funcionarios del Estado o del partido llamado “comunista”, o de los que se han convertido en auténticos burgueses. Se comenta las riñas entre el poder y Alibaba, el equivalente chino de Amazon con su presidente Jack Ma, o con Guo Guangchang, el “Warren Buffet” chino, dirigente de Fosun.
Otros “nuevos ricos” han caído, algunos llevan más o menos tiempo desaparecidos, otros reducidos al silencio. Un tal Dun Dawu, jefe de un cártel especializado en agricultura, ha sido condenado a 18 años de cárcel. Otro, Lai Xiamin, dirigente del trust financiero China Huarong, ha sido condenado a muerte.
No comentaremos los métodos del poder contra sus propios funcionarios, tan autoritarios y corruptos unos como otros. En su pulso con los nuevos ricos, el poder político utiliza tanto más las acusaciones de prevaricación, desvío, incluso escándalos sexuales cuanto que son creíbles.
La burguesía occidental y sus portavoces saben reconocer a los suyos, y hablan de autoritarismo sobre todo cuando el poder ataca a los más ricos.
En lo que a las clases populares se refiere, el régimen siempre fue más que autoritario, una dictadura, no obstante sus metamorfosis, desde Mao hasta Xi Jinping pasando por Deng Xiaoping.
Frente a la crisis, los dirigentes chinos reaccionan en el fondo como los dirigentes de las potencias imperialistas: reforzando el estatismo. Con un matiz: el estatismo tiene límites mucho más estrechos en las antiguas potencias industriales en comparación con China.
En los países imperialistas, el intervencionismo del Estado choca con la presencia de una burguesía instalada desde hace largo tiempo, sólida, acostumbrada a que el Estado esté a su servicio y con fuerza para imponérselo. No es el caso en China. Las generaciones de Deng Xiaoping y Xi Jinping se benefician de la herencia de Mao, o mejor dicho de la revuelta campesina que lo llevó al poder y le permitió crear un potente aparato de Estado, capaz de sortear las presiones diarias de la burguesía nacional y al mismo tiempo tan fuerte como para resistir durante décadas a los intentos del imperialismo para someterlo.
A lo largo de los años, el régimen chino, sin dejar de llamarse comunista, dejó la puerta abierta a un capitalismo salvaje. La nueva burguesía, procedente o bien de la antigua de antes de Mao o bien de la alta burocracia del Estado y los altos círculos del partido “comunista”, lo aprovechó para hacer negocios y prosperar.
Pero el Estado chino siempre ha conservado un poder suficiente como para controlar a “sus” burgueses, o por lo menos para impedirles la destrucción del Estado. El endurecimiento del régimen forma parte del pulso en el seno de la clase dirigente china.
A modo de ejemplo en negativo, los dirigentes chinos pueden mirar la evolución de la ex Unión Soviética, en el periodo de Yeltsin. Después de la perestroika en tiempos de la URSS, la política de Yeltsin consistió en animar a los burócratas a que se hicieran ricos, y a los ricos a que se convirtiesen en burgueses – y llevó a la división de la Unión Soviética junto con el debilitamiento del Estado. Sólo con Putin y su ambición de restablecer la “vertical del Estado” se interrumpió esa evolución.
El poder chino sigue animando al enriquecimiento pero no quiere que éste lleve al debilitamiento del Estado central. El recuerdo de China descuartizada entre señores de la guerra (y por eso en manos de las potencias imperialistas) en competencia no es lo suficiente antiguo como para que el poder actual desee volver a ver una versión modernizada de esa situación. ¿Logrará evitarlo?
El peligro existe, puesto que el poder chino, en su afán de participar en el mundo capitalista con sus mercados e instituciones, no deja de ofrecer armas al imperialismo contra él.
Un artículo del mensual Le Monde diplomatique (noviembre de 2021) describe cómo el poder chino, “apostando por el patriotismo limitado de las multinacionales chinas y su avidez ilimitada, levantó las barreras que obstaculizaban el acceso de capitales nacionales a determinados segmentos del mercado, y otorgó autorizaciones a grandes grupos americanos para la explotación de filiales participadas al 100% o con participación mayoritaria en mercados especializados (gestión de patrimonio, primas, emisión de bonos, seguros, calificación, etc.).” Han aprovechado grupos financieros tan potentes como Goldman Sachs, BlackRock, JPMorgan Chase, Citibank y otros cuantos de la misma clase. Hasta el punto de que una publicación china, Global Times, escribió: “China se está abriendo mientras que los Estados Unidos se están cerrando.”
En el artículo citado de Le Monde diplomatique, se afirma que, a raíz de esas autorizaciones otorgadas a grupos estadounidenses, “los flujos entrantes estadounidenses en China alcanzaron los 620.000 millones de dólares durante la presidencia de Donald Trump, a los cuales se tiene que sumar decenas de introducciones de empresas chinas en bolsas americanas. Al final de 2019, los inversores estadounidenses tenían al menos 813.000 millones de dólares en acciones y bonos chinos, cuando eran tan sólo 368.000 millones en 2016. El total rondaría hoy día el billón (millón de millones).”
En el artículo se dice también, y con razón, que “el auge de China fue posible gracias a una integración controlada al mercado global”.
Es incontestable hablando del pasado. Pero no es ninguna garantía para el futuro. China se ha echado a la carrera por la integración en el mercado global capitalista. Pero se trata de un mercado dominado por el imperialismo, en particular el estadounidense. La potencia financiera del imperialismo estadounidense, junto con una burguesía nacional china que por ahora queda más o menos bajo control, representa un factor de dislocación extraordinariamente fuerte. La formación de baronías regionales en el seno del aparato de Estado puede ser el inicio de este proceso.
