Textos del mensual Lutte de classe

El 52 congreso de Lutte Ouvrière

29 diciembre 2022

Publicamos cinco textos políticos, que fueron sometidos al debate y votación de los delegados:

  • El capitalismo en crisis hacia el caos
  • Crisis, guerras y cambios en las correlaciones de fuerzas
  • La guerra de Ucrania, un gran paso en la escalada hacia la tercera guerra mundial
  • Combatividad de las masas y dirección revolucionaria
  • La situación en Francia

Estos textos, así como una moción sobre la guerra en Ucrania, que también publicamos, fueron aprobados por unanimidad por los delegados, votos que reflejan la cohesión política de nuestra organización.

El congreso hizo un balance de nuestras actividades durante el año transcurrido. También se habló de las cuentas del partido y de la distribución de nuestra prensa.

Además, el congreso escuchó intervenciones de organizaciones hermanas de Lutte ouvrière, dentro de la Unión Comunista Internacionalista (trotskista). Estas organizaciones militan en Martinica y Guadalupe, Isla Reunión, Haití, Costa de Marfil, Estados Unidos, Turquía, Alemania, Gran Bretaña, Bélgica e Italia.

Por último, el congreso eligió a los órganos de dirección de Lutte ouvrière: su comité central y su comité ejecutivo.

6 de diciembre de 2022

 

El capitalismo en crisis hacia el caos

La burguesía está tan ciega y desorientada ante la crisis de su propio sistema como lo estaba durante la crisis que desembocó en la Segunda Guerra Mundial.

En 2021, en el foro de los banqueros centrales del mundo imperialista, que son como los cerebros de la gran burguesía imperialista, todos aplaudieron al más importante, el presidente de la Fed (la Reserva Federal de los Estados Unidos), cuando decía que la inflación era momentánea y recomendaba mantener unos tipos de interés bajos. Esto significaba poner a disposición del gran capital un crédito barato, casi gratuito.

En la sesión agosto de 2022, los mismos banqueros centrales aplaudieron al mismo presidente Jerome Powell, cuando propuso exactamente lo contrario: firmeza en la subida de tipos de interés de los bancos centrales. El diario económico francés Les Échos titulaba el pasado 29 de agosto: “Unión sagrada de los bancos centrales contra la inflación”.

Igual de contradictoria es la sucesión de decisiones que se toman en una serie de campos económicos, políticos y diplomáticos. La crisis energética, además de ser una pesadilla para las clases populares, es un baile desenfrenado entre pro y contra la energía nuclear, el carbón o la energía eólica…

Al comentar las incertidumbres en la política de Macron, el diario Le Monde cuenta pensamientos críticos de determinadas personas del entorno presidencial, que le reprochan su “falta de proyección estratégica” o se irritan con “el poder que patina”.

Sería un error pensar que el reproche lo suscita la persona de Macron o el debilitamiento de la posición de presidente de la república por perder la mayoría absoluta en las últimas elecciones legislativas.

El personaje Macron es muy poco relevante. En realidad, él “patina” como patinan, cada uno a su manera, sus colegas de Alemania, del Reino Unido, Italia u otros países. Basta con recordar lo ocurrido con la primera ministra británica: tan pronto como anunció la reducción del impuesto a los más ricos entre la burguesía, tuvo que dar marcha atrás y renegar de su propio plan. Es la clase burguesa entera la que patina, sin controlar nada, manteniendo una dirección única: “mientras tengamos ganancias, lo demás importa poco.” En resumen: “tras de nosotros, el Diluvio”, o sea ganemos todo lo posible y luego, que los demás se las arreglen.

“La propia burguesía no ve salida”, así comentaba Trotsky, en el Programa de Transición, la actitud de la clase capitalista ante la gran crisis de su economía, que empezó en 1929: “Todos los partidos tradicionales del capital se encuentran en una situación de desconcierto, que roza por momentos la parálisis de la voluntad”, es lo que escribió en un periodo en el que, tal y como lo vemos hoy, “Las crisis de coyuntura, en una situación de crisis social de todo el sistema capitalista, agobian a las masas con privaciones y sufrimientos cada vez mayores. El auge del desempleo ahonda a su vez una crisis financiera del Estado, y socava los sistemas monetarios ya estremecidos.”

¡Trotsky no era un vidente, ni tampoco un tarotista, por anunciar lo que ocurriría ochenta años después de su muerte!

Pero es que se mantuvo el capitalismo decadente, y hoy día balbucea.

Donde no hay “parálisis de la voluntad” es en el reparto de dividendos que este año han batido los récords. Tampoco la hay en la guerra contra las condiciones de vida de las masas explotadas, primero con el desempleo, la precariedad generalizada y la destrucción insidiosa o brutal de todo aquello en los servicios públicos que ayude a los explotados.

Bien se sabe adónde llevó la crisis del 29: a la Segunda Guerra Mundial con sus 50 millones de muertos en los campos de batalla, 100 millones si se tiene en cuenta a los civiles muertos por los bombardeos, las privaciones y el hambre.

En las relaciones internacionales pasa lo mismo. “Bajo la presión creciente del declive capitalista, escribe Trotsky, los antagonismos imperialistas han alcanzado el límite más allá del cual los conflictos y estallidos sangrientos (Etiopía, España, Oriente Extremo, Europa y Europa Central) deben ineludiblemente mezclarse en un incendio global.”

Ahora la guerra que se lleva toda la atención es la que opone a Rusia y Ucrania, apoyada ésta por el bando imperialista. La guerra, con las sanciones y contra-sanciones que provoca, se suma al cortejo de los conflictos armados sin terminar, desde Oriente Medio hasta África y Asia; con la correspondiente búsqueda de alianzas y carrera armamentística, evidencia la carrera general hacia el incendio mundial.

Fue Putin el que tomó la iniciativa de invadir Ucrania, pero es el imperialismo estadounidense el que alimenta y prolonga la guerra. Parece que los dirigentes americanos tienen interés en que dure la guerra. El imperialismo ya logró la reanimación de la OTAN, cuando hace un año Macron decía que ésta se encontraba “en estado de muerte cerebral”.

Es el imperialismo estadounidense el que saca provecho del debilitamiento de Rusia, así como de las dificultades que conlleva la guerra para sus propios aliados – y sin embargo rivales – de Europa, en particular Alemania.

Al contrario de lo que pasó en Vietnam o en Afganistán, los Estados Unidos ni siquiera tienen que mandar tropas al campo de batalla: les basta con la vida de ucranianos y rusos. Además, las armas que tan generosamente se envían abren un nuevo mercado para sus vendedores de cañones.

No obstante, ni siquiera los Estados Unidos, principal potencia imperialista, están seguros de que con su política bélica no se están disparando a ellos mismos.

El desarrollo económico del pasado, la globalización, han creado tantos vínculos entre las economías nacionales, sus clases dirigentes están tan compenetradas, rivales y cómplices a la vez, que nadie lo puede desenredar todo y a ver quién más tiene que perder en el juego de sanciones y contra-sanciones. Lo cierto es que los más débiles sufrirán más.

El mundo entero se está hundiendo en un caos sangriento.

Trotsky resumía “la situación política global en su conjunto” afirmando que “la caracteriza ante todo la crisis histórica de la dirección del proletariado”. Desde entonces, la “crisis histórica de la dirección del proletariado” ha desembocado en el naufragio total de las direcciones sucesivas, socialdemócrata y estalinista.

La principal, si no la única, conclusión es que, en vez de buscar dar una nueva vida a los zombis en los que se han convertido las direcciones socialdemócrata y estalinista, el proletariado tenga una nueva dirección revolucionaria. No con el objetivo de arreglar o mejorar un capitalismo que se hunde en la crisis y la sangre, sino con la perspectiva de tumbar el poder económico y político de la burguesía sobre el mundo. La tarea fundamental de nuestra época sigue siendo construir el partido mundial de la revolución proletaria.

10 de octubre de 2022

 

Crisis, guerras y cambios en las correlaciones de fuerzas

Más allá de las estadísticas sobre el retroceso de la producción de bienes materiales y la bajada de los intercambios internacionales, la amenaza de una crisis financiera; más allá de los muertos y estragos de la guerra en Ucrania, en el continente privilegiado que es Europa, masas cada vez más grandes se enfrentan a las consecuencias de la profundización de la crisis.

Hasta en los países imperialistas, ricos del pillaje y la explotación de la mayoría pobre del planeta, y a pesar de los gestos de caridad de sus Estados para prevenir y desactivar las explosiones de rabia, las masas populares se ven empujadas hacia una pobreza que nos hará volver a niveles de la anterior guerra imperialista.

En los países pobres, donde las clases populares se encuentran privadas de lo necesario en tiempos normales, ya hay hambrunas.

Volvemos a ver las peores calamidades de la Edad Media, pero en una época en la que la humanidad dispone de recursos científicos, técnicos y productivos del siglo 21: se trata de una de las expresiones más odiosas de la podredumbre de una organización social anacrónica.

La crisis del capitalismo, al empeorarse integra la guerra como forma de existencia permanente de la vida social. Para caracterizar el periodo que se ha abierto, basta con leer un diario tan representativo del conformismo burgués como Les Échos, que duda entre fórmulas como “la nueva guerra fría”, “las premisas de la tercera guerra mundial” o “la era del caos”.

La producción de bienes materiales y la oferta de servicios útiles para la población retroceden por todas partes. Sube el coste de la vida mientras el paro empeora y se estancan los intercambios internacionales.

Los precios disparados de la energía asfixian la metalurgia europea, que “ha perdido en unas semanas la mitad de su capacidad de producción” (diario Les Échos de 22 de agosto de 2022). “Quizás sean necesarios diez años para que Alemania vuelva a su competitividad de antaño” (Les Échos de 4 de agosto). “El gran miedo a una penuria de metales” (Les Échos de 26 de septiembre). “Energía: los precios se disparan, las fábricas se paran” (Le Monde de 21 de septiembre).

