El 55º congreso de Lutte ouvrière se celebró en la región parisina los días 6 y 7 de diciembre de 2025. Fue una oportunidad para hacer balance de la situación política en Francia y en el mundo, marcada en particular por la evolución de la guerra. También permitió al conjunto de los militantes hacer balance de su actividad y elegir a la dirección que se encargará de la organización durante el año.
Se sometieron a debate y votación de los delegados dos textos de orientación:
- «Crisis, guerras y búsqueda de alianzas», sobre la situación internacional, en particular sobre la crisis, las relaciones entre Estados Unidos y China, la situación en Rusia-Ucrania y en Oriente Medio.
- «La situación en Francia», dedicado a la política interior.
Estos dos textos, que publicamos en este número de Lutte de classe, fueron aprobados por unanimidad, lo que refleja la cohesión política de nuestra organización.
Las principales discusiones se centraron en el avance hacia la guerra, tanto en Francia como en el resto del mundo. La masacre de palestinos en Gaza, la continuación de la colonización de Cisjordania por parte del Estado de Israel y la siniestra paz de los cementerios del plan Trump fueron objeto de numerosos debates, al igual que la continuación de la guerra en Ucrania y el aumento de las tensiones entre Estados Unidos y China. En Francia, el aumento del presupuesto de defensa, el restablecimiento del servicio militar y las posturas belicistas de los dirigentes franceses ilustran las amenazas que la evolución del sistema capitalista supone para el futuro.
Lutte ouvrière presentará listas en unas 250 ciudades en las elecciones municipales del 15 y 22 de marzo de 2026, en particular en las mayores aglomeraciones del país. Nuestros lectores encontrarán en nuestra página web todas las localidades en las que actualmente estamos elaborando listas «Lutte ouvrière – Le camp des travailleurs» (Lucha Obrera – El bando de los trabajadores). El congreso también decidió que, en caso de elecciones legislativas anticipadas, se presentarían candidatos en todo el país. Asimismo, decidió que, en las elecciones presidenciales de 2027, Nathalie Arthaud se presentará como candidata en nombre de Lutte ouvrière.
Por otra parte, numerosos grupos invitados, vinculados a nuestra tendencia internacional, la Unión Comunista Internacionalista (UCI), tomaron la palabra para evocar la situación y su actividad allí donde militan: Gran Bretaña, Guadalupe y Martinica, Costa de Marfil, Estados Unidos, Italia, Alemania, Bélgica, Turquía y la isla de La Reunión. También intervinieron nuestros compañeros de la OTR, la organización de la UCI en Haití. A pesar de las bandas, la interrupción del tráfico aéreo en Puerto Príncipe y muchas otras dificultades que tuvieron que superar, dos militantes de la OTR lograron asistir a nuestro congreso.
9 de diciembre de 2025
Crisis, guerras y nuevas alianzas
Ninguna de las dos mayores guerras en la actualidad ha encontrado un inicio de solución en el año transcurrido.
La guerra en Ucrania
A pesar de la agitación desordenada de Trump y su encuentro con Putin en Alaska, la guerra sigue librándose entre Rusia y Ucrania con respaldo de la OTAN. Es una catástrofe para ambos pueblos, ya por su duración y las consecuencias directas: un número de muertos por encima de las decenas de miles en ambos bandos; el incremento del número de heridos y minusválidos, así como las destrucciones de edificios e infraestructuras. Luego las consecuencias indirectas: la caída de la producción en las zonas de combate y las zonas bombardeadas; la economía de guerra, el exilio para millones de personas, tanto del lado ucraniano como del lado ruso.
Ni Putin ni las potencias imperialistas agrupadas en la OTAN tienen prisa por acabar con la guerra.
Durante la guerra, sin embargo, hay negocios. Tras la cortina de humo de las operaciones militares, cambian de propietario un montón de tierras agrícolas, fábricas (las que siguen sin destruir), minas, bancos... y en general, los nuevos dueños son occidentales.
Al terminar la guerra, cuyo fin se pospone permanentemente, el Estado ucraniano, o lo que quede de su soberanía, quedará endeudado hasta el cuello. Según el diario Le Monde (11 de julio de 2025), el coste de la reconstrucción del país en la próxima década se evalúa en torno a 524.000 millones de dólares. La parte del territorio que siga controlando jurídicamente dependerá totalmente del imperialismo y sus capitales.
Contra la unión nacional
En nuestro congreso 2022, bajo el título "La guerra en Ucrania, una etapa fundamental en la escalada hacia la tercera guerra mundial", nosotros ubicamos este conflicto en el contexto de generalización de las guerras.
Entonces resumimos en la moción que viene abajo la política que proponíamos a los trabajadores conscientes: "La guerra en Ucrania entre las potencias imperialistas de la OTAN y Rusia, con la piel del pueblo ucraniano, pero también del pueblo ruso, amenaza al mundo entero con una deflagración generalizada. [...]
Para evitar la guerra, los pueblos no pueden contar con la burguesía imperialista, sus políticos y sus estados mayores que, por el contrario, preparan metódicamente la conflagración general mediante la acumulación de armas y el sometimiento de las poblaciones. Los trabajadores tendrán que oponerse a la guerra con sus medios y sus armas de clase, con la perspectiva de transformar la guerra en una guerra civil contra la burguesía.
Los trabajadores conscientes deben rechazar el mecanismo de guerra que se está poniendo en marcha. Deben rechazar cualquier forma de unión sagrada detrás de su burguesía y del Estado que defiende sus intereses. Deben desconfiar de toda la falsa propaganda de la clase dominante, empezando por la defensa de la patria, cuando detrás de estas palabras sólo se esconden los intereses de la clase capitalista y de los más ricos."
Y nuestra moción de precisar a partir de diciembre de 2022:
"En lo que respecta a la guerra que ya se libra en Europa, los trabajadores no tienen por qué tomar partido ni por la Rusia de Putin ni por la Ucrania de Zelensky, bajo la protección de las potencias imperialistas. Deben rechazar a todos los clanes políticos de la burguesía imperialista, tanto a los que hablan abiertamente un lenguaje belicista como a los que dicen trabajar por la paz mediante negociaciones. A los trabajadores les interesa hacer suya la consigna del revolucionario alemán Karl Liebknecht: "El enemigo principal está en nuestro propio país", aquí en Francia, en Rusia, en Ucrania y dondequiera que las masas estén preocupadas por los preparativos de una guerra generalizada.
Sólo el derrocamiento del poder de la burguesía y de la dominación del imperialismo sobre el mundo puede conjurar la amenaza de una guerra mundial, asegurar las relaciones fraternales entre los pueblos y crear las condiciones para su colaboración en pro del bien común de la humanidad."
* * *
* *
Ya antes de que Putin pueda echar mano de la parte más o menos rusoparlante de Ucrania, Trump aprovechó el debilitamiento del Kremlin para hacer de "padrino" de una paz entre dos ex repúblicas soviéticas, Armenia y Azerbaiyán. El hecho apenas fue notado, pero nos viene a recordar que la descomposición de la URSS ha dejado un montón de puntos calientes en su antiguo territorio.
La guerras en Oriente Medio
La guerra de Israel contra los pueblos de Oriente Medio lleva más de cien años, si nos remontamos a la declaración del ministro británico de Asuntos Exteriores, Balfour, el 2 de noviembre de 1917, quien por primera vez planteó la creación de un Estado judío bajo protección del imperialismo para sustituir el control otomano sobre la región hasta la Primera Guerra Mundial. Desde 1948, cuando se creó el Estado de Israel, sus dirigentes sucesivos aceptan desempeñar un papel de guardián de los intereses imperialistas contra los pueblos de la región.