El maoísmo nunca ha representado los intereses del proletariado ni tampoco los de la revolución proletaria. Representó la revolución nacional – es decir los intereses de la burguesía – llevada a cabo apoyándose en el campesinado. Pero el maoísmo ha logrado mantener contra los vientos un Estado nacional chino capaz de resistir a la dominación política del imperialismo. Mao hizo frente al peligro militar. Sin embargo, la penetración del imperialismo, aunque bajo la forma pacífica de la inversión de capitales, puede aniquilar lo adquirido en la guerra de emancipación nacional, de la cual Mao y el maoísmo han sido el símbolo.
El futuro de China lo determina en realidad la lucha de clases, entre el proletariado chino y la burguesía, tanto la nacional como la imperialista. Las leyes de la lucha de clases pueden más que la voluntad de los dirigentes chinos. Si la burguesía imperialista sigue dominando el mundo, no está escrito que los frutos de la revolución nacional china de 1948-1949, y ante todo su emancipación de la dominación política directa del imperialismo y la unidad del país, puedan ser preservados. Por el momento, la intervención del proletariado chino en el terreno político es invisible, al no ser inexistente. Pero es la única alternativa respecto al futuro que el imperialismo le prepara a China.
Ex URSS
Treinta años después de la implosión de la Unión Soviética, provocada en diciembre de 1991 por las luchas de poder en lo alto de la burocracia post-estalinista, el derrumbamiento económico así como el inmenso caos sociopolítico que provocó, ¿cómo están los Estados procedentes del desmantelamiento de la URSS?
Exceptuando a las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania, tres pequeños países que sólo mediante la integración en la Unión Europea con el estatus de parientes pobres se salvaron del destino de los demás), los Estados salidos del final de la URSS siguen padeciendo una inestabilidad crónica. Como tela de fondo, un retroceso social y económico, la pobreza que se dispara, unos regímenes autoritarios cuando no son meras dictaduras, y que garantizan una economía de depredación – de la cual se aprovechan, claro está, los dirigentes de turno, pero sobre todo los grandes grupos capitalistas que dominan la economía global.
En Ucrania, Moldavia, Armenia, Georgia, Azerbaiyán y en Asia central ex soviética, esa inestabilidad se manifiesta en particular en los conflictos permanentes, a veces latentes, a veces abiertos, entre vecinos y dentro de cada Estado estirado entre fuerzas antagónicas. Por no hablar del chovinismo extremo de quienes dirigen regímenes recién llegados en el escenario internacional como entidades independientes, o del separatismo de naciones minoritarias que oprime el poder central.
Rusia, el país más potente y desarrollado de la ex URSS, sólo pudo deshacerse del caos de la primera década post-soviética restableciendo la “vertical del poder” tan deseada por Putin, es decir recuperando el Kremlin su control sobre la casta que gestiona el Estado. Los grandes organismos del Estado ruso se habían convencido de que esa era la condición esencial para mantener el orden que les permite enriquecerse, tener posiciones y privilegios, así como se lo permite a una burguesía que surgió de entre ellos.
Le garantizó a Rusia cierto repunte económico hasta que los ecos de la crisis financiera global de 2008, luego el empeoramiento de la crisis general del capitalismo vinieron a golpear el eje central de la economía y el enriquecimiento de la burocracia: la exportación de materias primas, especialmente las energéticas.
Frente a la reducción de sus ingresos, y por lo tanto la bajada de la renta de la que chupan millones de burócratas, el poder se volvió contra la población. Promulgó una serie de medidas que llevan a que cerca de 20 millones de Rusos (uno de cada siete) vive hoy día bajo el umbral de la pobreza, y el ingreso real de los trabajadores ha perdido un 10% desde 2013. Entre esas medidas, el aumento de la edad de jubilación.
De ahí un rechazo al poder, que por ser pasivo en la mayoría de los casos – excepto las manifestaciones de 2018 contra las medidas sobre pensiones – no deja de aumentar.
La desconfianza de las capas populares para con el poder y todo lo que a él se refiere puede notarse en la baja tasa de vacunación contra la Covid (el 30%) a pesar de un récord de muertos respecto a Europa, y a pesar de las sanciones (por lo general, el despido) contra los trabajadores que no se vacunan, ya sea en los servicios públicos o en varios sectores privados, por ejemplo la automoción.
Las elecciones generales de septiembre, a su manera, reflejan esa desconfianza. Las maniobras habituales para manipular los resultados no impidieron que, si bien ganó el Kremlin, no puede presentarlo como un apoyo popular a su política, puesto que incluso la tasa oficial de la abstención es más elevada que en los votos anteriores, en particular entre la clase obrera – por lo que se sabe.
Luego, si bien mantiene su mayoría en la Duma el partido del Kremlin, Rusia Unida, ha perdido 20 escaños en beneficio sobre todo del Partido Comunista (el KPRF). A falta de otra cosa, votantes de clases populares, jóvenes en general, han tomado el voto al KPRF para expresar su rechazo al poder, aunque ese partido forme parte del régimen como “oposición de su majestad”. Al contrario de lo que pasó en elecciones anteriores, esta vez el “voto inteligente” (o sea “todo menos Putin”) por el que aboga la oposición liberal pro occidente tipo Navalny no le ha beneficiado.
Navalny acaba de recibir el premio Sájarov 2021 de las manos del Parlamento Europeo. El premio recompensa a un oponente famoso que el poder trató primero de envenenar, luego mandó a la cárcel porque agrupa a amplias capas de la burguesía pequeña y mediana en torno a la denuncia de las bajezas del régimen. No es de ayer que dirigentes y medios del mundo capitalista eligen como opositor nº1 de Putin a este abogado que se presenta como el heraldo de un capitalismo liberado de la tutela de los burócratas. El que iniciara Navalny su carrera política abanderando ideas monárquicas, ultranacionalistas y xenófobas no parece ser un problema para sus alabadores occidentales.