En las páginas económicas de los grandes diarios, la lista de empresas que paran la producción o cierran se alarga, desde Alemania a Gran Bretaña, desde Suecia a Eslovaquia. En Francia, se suele hablar de “ralentización” o de “paro temporal”. Pero, al mismo tiempo, “Londres alcanza una actividad récord en el mercado de divisas.” (Les Échos).

La crisis financiera subyacente, con saltos espasmódicos, vuelve a cargarse con amenazas, por la subida del tipo de interés del dólar. La decisión del gobierno estadounidense conlleva una fuga de capitales desde los países pobres o subdesarrollados, que a su vez provoca la caída de sus divisas.

Entre los países afectados están Kenia, Túnez, Egipto, Gana, Mongolia, pero también Chile y Hungría. Hasta afirma un especialista que, en el caso de Hungría, podría reproducirse lo ocurrido hace algunos años en Argentina. La caída de las divisas de estos países agrava la carestía de la vida, así como la deuda exterior.

El capitalismo siempre ha mezclado los aspectos económicos y políticos, que a veces se determinan unos a otros y a veces se oponen, en un movimiento permanente. Sin embargo, son los periodos de crisis y violencia incrementada entre las clases sociales y entre las naciones las que revelan de la manera más cruda las contradicciones del capitalismo decrépito. Como reflejo de la competencia extremada entre los grupos capitalistas y entre las naciones, las relaciones internacionales se tensan. Las tensiones internacionales y las guerras como expresión de ellas, así como las reacciones que provocan (sanciones, boicot, etc.) son factores económicos centrales.

La guerra en Ucrania entre Rusia y las potencias imperialistas agrupadas en la alianza militar y política que es la OTAN, así como las sanciones económicas que vienen con ella, desvelan las tendencias económicas muy anteriores al estallido del conflicto; sacan a la luz las correlaciones de fuerzas y sus cambios. Las guerras, al igual que las revoluciones, son como parteras de la historia.

Guerra en Ucrania y cambio en las correlaciones de fuerzas

La correlación de fuerzas que la guerra puede modificar más directamente es la existente entre Rusia, por una parte, y la coalición de potencias imperialistas occidentales, por otra. Pero no es la única. También es posible que una nueva correlación de fuerzas más favorable a los imperialistas tenga consecuencias sobre la que existe entre los Estados Unidos y China. No en balde China aparenta cierta solidaridad con la Rusia de Putin, aunque los vínculos establecidos entre la economía china y la estadounidense estos últimos años trabaje en sentido contrario. No sin motivo, tampoco, buen número de países subdesarrollados dudan en respaldar a los EE.UU. en el tema de las sanciones contra Rusia, sorteándolas o negándose directamente a aplicarlas; entre ellos están países que tienen los recursos económicos, demográficos o mineros, de esperar un determinado nivel de autonomía para con las presiones del imperialismo estadounidense.

Por sus consecuencias económicas, la guerra también cambia la correlación de fuerzas entre imperialistas, en ventaja del imperialismo estadounidense y a expensas de la principal potencia europea, o sea Alemania. Lo cual conlleva repercusiones inevitables sobre la Unión Europea.

El peso económico de Alemania, que creció bajo protección militar y diplomática de los Estados Unidos durante la guerra fría, se basó en tres pilares tras la caída de la URSS: el gas ruso, el mercado chino y la existencia de un “hinterland” en los países del este europeo – “hinterland” histórico del imperialismo alemán, que se volvió a formar después de la dispersión de la URSS en varios Estados independientes y de la caída de las Democracias Populares. Es una parte pobre de Europa, que facilita mano de obra competente y a la vez más barata que en Europa occidental; le ha permitido al gran capital alemán mover parte de su subcontratación e incluso parte de su producción hacia una región cercana (con la ventaja de evitar los caprichos del transporte). “Entre 1991 y 1999, los flujos de inversiones directas alemanas hacia países de Europa del este fueron multiplicados por veintitrés”, cuenta el mensual Le Monde diplomatique (febrero de 2018), y prosigue: “Las fábricas de los proveedores de equipos de automóviles, de plástico, de electrónica, brotan por doquier puesto que, desde Varsovia hasta Budapest, los salarios medios apenas llegan a la décima parte de los de Berlín en la década de los años 1990.” Así es cómo las empresas capitalistas de las potencias imperialistas europeas mantienen a la parte pobre de Europa dentro de una economía de subcontratación y subordinación, es decir una economía de subdesarrollo.

Si bien los Mercedes, BMW, Audi y demás llevaban el sello Made in Germany, muchos componentes eran producidos en Hungría, Eslovaquia o Polonia (y en Polonia, solían producirlos obreros ucranianos, más baratos aún que los polacos). Detrás de los discursos sobre la “democracia” o el “derecho del pueblo ucraniano a disponer de sí mismo”, aquellos son los motivos del interés peculiar de las potencias imperialistas europeas para con Ucrania.

La ganancia que el gran capital alemán (y también francés, con las empresas PSA y Renault en particular) saca de los países de Europa del este sufre perturbaciones en Ucrania por la guerra y en Rusia por las sanciones que se le imponen por haber desencadenado el último episodio bélico.

En cambio, los Estados Unidos se salen con la suya, con la valorización de su gas de esquisto que la subida de precios vuelve competitivo en el mercado global. Sus empresas capitalistas sacan ventaja de que los precios de la energía que usan han subido mucho menos que los de la energía que usan sus competidores europeos.

Teniendo en cuenta el peso de Alemania en la Unión Europea, el debilitamiento de este país tendrá consecuencias sí o sí en cuanto a la solidez y la mera supervivencia de dicha Unión. Es posible que los Estados Unidos, que participaron en crear el mercado común, tengan algo que ver con el entierro de su forma actual, la Unión Europea.

Ya durante la pandemia, las peleas sobre las mascarillas y las dosis de vacunas demostraron hasta qué punto la mera solidaridad quedaba limitada entre países de la Unión.

Resulta significativa la bronca provocada en varios Estados por los 100 mil millones anuales que el Estado alemán prometió a sus propios capitalistas. Quienes protestan consideran que se trata de un estorbo en la competencia, que favorece a los capitalistas alemanes contra los demás. La mayoría de los Estados cuyas finanzas no son tan buenas como las alemanas reclaman a gritos que se ponga en común ese tipo de ayudas a escala europea. Parece que, a pesar de su denominación pomposa, la Unión Europea no resiste a la rivalidad entre Estados europeos, agravada por la crisis.
 

Gasto militar, despilfarro y racionamiento

Los gastos militares se han disparado especialmente en Alemania, acordándose con los estadounidenses, lo cual supone grabar más el presupuesto a costa del gasto colectivo indispensable. Las dificultades del abastecimiento a causa de sobresaltos económicos, en particular en el campo energético, toman la forma del racionamiento impuesto a las clases populares. Los dirigentes alemanes han anunciado a su pueblo que se tiene que preparar al racionamiento del gas.

Racionar el gas para el consumidor de a pie no afecta demasiado a la burguesía. El papel de los gobiernos consiste precisamente en gestionar problemas de esta clase e inventar justificaciones para las medidas que toman.

Pero ¿qué hacer con la potente industria alemana? Precisa del gas, no sólo como fuente de energía, sino también como materia prima. El diario Les Échos de 14 y 15 de agosto recuerda que “nada más que con el gigante químico BASF con sus 45.000 productos que salen de las cadenas de producción, ¿cómo arbitrar?”. Se da la palabra a un alto responsable de la patronal del sector químico, quien recuerda que su sector, que se traga el 15% de las reservas de gas, “está en el corazón del modelo económico alemán, y resulta indispensable para la agricultura, la farmacia, la construcción pero también la industria de la automoción”.
 

Chips y automoción: dos industrias en plena crisis

La opinión pública descubrió este año que dos empresas de Taiwán disponen del monopolio o casi de la fabricación de un determinado tipo de chips electrónicos modernos, de los que varias ramas industriales entre las cuales la automoción no pueden prescindir. “En 1990, sin embargo, los Estados Unidos realizaban el 44% de la producción global de chips y Europa el 37%”. “Hoy en día, el trust taiwanés TSMC cubre el 53% de la producción mundial de semiconductores.” “Junto con UMC, el número dos de Taiwán, la cuota de mercado sube al 60%.”

Para los capitalistas europeos y americanos del sector que poseen las patentes, fue más beneficioso en su tiempo subcontratar la producción a un país como Taiwán, donde la mano de obra competente era mucho más barata que en los Estados Unidos, y además con un régimen autoritario capaz de presionar por mantener el bajo nivel de los salarios.

Las decisiones privadas de las empresas capitalistas de semiconductores se juntaron en un movimiento colectivo: sus compadres y clientes acabaron padeciendo de una de las leyes de su propia economía.

En cuanto los capitalistas de la automoción, las telefónicas y tecnológicas etc. empezaron a sufrir del bloqueo producido por el monopolio de los semiconductores especializados, sus respectivos Estados actuaron por poner en marcha en su territorio la fabricación de los componentes electrónicos necesarios.

“¿Estaría la electrónica global pasando de la penuria al exceso?”, preguntó Le Monde el 20 de septiembre de 2022.

Los gobiernos con recursos suficientes para ello se apresuraron a socorrer a sus capitalistas.

Entonces llegó la especulación financiera. Los especuladores se esperan a que las subvenciones estatales produzcan fábricas nuevas, lo cual supondrá una sobrecapacidad de producción, y apuestan por un vuelco en la oferta.

Le Monde publicó una foto que ilustra el problema con más claridad que muchos discursos: la de Biden que el 9 de septiembre anuncia un regalo de 52 mil millones de dólares a este sector, en una toma de palabra delante de la maquinaria de construcción dispuesta a desbrozar un terreno propiedad de Intel para lanzar la construcción de una fábrica, en Ohio. ¡Por muy rápida que sea la construcción, puede que la fábrica empiece a vender cuando el mercado ya esté saturado!

La historia económica de la Francia capitalista en las últimas décadas recuerda la construcción de altos hornos en la región de Fos-sur-Mer (cerca de Marsella) a principios de los setenta, cuando se esperaba un incremento de la demanda de acera por parte de la industria automóvil en expansión. Pero cuando fueron construidos los cuatro altos hornos, la demanda había tocado techo, y tres de ellos no pudieron echar a andar en el momento.