El Estado hebreo no podría llevar a cabo su política agresiva contra toda la región sin el respaldo incuestionable del imperialismo estadounidense, aunque sus intereses particulares no sean exactamente idénticos, ni tampoco sus preocupaciones inmediatas.
Los gestos de Macron, junto con otras potencias europeas y Canadá, en torno al reconocimiento de dos Estados en Palestina, es una farsa.
Las antiguas potencias coloniales de la región, los imperialismos francés y británico, hace tiempo que han sido apartados y hacen de segundones.
La descomposición de "Franciáfrica"
La burguesía imperialista francesa logró mantener su control sobre el antiguo imperio colonial durante cierto tiempo. Esta forma de supervivencia que se nombró "Franciáfrica" parece que se está acabando.
La rivalidad entre grupos de capitalistas es uno de los motivos del reparto del mundo entre ellos, por una parte, y otras potencias, por otra parte. A las materias primas que dominaban en tiempos del auge del colonialismo – carbón, algodón, cacahuete, hierro – se han sumado muchas otras desde entonces. Hasta el petróleo no cotizaba tanto hace un siglo y medio.
Así como lo notaba Lenin, en El imperialismo: "El reparto del mundo entre dos potentes grupos de capitalistas no descarta un nuevo reparto, en el caso de un cambio en la correlación de fuerzas (a consecuencia de una desigualdad en el desarrollo, guerras o hambrunas, etc.)."
El 26 de febrero de 1885, en la Conferencia de Berlín, el uranio del subsuelo de Níger – país del cual Francia empieza a apoderarse a partir de 1890 – no eran objeto de codicia por parte de Gran Bretaña, Alemania o los Estados Unidos. Pero eso ha cambiado.
El descubrimiento de nuevas materias primas o nuevos usos de las antiguas gracias al progreso de las ciencias y las técnicas reanuda la competencia entre imperialismos.
El gran capital estadounidense lleva tiempo cuestionando el reparto de África que salió de la Conferencia de Berlín. El retroceso del imperialismo francés, la pérdida progresiva o brutal de su ex patio trasero colonial expresan la degradación de la relación de fuerzas entre Europa y Estados Unidos. Esto puede hacer más violenta la competencia, darle una expresión militar y convertirla en un agravante de la crisis económica.
La imposible estabilidad de las relaciones internacionales
Los enfrentamientos esporádicos entre India y Pakistán a propósito de Cachemira nos recuerdan que existen muchos otros puntos calientes en donde los protagonistas no son pequeños Estados sino potencias con recursos militares considerables – incluso la bomba atómica.
A la inestabilidad económica fruto de la crisis se suma la inestabilidad que resulta de la política de sanciones por parte de los Estados Unidos de Trump.
Las necesidades de la competencia económica se entremezclan con las necesidades políticas, hasta el punto de que sea imposible separarlos.
Trump y el auge general del proteccionismo
El año ha venido marcado por la subida del proteccionismo. Trump ha iniciado y sigue siendo su gran arquitecto, por lo menos en su fase actual.
No es de sorprender: si bien Estados Unidos se ha convertido en el imperialismo dominante, nunca desechó el proteccionismo como arma de combate. ¿Es preciso recordar que la guerra de las trece colonias británicas de Norteamérica contra Gran Bretaña (1775-1782) fue para protegerse contra el control inglés, provocando la independencia americana? Trump no ha tenido siquiera que inventarlo.
Trump ha logrado imponer sus medidas proteccionistas, frente a las cuales los europeos son lamentables, y no por casualidad. Los países de la Unión Europea luchan entre sí tanto como luchan contra Estados Unidos. Se oponen en todos los ámbitos: el envío de armas, o el mero hecho de saber si las armas son disponibles, los proyectos de un avión de combate europeo, etc.
Ejemplo del teatro de los dirigentes de la UE, el caso de las negociaciones con Trump en julio sobre los aranceles que Estados Unidos estaba a punto de implementar. Los dirigentes europeos presentaron su propia capitulación como una victoria, diciendo "pagamos, pero logramos negociar pagar menos de los previsto".
Trump procura defender los intereses de la burguesía estadounidense. Del lado de los dirigentes europeos, el problema es primero ponerse de acuerdo entre ellos. Y al fin y al cabo, sus negociaciones con Estados Unidos se convierten en discusiones entre ellos, a ver cuál es la mejor manera de doblegarse ante las exigencias estadounidenses.
Es de recordar que las primeras protestas en Estados Unidos contra las medidas de Trump venían de los ricos estadounidenses. Si eres productor de naranjas en California y llega la prohibición de contratar a los inmigrantes clandestinos, no estás contento. Y hasta el punto de que algunos se preguntaron si Trump estaba loco.
Fijémonos en lo contado por el diario económico Les Échos de 14, 15 y 16 de agosto de 2025: "El gran ganador del pulso entre la UE y Estados Unidos sigue siendo Boeing. Desde el inicio de la ofensiva comercial en todas las direcciones lanzada por D. Trump, las presiones por parte de Washington sobre los socios comerciales le han permitido a Boeing acumular 422 pedidos y promesas de compra [...] como contraparte de unos aranceles reducidos. Este resultado le merece al presidente Trump el título de mejor vendedor de Boeing de todos los tiempos."
El proteccionismo de Trump provoca el de todos los demás, con todas las dificultades que esto conlleva para el comercio global. "La economía global resiste al choque proteccionista de Trump" fue un título del mismo diario Les Échos, y el artículo decía que "pudo haber sido peor"...
Trump golpea y hay que pagar el precio para entrar al mercado estadounidense. Los aranceles que impone a sus competidores en las demás potencias imperialistas son un coste añadido con el que deben cargar.
Los aranceles son un ingreso más para las arcas públicas de Estados Unidos. Se ha duplicado el ingreso arancelario del país, de unos 46.000 millones de dólares el año pasado a 96.900 millones este año. Con lo cual, el Estado americano tiene más recursos financieros para ayudar a sus propias empresas capitalistas y también reducir la deuda.
Si bien la presión competidora estadounidense tiende a disolver la poca unidad entre países de la supuesta Unión Europea, en cambio, las otras potencias tienen que entenderse contra esa presión.
El reciente encuentro en Tianjin entre Putin, Xi Jinping, el indio Modi, el norcoreano Kim Jong-un y una veintena de dirigentes, sobre todo de Asia (incluso Irán), que fue una cumbre diplomática junto con un desfile militar, debía ejemplificar esa voluntad. El diario Les Échos escribió: "Para Xi Jinping, la foto final de los jefes de Estado presentes era hermosa." Y los mismo para Putin, que parecía salir de su aislamiento internacional.
Allí se habló mucho de "cooperación y buena voluntad" para una "un mundo multipolar justo y ordenado", o sea que no esté sometido únicamente a Estados Unidos y a Trump.
Todos ellos juntos, es verdad, representan a la cuarta parte del PIB global y al 40% de la población, es decir que tienen un determinado peso diplomático. Sin embargo, no es éste el peso que importa, sino la relación de fuerzas económicas y militares, y éstas quedan en buena parte en manos del imperialismo estadounidense.
Todos los obstáculos procedentes del nuevo auge de proteccionismo podrían sacudir el comercio global. Es verdad que los momentos de prosperidad relativa de la economía capitalista desembocan por así decirlo mecánicamente en una ampliación y una profundización de la globalización.
Cuando los negocios van bien, las empresas multiplican los lazos entre ellas. Fuera de su país de origen encuentran clientes, proveedores, subcontratas. Crean vínculos más allá de las fronteras, es una tendencia fuerte.
Los discursos sobre la "soberanía", cuando no se trata de palabras vacías de unos políticos sino de una realidad, describen un proceso profundamente reaccionario, un retroceso.