En cambio, convierte a la corriente que gira en torno a Navalny, sea cual sea el valor personal de éste, un adversario resuelto de los trabajadores y de sus intereses de clase. Por lo que tiene algo en común con Putin y su régimen, aunque el uno esté en la cárcel a causa del otro. En ese tema, los comunistas revolucionarios de Rusia deben concienciar a los trabajadores, y más aún si, como lo esperamos, el descontento social se convierte de pasivo en activo.
Magreb y Oriente Medio
Desde Medio Oriente hasta Magreb, la crisis económica y las consecuencias de la pandemia – y a menudo las de las guerras – siguen empeorando la situación en la mayoría de los países, donde la población paga un precio cada día más elevado.
En Túnez, el único país donde, según dicen, la “primavera árabe” de 2011 se había terminado por la implementación de un régimen democrático, el presidente Kais Said ha suspendido provisionalmente (o así lo dice) la Constitución, justificando su iniciativa con la necesidad de poner fin al bloqueo de las instituciones, cuya responsabilidad echa al partido islamista Ennahda. Diez años tras la caída del régimen de Ben Ali, las aspiraciones sociales que salieron a la luz fueron decepcionadas, y Kais Said busca presentarse como un salvador, el que podría acabar con la inmovilidad del sistema y sacar al país del callejón sin salida. Su iniciativa parece haber gozado de cierto apoyo popular al principio, pero igualmente se trata de una evolución hacia un régimen más autoritario.
Es de recordar que en Egipto, el segundo país afectado en 2011 por la “primavera árabe”, el golpe de Estado militar de junio de 2013, que cesó al presidente elegido Morsi miembro de la Hermandad Musulmana, también gozó de un amplio respaldo popular, en particular el de los partidos de izquierdas. Si el general Al-Sisi empezó aplastando con sangre las protestas de los partidarios de Morsi, luego se volvió contra los demás opositores y contra los trabajadores, al poner en marcha una dictadura que poco difiere de la de Mubarak, que habían echado abajo las manifestaciones de principios de 2011. En Túnez, la decisión de Kais Said podría iniciar una evolución parecida.
En Argelia, las movilizaciones masivas del “Hirak”, el movimiento nacido en febrero de 2019 contra la quinta candidatura de Bouteflika a la presidencia, se han agotado, y en 2021 no han vuelto. Después de una elección difícil a finales de 2020, el nuevo presidente Abdemajid Tebboune ha comenzado a recuperar el control. Ya se han producido detenciones y condenas de opositores, así como la liberación de los altos políticos y hombres de negocio antes detenidos para satisfacer un tanto las exigencias de la calle. Sin embargo, el descontento social sigue manifestándose, especialmente entre la clase trabajadora, quien ahora paga el precio de la caída económica y la inflación disparada.
En Argelia, en Túnez, en Egipto, el bonapartismo militar o civil es la respuesta de las clases dirigentes ante una situación de crisis y ante su incapacidad para responder a las masas que quieren salir de la miseria. En Marruecos es la institución monárquica la que desempeña ese papel.
En Líbano, la crisis económica toma formas trágicas. Las consecuencias de la explosión en el puerto de Beirut, en agosto de 2020, sólo han acelerado una quiebra ya entonces general.
Las clases dirigentes, al poner a cubierto sus capitales fuera del país, han acelerado la caída de la moneda y desencadenado el empobrecimiento de la mayoría del pueblo, incluso una pequeña burguesía que antes gozaba de un nivel de vida bastante elevado respecto al de la región, y que ahora tiene que sobrevivir como puede. Los llamamientos demagógicos de Macron por que se “reforme” una clase política libanesa completamente ligada al imperialismo sólo han llevado, como era previsible, a formar un gobierno dispuesto a seguir con las prevaricaciones de los anteriores. Los fondos internacionales que se desbloqueó so pretexto de “ayudar a Líbano” sólo permitirán que la misma clase dirigente siga enriqueciéndose, pasando por alto las necesidades del pueblo llano.
En Turquía, la crisis económica sigue sembrando estragos, con una caída rápida del nivel de vida de la población. El régimen de Erdogan sólo se mantiene a costa de la represión y purgas permanentes, hasta en el Estado. La crisis es más grave aún en Irán, donde las sanciones impuestas por los Estados Unidos se suman a causas generales. En los países destruidos para un largo tiempo, como Siria, Irak y Libia, nada señala una verdadera estabilización ni el inicio de una verdadera reconstrucción. Por fin, en Yemen, sigue la guerra de Arabia Saudí contra los rebeldes hutíes con el respaldo de las potencias imperialistas, y sus consecuencias para el pueblo ya se describen como una de las peores catástrofes humanitarias.
En Israel, donde los gobiernos de derechas y ultraderechas lo han hecho todo para que el pueblo se olvide del problema palestino, éste volvió a surgir en mayo, con manifestaciones de la juventud palestina a la cual se añadieron los árabes israelíes. La coalición que ha sustituido a Netanyahú elevó al puesto de primer ministro a un líder de extrema derecha, Naftali Bennett. La política de colonización que no cesa y el refuerzo de la ultraderecha nacionalista y racista son un peligro no sólo para los palestinos sino para toda la sociedad israelí. Por su parte, el Hamás, al disparar contra Israel, quiso utilizar la revuelta de los palestinos para presentarse como su único representante posible. El pueblo israelí tiene tanto interés como los palestinos a que se salga de esa situación sin perspectiva. Lo cual supone que se abandone la política de colonización, que ha convertido a Israel en el instrumento de predilección del imperialismo, y reconocer el pleno derecho de los palestinos.