La intervención estatal no elimina las crisis, y además son las clases explotadas las que tienen que financiar una inversión que sólo les renta a los capitalistas. Sin embargo, puede contribuir a amplificarlas. El caso de los altos hornos de Fos y el de los microchips lo ejemplifica.

El predominio de Taiwán en el sector de los semiconductores expresa el avance de la centralización, consolidación y concentración, que Marx y luego Lenin (El imperialismo) definieron como un aspecto fundamental de la evolución del capitalismo hacia el imperialismo. También pone de relieve la necesidad de una planificación a escala global.

La globalización y la concentración al nivel mundial son tan potentes como la ley de la gravedad, mientras impere el capitalismo. En las leyes de un sistema económico anárquico yacen las causas de esta evolución fundamental, cuyas consecuencias lamentan los propios capitalistas y sus dirigentes políticos.

A la necesidad de una planificación internacional, que exuda el capitalismo por todos sus poros, se oponen otras dos características fundamentales: la propiedad privada de los medios de producción y la dispersión en Estados nacionales. Una y otra imposibilitan la realización completa de la lógica de la evolución capitalista, que supone al fin y al cabo la planificación global de la actividad de los principales medios de producción.

La desregulación del mercado energético promovida por los buitres de la banca se vuelve contra los capitalistas. Pone en evidencia la misma contradicción fundamental que, bajo el capitalismo, impone una creciente coordinación, pero sin llegar a realizarla.

Trotsky dijo lo siguiente en 1934, en plena “gran depresión”: “Si se pudiera borrar las fronteras entre Estados de un solo golpe, las fuerzas productivas podrían seguir creciendo y elevándose a un nivel superior, aun manteniéndose el capitalismo. Es verdad que lo harían a costa de sacrificios innumerables.” Prosiguió y concluyó Trotsky: “Con la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, las fuerzas productivas pueden alcanzar un nivel superior aun en el marco de un solo Estado, lo ha demostrado la experiencia de la URSS. Pero sólo la abolición de la propiedad privada junto con la de las fronteras estatales puede crear las condiciones de un sistema económico nuevo, la sociedad socialista.”

Resulta aún más evidente ahora que en 1934 en varios campos donde los problemas de la humanidad se plantean al nivel del planeta, como por ejemplo el calentamiento global, la gestión racional de los seres vivos en los océanos, etc.

Un planteamiento global es una necesidad incluso en los campos en los que el capitalismo ha tenido que realizar una suerte de concentración caricaturesca mediante un regateo entre Estados nacionales, defendiendo cada uno sus propios intereses. Es el caso en el sector energético, donde fueron necesarias décadas para implementar un sistema que tenga en cuenta los intereses divergentes, cuando algunos acceden más fácilmente al gas y al petróleo, los otros al carbón, o a la energía eólica.

Las crisis financieras, las penurias, las tormentas económicas no son aberraciones del capitalismo sino sus consecuencias inevitables.

La sociedad está madura, lista para el socialismo, la planificación, la colectivización y la organización racional de los medios de producción.

La controversia que opone los vehículos térmicos a los eléctricos, favoritos de los ecologistas, sirve como cortina de humo para ocultar grandes maniobras de los trust automóviles y petroleros.

El diario Les Échos de 9 de agosto de 2022 expresa su admiración ante la patronal del automóvil en un artículo cuyo título es todo un mundo: “Siete años tras el “dieselgate”, el coche realiza su revolución”. Tras nombrar los problemas que afectan el sector – caída de las ventas, especialmente en los coches diésel, falta de componentes, perturbaciones en la cadena de producción – prosigue: “lo más relevante de todo eso está en que los fabricantes han convertido las dificultades en oportunidades. Las han aprovechado para cambiarse de un modelo económico hacia otro, con ventaja: pasaron de una lógica de buscar volúmenes de producción a la de buscar exclusivamente la rentabilidad.” […]

“Es un cambio de paradigma. Los industriales peleaban por cuotas de mercado; en adelante, siendo el margen operativo el que dicta su ley, dan la prioridad a los vehículos con fuerte rentabilidad.”

Éste es el gran vuelco en la automoción: apostar por los coches de alta gama, tanto en los térmicos como en los eléctricos. De todos modos, los coches térmicos seguirán teniendo un mercado en los países subdesarrollados.

Los coches térmicos vienen generando ganancias desde hace más de un siglo y han provocado un aumento de la demanda de petróleo. No hay semejante certidumbre con los coches eléctricos, por varios motivos, entre los cuales están los requisitos de equipos colectivos para los trayectos de larga distancia (recargar las baterías, etc.).

Los grupos capitalistas pueden contar con la ayuda de los Estados. En el pasado, la “fordización” en la producción y la relativa “democratización” del consumo no fueron obstaculizados por la falta de infraestructuras, o sea carreteras en condiciones y redes densas para la distribución de la gasolina.

Para los coches eléctricos, ya lleva retraso la fabricación de las baterías, también la red de terminales para la carga rápida en las carreteras. Y hay más: nadie está seguro de que las materias primas requeridas (litio, níquel, cobalto, tierras raras…) ofrezcan un desarrollo tan ilimitado que el de los coches térmicos hasta ahora. Además, las tierras raras están concentradas sobre todo en China, Rusia…

Por lo que, a falta de certidumbres, los intereses de los capitalistas de la automoción y del petróleo coinciden en volver a montar una operación semejante a la que realizaron las petroleras en la crisis de los años setenta: aprovechar una situación de monopolio para vender menos, pero más caro. Con una ventaja adicional: que paguen los consumidores desde hoy para las inversiones presentes y futuras que supone el cambio.

Aún no se conoce el futuro del coche eléctrico, y sin embargo la rivalidad de los trust ya ha estallado en torno a países que, según se supone, tienen los metales necesarios para la fabricación. “La industria automovilística en la carrera hacia las materias primas” era el título de Les Échos de 26 de septiembre de 2022. Elon Musk ya se ha hecho con algunas regiones de Indonesia.

La guerra por las materias primas es uno de los aspectos del imperialismo. Los enfrentamientos abiertos o más discretos entre potencias por el nuevo reparto de África fueron un ejemplo de ello. Desde la conferencia de Berlín (en 1885), el avance de las ciencias y técnicas ha producido nuevas necesidades de materias primas, entonces desconocidas. Algunos recursos ya se pueden explotar, otros no todavía, pero los trust saben anticipar para hacerse con reservas mineras, aunque sólo sea por impedir que otro competidor las alcance. Es lo que ocurre en la República Democrática del Congo un país que los geólogos llaman un “milagro geológico” teniendo en cuenta su riqueza en metales raros. Algunos, cual el cobalto, ya son explotados en unas condiciones odiosas, y otros ya han sido apropiados mediante concesiones.

Ya que estamos en ello: cuanto más dure la guerra en Ucrania, más se nota en las noticias que el interés de los Estados Unidos para con aquel país no sólo se fundamenta en la voluntad de atraerlo al bando occidental en lo político y militar, sino también en unos intereses económicos concretos. El periodista Marc Endeweld explicó en su libro Guerras ocultadas. Los secretos del conflicto ruso-ucraniano (no traducido al español) el interés que desde hace años el trust Westinghouse y la gran constructora estadounidense Bechtel muestran por las centrales nucleares de Ucrania.

La lucha fundamental

Una sola vez el orden burgués fue amenazado en su existencia: durante la oleada revolucionaria iniciada en octubre de 1917 con la victoria del proletariado en Rusia, pero que no se completó.

El impulso fue contenido, la revolución fue vencida, no ya en la guerra abierta entre la burguesía imperialista y el proletariado, sino de otro modo, que Marx no había adivinado: mediante la degeneración burocrática del Estado obrero creado por el proletariado ruso.

Esa primera gran batalla, cuya clave era qué clase iba a ejercer el poder al nivel global, determinó la historia de los años posteriores.

Entre las dos guerras mundiales, la lucha de clase se mantuvo en un alto nivel de virulencia. La burguesía imperialista salió ganadora, a costa del fascismo, regímenes autoritarios y al final otra guerra mundial.

El temor profundo de la burguesía para con el proletariado, inspirado en la oleada de revoluciones de la posguerra, se mantuvo durante una generación. Motivó los bombardeos de Dresde, Hiroshima y Nagasaki.

Un temor que estaba justificado, puesto que la Segunda Guerra Mundial, al igual que la anterior, desencadenó una nueva oleada revolucionaria, la de las revoluciones coloniales. Pero ésta, que era tan amplia y con tanta determinación como la primera, ya no iba dirigida por el proletariado contra el orden capitalista, sino que la lideraban burguesías nacionales cuyo objetivo se ceñía en la defensa de su derecho a existir contra la dominación directa del imperialismo.

Aquellos dirigentes e incluso los más decididos y combativos como Mao, Castro y Ho Chi Minh y otros tantos, no pretendía destruir el imperialismo y poner fin al capitalismo, sino arreglar este orden social para que les deje algo de espacio.

El sistema capitalista acabó absorbiendo todas las tentativas e integrándolas en su orden social. El gran capital imperialista se mantuvo al mando del planeta. Sin embargo, no es “el fin de la historia”.

El capitalismo triunfante sigue siendo el de la época imperialista, es decir que todos sus males interiores le son inherentes.

Aun cuando el dominio burgués no se vea cuestionado por el proletariado, nueva clase capaz de realizar una forma social superior del desarrollo humano, el capitalismo sigue carcomido.

La construcción de un partido comunista revolucionario con el fin de derrocar el poder de la burguesía no es un pronóstico, sino un objetivo de lucha.

A falta de un partido que represente los intereses de la clase obrera, no sólo dentro del marco del capitalismo sino también de cara a su papel insustituible en el derrocamiento de éste, la humanidad se encamina a una catástrofe social más amplia aún que las que llevaron a la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Actualidad del Programa de Transición

El texto redactado en 1938 es muy actual. En muchos aspectos, parece que fue escrito hace poco para analizar la crisis presente y sacar indicaciones para un programa de lucha, que permitiera que el proletariado retomara su lucha fundamental por el derrocamiento del poder de la burguesía. Es imposible militar por la revolución proletaria en nuestros tiempos sin basarse en este texto.