Aún no estamos en ese nivel, el comercio global no ha padecido mucho de los aranceles, sin embargo no hemos llegado al final de la crisis.
El futuro de la humanidad no yace en la fragmentación, las alambradas, sino en la eliminación de las fronteras y la gestión mancomunada de nuestro planeta mediante una economía planificada bajo el control democrático de la población.
Los Estados han reaccionado a la ofensiva proteccionista de Trump buscando otras vías para sus productos. Así pues Rusia, que ya no podía vender sus hidrocarburos a Alemania como antes (o digamos no tan fácilmente) las hace pasar por India, ¡y este último país se ha convertido en exportador de petróleo y gas! La propia India, frente a los aranceles estadounidenses, ha tenido que reconciliarse con China. Grandes potencias regionales se acercan... China tiene con qué defenderse. Ostenta puntos fuertes como las tierras raras, que no sólo produce sino que también las transforma. No es el caso de Nigeria, quien no puede siquiera refinar su propio petróleo...
Se está acabando una forma de la globalización, y otra nueva emerge, fragmentada según la geopolítica.
"El comercio global está entrando en una nueva era", ese era un título de Le Monde el 2 de agosto de 2025. Y luego: "Al imponer aranceles a muchos socios, Estados Unidos está girando hacia el proteccionismo. En el resto del mundo, los intercambios se reorganizan a escala regional."
El mismo diario Le Monde resume lo siguiente: "Un muro de aranceles, como no se veía desde los años 1930: los aranceles de la primera potencia económica global eran en promedio del 2,5% antes de la llegada de Trump a la Casa Blanca; ahora deberían alcanzar el 17%. La ofensiva tendrá consecuencias en los intercambios globales. Ya se está dibujando una nueva geografía del comercio exterior estadounidense." Y más precisamente: "El rompecabezas da la ventaja a las multinacionales, quienes tienen la posibilidad de ajustar sus cadenas de abastecimiento gracias a sus fábricas en el mundo."
De las cifras mencionadas se puede sacar una conclusión: la economía estadounidense tiene los recursos como para hacerles pagar a sus competidoras la crisis económica global. Aunque no puede minorar la gravedad de la crisis en sí.
Las crisis son una parte del funcionamiento capitalista, su respiración. Expresan la contradicción entre lo ilimitado del afán de ganancias por parte de la clase capitalista, y lo limitado del mercado.
Asimismo, podemos sacar la conclusión de que las mismas leyes refuerzan la concentración en beneficio de las empresas más potentes.
Otro aspecto de la contradicción es el control creciente de la vida económica por parte de grupos como los fondos de inversión Blackstone, Apollo, KKR y BlackRock – surgidos de iniciativas recientes, pero que proceden de la necesidad de centralizar el capital.
La economía capitalista en su época imperialista y decadente no elimina las leyes del capitalismo, sino que "socializa" la búsqueda de ganancias. Sin ir más lejos, el saldo pendiente de BlackRock alcanza los 12.528 billones (esto es, millones de millones) de dólares. ¡Una concentración sin precedente!
Marx y Engels escribieron en 1848 en el Manifiesto comunista: "Os aterráis de que queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el seno de vuestra sociedad actual, la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la población, como si no existiese precisamente a costa de no existir para esas nueve décimas partes! ¿Qué es, pues, lo que en rigor nos reprocháis? Querer destruir un régimen de propiedad que tiene por necesaria condición el despojo de la inmensa mayoría de la sociedad. Nos reprocháis, para decirlo de una vez, querer abolir vuestra propiedad. Pues sí, a eso es a lo que aspiramos."
Riesgo de crisis financiera
Otro problema amenaza la economía capitalista global, y es una nueva crisis financiera.
Desde bastante tiempo que se viene agravando la crisis económica, no se ha producido una crisis financiera importante, con unas consecuencias similares a las de 1929. Aunque ha habido varias crisis más o menos graves.
La mayor crisis económica de la historia capitalista, hasta la fecha, salió de la Bolsa, antes de convertirse en una crisis bancaria y financiera y propagarse al toda la economía. Resumamos aquí el mecanismo de 1929: la crisis partió de Estados Unidos y se generalizó porque los capitalistas quitaron sus capitales en Alemania y el derrumbe económico de Alemania provocó la generalización de la crisis.
Lo sorprendente es que, esta vez, aún no se ha producido nada semejante.
No obstante, la prensa está preocupada. El diario Le Monde del pasado 23 de agosto anunció: "IA: los economistas temen un riesgo de burbuja financiera." Y da un resumen del mecanismo en cuestión bajo una forma interrogativa: "Inversiones exageradas, cotizaciones bursátiles extravagantes, y de momento muy pocas ganancias, excepto para el fabricante de chips Nvidia: ¿Está convirtiéndose al locura de la inteligencia artificial en una burbuja financiera?"
Es sensato pues pensar que la IA tiene todas las de provocar una catástrofe económica, al menos al principio. Se han creado una serie de empresas nuevas, inversores han invertido masivamente, bien para crear sociedades, bien para comprar acciones. Su problema es evaluar la rentabilidad de la IA, y dependiendo de cómo se conteste a la pregunta, compran o venden. De momento, la especulación está en un nivel tan elevado que los economistas comparan el proceso con lo que pasó con el Internet en sus inicios.
Se considera que las empresas han invertido entre 30.000 y 40.000 millones en inteligencia artificial, pero de momento no es rentable.
¿Vendrá la próxima crisis financiera de la inteligencia artificial o de uno de los muchos instrumentos de especulación (títulos emitidos por los grandes Estados, empezando por Estados Unidos, criptomonedas tipo Bitcoin) que cada vez se inventan para procurar superar la crisis anterior?
Por supuesto, nadie lo sabe. El diario Les Échos de 18 y 19 de julio de 2025, bajo el título de "Semana de todos los récords para el Bitcoin", afirma que "Le Bitcoin ha superado los 120.000 dólares, llegando el pasado lunes al nivel histórico de 123.153,22 dólares."
¿Al cabo de cuántos récords de ese tipo vendrá la quiebra? Quienes especulan con el Bitcoin no lo saben. Lo cierto es que habrá una caída, porque tal y como lo expresa un dicho famoso entre los especuladores, "los árboles no suben hasta el cielo".
El economista Patrick Artus, consejero de Ossiam (Natixis) y miembro del círculo de economistas, está preocupado en un plano más general. Lo cuenta el Les Échos de 27 de agosto: "Una crisis financiera estadounidense es posible" dice, y enumera "la crisis de la deuda pública, la crisis bursátil, la crisis de la balanza de pagos."
La burguesía y sus portavoces tienen con qué estar inquietos. En 1929, la banca fue el vehículo que transmitió y generalizó la crisis a escala global. Además el proteccionismo no protege contra la propagación de una crisis financiera.
"Sin revolución social en un próximo período histórico, la civilización humana está bajo amenaza de ser arrasada por una catástrofe. Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria. La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria." Esas líneas fueron escritas por Trotsky en el Programa de transición, en un período al que el actual se parece.
Las masas no están en cuestión. Veamos cómo la juventud se levantó en Nepal hace poco, quemando el parlamento y linchando a un par de ministros. El ejército retomó el control e instaló un gobierno con personas que se sacó de la manga. Y nada más ocurrir en Nepal, lo miso se produjo en Marruecos y en Madagascar...
Lo que les faltó a los insurgentes no fue el valor, sino las perspectivas políticas y los medios para imponerlas: un partido comunista revolucionario, el partido mundial de la revolución, la Internacional. Es lo que debemos construir.