La salida de las tropas estadounidenses de Afganistán ha dejado la puerta abierta a los Talibanes al poder, en unas condiciones trágicas para esa fracción de la población, especialmente en Kabul, que se había beneficiado de la presencia occidental con mejores condiciones de vida y el reconocimiento de algunos derechos, en particular para las mujeres. Sin embargo, sólo se trataba de una fachada: la mayor parte del país seguía en condiciones de atraso y miseria agravadas por los destrozos debidos a las guerras sucesivas. Al revés de los discursos de justificación, la intervención militar occidental nunca tuvo como objetivo implementar transformaciones sociales, ni la democracia y la paz. Después de los atentados de septiembre de 2001, se trataba para los Estados Unidos de demostrar que la primera potencia del mundo no iba a dejar impune el ataque. Después de veinte años de presencia militar occidental, Afganistán entra en la ya muy larga lista de los países devastados por las intervenciones imperialistas, reducidos a la miseria y lo arbitrario. Respecto al poder político reaccionario que se está instalando en Afganistán, los EE.UU. y las potencias occidentales pueden conformarse con él, como llevan años conformándose con los regímenes islamistas en Arabia Saudí o en los Emiratos. De hecho, fueron los servicios occidentales los que, en Afganistán, favorecieron el desarrollo de grupos islamistas, en un principio era para contrarrestar la influencia soviética, antes de que dirigentes como Ben Laden se volvieran contra ellos. Fundamentalmente, es la dominación imperialista quien es responsable tanto de la miseria general como de la permanencia de poderes políticos reaccionarios. Puede que los imperialistas hayan tenido que combatir a los Talibanes; pero éstos son en buena parte el fruto de sus intervenciones.
Para los pueblos de esa región, la lucha contra los poderes políticos actuales en sus versiones más o menos reaccionarias, y la lucha contra el imperialismo y su dominación son una sola cosa.
29 de octubre de 2021
Francia: una situación marcada por la campaña electoral
La burguesía tiene motivos para estar satisfecha con el mandato de Macron. Con su mayoría parlamentaria, aplicó la política que había prometido y asumió la prueba del fuego. La muy popular movilización de los “chalecos amarillos” no desembocó en una crisis política importante ni puso en peligro el orden burgués. Hasta la utilizó Macron para completar las armas autoritarias del Estado. También consiguió gestionar la crisis sanitaria y los confinamientos sucesivos sin que la gran burguesía tenga que pagar por ello.
Con los ERTE y el pago de los paros por el Estado, que se nos presentó como una ayuda a los trabajadores, en realidad se garantizó a la patronal la conservación de su mano de obra. Eliminación del impuesto de fortunas, ventajas fiscales, planes de recuperación y ayudas diversas a la inversión: la gran burguesía puede agradecerle a Macron su trabajo. Y ¿cómo no? Las ganancias ya alcanzan récords y las perspectivas son aún mejores.
Macron fue capaz de utilizar la epidemia de Covid para crear un sentimiento de unión nacional en torno a él y su gobierno. Dejó abiertas las arcas públicas para comerciantes y patrones de la restauración con el fin de compensar las pérdidas debidas a los confinamientos, toque de alarma y cierres. Después de trasvasar a su partido los votos socialistas en 2017, dio garantías políticas a la derecha, con la elección de sus jefes de gobierno en esa familia política, el nombramiento de Darmanin como ministro del Interior y Le Maire como el de Economía, y una ley destinada a luchar supuestamente contra el islamismo integrista. Hizo más, y después de su discurso en la tele el 9 de noviembre, hasta el diario de derechas Le Figaro tituló el análisis del discurso “Rumbo a la derecha con vistas a 2022” (año de elecciones). Pueden cambiar muchas cosas de aquí al próximo mes de abril, pero Macron lidera los sondeos de la primera vuelta y, para la segunda vuelta, sale primero sea cual sea el adversario.
El principio de la campaña viene marcado por el surgimiento de Zemmour. Inspirado por la jugada política de Macron para con la izquierda en 2017, Zemmour procura reproducir su operación con la derecha y la extrema derecha. El fracaso de Marine Le Pen en 2017 así como la derechización de la vida política, confirmada por el éxito del polemista en la cadena CNews, lo han reforzado en su proyecto de unificación de las derechas “duras” – un proyecto que vienen defendiendo tanto Marion Marechal (sobrina de Le Pen) y Robert Menard.
Aunque no se haya declarado candidato todavía, Zemmour tiene éxito en los sondeos: en torno al 15% de los votos, lo cual acaba de convencerlo de probar suerte. Según los sondeos, Zemmour podría recoger la cuarta parte de los votantes a Fillon en 2017. La corriente cristiana tradicionalista que se movilizó contra el matrimonio homosexual y la reproducción asistida para todas las mujeres lo considera un héroe. Algunos jefes locales de los Republicanos (la derecha clásica) ya se han metido con su partido porque han aplaudido y difundido tal o cual frase de Zemmour sobre el islam, Pétain (el jefe de Estado cuando la colaboración con los nazis) o sobre las mujeres. Ciotti, un candidato a las primarias de la derecha, afirmó que en caso de una segunda vuelta entre Macron y Zemmour, le votaría al segundo.
Al contrario de Marine Le Pen, aislada de los caciques de la derecha y sus redes entre la patronal, Zemmour sí tiene relaciones en el partido republicano y en los círculos del poder. Prueba de ello, el pedigrí de su directora de campaña. Sarah Knafo, ex estudiante de Ciencias Políticas en París y la ENA (escuela superior de administración), miembro del Tribunal de Cuentas, con relaciones entre la derecha y el Partido socialista, podría muy bien pertenecer al entorno de Macron, Barnier o Pecresse (candidatos de la derecha). Las otras personas cercanas a Zemmour son de la misma clase, banqueros, patrones y ex militantes de derechas. Es de recordar también que, a pesar de dos condenas por racismo, Zemmour lleva años escribiendo con frecuencia editoriales en el diario Le Figaro, propiedad del multimillonario Dassault. Otra prueba de que el “cordón sanitario” que Chirac había impuesto contra Le Pen y los nostálgicos de Pétain o de la Argelia colonial era politiquero y artificial.