Aunque fue escrito hace ochenta y cuatro años, en un contexto muy distinto de la situación internacional de ahora, se fundamenta en una comprensión íntima, por así decirlo, de la crisis del capitalismo y la intensificación de la lucha de clases que conlleva o puede desencadenar.

La mayoría de las reivindicaciones, basadas en las “premisas objetivas de la revolución socialista” siguen vigentes hoy en día. El capítulo sobre los soviets detalla: “Ninguna reivindicación transitoria puede ser realizada completamente dentro del régimen burgués.” Todas las reivindicaciones suponen “una presión constante de las masas” capaz de llevar el movimiento a “una etapa abiertamente revolucionaria”.

No se trata de un catálogo de recetas, sino de un programa de lucha. En vano intentaríamos adivinar el camino por donde iría la movilización obrera, y el de las reivindicaciones que exigiría la evolución de la situación. Sin embargo, hay que ser conscientes de que, en un periodo de remontada obrera, las situaciones cambian con una rapidez extrema, con la que a su vez cambian las reivindicaciones que se tiene que defender. El análisis y entendimiento de las etapas concretas de la movilización de los trabajadores deben fundamentar el razonamiento de los militantes comunistas revolucionarios.

Recordemos que aun antes de que los trabajadores se movieran, algunas consignas del Programa de Transición eran entendibles, aunque no prácticamente asumibles, más allá del núcleo reducido de militantes revolucionarios que las defendían.

Ante el crecimiento del paro, la consigna de “reparto del trabajo entre todos sin bajar los salarios” era una herramienta útil de propaganda e incluso a veces de agitación. La reciente subida de los precios y la toma de conciencia de la carestía de la vida han hecho más entendible la reivindicación de la escala móvil de los salarios. El regreso de la guerra al continente europeo acaba de hacer más comprensibles los capítulos del Programa de Transición sobre “la guerra y la lucha contra el imperialismo”.

No resulta difícil imaginar con qué rapidez una ola de huelgas – incluso huelgas duraderas – plantea inmediatamente el problema de los piquetes y, desde ahí, de las milicias obreras. Asimismo, plantea la cuestión de los comités de huelga, es decir “aquellos comités de fábrica” que son “un elemento de poder dual en la fábrica”.

De nada sirve especular a ver en qué orden pueden ser defendidas esas reivindicaciones. Todos los objetivos del Programa de Transición vienen entremezclados entre causas y efectos.

¿Ha de considerarse el capítulo sobre “la URSS y la tarea de la época de transición” como antiguado? Lo es, desde el punto de vista del objeto, habiendo desaparecido la URSS, pero no si nos fijamos en el método de razonamiento y en la elección de Trotsky de considerar la revolución rusa como un pasado del cual el proletariado puede enorgullecerse.

A pesar de la evolución de la burocracia soviética, digamos desde los años treinta que son cuando se consolidó su poder, hoy día siguen siendo los análisis de Trotsky los que permiten comprender lo más precisamente la realidad rusa.

10 de octubre de 2022

 

 

 

La guerra de Ucrania, un gran paso en la escalada hacia la tercera guerra mundial

Uno de los últimos textos de Trotsky, poco antes de que lo asesinara un agente de Stalin, fue escrito en mayo de 1940, cuando ya había empezado la Segunda Guerra Mundial. Se trata del Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial.

Echado de la Unión Soviética, aislado, Trotsky se dirige directamente a los trabajadores con las siguientes palabras: “La guerra presente – la segunda guerra imperialista – no es un accidente ni resulta de la voluntad de tal o cual dictador. Se venía anunciando desde hace mucho. Su origen procede inexorablemente de las contradicciones de intereses capitalistas internacionales. Al contrario de los cuentos chinos oficiales con los que se pretende drogar al pueblo, la causa principal de la guerra, al igual que de los demás males sociales – el desempleo, la carestía de la vida, el fascismo, la opresión colonial – es la propiedad privada de los medios de producción y el Estado burgués que se basa en esos fundamentos.”

Mientras el sistema capitalista y su fase senil, el imperialismo, no se destruyan, el estado de paz sólo es un periodo intermediario entre dos guerras mundiales.

La corriente comunista revolucionaria, por muy débil que haya sido a lo largo de las últimas décadas, siempre ha denunciado la ilusión de que el capitalismo pueda llevarnos a la paz universal.

Incluso los periodos llamados de paz no han tenido otro significado que la ausencia de una guerra global, que implique directa o indirectamente al planeta entero. En realidad, no han cesado las guerras en varios puntos del mundo. Ya sean guerras de los imperialistas por mantener a los pueblos en la esclavitud colonial o el pillaje económico; guerras regionales con la mano directa o indirecta de las potencias imperialistas; o guerras locales, nacionales o étnicas, armadas o animadas por las grandes potencias, en tiempos de la guerra fría entre dos bloques, etc.

Hace un siglo, pareció que la revolución proletaria victoriosa en Rusia podría parar lo que, bajo el dominio imperialista, se asemejaba a una fatalidad. La revolución se presentaba como el primer paso en el camino hacia la transformación de la organización social humana mediante el derrocamiento del capitalismo, es decir acabando con “la propiedad privada de los medios de producción y el Estado burgués que se basa en esos fundamentos”. Aquella primera gran batalla entre la burguesía y el proletariado por la dirección de la sociedad no desencadenó la guerra de clases generalizada, al nivel internacional que es donde la clase obrera puede vencer.

El primer Estado obrero sólo fue el instrumento de la revolución proletaria mundial durante los primeros años de su existencia, luego se quedó aislado y dio la luz a la burocracia. Durante sus primeros años revolucionarios, el Estado obrero incipiente aún dio una idea de cómo podía transformarse la sociedad en los campos económico y social. Puso los primeros jalones de una economía en donde los grandes medios de producción ya no estaban en manos privadas; en donde el proletariado en el poder reorganizaba la producción sin obedecer al mercado ciego, la competencia por el beneficio privado, sino conscientemente, con el objetivo de satisfacer las necesidades mediante la planificación. El proletariado mundial puede enorgullecerse de aquel primer intento, de lo que realizó al arrancar el poder de las manos de la burguesía y demostrar la validez de su perspectiva socialista, no sólo en teoría sino en la sexta parte del planeta.

El ímpetu de la revolución por la emancipación social de las clases oprimidas fue el que unió los múltiples componentes de la “prisión de los pueblos”, como se denominada a la Rusia zarista, en un mismo crisol. Fue el que creó las condiciones de la formación de la Unión Soviética como forma concreta de la unión de pueblos iguales; y fue ese mismo ímpetu el que dio el impulso necesario para los formidables cambios en la economía de la Unión Soviética, que le permitieron no sólo sobrevivir, sino también industrializarse a un ritmo elevado, mientras los países imperialistas mucho más desarrollados se hundían en la crisis del 29.

La burocracia nació del reflujo. Se convirtió en un factor de aceleración del retroceso de la acción revolucionaria de las masas, cada vez más determinante, y siendo ella cada vez más consciente de sus intereses particulares opuestos a los del proletariado.

El reflujo contrarrevolucionario convirtió el poder de los soviets en una dictadura infame contra el proletariado y se llevó la libertad de los pueblos de la Unión Soviética, al mismo tiempo que todo el resto. Putin resumió las cosas muy claramente al reivindicarse de la política de Stalin oponiéndola a la de Lenin, mientras lanzaba la invasión de Ucrania.

Con el estalinismo, expresión política de la degeneración del Estado obrero, la burocracia ahogó cualquier ánimo revolucionario, no sólo en la Unión Soviética, sino en todas partes donde ella usurpaba el prestigio revolucionario de octubre. La burocracia soviética rápidamente se convirtió en uno de los guardianes del orden imperialista global, mientras buscaba mantener sus intereses de casta.

La degeneración no fue una fatalidad, sino una fase de lucha de clase intensa. Con el retroceso del proletariado internacional como tela de fondo, se opusieron lo mejor que conservaba la revolución proletaria en la Unión Soviética y la burocracia emergente.

Fue una lucha a muerte, en el sentido concreto. La burocracia estalinista, a lo largo de su toma de control de lo que había sido el Partido Bolchevique, decidió cada vez más conscientemente de aniquilar físicamente todos aquellos que se reivindicaran de la continuidad revolucionaria de octubre de 1917.

La Oposición de Izquierda, que se reunió en torno a Trotsky, fue un verdadero partido comunista revolucionario: por su rica experiencia política colectiva e incluso la individual de sus militantes, acumuladas ambas en la revolución y la guerra civil ganada, luego durante el enorme esfuerzo por construir una organización social nueva.

Se van abriendo los archivos de la burocracia estalinista, evidenciando cada vez más el hecho de que la Oposición de Izquierda no se ceñía a la persona de Trotsky con unos centenares de militantes, jefes cualificados, que resistieron más o menos tiempo a la cárcel, los juicios, los campos de concentración antes de ser asesinados en su mayor parte. Fueron los directivos de un verdadero partido, que tenía los recursos y la competencia como para regenerar el movimiento obrero internacional, al retomar el hilo de la revolución.

Ese partido, el único en merecer el nombre de partido en la historia del trotskismo, fue aniquilado por la burocracia triunfante, que de esa manera rompió la continuidad política y humana con la revolución de octubre de 1917. Entre todos los crímenes de Stalin para con el movimiento obrero revolucionario, éste fue el peor que los resume todos, y hace que se pueda comparar a Stalin con Hitler.

Bajo la dirección de una serie de jefes políticos después de la muerte de Stalin, la burocracia nunca dejó de ser un elemento conservador ayudante del orden capitalista mundial. Comenzó al traicionar las revoluciones que pretendía dirigir o apoyar (China en 1927, España en 1936-38), además de la traición a todas las movilizaciones obreras con la política de los frentes populares. Prosiguió ahogando cualquier posibilidad de que la clase obrera de Europa se levantara y sacudiera el orden mundial al acabar la Segunda Guerra Mundial, como lo había hecho en 1917-1919. Luego aplastó militarmente las movilizaciones obreras de 1953 hasta 1956 en lo que era entonces su zona de influencia, en Berlín, Poznan, Budapest.