El problema sigue siendo el mismo, también la solución. El proletariado mundial no ha perdido su fuerza numérica ni tampoco sus posibilidades revolucionarias. Sin embargo, sin una consciencia, es decir sin un partido y una Internacional para expresarla, el futuro corre el riesgo de sumirse en su propio pasado (pero en una versión peor).
Nuestras perspectivas siguen siendo las mismas que en tiempos del proletariado naciente, en tiempos de Marx. La tarea aún está por cumplir.
La situación en Estados Unidos
En noviembre de 2024, Trump ganó con ventaja la elección presidencial. Si bien subió tres millones de votos respecto de la elección de 2020, Harris perdió seis millones de votantes respecto de los que Biden había logrado entonces. O sea, una sanción clara contra la política de los demócratas. En enero de 2025, pues, Estados Unidos vio el regreso a la presidencia del mismo multimillonario, demagogo, misógino, xenófobo y vulgar que había estado entre 2017 y 2021. Sin embargo, el contexto había cambiado, y su política ya no es exactamente la misma. Con los 77 millones de votos en su favor, con su mayoría en el Senado y en la Cámara de Representantes así como entre los gobernadores de los Estados, con un Tribunal Supremo de su lado, el inquilino de la Casa Blanca puede llevar a cabo su política más francamente que hace ocho años. Aquí hablaremos principalmente de su política interior y sus consecuencias.
El endurecimiento de un poder vinculado con la extrema derecha
El entorno de Trump cuenta con varios hombres de extrema derecha, algunos desde hace mucho y otros, conversos de hace poco. Prueba de ello, los discursos racistas contra los inmigrantes, llamados "gentuza", "criminales" con "malos genes", unos "no humanos", "animales" y "enemigos del interior" durante la campaña electoral de 2024, así como el saludo nazi de Elon Musk en la investidura y luego el de otro hombre cercano a Trump, Steve Bannon; también la amnistía a las personas investigadas o condenadas por su participación en el ataque al Capitolio el 6 de enero de 2021, y la escenificación del homenaje al militante antiabortista y supremacista blanco Charlie Kirk, asesinado el pasado mes de septiembre.
Además del discurso, a lo largo de los meses se ha producido una radicalización de las medidas. En un primer momento, los extranjeros han sido las víctimas de los ataques gubernamentales. Los servicios federales escenificaron decenas de operaciones espectaculares contra los inmigrantes, clandestinos o no, en los barrios o las empresas, mientras la secretaria de Seguridad, Kristi Noem, posaba ante unos encarcelados en una cárcel de El Salvador, para transmitirle a la base electoral de Trump que la nueva administración se encargaba del trabajo sucio al que se había comprometido. Las operaciones de policía atemorizan a muchos inmigrantes, especialmente a los sin papeles, quienes temen ser detenidos en su trabajo o en el trayecto, o incluso llevando a los niños a la escuela. Es uno de los objetivos de la ofensiva: llevar a los trabajadores extranjeros tengan o no papeles, a currar sin reclamar nada. Pero la administración de Biden ya realizó numerosas expulsiones, y Trump las ha superado pero sin llegar a los números récord de la administración de Obama. Así pues la cacería de migrantes disuade a muchos de ellos y desemboca en una caída de las llegadas a la frontera estadounidense.
Por primera vez en muchos años, el número de extranjeros presentes en el país ha bajado un poco. Sin embargo, la burguesía estadounidense necesita a los inmigrantes, unos 50 millones de personas, en su mayoría trabajadores. Los inmigrantes representan el 20% de la población activa, y más aún en determinados sectores como la agricultura, la restauración y hostelería, las construcción, especialmente en los Estados más poblados y las grandes áreas urbanas. Así pues, aunque la administración siga con los discursos y medidas contra los inmigrantes, en realidad es poco probables que quiera expulsarlos masivamente fuera del país.
Si bien los círculos intelectuales o mediáticos están preocupados por la brutalidad de Trump, tampoco se oponen con fuerza. Ha habido periódicos resistiendo a los intentos de intimidación por parte del poder, pero los medios audiovisuales, cuyos proyectos de fusión dependen del visto bueno de las autoridades federales, están dispuestos a cumplir. También grandes universidades, que dependen de la financiación federal, han acatado las órdenes, comprometiéndose por ejemplo a que no se exprese el apoyo a Palestina en sus campus. Hace poco, todas las universidades, ya sean públicas o privadas, han tenido que firmar un compromiso sobre su política de recursos humanos, la organización de la investigación y la enseñanza, incluso la matriculación de estudiantes: deben renunciar a la lucha contra la discriminación a los negros, las mujeres o las personas trans.
Se ha llevado a los tribunales a varios altos funcionarios que se resistían a cumplir las órdenes de Trump, como el ex director del FBI, James Comey. Estudiantes propalestinos extranjeros con documentación e incluso con una familia en el país fueron encarcelados, mientras el abogado de uno de ellos fue detenido en la frontera y obligado a entregar a la policía sus contactos. El endurecimiento se nota especialmente entre las fuerzas de policía federales, o sea una pequeña minoría de todas las fuerzas policiales; sin embargo es inquietante, porque sus consecuencias pueden ser devastadoras desde el punto de vista de las víctimas.
La administración de Trump envió la Guardia Nacional a varias ciudades demócratas como Los Ángeles y Washington, y está preparando mandar tropas a Portland, Memphis o Chicago. Por un lado, se trata de la rivalidad política entre Trump y los demócratas; por otro, el método de la fuerza no es lo habitual. Esas ciudades cuentan con una fuerte población negra y/o inmigrante, y sus consejos municipales, que se oponen a los métodos de la policía federal de inmigración (ICE) están en el blanco de Trump desde su primer mandato. Él ahora se arriesga a mandar allí a fuerzas armadas, con el argumento de que así se entrenan para enfrentamientos mortales. Dentro del ejército, Trump toma medidas contra oficiales que, en 2020, se negaron a reprimir manifestaciones antirracistas tras el asesinato de George Floyd, y arremete contra negros y mujeres entre los oficiales superiores – con un discurso racista y sexista.
En los días posteriores al asesinato de Charlie Kirk, el poder y sus medios organizaron una campaña mediática contra "la izquierda" y en general contra sus adversarios. Cientos de trabajadores fueron despedidos por un mero mensaje en las redes sociales, mientras los comerciantes sufrieron intimidación por parte de la extrema derecha. Hasta la fecha, esa operación no ha ido más lejos, pero igual nos viene a recordar que una campaña tipo macartismo puede ser lanzada desde arriba, con innumerables consecuencias en el país. Hoy en día, la burguesía estadounidense no necesita del fascismo o una dictadura para ejercer su dominio sobre la clase trabajadora y en general sobre toda la sociedad. El enriquecimiento de los multimillonarios, los resultados de las grandes multinacionales y las cotizaciones bursátiles que se disparan ejemplifican la buena salud de la clase dominante estadounidense, mientras el proletariado no enseña los dientes.
Trump es un tanto impredecible, no se parece a los gestores habituales que se suceden en la cúspide del Estado, pero hace el trabajo, y los patrones de la Silicon Valley, que antes eran presentados como "de izquierda", no han tardado en reconocer a su dueño. Con él comparten el odio a los obreros, la idea de que se da demasiado dinero a los jubilados, a los enfermos y a los pobres, e incluso algunos como Elon Musk (Tesla, X, SpaceX), Peter Thiel (PayPal) y Larry Ellison (Oracle), comparten con él las ideas misóginas y xenófobas. Los capitalistas estadounidenses están acostumbrados a financiar a los dos partidos que alternan en el poder. En cualquier caso, la nueva administración les viene bien.