Por el momento, ningún candidato posible de los Republicanos es capaz de llegar a la segunda vuelta. Los sondeos sólo en parte reflejan las intenciones de voto, si es que las reflejan. Pero Xavier Bertrand llegaría como mucho al 10% de los votos. Y no se trata solamente de un retraso en el inicio de la campaña. La derecha se encuentra atrapada entre Macron, por un lado, y Zemmour por el otro. Cuando Macron conquistó a los votantes del centro, con el apoyo de tránsfugos – los ministros François Bayrou, Edouard Philippe, Bruno Le Maire y Gerald Darmanin – la extrema derecha de Zemmour le gusta a la parte tradicionalista, incluso racista, de los votantes de derechas. Sin embargo, la derecha clásica mantiene una red de representantes electos y notables que pueden ayudarla a remontar.
Entre Marine Le Pen y Zemmour se ha declarado la guerra, por ahora. Los más racistas y xenófobos entre los lepenistas son seducidos por las ocurrencias obsesivas y sin desenfrenadas de Zemmour contra los musulmanes y la inmigración. Además, su candidata ya perdió la elección presidencial dos veces. Lleva muchos años en la vida política y se viene institucionalizando, parte voluntariamente, con lo cual va perdiendo su aspecto escandaloso y antisistema. Nada más que con su personalidad, Zemmour representa una oferta política nueva, capaz de crear el entusiasmo que ya no pueden suscitar la derecha o Le Pen.
Por ahora, Zemmour no busca dirigirse especialmente a los votantes de clases populares. Aparte de la muy demagógica promesa de eliminar el carné de puntos, no ha propuesto ninguna medida que corresponda a las necesidades de los trabajadores. Su programa “social” se inspira en el de Sarkozy en 2007, o el de Fillon en 2017: “Para cobrar más, hay que trabajar más”.
¿Puede basándose en sus ataques contra los inmigrantes llegar a hacerse un hueco entre los más pobres y desorientados de los votantes de clase popular, y superar a Marine Le Pen? ¿Cómo va a evolucionar la pelea entre Le Pen y Zemmour? ¿Desembocará en la desaparición de uno u otro, o bien en una doble candidatura? Nadie lo sabe. Es verdad que la segunda hipótesis puede acabar con la ambición de ambos de llegar a la segunda vuelta; pero, lejos de reducir la cuota de votos de la extrema derecha, la presencia de un segundo candidato la incrementa.
La extrema derecha ya pesa en toda la campaña electoral: todos los candidatos de derechas, e incluso a veces los de izquierdas, recuperan propuestas de Zemmour o Le Pen. Así pues, Montebourg, que hace unos años era la izquierda del PS, prometió bloquear las transferencias de dinero de los inmigrados hacia su familia en países que no acogen con buena voluntad a sus nacionales expulsados de Francia – tuvo que retroceder. El soberanismo, ya sea “de izquierdas”, lleva directamente a las cloacas de la extrema derecha.
El peso de la extrema derecha es fuente de inquietud (y con razón) por parte de los trabajadores inmigrados, así como entre los medios de izquierdas. Entre los que gritan al fascismo, muchos piensan ahora que el peligro viene de Zemmour. Nada permite suponer que el entusiasmo en torno a Zemmour sea muy diferente del en torno a Le Pen. Por supuesto el lenguaje de Zemmour, violento y provocador, alcanza a los identitarios activistas. Puede reforzar a los nostálgicos de los métodos fascistas, a quienes sueñan con arreglarles las cuentas a los inmigrantes, y plantarles cara a la izquierda y las organizaciones obreras. Sin embargo, para que se impongan sus métodos, sería necesaria una radicalización social que llevaría a las categorías pequeñoburguesas a movilizarse, hasta con violencia. Aún no estamos en esa situación.
La expresión desenfrenada de las ideas reaccionarias puede ser una etapa en el refuerzo de los núcleos activistas de ultraderecha. Las peleas y las batidas de fachas rapados contra militantes de izquierdas, antifascistas o anarquistas, o contra sus locales, son por ahora una cosa rara, pero podrían multiplicarse, así como las demostraciones de los identitarios contra los migrantes. Sin llegar a ser un movimiento fascista, ya sería un peligro grave para el movimiento obrero y los trabajadores.
La demagogia de la ultraderecha es un veneno de los más peligrosos para los trabajadores. Pero el antídoto no lo tienen los políticos que con su política de clase le han preparado el terreno a la extrema derecha. El remedio está en la capacidad de la clase obrera de volver a luchar por sus intereses de clase. Está en la conciencia de los trabajadores que sólo ellos pueden cambiar su suerte luchando contra la gran patronal, e incluso tienen como perspectiva política el cambio radical de la sociedad.
A pesar de sus intentos de jugadas mediáticas, los partidos de la izquierda gubernamental parecen fuera de juego. Melenchon, con sus 7 millones de votos (el 19,58%) en la elección presidencial de 2017, pensó que lanzándose primero a la carrera se impondría como el candidato de la izquierda. Pero los ecologistas van con confianza debido a sus resultados en las elecciones europeas de 2019 y sobre todo en las municipales de 2020; y el Partido Socialista, tras su derrota en 2017, se ha mantenido en los ayuntamientos y regiones, y no está dispuesto a desaparecer. En cuanto a los comunistas, están divididos sobre qué estrategia adoptar contra la lenta pérdida de influencia, pero han decidido presentar a su candidato Fabien Roussel, en vez de hacerle el trabajo una vez más a Melenchon.