La burocracia, tras contribuir durante décadas a defender el orden imperialista mundial sin dejar de ser un cuerpo extraño para la burguesía mundial, incluso quitándole al imperialismo su control sobre algunos países del este europeo convertidos en supuestas Democracias Populares, anunció bajo Gorbachov y sobre todo Yeltsin su deseo de integrar las filas de la gran burguesía mundial con su mercado capitalista.

La era de Yeltsin vio el derrumbe catastrófico de la economía rusa, la fragmentación de la Unión Soviética en Estados más o menos hostiles los unos para con los otros; quedó claro que las grandes potencias imperialistas no querían dejar que se formara un rival demasiado potente. Les bastaba con una Rusia cómplice – al igual que en tiempos de Stalin – pero subordinada y despreciada.

Aceptaban a Rusia como algo parecido a Brasil, a la India, o incluso al Congo de Mobutu, pero con más fuerza por su inmenso territorio, su numerosa población, sus recursos naturales variados y, sobre todo, una serie de elementos económicos heredados de la revolución proletaria.

La llegada de Putin al poder fue la reacción de la burocracia del Estado ruso frente al peligro de descomposición bajo Yeltsin. Las potencias imperialistas, cuyos objetivos fundamentales eran bien entendidos y facilitados por la actitud sumisa de Yeltsin, no dejaron de ejercer su presión sobre Rusia. La voluntad de restablecer “la vertical del poder”, expresada por Putin, gozó de un amplio consenso en la capa dirigente, aunque una serie de oligarcas que se habían beneficiado de la desmembración del poder bajo Yeltsin tuvieron que pagar por ello.

La crisis de la economía mundial, la guerra Rusia-Ucrania, las sanciones occidentales, además de afectar a los pueblos de la ex URSS, impactan la correlación de fuerzas en el seno del poder ruso.

“Moscú. El partido de la guerra confisca todo el poder” era el título principal del diario Le Figaro (de derechas) el pasado 12 de agosto. El artículo trata del refuerzo del poder de aquella capa burocrática cuya potencia se basa en la posesión de las “fuerzas de resorte estatal”, el núcleo del aparato del Estado que se opone a la alta burocracia económica, siendo esta última la que llaman oligarquía. Los “siloviki” es el nombre que dan los rusos a los miembros del núcleo del Estado, los hombres de los órganos represivos como el ejército, la policía, la inteligencia y especialmente el FSB (ex KGB), de donde sale Putin.

Se trata de dos capas burocráticas con mucha interconexión en sus personas e intereses más materiales. Los oligarcas surgieron como una entidad más o menos distinta, que se apropió de las empresas y la dirección de las funciones económicas, bajo la protección de los burócratas del aparato represivo. Dependen de lo alto del Estado y hasta de la arbitrariedad del jefe político de la burocracia, es decir Putin. Pero, al mismo tiempo, el poder estatal depende de quienes le permite al conjunto de la burocracia quedarse con parte de la plusvalía sacada de la explotación. Un reparto de las funciones, que en concreto son múltiples vínculos colectivos e individuales.

Es verdad, los oligarcas con su fortuna, sus yates y sus aviones privados, sus ambiciones y su modo de vida de nuevos ricos, se integran en la parte alta de la clase capitalista. Sin embargo, siguen dependiendo de la burocracia estatal rusa, lo cual los separa de la gran burguesía, bien establecida en las potencias imperialistas. Y así es cómo sigue vigente hoy en día la contradicción fundamental que otrora definía la URSS burocrática, entre el eco de su origen revolucionario y lo opuesto, surgido de su degeneración. El impulso revolucionario y proletario fue necesario para eliminar el zarismo, la aristocracia terrateniente y la burguesía; pero, una vez apagado el fuego revolucionario, la situación se estabilizó durante décadas en el puño de hierro de un monstruo burocrático sin precedente. Los trust tipo Gazprom y Rosatom son un lejano recuerdo de esa historia, y le dan a la burocracia, es decir al poder conjunto de oligarcas y el Estado, los recursos suficientes como para afrontar a los imperialistas.

La guerra en Ucrania vuelve a barajar la situación de los oligarcas rusos, entre su dependencia para con Putin y sus vínculos con la gran burguesía imperialista, lo cual hace más inestable la correlación de fuerzas en el seno del poder en Rusia.

Tomar posición sobre la guerra de Ucrania obviando la influencia del imperialismo sobre el mundo equivale a sumarse al bando imperialista. Tratándose de tendencias políticas que abanderan el marxismo, es un abandono.

Las justificaciones de quienes abierta o hipócritamente se suman al bando imperialista se parecen mucho a las de sus antecesores en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, antes o durante esta guerra.

¿La defensa de la democracia?

Putin es un dictador entre los peores, es decir de la especie de Stalin, lo que reivindica para rechazar a Lenin. Pero el argumento es miserable, si nos acordamos de cuántas dictaduras creadas, protegidas, armadas por el imperialismo de la gran “democracia” estadounidense en todas partes.

¿El derecho de autodeterminación de la nación ucraniana?

Cuando la monarquía austríaca de los Habsburgo agredió a Serbia, acto que desencadenó la Primera Guerra Mundial, se podía experimentar un sentimiento de solidaridad hacia una pequeña nación pobre, cuya supervivencia se ponía en tela de juicio. Sin embargo, el derecho de existencia nacional de Serbia pasó al segundo plano a los ojos de los revolucionarios de entonces, porque se integraba en el marco de un enfrentamiento entre bandos imperialistas.

Putin, ¿responsable de una política imperialista?

Es verdad, si se usa el término en su sentido general, desde la política de Roma en la antigüedad, durante siglos. Pero quienes insisten en repetir la palabra en realidad quieren ocultar que el imperialismo de nuestra época es ante todo una determinada fase del capitalismo, y que no se puede poner fin a su política guerrera sin cortar sus raíces capitalistas.

¿Fue Putin el que ha desencadenado la guerra?

Argumento miserable, parecido al que se usaría mencionando el golpe de matamoscas del Bey de Argelia para justificar la conquista de Argelia por parte de Francia en 1830.

Para los comunistas revolucionarios, la única actitud posible debe proceder de la idea expresada en tiempos del primer conflicto global por Karl Liebknecht: “El enemigo está en nuestro propio país”.

En el caso de militantes comunistas en Rusia, supone oponerse a la guerra de invasión de Putin, y derrocar su régimen depredador que actúa por cuenta de la burocracia y los oligarcas multimillonarios.

Fraternización; dirigirse a los proletarios de Ucrania en nombre sus intereses idénticos a los de los proletarios de Rusia, reivindicándose de la política de los bolcheviques que supuso respetar el derecho de Ucrania a separarse, si así lo desean los trabajadores.

Una política idéntica para los militantes ucranianos: rechazo a la unión nacional y militar por que se eche abajo el régimen basado en clanes burocráticos y oligarcas, de la misma clase que los que mandan a los proletarios rusos a morir bajo el uniforme.

Francia no interviene directamente en Ucrania – aún no. Si bien se ha negado abiertamente a formar parte de los beligerantes, Francia facilita armas al Estado ucraniano para hacer la guerra, al igual que le facilita cada día más formación dirigida a los jefes militares. Al ampliar el campo de su semi-beligerancia hipócrita, el imperialismo francés se compromete cada vez más en la guerra. Ya lo haga acatando las órdenes del imperialismo estadounidense o en defensa del interés de sus propios grupos capitalistas no tiene tanta importancia. Las empresas francesas que se fueron de Rusia se las arreglaron para mantener posibilidades de regresar.

La clase obrera de Francia ya se enfrenta a las mismas decisiones que sus hermanas de Rusia y Ucrania. ¡No es nuestra guerra! ¡Ninguna complicidad con nuestra burguesía y su Estado!

Luchar contra la guerra, no como pacifistas, sino en nombre de la independencia política de la clase trabajadora.

Aun no estando directamente implicados en la guerra, nuestra burguesía, sus políticos y órganos de (des)información preparan moralmente, humanamente, a la población para la guerra, al instaurar un ambiente antirruso.

No les resulta tan fácil con aquella parte de la población procedente de la inmigración magrebí o africana, cuyos reflejos antiestadounidenses a veces llegan hasta justificar a Putin. Sin embargo, reacciones de esta clase disimulan cierto conservadurismo para con los gobiernos de sus países de origen. El respaldo de determinados gobiernos a Putin no les hace mejores. Tenemos que hablarles de los intereses de clase de los trabajadores.

Nadie puede prever ahora cuánto tiempo durará la actual guerra en Ucrania, ni cómo y cuándo desembocará en una guerra general.

No obstante, toca denunciar cualquier forma de colaboración y unidad nacional con la burguesía, sus políticos, el estado mayor, aunque sólo sea como defensores de Ucrania y su soberanía.

Apenas es necesario mencionar la lamentable Declaración del Buró Ejecutivo de la Cuarta Internacional sobre la invasión de Ucrania publicada desde el inicio de la guerra, el 1º de marzo de 2022. El fondo de aquella declaración viene resumido en la siguiente frase. “Frente a la guerra en Ucrania, es una responsabilidad de tod@s l@s militantes del movimiento obrero y de los movimientos sociales, de quienes se han movilizado contra la guerra, la de apoyar la resistencia de la nación ucraniana oprimida. Para parar esta guerra hay que sancionar el régimen de Putin y ayudar a que Ucrania se oponga a la agresión.” Y lo clava esta otra frase: “Solidaridad y respaldo a la resistencia armada y no armada del pueblo ucraniano. Entrega de armas a petición del pueblo ucraniano para luchar contra la invasión rusa de su territorio. Se trata de una solidaridad básica con las víctimas de la agresión de un adversario mucho más potente.”

Es de citar también este fragmento de análisis de unos autores que se dicen marxistas: “¡El imperialismo estadounidense sólo aprovecha la huida hacia adelante del nuevo zar del Kremlin!”