No representan una perspectiva para los trabajadores conscientes de sus intereses de clase ni los demócratas, que se muestran ofendidos y defienden su patio trasero en los Estados y ciudades que controlan, esperando un cambio electoral, ni tampoco los dirigentes sindicales, que hasta la fecha se han adaptado a Trump a pesar de que él esté destruyendo los sindicatos de funcionarios; incluso respaldan su política arancelaria...
Hasta aquí, nada fundamental ha cambiado en el plano de las libertades democráticas. Sin embargo, es de notar que, sin siquiera pasar a un régimen de excepción, el Estado puede implementar una política autoritaria en la que, igual que durante el macartismo, decenas de miles de personas son calladas, puestas en listas negras, despedidas, encarceladas. La extrema derecha tiene un largo recorrido en Estados Unidos, desde el Ku Klux Klan hasta la campaña fascista de Charles Lindbergh al final de los años 1930. Desde los ataques antisocialistas en tiempos de la Primera Guerra Mundial hasta la liquidación del movimiento de Black Power al principio de los años 1970, la represión policíaca y judicial han marcado al país, que abandera la libertad. Si pues las circunstancias se lo imponen, en particular si la crisis provoca la ruina de millones de pequeños patrones y empuja a millones de trabajadores hacia la miseria, tal y como ocurrió en los años 1930, el Estado federal bien podría encontrar en el país los agentes y la base social necesarios para el endurecimiento autoritario. Y este bufón presumido de Trump ya no le haría gracia a nadie.
Los multimillonarios mimados, los trabajadores atacados
La política económica de Trump parece en ruptura por el proteccionismo que asume, pero en el plano interior domina la continuidad. Tras ser el portavoz del librecambio al que se le atribuía todas las virtudes, la primera potencia imperialista de Trump anunció aranceles numerosos y muchas veces increíblemente altos. Trump los utiliza para reducir parte del enorme déficit del Estado federal, endeudado en unos 38 billones (millones de millones) de dólares, al mismo tiempo que sigue financiando a los más ricos, en particular bajándole los impuestos.
Sin embargo, a pesar del postureo demagógico sobre la repatriación del empleo estadounidense, Trump lo tiene complicado a la hora de recuperar los huevos a partir de una tortilla. Las cadenas de producción que se han formado a lo largo de los años, por ejemplo con Canadá y México, suponen varios pasos de la frontera, por ejemplo para las piezas de automóviles y demás productos manufacturados. Estas relaciones no se van a destruir, ni tampoco se crearán los puestos correspondientes en Estados Unidos. Pero Trump ha impuesto acuerdos a una serie de Estados que dependen más de EE.UU. que EE.UU. de ellos. Le ha impuesto un arancel del 15% a la mayoría de los productos procedentes de la Unión Europea, y ésta, demasiado dividida y con mucha dependencia del mercado estadounidense, no se lo ha impedido. Queda por ver cuáles de esos aranceles se implementarán a largo plazo, porque hay muchas excepciones, lo mismo que durante el primer mandato de Trump. Por ejemplo, se impone a Suiza un arancel del 39%, pero sólo sobre una parte de las exportaciones suizas a Estados Unidos – lo cual excepta medicamentos y oro.
Si bien lo imprevisible de Trump a veces molesta a los capitalistas estadounidenses, su política les sirve. Cuando dice "America first", se entiende "Los capitalistas estadounidenses primero". El Dow Jones de la Bolsa de Nueva York, ya multiplicado por ocho desde 2009, ha subido un 10% en un año, a pesar de unos sobresaltos cuando los anuncios arancelarios de Trump. El número de multimillonarios en dólares pasó de 13 en 1982 a 801 en 2024 y 901 en 2025. Como siempre que cambian las reglas del juego capitalista, hay perdedores y ganadores, pero al final los capitalistas más potentes se adaptarán, y los supervivientes saldrán ganando. La política de Trump hace a algunos felices, por ejemplo a Boeing, y a otros menos, como Ford, quien gruña contra los aranceles, pero al fin y al cabo tendrá unos resultados mejores de lo esperado. Los constructores automovilísticos incrementarán sus precios para mantener sus beneficios.
En lo que a la clase obrera respecta, ella es el blanco de un ataque por parte de la nueva administración. Elon Musk encabezó el Departamento de Eficacia Gubernamental entre enero y mayo y allí eliminó decenas de miles de empleos federales. A finales de mayo de 2025, 59.000 personas habían sido despedidas, y decenas de miles de otras salían por decisión propia, estando otras sin decidir aún. El shutdown, o sea el cierre de algunas funciones del Estado federal por causa de bloqueo en el Congreso a propósito de los presupuestos y el techo de la deuda pública) en octubre produjo también un ataque contra cientos de miles de empleados del Estado federal. Para que el gobierno pueda llenar los bolsillos de los multimillonarios estadounidenses, hay que despedir a enfermeras, agentes de la educación y la ayuda humanitaria, el apoyo a los niños migrantes, el control de epidemias, etc. Por otra parte, los recortes en los programas de Medicare (seguro de salud para las personas mayores), Medicaid (el seguro de salud de los más necesitados), la Seguridad Social (para los más viejos) y los comedores sociales golpean a millones de personas en las clases populares. La política de división entre los trabajadores estadounidenses y extranjeros le beneficia a la burguesía. Los aranceles que de verdad se implementen los pagarán los consumidores, y sin saber qué pasará después, ya se nota que la inflación ha vuelto a subir un 3% anual (datos de agosto de 2025).
Numerosas consecuencias internacionales
La llegada al mando del Estado de un demagogo que estigmatiza a los extranjeros tiene efectos en el resto del mundo. En Gaza, Netanyahu, quien ya tuvo el respaldo de Biden, fue reforzado por el sucesor en la masacre de los palestinos y su política de limpieza étnica. En Alemania, en las elecciones legislativas, la AfD con apoyo de la administración estadounidense duplicó sus votos y pasó a ser el segundo partido del país. En el Reino Unido, el partido xenófobo de Nigel Farage sube, animado por Elon Musk, y la extrema derecha logró movilizar a decenas de miles de personas en protestas callejeras o concentraciones en contra de los migrantes. En Países Bajos también, la extrema derecha de Geert Wilders, que ya fue el primer partido en las elecciones de 2023, se acerca al poder. En Austria, el FPÖ ya es el primer partido, en Portugal el partido Chega se disparó en mayo y se convirtió en la segunda fuerza parlamentaria. En Italia, la ex neofascista Meloni es una Primera ministra bien instalada en su sillón, y en Francia, el partido RN de Le Pen, con sus 13 millones de votos en 2024, sigue subiendo. Es verdad que ninguno de esos éxitos es totalmente nuevo, y en realidad proceden de la misma crisis que ha llevado al poder a Trump.
Lo que está pasando en Estados Unidos tiene consecuencias en el mundo entero, y la presidencia de Trump da crédito y fuerza a las tesis y discursos de la extrema derecha, dondequiera que esté. En Praga, el multimillonario Andrej Babis acaba de ganar las elecciones presentándose como el "Trump checo". Cada situación es diferente, cada movimiento tiene sus rasgos particulares, pero todos comparten una misma xenofobia como argumento de venta electoral, para servir a la burguesía.
En el sistema capitalista en crisis, Estados Unidos, la primera potencia imperialista que lleva un siglo dominando, no para de reafirmar su fuerza, busca debilitar a sus rivales y se prepara, pos si acaso, a hacerles la guerra, como se ve con China. Para dominar al mundo, tener acceso a las materias primas o descartar a sus rivales, más vale ser cínico y brutal. En la selva del mercado capitalista, quien posee más capital y el mayor bastón impone sus reglas. El alguacil de turno en la Casa Blanca ha sacado el arma proteccionista para procurar reforzar a los capitalistas de su país en un sistema en crisis. Al amenazar con anexionar el canal de Panamá, Groenlandia o Canadá, al proclamar aranceles astronómicos contra países tan pobres como Lesoto, Madagascar o Vietnam y denunciar a algunos de ellos como "países de mierda", al tratar a los mandatarios extranjeros con desfachatez, Trump no está loco, ni es solamente un megalómano (aunque lo sea), sino que es la cara horrenda del imperialismo senil.