Entre los votantes de izquierdas hay quienes lamentan la incapacidad para unirse. Pero, de momento, la pérdida de votos de la izquierda afecta a todos sus candidatos. El menos impopular, Melenchon, no pasa del 10% de los votos en los sondeos, y todos juntos no llegan al 30%. La situación puede cambiar, claro, pero cinco años después de que se acabara la desastrosa presidencia de Hollande, la izquierda gubernamental está encalmada, y parece fuera de juego en la carrera hacia el Eliseo (palacio presidencial).
Toda la izquierda sigue pagando el precio de sus traiciones cuando estuvo en el poder. Con razón han llegado muchos votantes a la conclusión de que Macron, el PS, los verdes, es todo lo mismo, puesto que han gobernado juntos. El Partido Comunista no sale ileso puesto que él también gobernó con los socialistas, y muchas veces les aportó los votos obreros. Hasta el partido de Melenchon se ve impactado indirectamente, aunque haya insistido en su oposición a la política de Hollande.
La izquierda padece de la abstención, claro está, pero igualmente de la derechización de la vida política que favorece el rechazo a los migrantes, a los musulmanes o a quienes viven de subsidios públicos, así como las peticiones de más autoridad, más represión, más policía. Esa presión llevó a que Fabien Roussel, Yannick Jadot (ecologista) y los responsables socialistas participaran el pasado mes de junio en una concentración organizada por los sindicatos de policía, con el lema de que “los jueces no hacen lo suyo contra los delincuentes”. Todos insisten por que se controle los “flujos migratorios”. Lejos de combatir la evolución hacia ideas cada día más reaccionarias, la acompañan y la favorecen.
Todos los candidatos de la izquierda desean demostrar su responsabilidad para con la burguesía y el orden social, hacer propuestas realistas. Jadot (lo verdes) rinde homenaje a la economía capitalista y promueve la reindustrialización “ecológica y social”. Melenchon y Roussel (PC) discrepan en el tema de la energía nuclear, pero siempre en el marco de una economía de mercado. Sus propuestas para los trabajadores también son “responsables”: Melenchon propone un salario mínimo de 1.400 euros – ¡como si fuera posible vivir correctamente con tan poco dinero!
Visto lo visto y las relaciones de fuerzas electorales, es posible que la izquierda vuelva a perder parte de sus votantes en beneficio de Macron, en nombre del “voto útil” contra Zemmour. Ya va subiendo la presión. Si bien la segunda vuelta de la elección presidencial de 2017 vio una subida de las abstenciones, no quita que muchos votantes del Partido Socialista, los Verdes o Melenchon votaron a Macron. Si crece el temor a la extrema derecha, puede que todos aquellos voten a Macron desde la primera vuelta.
El desgaste de los políticos, incluso aquellos que nunca han gobernado, la ausencia de una confianza para con el mundo político, el surgimiento de candidatos imprevistos, son señales de la inestabilidad política. Cada día más sensible a los demagogos de extrema derecha, el sistema político burgués va andando sólo sobre la pierna derecha.
La pierna izquierda eran los partidos implantados en la clase obrera, como por ejemplo el Partido Comunista; fue decisiva en el salvamento del orden burgués cuando las sacudidas sociales masivas, por ejemplo, el movimiento de mayo y junio del 68, y más aún la huelga general con ocupaciones de fábricas en 1936. Durante décadas, la izquierda desempeñó un papel de válvula electoral. Cuando la derecha se desacreditaba en el poder, podía ser sustituida por el personal político de izquierdas, el cual ya antes había dado pruebas de buena voluntad a la burguesía. Una vez desgastada la izquierda en el poder, la derecha podía volver, como pasó en 1986, 1993, o en 2002.
La sucesión de izquierda y derecha garantizó durante décadas la estabilidad política que le venía bien a la burguesía. Mientras el crecimiento económico movía hacia arriba las expectativas de ganancias para los capitalistas, los gobiernos de izquierdas podían conceder alguna que otra ventaja para el mundo laboral. Sin cambiar fundamentalmente la vida de los explotados, las concesiones alimentaban la ilusión de que la izquierda estaba del lado de los trabajadores.
Este juego politiquero se frenó cuando, frente a la crisis económica y la intensificación de la competencia, las exigencias de la patronal se endurecieron. La gran patronal dejó de otorgar un margen de acción a la izquierda en el poder. Fuera cual fuese el color político del gobierno, las clases populares afrontaban una misma ofensiva antiobrera. El Partido Socialista y el PC progresivamente perdieron a sus votantes.
El bipartidismo tradicional se tambaleó primero en 2002, cuando Jospin (Primer ministro socialista) ni siquiera llegó a la segunda vuelta, en la cual se opusieron Jean-Marie Le Pen y Chirac. El punto final vino en 2017, cuando no alcanzó la segunda vuelta ningún representante de los dos partidos clásicos, abandonando Hollande ya en la primera vuelta y enredándose Fillon en el escándalo de empleo ficticio. La llegada al poder de Macron no era el síntoma de una renovación política sino el fruto del descrédito de la izquierda, de la desaparición de una base para una política reformista que pueda aportar alguna que otra ventaja a los trabajadores – o sea ante todo a la burocracia sindical. El problema de la creciente inestabilidad política del sistema parlamentario burgués queda sin resolver.
El surgimiento de Zemmour en este nuevo juego no trae ninguna solución. Zemmour goza del apoyo de Bollore, multimillonario cuyo canal de televisión CNews parece apostar por lo mismo que hizo FoxNews en los Estados Unidos, cuando difundió las mentiras y groserías de Trump. El desfase entre la prosperidad de la burguesía y las dificultades de las clases populares es tan inmenso que cualquier tipo de distracción es oportuno. Pero la burguesía necesita demasiado de la mano de obra inmigrada para que los delirios de Zemmour sobre la “remigración” o expulsión de “dos millones de extranjeros” se impongan en el poder. La crisis política procedente de movilizaciones sociales es un peligro permanente para el orden burgués. La patronal no busca a un candidato para desencadenar dicha crisis, sino para evitarla y sortearla.