¿Hacen falta comentarios? Sólo decir que existe una continuidad política – opuesta a las ideas trotskistas – entre esa gente y sus ancestros que, tras la invasión de Francia por parte de Hitler, hacían llamamientos a la unión con los burgueses “que piensan francés” y por la creación de “comités de vigilancia nacional”.

A modo de conclusión, recordemos las siguientes palabras de Trotsky en el Manifiesto antes citado: “Al mismo tiempo, no nos olvidamos ni por un mo­mento de que esta guerra no es nuestra guerra. […] Independientemente del curso de la guerra, cumplimos nuestro objetivo básico: explicamos a los obreros que sus intereses son irreconciliables con los del capitalismo sediento de sangre; movilizamos a los trabajadores contra el imperialismo; propagandizamos la unidad de los obreros de todos los países beligerantes y neutrales; llamamos a la fraternización entre obreros y soldados dentro de cada país y entre los soldados que están en lados opuestos de las trincheras en el campo de batalla; movilizamos a las mujeres y los jóvenes contra la guerra; preparamos constante, persistente e incansablemente la revolución en las fábricas, los molinos, las aldeas, los cuarteles, el frente y la flota.”

17 de octubre de 2022

Moción sobre la guerra

La guerra en Ucrania entre las potencias imperialistas de la OTAN y Rusia, con la piel del pueblo ucraniano, pero también del pueblo ruso, amenaza al mundo entero con una deflagración generalizada.

Sea cual sea la materialización futura de esta amenaza y el camino que conduzca a ella y los bandos implicados, será una guerra de la burguesía imperialista contra los pueblos utilizados como carne de cañón.

Para evitar la guerra, los pueblos no pueden contar con la burguesía imperialista, sus políticos y sus estados mayores que, por el contrario, preparan metódicamente la conflagración general mediante la acumulación de armas y el sometimiento de las poblaciones. Los trabajadores tendrán que oponerse a la guerra con sus medios y sus armas de clase, con la perspectiva de transformar la guerra en una guerra civil contra la burguesía.

Los trabajadores conscientes deben rechazar el mecanismo de guerra que se está poniendo en marcha. Deben rechazar cualquier forma de unión sagrada detrás de su burguesía y del Estado que defiende sus intereses. Deben desconfiar de toda la falsa propaganda de la clase dominante, empezando por la defensa de la patria, cuando detrás de estas palabras sólo se esconden los intereses de la clase capitalista y de los más ricos.

En lo que respecta a la guerra que ya se libra en Europa, los trabajadores no tienen por qué tomar partido ni por la Rusia de Putin ni por la Ucrania de Zelensky, bajo la protección de las potencias imperialistas. Deben rechazar a todos los clanes políticos de la burguesía imperialista, tanto a los que hablan abiertamente un lenguaje belicista como a los que dicen trabajar por la paz mediante negociaciones. A los trabajadores les interesa hacer suya la consigna del revolucionario alemán Karl Liebknecht: "El enemigo principal está en nuestro propio país", aquí en Francia, en Rusia, en Ucrania y dondequiera que las masas estén preocupadas por los preparativos de una guerra generalizada.

Sólo el derrocamiento del poder de la burguesía y de la dominación del imperialismo sobre el mundo puede conjurar la amenaza de una guerra mundial, asegurar las relaciones fraternales entre los pueblos y crear las condiciones para su colaboración en pro del bien común de la humanidad.

3 de diciembre de 2022

Combatividad de las masas y dirección revolucionaria

Frente a una crisis capitalista que se prolonga y se agrava, las reacciones de los trabajadores y las clases populares por el mundo no han faltado en los últimos años, incluso verdaderos estallidos sociales.

No hace falta volver mucho tiempo atrás: basta con recordar los movimientos de la llamada primavera árabe, en 2010-2011. Surgieron en base a un descontento social y desembocaron en la caída de Ben Alí en Túnez, la de Mubarak en Egipto, con esperanzas de que el cambio político produciría mejoras en las condiciones de vida. Ya se sabe cuánta decepción, puesto que, en unos años, vimos el retorno de una dictadura aún más dura en Egipto y, en cuanto a Túnez, la evolución del régimen sigue el mismo camino, mientras la situación de las masas continúa empeorando. En realidad, toda la región se contagió, ya que se produjeron movimientos en Libia, en Siria, en Yemen, y hasta en los Emiratos, dando lugar a intervenciones militares y guerras.

En 2019, en Argelia, se produjo el movimiento llamado “hirak”, con manifestaciones populares semanales, masivas, durante varios meses. En base, otra vez, a un profundo descontento social, la consigna “¡fuera el régimen!” logró un apoyo unánime, antes de que el poder consiga retomar el control. Si bien el movimiento acabó retrocediendo, las reivindicaciones no han dejado de expresarse.

Otro movimiento es el que viene sacudiendo Sudán desde 2019, no apagado aún. Se inició a finales de 2018 por una protesta contra el alza de los precios del pan; logró la caída del dictador Omar al Bashir, respaldado por el ejército y un partido islamista. La represión sangrienta del 3 de junio de 2019 por parte del ejército no consiguió acabar con las protestas masivas, que se reanudaron a pesar de la represión, con consignas democráticas expresadas por una dirección pequeñoburguesa reunida en la Asociación de Profesionales Sudaneses.

Líbano e Irak también han pasado por amplias movilizaciones populares, especialmente desde el año 2019. Los árabes palestinos bajo ocupación israelí, así como los árabes israelíes, siguen manifestándose con frecuencia contra el régimen que se les impone. Sobre todo, es preciso hablar de Irán, en donde las revueltas se han sucedido, primero en 2017-18, luego en 2019, al mismo tiempo que se producían luchas obreras; y ahora, en el otoño de 2022, se está desarrollando un amplio estallido iniciado con el asesinato de una joven a manos de la policía religiosa, por llevar mal puesto el velo. Más allá del problema de la condición de las mujeres, a quienes la policía quiere imponer un orden moral usando violencia, se pone en tela de juicio la dictadura de la república islámica.

Las reacciones de las masas no han quedado circunscritas al Oriente Medio. En la primavera y el verano de este año, en Sri Lanka se produjo un levantamiento general; en la India, una gran movilización campesina contra la política del gobierno de Modi. En Chile, en 2019 hubo un estallido social, a partir de las protestas contra el aumento del precio de los transportes. En Birmania, el golpe de Estado de febrero de 2021 provocó una reacción masiva, que implicó sobre todo a la clase obrera.

En Kazajstán, 2022 comenzó con una explosión social contra la subida de los precios de la energía, encabezada por los trabajadores del petróleo y el gas, al igual que hace diez años. El movimiento se extendió a todos los centros industriales y urbanos, atrayendo a amplios sectores de la población a la protesta contra la dictadura. El movimiento, en gran parte espontáneo, permaneció sin más dirección que algunos políticos que se proclamaban demócratas y sindicalistas reformistas más o menos radicales. Incluso en su apogeo, cuando el poder ya no tenía las grandes ciudades, no surgió ninguna fuerza que hubiera podido abrir a una clase obrera numerosa, combativa y concentrada la perspectiva de derrocar al régimen y establecer su propio poder. Se encontró desarmada, incluso más políticamente que materialmente, cuando Putin envió sus tropas para sofocar el movimiento, con el fin de preservar los intereses de la burocracia local y rusa, así como los de los grandes grupos petroleros y mineros occidentales presentes en el país.

Lo sucedido en Kazajstán repitió lo ocurrido en 2020 en Bielorrusia. Una clase obrera numérica y económicamente poderosa, pero sin una dirección política revolucionaria, fue la iniciadora y el núcleo de un vasto y duradero movimiento de protesta contra el régimen, que despertó ecos entre los trabajadores de los países vecinos pero que, debido a la represión y a la falta de perspectivas, acabó por extinguirse.

Como vemos, lo que falta no es la combatividad de las masas. De un país a otro, de una situación a otra, frente a unas condiciones de vida que se hacen imposibles, las masas reaccionan con los recursos que encuentran a su mano, desde luchas sindicales y huelgas hasta manifestaciones y enfrentamientos con las fuerzas de represión. Sin embargo, a pesar de dicha combatividad, los objetivos que se expresan en las luchas nunca superan el nivel de unas reivindicaciones democráticas y sociales que non cuestionan el sistema capitalista ni tampoco el orden imperialista.

Las direcciones que han surgido en esos movimientos son diversas. En el Sudán, conviven un partido islamista con un partido comunista de tradición estalinista, que abandonó hace tiempo la idea de una política independiente de la clase obrera. En Haití, unos jefes bandoleros buscan dirigir las protestas contra el poder político. Sea como sea, en ninguna parte se trata de una dirección revolucionaria, sino que actúan direcciones pequeñoburguesas, bien reformistas, bien nacionalistas o religiosas, que se detienen en el umbral de la propiedad privada. No las hay que quieran salirse del marco del sistema burgués, ni tampoco del marco nacional de los Estados existentes con la división del mundo impuesta por el imperialismo. Esta realidad marca el límite de los movimientos y que llegan rápidamente a un callejón sin salida: el capitalismo decadente no puede aceptar verdaderos avances sociales, ni siquiera suavizar un tanto el sistema de dominación que precisa del mantenimiento de dictaduras o gobiernos autoritarios.

Lo que hace falta es un partido revolucionario mundial, proletario y comunista; la dirección revolucionaria del proletariado que los bolcheviques quisieron inaugurar al crear la Internacional comunista. Sea cual sea el nivel de combatividad de las masas, semejante dirección no puede surgir espontáneamente en el curso de sus luchas. Acabar con el imperialismo, que es el modo de dominación del capital financiero, supone tirar al suelo a la burguesía, con sus Estados y las fronteras artificiales que erige entre los pueblos. Esto requiere una política dirigida hacia este objetivo, que sólo puede ser obra del proletariado internacional, si éste se arma con un programa que saque las conclusiones de sus experiencias pasadas.