Oriente Medio en tiempos de barbarie imperialista
El balance de los dos años de guerra israelí contra Gaza, ya terrible por el número de vidas humanas destruidas y las destrucciones materiales, da constancia de hasta qué puntos de barbarie puede llegar el sistema imperialista. Los conflictos de Oriente Medio, y especialmente el Israel palestino, proceden del dominio imperialista y de cómo las grandes potencias se repartieron la región tras caer el imperio otomano, creando y manteniendo oposiciones entre los pueblos. Región estratégica tanto por sus recursos petrolíferos como por su situación geográfica, Oriente Medio ha sido moldeado por el imperialismo, dividido entre Estados rivales, sumido en una situación de guerra permanente.
Al callejón sin salida político se le suman el bloqueo del desarrollo económico y una crisis social aguda que condenan a la pobreza a la aplastante mayoría de la población, conllevando también el refuerzo de las tendencias reaccionarias, entre las cuales la derecha y extrema derecha israelíes, y también las diversas tendencias islamistas, son la imagen. La nueva etapa de la guerra desencadenada por Hamás el 7 de octubre de 2023 y la campaña de exterminio llevada a cabo en respuesta por el Gobierno de Netanyahu son el resultado de esta situación, que se ve agravada por el contexto mundial de crisis y tensiones.
Detrás de las justificaciones nacionalistas y, cada día más, religiosas y mesiánicas, el sionismo viene siendo desde los orígenes un proyecto colonial que sólo ha podido desarrollarse con el respaldo del capital occidental. Lo peculiar de este proyecto era el querer sustituir a la población local palestina, por lo que se pretendió que ésta no existiera o era cantidad ínfima. La negación de la existencia del pueblo palestino y de sus derechos fue una constante en la política de los dirigentes israelíes, desde e incluso antes de la creación del Estado de Israel. En un contexto en el que los deseos de quitarse de encima la tutela imperialista se desarrollaban en Oriente Medio, en particular entre los pueblos árabes, el nacionalismo palestino se topaba necesariamente con el aparato sionista. En frente, éste sólo podía sobrevivir gracias al apoyo de las potencias imperialistas, cuyo interés es disponer de un aliado militar fiable en la región, quien pueda amenaza a cualquier régimen con ganas de sacudir el orden.
Esta situación inagotable sólo se ha podido mantener gracias a las guerras sucesivas de Israel contra los Estados árabes, y más específicamente contra los palestinos e Irán. El Estado hebreo, actuando como el brazo armado del imperialismo en el corazón de Oriente Medio, aprovechó una vez más su potencia para ampliar su presencia territorial y seguir con la colonización, convirtiendo cada día más al pueblo palestino en un pueblo de refugiados, amontonados en campos y chabolas de Cisjordania, Gaza o los países árabes vecinos. Frente a los intentos sucesivos del pueblo palestino y sus organizaciones de cuestionar el dominio de Israel, los dirigentes israelíes sucesivos, cada vez más a la derecha, sólo han respondido negándole su derecho. La potencia militar de Israel, con el apoyo del imperialismo, le permite planear una guerra permanente contra los Estados y pueblos de la región, al menos mientras el pueblo israelí consienta apoyar esta política.
La guerra contra Gaza no es más que la continuación de la huida hacia adelante de los dirigentes israelíes. El objetivo que abanderan, eliminar a Hamás, pronto se convirtió en un intento de exterminio del pueblo palestino. Ha sido la continuación lógica del proyecto sionista que, al negar la realidad de este pueblo, llega hasta el punto de querer eliminarlo de verdad. Frente a la voluntad de los palestinos de seguir viviendo ahí dónde están, semejante política no puede tener salida. Cuánto más se prolongue la guerra con sus atrocidades, más combatientes hace surgir, quienes tarde o temprano, en una u otra de las organizaciones, querrán levantarse contra las injusticias que padecen. La política del Estado israelí no propone al pueblo israelí otro futuro que movilizarse detrás de su ejército para mantener la opresión sobre el pueblo vecino. Al declarar que Israel tenía que convertirse en un "Super Esparta", Netanyahu convocó abiertamente esa perspectiva, el de una sociedad militarizada y disciplinada para la guerra permanente.
La huida hacia adelante de Netanyahu tiene su lógica más allá del problema palestino, que se ha convertido por fuerza en un problema regional. Llevó a otra nueva ofensiva militar contra Líbano, so pretexto de romper a Hezbolá que afirmaba su solidaridad con Hamás. Llevó a bombardear Irán, presentado como el enemigo principal de Israel. El debilitamiento de Hamás y Hezbolá aceleró el derrumbe del régimen de al Asad en Siria y ahí vio el ejército israelí una oportunidad para atacar este último país, destruir sus infraestructuras militares y ocupar una porción del territorio. Se sumaron los bombardeos sobre Yemen, contra los Hutíes solidarios de Hamás, y más recientemente, en Doha, Catar, so pretexto de que este emirato albergaba una reunión de dirigentes de Hamás metidos en conversaciones sobre un acuerdo de cese al fuego.
Sin embargo, esa política tiene un límite, más allá del cual ya no podrá coincidir con la de Estados Unidos. Otros Estados ambicionan convertirse en la potencia dominante en la región, y se hacen una competencia en este terreno. En el caso de Irán, el país ve sus ambiciones obstaculizadas por Estados Unidos, pero eso no excluye determinadas colaboraciones. Irán fue su favorito durante mucho tiempo, en tiempos del Shah. También es el caso de Arabia Saudí y Turquía, respaldadas ambas por los Emiratos. Todos esos Estados no están más preocupados por la suerte de los palestinos que por la de su propio pueblo, pero sí por las pretensiones de Israel, quien quiere imponer su ley en la región en nombre de su fuerza militar y con el apoyo de Estados Unidos, mientras que los Estados del golfo pérsico y Turquía son también sus aliados.
Una potencia imperialista de segundo rango como es Francia, al buscar distinguirse un tanto de la política estadounidense, aprovecha la oportunidad de colocarse y desarrollar en estos países los negocios de sus capitalistas. El regreso de Francia a una política "pro árabe" y el reconocimiento del Estado palestino por Macron no tienen otra sustancia. En el pasado, la evocación de una "solución de dos Estados" sólo sirvió para marear a los palestinos mientras seguían la ocupación militar y la colonización. Puede pasar lo mismo en el futuro, aunque semejante "solución" parezca más alejada aun; y Macron junto con otros dirigentes quieren recordarle a Trump lo útil de esa ilusión.
La preocupación por restablecer cierto equilibrio entre las potencias rivales de Oriente Medio recorre el "plan de paz" presentado por Trump a finales de septiembre. Al abandonar el proyecto de convertir Gaza en una "Riviera" expulsando a todos los palestinos, dibuja los contornos de un protectorado cogestionado por Israel y los países árabes, en particular Arabia Saudí y los Emiratos, en el cual la reconstrucción parcial se podría dar gracias a la financiación de ambos países, todo bajo supervisión occidental. Así pues, el imperialismo es incapaz de superar las contradicciones creadas por él mismo, y no encuentra otra manera de gestionar la región que la vuelta a una forma de dominación colonial directa.