Al igual que Le Pen, a pesar de sus esfuerzos por normalizarse y revisar su programa sobre la Unión Europea, Zemmour no tiene las cualidades que se requieren para ser un buen candidato a ojos de la burguesía. Ésta prefiere entregarle el poder del Estado a un personal político conocido, del cual se fía porque los ha visto trabajar, como Macron o uno de los distintos candidatos de la derecha. El hecho de que el insignificante Barnier sea uno de los favoritos entre los Republicanos señala que la burguesía está dispuesta a conformarse con un gerente tranquilo, tal y como la burguesía estadounidense que encontró el suyo con Biden. La democracia burguesa hace posible que salga de las urnas un Trump en vez de un Biden.
Mientras la clase obrera aguanta la situación sin reaccionar, la burguesía escoge a los servidores que se presentan. El juego politiquero sigue siendo un juego de sombras. Con la subida de la abstención, el descrédito de los partidos y todo el sistema político, con la impotencia de quienes pretenden estar en el poder, las evoluciones decisivas no se producen en el terreno electoral.
Es verdad que la inestabilidad de ese juego de sombras no pone en peligro el poder de la burguesía y su orden social, pero se trata de una debilidad más. El peligro principal para ellos es el despertar de la clase obrera. Cuando dijo: “Me temo que la desigualdad sobrepase lo que era durante la edad de oro del capitalismo y llegue a suscitar la edad de la ira”, Christine Lagarde, entonces directora del FMI, expresó en 2018 una idea propia de muchos burgueses. A fin de cuentas, el futuro depende ante todo de la evolución de la crisis y sus consecuencias sobre el mundo laboral, su combatividad y conciencia.
Para los trabajadores, no habrá sorpresa. En el tema electoral, el proletariado no puede ganar. Sólo puede ganar en el terreno de las luchas. Nadie sabe cuándo ni cómo la rabia de las clases populares superará la actitud expectante y el miedo, pero sí están por delante esas reacciones. Ya sea con el alza de los precios, los bajos sueldos y pensiones, o la decadencia de los hospitales, sobran los motivos.
Nuestro objetivo en esta campaña es llamar a un voto de clase y de conciencia obrera para que los trabajadores se preparen a las luchas por venir. Nuestros modestos resultados en las elecciones regionales han demostrado que una organización militante puede, en una situación contraria, alcanzar a una pequeña parte del mundo obrero. Participamos en el combate político por que se afirme un bando, con una política y un programa, con perspectivas propias, opuestas a las de la patronal y sus servidores políticos. Mientras que algunos quieren mover su campaña en torno a la identidad nacional (o incluso “gala”), elegimos tema de campaña la identidad de trabajador y explotado, los intereses políticos y las luchas que derivan de ello.
Para los revolucionarios, los buenos resultados electorales sólo pueden seguir o anticipar un repunte de combatividad y una toma de conciencia del mundo obrero. Más que a nuestra campaña, nuestros resultados se deberán al estado de ánimo de la clase obrera. El estado de ánimo no depende de nosotros. Lo que sí depende de nosotros es aprovechar la campaña, en este periodo de ideas reaccionarias desenfrenadas, para avanzar en la construcción del partido del que necesita el mundo del trabajo.
Nuestra campaña tiene como objetivo no sólo expresar ideas, sino agrupar a quienes las comparten. Lo cual supone hacer que esta campaña sea la suya. Se entiende su participación activa para propagar las ideas, por supuesto, pero también un esfuerzo para que se las apropien, las integren.
La campaña electoral plantea una multitud de problemas más o menos claramente, sobre el funcionamiento de la sociedad y las relaciones entre las distintas clases sociales. Es necesario que los que se consideran “en el bando de los trabajadores” se convenzan en la campaña de que nuestra perspectiva, o sea el derrocamiento del poder político de la burguesía, supone una política coherente. En este sentido la campaña electoral puede ser un pequeño paso adelante en la reconstrucción de un partido comunista revolucionario.
11 de noviembre de 2021
Nuestros objetivos en las dos campañas electorales de 2022 (extractos)
El primer objetivo es, evidentemente, defender y propagar nuestras ideas políticas comunistas y revolucionarias, utilizando la legalidad del parlamentarismo burgués. Seguimos con la práctica de nuestros antecesores en la corriente socialista, en tiempos en los que ésta era revolucionaria. Una práctica que aplicaron los bolcheviques en las pocas ocasiones en que pudieron hacerlo bajo el zarismo, y luego la Internacional comunista de Lenin y Trotsky.
Al igual que en todas las campañas, con las elecciones presidenciales nos expresaremos en una escala superior a la habitual en las actividades diarias. La elección a presidente de la república es la que más recursos ofrece según la normativa electoral, aquí en Francia. También es la que más interesa al mundo laboral: con esa campaña hay más trabajadores que se preocupan por la política.
Tengamos conciencia de los límites entre los cuales están encerradas nuestras posibilidades de expresión en una campaña oficial. A pesar de la igualdad formal que garantiza a todos los candidatos un acceso a los medios públicos, en realidad la palabra no se da de la misma manera a los candidatos según se trate de un pequeño o un gran partido.
Si bien se garantiza un determinado tiempo de palabra en los canales de televisión pública, en realidad para una organización como la nuestra hacen lo mínimo. En lo que se refiere a la prensa escrita y los canales privados, están bajo el control de Bolloré, Dassault, Niel etc.
Además, incluso cuando nos invitan en los platós, en programas o entrevistas, el periodista se preocupa sobre todo por llamar la atención sobre sí mismo. Por lo general, es imposible desarrollar nuestras ideas.