Insistir en ello es afirmar la necesidad de construir y implantar en la clase obrera unos partidos revolucionarios fundamentados en el programa trotskista, y una Internacional que realmente sea el partido mundial de la revolución.

13 de octubre de 2022

La situación en Francia

Nueva temporada del circo político

Una vez reelegido a la presidencia de la república, Macron no logró en las legislativas una mayoría absoluta, por lo que tiene que echar mano de cualquier trampa inventada por quienes concibieron la Constitución, con el fin de que se voten las leyes que exige la gran patronal. El gobierno de Borne no consigue ganar a los diputados LR (Les Républicains, la derecha) y alterna dos opciones: buscar una mayoría de circunstancia o imponerse por fuerza con el artículo 49.31.

Desde el momento en que se trata de textos presupuestarios, se puede usar el 49.3 sin límite. En dos meses de sesión parlamentaria, Borne ya lo usó cuatro veces, empeñando cada vez la responsabilidad del gobierno. El guión ya es conocido: el gobierno presenta su texto; los partidos de oposición proponen una serie de enmiendas y cantan victoria cuando se aprueba algunas; gracias al 49.3, el gobierno impone un voto bloqueado sobre su texto; luego LFI (La France insoumise, el partido de Mélenchon) y el RN (el partido de Le Pen) presentan mociones de censura, que no tienen salida puesto que la derecha no quiere sumarse.

En los meses por venir, este acto de equilibrio se va a complicar, porque, fuera de textos presupuestarios, sólo se puede usar el 49.3 dos veces por sesión parlamentaria. El gobierno necesitará pues del respaldo de los diputados de la derecha. Macron agita la amenaza de disolución del Parlamento para amedrentar a los diputados, tanto a los de su propio bando que tendrían anhelos de rebelión como a los de LR, que a menudo han sido elegidos con pocos votos de diferencia y no tienen ganas de volver a presentarse a elecciones. En este póker mentiroso, con la mayoría gubernamental y la derecha cazando en el mismo terreno, nadie se salva de un posible accidente. La disolución es un arma de doble filo, así como lo aprendió a sus expensas la derecha en tiempos de Chirac en 1997 – pero igual Macron parece planteársela en serio.

Por ahora, cada diputado desempeña su papel y sigue el espectáculo, ya sea desde las bancadas o en la tribuna. Los ambiciosos echan mano de cualquier polémica mezquina y artificial, a veces contra su propio bando. Hace poco, un diputado del RN especialmente desollado se hizo famoso al decirle a un diputado negro “¡Que regrese a África!”. Además de la vileza del debate político, el teatro de la asamblea nacional es el reflejo de una economía en crisis y el desconcierto tanto de la burguesía como de sus servidores políticos.

El parlamento nunca fue otra cosa más que una tapadera, detrás de la cual se disimula el poder de la burguesía. Lo han convertido en una zarzuela, destinada a entretener al público, ocultar la realidad del poder y hacer creer a las masas que, con las elecciones, ellas determinan la vida política del país. Para eso, la burguesía consiguió la colaboración de todos los partidos políticos, ya sean defensores del capitalismo o críticos con él, como lo hacen los partidos reformistas que abanderan ideas de izquierdas o ecológicas.

La izquierda y los ecologistas contribuyen tanto como la extrema derecha a difundir la creencia de la soberanía popular. Esta mentira electoralista ha desorientado y desmoralizado al mundo laboral, porque las esperanzas que se tenía con la candidatura de Mitterrand, de Jospin o de Hollande siempre han sido decepcionadas. Con Mélenchon pasará lo mismo.

El juego parlamentario de la Nupes y el RN

Fruto de una alianza entre LFI (Mélenchon), el Partido Socialista, el Partido Comunista y los ecologistas de EELV, que se negoció de cara a un escrutinio mayoritario, la Nupes (“Nueva unión popular, ecológica y solidaria”) cuenta con 142 diputados. Desde las legislativas, LFI presenta el resultado como un avance de la izquierda, pero se desvanece la ilusión óptica cuando se analiza la verdadera correlación de fuerzas: en junio, la Nupes no obtuvo más votos de las que los partidos que la forman obtuvieron por separado en 2017. A pesar de ello, los diputados de la Nupes siguen pavoneando. En junio, el diputado Quatennens, entonces estrella en ascenso de LFI, decía que “Macron no tenía mayoría suficiente como para aprobar la jubilación a los 65 años o el trabajo gratis a cambio del ingreso mínimo”. Las cortinas de humo nunca han sido un arma de combate para los oprimidos.

La estrategia de Le Pen es otra. Gracias a su éxito electoral y a la derechización de la sociedad, ella se plantea como “fuerza tranquila” que espera el buen momento. Quiere demostrarle a la burguesía que su partido está dispuesto a gobernar, a costa de calmar con más o menos éxito los impulsos racistas de su bando, y de poner de relieve perfiles de tecnócratas que puedan participar en las labores de la asamblea. Con sus 89 escaños, el RN sigue tejiendo su tela dentro de la alta administración y los órganos de Estado como la policía y el ejército.

Se mantiene una tendencia identitaria capaz de emprender actos de provocación, violencia y racismo desollado. La campaña presidencial de Zemmour fue caja de resonancia para las ideas reaccionarias más abiertas, y parece que fortaleció esa tendencia, pero con su origen en los barrios pijos, se quedará al margen mientras no se radicalicen las categorías pequeñoburguesas. Éstas, de momento, aguardan detrás de Le Pen.

El RN ya puede jactarse de influir en la vida política. La izquierda y los macronistas se acusan los unos a los otros de favorecer al RN al mezclar sus votos con los de la extrema derecha, pero al mismo tiempo no dudan en usar algunas formulas o incluso ideas suyas. Así pues Macron hace poco hizo suya la idea de un vínculo entre inmigración y delincuencia. Bien puede Darmanin (el ministro de Interior) preparar la regularización de unos millares de trabajadores sin papeles por satisfacer a la patronal, esto no impide que el gobierno endurezca su política contra los inmigrados y por ello contribuya al ambiente xenófobo y nacionalista.

La política de Macron, tambaleante pero leal para con sus ordenantes burgueses

La palabra clave de la política de Macron es el pragmatismo: manera de decir que se adaptará y andará con rodeos para compensar su poca mayoría. Se justificar por antelación las fluctuaciones y los vuelcos de su política. El aspecto caótico de la gobernanza de Macron – por ejemplo, el vuelco dado en el tema nuclear y la nacionalización de EDF – procede del caos de la propia sociedad capitalista, sometida a las leyes del mercado y la competencia, y, en nuestros tiempos, a la incertidumbre y el riesgo que provocan la guerra de Ucrania.

La burguesía francesa, al igual que sus competidoras, afronta una crisis con múltiples facetas que cambia y pone en peligro los fundamentos de su prosperidad desde décadas, al tiempo que abre nuevas posibilidades para los capitalistas más potentes. Cambios en la correlación de fuerzas entre capitalistas, en los equilibrios en Europa, en el comercio internacional, en los circuitos de abastecimiento, en las tecnologías… la situación se hace cada día más inestable.

Macron no controla la situación – nadie lo puede – pero la burguesía le otorga su confianza. La pequeña burguesía le agradece el “cueste lo que cueste”2 de la época de los confinamientos. La gran burguesía por su parte le agradece su determinación a la hora de oponerse a cualquier nueva imposición de las ganancias.

Fiel a sus ordenantes, Macron mantiene el rumbo antiobrero: los trabajadores deberán sacrificarse por que la burguesía, y en particular su parte más potente, se salga con la suya a pesar de la guerra, la inflación, la subida de los tipos de interés y la recesión que se está instalando. Uno de los aspectos más importantes de la lucha de clases es la cuestión de la indexación de los salarios a los precios. Macron se opone a ello con firmeza y ayuda a los explotadores a incrementar la plusvalía que les sacan a sus trabajadores, empobreciendo a la clase obrera. Al volver a poner al orden del día el ataque contra las pensiones, Macron abre otro frente. Quiere aumentar el número de años cotizados que se requieren para jubilarse con una pensión completa, y a la vez subir a los 64 o 65 años la edad de jubilación. De esta manera, se pasaría la línea roja que el muy moderado sindicato CFDT planteó. Es una manera de demostrar su determinación frente al conjunto de los sindicatos y las movilizaciones.

Desde el bando de los trabajadores

Los trabajadores están dándose cuenta del retroceso de su poder adquisitivo. Se dan cuenta de que esto va a durar porque la crisis empeora y lleva a la quiebra a pequeñas empresas. Con parones y huelgas, buscan la mejor manera de defenderse. El sindicato CGT busca aprovecharse de ese estado de ánimo. Está multiplicando los días de movilización. CGT se suma a las iniciativas de los sectores más combativos, con lo cual les da satisfacción al mismo tiempo que deja a los demás sin movilizarse. Donde la rabia se ha acumulado, como en las refinerías con sus huelgas en septiembre y octubre, CGT con su política le da una salida sin peligro. Mientras la CFDT ensalza la negociación y se opone a las huelgas, CGT aparenta combatividad y radicalidad porque no teme que los trabajadores se salgan de sus límites.

Si bien CGT mantiene su fama de sindicato más combativo, no ofrece ninguna perspectiva a una movilización que busca un camino. Esto necesitaría presentar un plan de combate a los trabajadores, empezando por explicar la profundidad de la crisis en la cual nos estamos hundiendo y la ofensiva feroz por parte de la burguesía, como resultado de ella. Necesitaría presentar una estrategia con objetivos de reivindicaciones y acciones capaces de unir las fuerzas de los trabajadores en un solo movimiento. Defender semejante plan de combate está entre las posibilidades de una gran confederación como CGT. Si no lo hace, es porque no lo quiere hacer.

La política de los militantes comunistas revolucionarios

En el ambiente actual de descontento, los comunistas revolucionarios deben ser los más decididos y los más combativos. Sin embargo, nuestra propaganda no debe quedarse en llamamientos repetidos a movilizarse. Lo más importante es animar a los trabajadores a pensar y a prepararlos para la lucha necesaria con el fin de cambiar la correlación de fuerzas con la patronal. Es posible hacerlo hablando de las reivindicaciones que se tiene que abanderar, tanto como de la manera de dirigir las luchas.