Si este proyecto se implementa, los países árabes podrían quedar satisfechos. Pero para el pueblo de Gaza, a pesar de la tregua que le traería, no sería una solución, ni tampoco para la población de Cisjordania, ni para la israelí. Al seguir negando los derechos básicos de los palestinos y animar a que siga la colonización, esta "solución" sólo puede ser provisional y desembocar en nuevos conflictos.
Así se evidencia el fracaso de la política de los nacionalistas palestinos, tanto de la Autoridad Nacional Palestina como la de Hamás. La primera, un intento de colaboración con los dirigentes israelíes y estadounidenses, sólo ha traído el debilitamiento progresivo y la pérdida de confianza de la Autoridad Nacional Palestina. La segunda, con el ataque del 7 de octubre de 2023 como hecho sobresaliente, ha querido ser más radical y reforzado el crédito de Hamás entre el pueblo palestino. Pero si bien ha vuelto a poner en el centro del tablero la cuestión palestina, que el régimen israelí, los dirigentes imperialistas e incluso los dirigentes árabes habían conseguido enterrar, fue de la peor manera posible.
La masacre a más de un millar de israelíes en aquel día, y el método de toma de rehenes, no sólo han sido métodos bárbaros en un plano humano, sino que le han proporcionado al gobierno israelí las armas para llevar a cabo su política de exterminio. Le han permitido crear una unión nacional en torno a él, en un momento difícil, y convencer a la población israelí de lanzarse en una guerra total contra los palestinos, presentados como terroristas todo; le ha permitido emprender la operación de limpieza étnica que pedía a gritos la extrema derecha, favorable a un "gran Israel".
Los revolucionarios proletarios deben afirmar su solidaridad con el pueblo palestino, desear la derrota del régimen israelí y al menos que evacúe los territorios ocupados, pero no pueden tener solidaridad con la política de los dirigentes palestinos. Fue esa política nacionalista burguesa la que llevó a sucesivos fracasos y la que le pasa factura a la población - lo cual demuestra el desprecio de los dirigentes hacia ella.
Puede que aquellos dirigentes encuentren al final el sitio que buscan, como representantes políticos de la burguesía palestina, pero sólo será el sitio que los dirigentes imperialistas, israelíes y árabes les concedan. En la actual configuración de Oriente Medio, se tratará de un sitio bien limitado, poco diferente del que los acuerdos de Oslo dejaron a la actual Autoridad Nacional Palestina. Como mucho se satisfará a los notables procedentes de las organizaciones nacionalistas, o incluso de Hamás, y una capa de burgueses dispuestos a hacer negocios en medio de la miseria general, pero no a la mayoría de las clases populares y el proletariado.
La perspectiva de una guerra perpetua y régimen autoritario que anuncia Netanyahu tampoco puede satisfacer al pueblo israelí. El creciente número de reservistas que no quieren ser movilizados, la existencia de los "refuzniks", aunque sean pocos, y las manifestaciones más amplias contra la continuación de la guerra son la señal de una fractura, que puede ampliarse. El régimen de Esparta no duró mil años, ni tampoco el nazismo. El régimen cada día más autoritario de Netanyahu y la extrema derecha israelí no tendrá más futuro.
Para las clases populares y los trabajadores de Oriente Medio, la esperanza yace en la lucha por derrocar los regímenes actuales, empezando por el israelí, pero no sólo éste. Sus enemigos son todos los aparatos de Estado que se vienen repartiendo la región. Armados para luchar entre ellos, sobre todo están dispuestos a mantener la dictadura de las clases dirigentes y la dominación imperialista. Aparatos como la Autoridad Nacional Palestina y Hamás son candidatos a este papel, y ya lo están desempeñando en parte. Su naturaleza es la misma. Es levantándose contra todos esos aparatos de dictadura, superando las oposiciones nacionales, comunitarias y religiosas, cómo los trabajadores y las clases populares de Oriente Medio deberán construir su poder propio. Sólo partidos proletarios, comunistas e internacionalistas, pueden proponer semejante objetivo.
Ucrania-Rusia: una guerra que no termina
Tras haber prestado un firme apoyo a Putin frente a Zelensky en lo que se presentó como negociaciones para poner fin al conflicto en Ucrania, Trump ha dado un giro radical al rumbo que había seguido desde su regreso a la política. “Decepcionado” porque Putin no se apresura a firmar la paz en las condiciones avaladas por la Casa Blanca, Trump “ya no descarta una victoria de Ucrania”. ¡Olvidadas sus fanfarronadas cuando se jactaba de silenciar las armas “en 24 horas”!
Sin embargo, este enésimo giro de Trump no pone en tela de juicio el cambio de rumbo de la política exterior estadounidense iniciado por el actual equipo dirigente. Sin remontarse a Obama, que fue el primero en plantearlo, Trump y su gobierno quieren que Estados Unidos se retire militarmente de Europa para concentrar sus fuerzas en una futura confrontación con China.
¿Implica esto poner fin a la guerra en Ucrania o simplemente congelarla, como tantas otras en todo el mundo que siguen siendo “puntos calientes” desde hace décadas?
Dicho esto, Putin no esperó a las últimas declaraciones de Trump para darse cuenta de que el imperialismo estadounidense ya había salido victorioso del conflicto ucraniano. Sin necesidad siquiera de firmar un acuerdo de paz, la América de Trump ha obtenido importantes botines de guerra en los ámbitos económico, político, militar y geoestratégico, a veces incluso en detrimento de Moscú en su propio feudo de la antigua Unión Soviética.
Incluso cuando Washington parecía abierto a las demandas de Moscú —un acuerdo que ratificara la anexión de Crimea y de cuatro regiones del este y el sur de Ucrania, así como la no adhesión a la OTAN del territorio que se asignaría a Kiev—, estos “avances” seguían siendo virtuales mientras no se firmara un acuerdo. Además, Washington permitió que sus aliados de la OTAN formaran una “coalición de voluntarios” que amenaza a Rusia, ya que se comprometen, en caso de que se resuelva el conflicto, a defender Ucrania “por tierra, mar y aire” e incluso a enviar allí militares franceses y británicos.
A principios de este año, en Rusia, muchos burócratas y oligarcas se veían a sí mismos como “socios” de Estados Unidos. Y soñaban con las repercusiones de una reanudación de las relaciones con Occidente, si no con una reintegración de Rusia en el mundo capitalista. No tardaron en desilusionarse.
Putin se ha dado cuenta de que el “acuerdo” trumpista, bajo una apariencia halagadora, se asemeja a un trato engañoso para su régimen y los ricos de Rusia. La historia reciente nos recuerda que no sería la primera vez.
En 1989, los interlocutores estadounidenses de Gorbachov le prometieron que la OTAN no avanzaría “ni un centímetro” hacia el este; desde entonces, sus bases siguen rodeando cada vez más a Rusia. Con Ucrania en la órbita occidental, la guerra se hizo inevitable. En 2015, cuando se limitaba al Donbás, los acuerdos de Minsk y sus patrocinadores, Hollande y Merkel, engañaron a Putin mientras la OTAN rearmaba Ucrania. En febrero de 2022, cuando parecía que Ucrania iba a entrar en la OTAN, la guerra se extendió a todo el país.
Así que últimamente Putin ha intensificado su presión militar contra Ucrania. ¿Con la esperanza de que su ejército se derrumbe? ¿Para ocupar el mayor territorio posible? La conquista de cada nueva localidad se salda, además de con la destrucción de viviendas e infraestructuras, con cientos de muertos entre la población, los militares ucranianos y, sobre todo, entre las filas de los soldados rusos, a quienes sus oficiales envían al matadero hasta que superan las defensas enemigas.
Paralelamente a la escalada bélica liderada por la OTAN con la piel de los soldados y la población civil de Ucrania, esta huida hacia adelante del Kremlin también obedece a consideraciones internas en Rusia.