La mayor parte de la campaña se basa en la actividad militante de nuestros compañeros, y de todos aquellos que comparten nuestras ideas. Debe orientarse hacia los trabajadores.
Aun en un régimen parlamentario, supuestamente democrático, no es de esperar que la burguesía favorezca la igualdad entre los candidatos que defienden el orden social actual, el capitalismo, y los que lo combaten.
“Ni reír ni llorar, sino entender.” Por lo que una organización comunista revolucionaria debe dotarse de medios de expresión propios para desarrollar sus ideas y llevar a cabo su propaganda y agitación, ya sea durante las campañas electorales como fuera de ellas.
Además de nuestras pocas intervenciones en los grandes medios, nuestros boletines y la política que defendemos en los editoriales son nuestros mejores instrumentos para dirigirnos al núcleo de nuestro bando social: los trabajadores de las grandes empresas.
Sin embargo, sería un error no aprovechar las posibilidades que ofrece un sistema político que se reivindica democrático.
Es preciso concebir cada intervención nuestra en los platós de tele o en la radio como una lucha, y no como una tranquila explicación de nuestras posiciones.
Más allá de lo que permiten las campañas electorales para dirigirse a la clase trabajadora, tenemos que aprovechar los elementos que, en el contexto actual, nos permiten avanzar en la construcción del partido.
El contexto actual viene marcado en primer lugar por la crisis económica y sus muchas consecuencias sobre las condiciones de vida de los trabajadores. Es un contexto en que los trabajadores no están dispuestos a luchar. Pero sí escuchan y se plantean muchas cuestiones. Cada día tienen menos confianza, o ninguna, en el juego electoral.
La situación ofrece pues posibilidades pero presenta dificultades. La pérdida de confianza en los partidos que antes pretendían hablar por los trabajadores no equivale a una toma de conciencia. La mayor receptividad de las clases populares a las ideas favorece en primer lugar a los demagogos que utilizan los prejuicios y el obscurantismo. Pero puede ser el punto de partida para argumentar y acaso convencer.
El retroceso profundo del movimiento obrero político pesa en las conciencias. Las traiciones pasadas de las organizaciones políticas que se proclamaban representantes de los intereses del mundo laboral, así como las decepciones que provocaron, se expresan sobre todo mediante la abstención en las elecciones y el apolitismo, o sea el rechazo a toda clase de política, incluso la defensa de intereses obreros. La pérdida de conciencia de clase deja la puerta abierta a toda clase de embaucadores, con sus falsas respuestas a las preguntas que plantea la degradación de la sociedad capitalista en crisis.
Los resultados electorales reflejan la opinión pública en un momento determinado. Pero se trata de un reflejo indirecto y deformado. El curso actual, reaccionario, no deja esperar que una parte significativa de los votantes obreros se agrupe en torno a nuestras ideas.
Para convencer de nuestros objetivos hay un obstáculo: la falta de luchas masivas en la actualidad, y por tanto el escepticismo de los trabajadores. Nos enfrentamos a su sentimiento de debilidad y división. Al nivel individual, sin embargo, se puede convencer de nuestras ideas, y ganar tanto a futuros militantes dispuestos a dedicar su existencia a la causa de la revolución como a trabajadores que, sin tener la misma disponibilidad, compartan nuestras convicciones y se sientan “en el bando de los trabajadores” y su lucha. Quienes sean convencidos en ese periodo de retroceso tendrán una relación más estrecha con nosotros. Para convencer de verdad a la gente, es preciso un trabajo individual, sostenido, obstinado. La gente que de esa manera se convence demuestra una fidelidad profunda.
Sólo con una subida de combatividad de la clase obrera nuestras ideas podrán difundirse más allá de los pequeños círculos de militantes y simpatizantes. Es una condición necesaria pero no suficiente. Para que las ideas comunistas revolucionarias parezcan una perspectiva a la clase obrera, son necesarias mujeres y hombres unidos por el programa revolucionario, para llevar estas ideas y defenderlas, o sea un partido.
Nuestro objetivo central en las dos campañas sucesivas de 2022 es avanzar, lo más que se pueda, en el camino de la construcción del partido.
Repasando el balance de las caravanas de este verano, se sacan dos conclusiones. Por un lado, se nota que es más fácil hablar con la gente y especialmente con los nuestros. Queda claro que no se trata de una radicalización, sino de la expresión de la inquietud, la desmoralización, ¡y ni siquiera sabemos si nos votarán! Pero consideremos que la posibilidad de militar en esta situación es una oportunidad y tenemos que aprovecharla.
El retroceso del movimiento obrero no sólo se manifiesta en el campo político. Uno de los aspectos del movimiento obrero siempre ha sido luchar por la cultura del pueblo trabajador. Los partidos socialistas en su origen, luego los partidos comunistas cuando de verdad lo eran, gastaban su energía aportando conocimientos y cultura a sus militantes y simpatizantes.
Lo que esencialmente queremos es poner al trabajo con nosotros a más mujeres y hombres que compartan nuestro objetivo fundamental de cambio revolucionario de la sociedad – y politizarlos, estrechar la relación con nosotros. También queremos comprometer a más gente en nuestra campaña electoral, tal y como lo hicimos en las municipales de 2020 y en las regionales de 2021 – pero con amplitud reducida por el contexto de la covid.
Si lo conseguimos, lograremos utilizar las dos campañas como un paso adelante en el camino de la construcción del partido comunista revolucionario. Un paso pequeño, modesto, porque los grandes pasos sólo se dan en tiempos de subida de la combatividad obrera, cuando una organización como la nuestra y sus militantes pueden tener mayor impacto. El verdadero crédito político sólo se consigue en las luchas, porque sólo en ellas, con una política correcta, mereceremos la confianza de los trabajadores.
5 de noviembre de 2021