Una misma reivindicación puede defenderse desde el reformismo o la revolución. LFI ya ha convertido en proposición de ley la indexación de los sueldos, con lo cual vende la moto de que sólo es una cuestión de mayoría parlamentaria. Cuando se trata de determinar cuánto han de subir los sueldos, se oponen dos lógicas de clase. La primera consiste en adaptarse a cuánto dinero la patronal está dispuesta a poner encima de mesa, en función de su supuesta situación financiera y la coyuntura – esto equivale a razonar desde el punto de vista patronal. La segunda consiste en basarse en las necesidades de los trabajadores, y reivindicar partiendo de ello.

Nuestra tarea sigue siendo la que Trotsky definió en el Programa de Transición: “La tarea estratégica del próximo período -período pre-revolucionario de agitación, propaganda y organización- consiste en superar la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y de su vanguardia (confusión y descorazonamiento de la vieja dirección, falta de experiencia de la joven). Es preciso ayudar a la masa, en el proceso de la lucha, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera a una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado.

La socialdemocracia dividía su programa en dos partes independientes una de otra; el programa mínimo, que se limitaba a algunas reformas en el cuadro de la sociedad burguesa y el programa máximo, que prometía para un porvenir indeterminado el reemplazo del capitalismo por el socialismo. Entre el programa máximo y el programa mínimo no existía puente alguno. La socialdemocracia no tenía necesidad de ese puente, porque sólo hablaba de socialismo los días de fiesta. La Internacional Comunista ha entrado en el camino de la social democracia en la época del capitalismo en descomposición, cuando a éste no le es posible tratar de reformas sociales sistemáticas, ni de la elevación del nivel de vida de las masas; cuando la burguesía retoma cada vez con la mano derecha el doble de los que diera con la izquierda (impuestos, derechos aduaneros, inflación "deflación", vida cara, desocupación, reglamentación policíaca de las huelgas, etc.); cuando cualquier reivindicación seria del proletariado y hasta cualquier reivindicación progresiva de la pequeña burguesía, conducen inevitablemente más allá de los límites de la propiedad capitalista y del Estado burgués.”

Si no hay un núcleo de trabajadores dispuestos a luchar por que la huelga sea dirigida democráticamente por los propios huelguistas, la subida de la combatividad obrera será llevada por los jefes sindicales hacia un callejón sin salida. Como pasó en 1936, en 1947 o en 1968, si una oleada de huelgas irrumpe en el país, las fuerzas políticas más influyentes entre la población trabajadora lucharán por recuperarlas y desviarlas hacia el campo parlamentario.

Al partido LFI le gustaría sustituir al PC como portavoz del movimiento social. Mélenchon convoca grandes concentraciones, tal y como lo hizo el pasado 16 de octubre, deseando hacer, según dice, demostraciones de fuerza. Al igual que el PC, preconiza la lucha tanto en la calle como en las urnas, pero no tiene la implantación en la clase trabajadora que el PC hereda de su pasado. Los diputados LFI acuden a los piquetes y hablan de las reivindicaciones obreras. En medio del vacío militante actual, muchos trabajadores pueden sentirse representados por ese partido.

Hoy día, los trabajadores son debilitados por la división y competencia permanente que hay entre las organizaciones sindicales. Aun cuando defienden la misma política fundamentalmente, las confederaciones justifican su existencia por separado defendiendo reivindicaciones diferentes, convocatorias distintas. La división también impera en el campo político, puesto que la clase obrera se dispersa entre la abstención, el voto al partido de izquierda que les parezca más radical y el voto a la extrema derecha.

Cuando vuelva la combatividad obrera, ninguna organización sindical podrá agrupar a todos los trabajadores bajo su propia bandera. La única vía para unir a todos los combatientes será asegurar la democracia obrera a través de amplias asambleas diarias y comités de huelga, que permitan a todos los trabajadores, incluso la gran mayoría no sindicalizada, tomar responsabilidades en la organización y la dirección de la huelga.

La democracia obrera es fundamental para unir a los trabajadores en un amplio movimiento. Para los comunistas revolucionarios, se trata de algo más que de un principio. Es la condición indispensable del combate de los trabajadores para defender día tras día, y llevar a cabo el aprendizaje de su poder colectivo. Está en el corazón de la lucha política de todos aquellos que son fieles a la perspectiva que trazaron la AIT y Marx: “La emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos”.

Aun sin ser comunistas revolucionarios, existen muchos trabajadores que atribuyen importancia a la democracia obrera. Más si se tiene en cuenta la desconfianza hacia los aparatos sindicales, que se expresó durante el movimiento de los chalecos amarillos. Sin embargo, la democracia obrera es una lucha. El núcleo de trabajadores convencido de su importancia debe formarse antes de que se produzca la huelga. Hacer surgir ese núcleo y fortalecerlo debe ser uno de los objetivos inmediatos de los revolucionarios.

Dentro del marco de un momento determinado, un núcleo de trabajadores puede bastar para convencer a trabajadores reunidos en una asamblea general de que se tiene que poner en marcha un comité de huelga elegido democráticamente por todos los huelguistas. Si surgen comités de huelgas en grandes empresas, pueden convertirse en la organización de todos los trabajadores de la zona industrial o de la ciudad, ya procedan de una gran empresa o una pequeña, o estén desempleados o jubilados.

Sólo la profundidad de un movimiento y su radicalidad pueden salirse del control de los aparatos destinados a supervisar a los trabajadores. No obstante, no toca realizar pronósticos en cuanto a la evolución de la combatividad, ni tampoco preguntarse si los revolucionarios pesarán lo suficiente en un periodo de radicalización de la clase obrera. Toca defender la perspectiva de una salida política favorable a una remontada obrera, o sea la perspectiva comunista revolucionaria.

Cuando Trotsky escribió en el Programa de Transición que “la situación política mundial del momento se caracteriza ante todo por la crisis histórica de la dirección del proletariado”, la obra destructora del estalinismo ya había avanzado algo. La dictadura estalinista eliminó a los mejores dirigentes de la clase obrera agrupados en Rusia en la Oposición de izquierda, alteró y deformó el capital político revolucionario transmitido por Marx y Lenin. Pero el objetivo de que la clase obrera tomara el poder no era una abstracción para la generación que vio los acontecimientos revolucionarios y todas las luchas políticas desenvueltas después de la Primera Guerra Mundial. Aun sin una dirección política válida, muchos trabajadores guardaban en su conciencia la perspectiva revolucionaria. Ochenta años más tarde, sólo es el caso de una pequeña minoría.

Desde que Trotsky escribió el Programa de Transición, no han faltado luchas en las que participaran trabajadores, pero nunca han conseguido llevarlas a su terreno de clase, ni tampoco declarar su candidatura al poder. En todas partes, esa posibilidad fue ahogada por la corriente reformista, ya fuera en sus variantes estalinistas o nacionalistas.

Ahora la idea de derrocar la dominación burguesa y la conciencia de que la clase obrera debe sustituirla en la dirección de la sociedad casi han desaparecido. Las elecciones, que sólo reflejan de manera deformada el estado de ánimo de los trabajadores, señalan sin embargo la debilidad de la corriente comunista revolucionaria. En las elecciones presidenciales, nuestra candidata reunió 197.141 votos, es decir el 0,56%. En las legislativas, nuestros 554 candidatos lograron 229.810 votos, o sea el 1,04%. Es muy poco, pero este hilo une a los trabajadores de hoy con los revolucionarios del pasado, y es la única garantía para que nuevas generaciones se apoderen de las ideas comunistas revolucionarias.

Hasta los menos politizados entre los trabajadores ya pueden darse cuenta de la quiebra de las clases dirigentes. Se cuestionan, dudan, se preocupan. Buscan respuestas y nuevas perspectivas. La extrema derecha de Le Pen, Meloni, Trump o Bolsonaro, les ofrece respuestas sencillas que responden a los miedos y satisfacen los prejuicios reaccionarios; otras tantas ofrecen los militantes del integrismo religioso. En la búsqueda de ideas antisistema, es preciso que los trabajadores encuentren en su camino las ideas comunistas revolucionarias.

En 1903, en un texto de homenaje a Carlos Marx, preguntó Rosa Luxemburgo: “¿De dónde nos viene esa fuerza moral interior de aguantar y sacudir las peores opresiones con el coraje burlón que tenemos? ¿Acaso sería la tenacidad de los desfavorecidos en la búsqueda de cualquier pequeña mejora material de su condición? […] ¿Será, como en tiempos de los primeros cristianos, el estoicismo ascético de una secta, cuyo resplandor brilla en proporción directa de la persecución sufrida? […] ¿Será la legitimidad de la causa que defendemos, la que nos hace tan invencibles?”

A esas preguntas, contestó Rosa Luxemburgo que no. Lo explicó: “Si el movimiento obrero actual, enfrentándose a los golpes del bando enemigo, sacude con vigor su melena, se debe por lo esencial a la serena comprensión de las leyes de la evolución histórica objetiva, a la comprensión de que “la producción capitalista produce ella misma su propia negación con la misma fatalidad que determina las metamorfosis de la naturaleza” (Marx), es decir, la expropiación de los expropiadores, la revolución socialista; se debe a esa comprensión en la cual el movimiento obrero vislumbra la firme garantía de la victoria final, de la cual saca tanto su fogosidad como su paciencia, su fuerza de actuar y el valor de perseverar.”

El periodo actual nos ofrece la posibilidad de dirigirnos a trabajadores atentos porque buscan una salida en un contexto cada día más inquietante. Nos permite agruparlos en las empresas y construir nuevas relaciones políticas y organizativas con ellos. Nos ofrece oportunidades para reforzarnos y reclutar; nos toca aprovecharlas.


11 de noviembre de 2022

 

1. Se trata de un artículo de la Constitución francesa que permite que se apruebe una ley sin debate parlamentario.

2. Así se refieren a ayudas del Estado a las empresas, especialmente a las pymes, para mantenerlas cueste lo que cueste a las arcas públicas.