La economía rusa no se ha derrumbado, a pesar de las predicciones periódicas de los dirigentes occidentales que justificaban así las sanciones contra Rusia. Pero está sufriendo las consecuencias de la guerra de muchas maneras y cada vez más.
La prioridad dada a las industrias armamentísticas ha absorbido la financiación y los recursos materiales y humanos en detrimento de otros sectores. Y para engrosar un presupuesto militar que consume la mitad del gasto público, el Estado ruso recurre a la impresión de billetes. Hasta tal punto que la inflación, subestimada en un 22 %, amenaza con paralizar la economía, alerta la gobernadora del Banco Central.
“No se puede tolerar bajo ninguna circunstancia”, ha declarado Putin, consciente de las terribles implicaciones que tendría para el régimen y para su propio poder. Es cierto que la guerra obliga a burócratas y oligarcas a cerrar filas. Pero en 2023, la rebelión de Prigozhin y los mercenarios de Wagner reveló las grietas en la estructura, incluida la militar, de un poder que se pretendía monolítico.
A pesar de los efectos devastadores de una guerra que, entre muertos, heridos e inválidos, ya habría causado cerca de un millón de víctimas solo en Rusia, que moviliza a 700.000 soldados rusos en el frente y que ha provocado el exilio de dos millones de ejecutivos, empresarios y jóvenes titulados que huyen de la movilización, el poder ruso ha logrado hasta ahora evitar una explosión de protestas sociales.
El régimen debe encontrar 40.000 hombres al mes para compensar las bajas en combate. Para ello, en las regiones desfavorecidas y las capas sociales más pobres, ofrece a los futuros reclutas contratos y primas que, en conjunto, representan años de salario medio. El poder acepta pagar este salario de miseria, y de muerte, para garantizar la paz civil, al tiempo que trata de reforzar en el resto de la población la ilusión de que la guerra no les afecta.
Hasta ahora, este poder no ha considerado que le convenga detener la guerra, ya que la economía parecía, pero ¿por cuánto tiempo más?, impulsada por los pedidos del complejo militar-industrial. Además, las altas esferas de la burocracia, y Putin en particular, tal vez tengan motivos para temer una reacción violenta si la guerra terminara sin que pudieran hacer creer a la población que la “patria” sale reforzada.
Así pues, para “financiar la defensa y la seguridad de Rusia”, el Gobierno acaba de anunciar un aumento del principal impuesto, el IVA. Esto afectará en primer lugar a los más pobres (más del 8% de los rusos ya viven por debajo del umbral de la pobreza), que tendrán que restringir su consumo. Esto estimulará la inflación y afectará al funcionamiento de toda la economía.
Esto podría aumentar el número de descontentos. Pero este régimen policial se enorgullece de reprimirlos, como los 1.600 detenidos y 3.000 acusados por motivos políticos que hay en Rusia en 2025.
En Ucrania, Zelensky pidió este verano a sus apoyos europeos que le ayudaran directamente a aumentar la paga de los militares y los contratos de los reclutas. Esto da una idea del agotamiento de las finanzas del Estado ucraniano, mantenido a duras penas por Occidente, que encuentra en ello una forma de reembolsarse saqueando a diestro y siniestro las riquezas del país.
Esto también pone de relieve lo mucho que le cuesta a Kiev abastecerse de carne de cañón. Millones de ucranianos han huido del país para escapar del reclutamiento y de una posible muerte. Ahora que se les permite viajar al extranjero, muchos jóvenes de entre 18 y 22 años se marchan. Las asociaciones patronales alertan públicamente de que cada vez hay más escasez de mano de obra, sobre todo en el sector servicios. La falta de mano de obra también afecta a la agricultura, un importante sector de exportación, ya que el ejército ha movilizado a un millón de campesinos para la guerra.
Entre los hombres que no han podido huir, se multiplican las deserciones y las negativas a acudir a un centro de reclutamiento (CTR). Se denuncian cada vez más casos en los que los guardias fronterizos disparan e hieren, a veces matan, a personas que intentan salir ilegalmente del país. Y se producen incidentes violentos entre los agentes de los CTR y los hombres a los que controlan en la calle, o en una empresa: a veces, transeúntes o compañeros les impiden capturar a sus presas, las liberan de un autobús militar, de un campamento, se incendian los CTR.
No tenemos forma de saber hasta qué punto esto refleja la opinión pública ucraniana, pero estos hechos coinciden con lo que muestran las encuestas más recientes: una buena parte de la población sólo desea que se firme un alto el fuego lo antes posible, incluso aceptando cesiones territoriales.
Esto es algo que el poder ucraniano no quiere bajo ningún concepto. Desde los acontecimientos del Maidán en 2014, ha convertido la defensa de la integridad territorial de Ucrania en el eje central de su política. Así justifica su alineamiento incondicional con el imperialismo estadounidense y, en última instancia, todos los sacrificios humanos, sociales y económicos que ha impuesto a su propia población.
Entre ellos, se encuentra el desmantelamiento de lo que quedaba de la protección social y los derechos laborales heredados de la época soviética, la puesta a raya de organizaciones sindicales que, sin embargo, nunca han destacado por su radicalismo, la prohibición y la represión de organizaciones políticas que se reivindican de cerca o de lejos del socialismo, el comunismo y la lucha de la clase obrera, todo ello amparado por la ley marcial.
Zelensky, a quien los dirigentes y los medios de comunicación occidentales describían como el valiente defensor de la democracia, este actor convertido en presidente (impulsado en realidad por un oligarca mafioso de primer orden), ha sido el artífice de la destrucción de los derechos más elementales de la clase obrera y de la población en general. Y de su compromiso con una guerra, supuestamente de defensa nacional, pero que había sido dictada, preparada y hecha inevitable por toda la política del imperialismo destinada a reducir cada vez más la esfera de influencia de Rusia.
El imperialismo estadounidense, al considerar que había alcanzado sus objetivos —la conquista de nuevas fuentes de riqueza y el debilitamiento del poder ruso—, llevó a Washington a tratar con aún menos consideración a un aliado ucraniano que no había sido y seguía siendo para él más que un peón en su juego.
Recientemente, se ha planteado la posibilidad de encontrar un sustituto para Zelensky, menos desgastado y, a ser posible, más manejable por el imperialismo. Al “descubrir” que debería haber celebrado elecciones presidenciales hace más de un año, Gran Bretaña propuso organizar los comicios. Como candidatos, surgió un nombre: el del antiguo jefe del Estado Mayor Zaluzhni, convertido en embajador de Ucrania en Londres.
Independientemente de si estas elecciones se celebran o no, dada la evolución de la situación, está claro que sustituir a un jefe militar desacreditado por un general supuestamente popular —¿porque el primero lo destituyó?— no cambiaría nada fundamental en el curso de la guerra y, sobre todo, en el destino de la población ucraniana.
En Ucrania, como en Rusia y, en general, en cualquier otro lugar, la cuestión no es saber qué hombre de las clases poseedoras y dominantes se pondrá al frente del Estado para servirlas, es decir, para atacar a las clases explotadas. Se trata de hacer todo lo posible para que los trabajadores de cada país vean a los oprimidos más allá de las fronteras no como enemigos, sino como aliados. Como sus hermanos y hermanas de clase en la lucha por derrocar el sistema capitalista mundial y sus defensores nacionales, y también por crear los partidos obreros comunistas revolucionarios indispensables para destruir este orden mundial que conduce al planeta a la tercera guerra mundial. Y, por tanto, a la victoria de la revolución social que finalmente abrirá el camino a la humanidad hacia un futuro sin guerras, sin explotación ni opresión, un futuro socialista y comunista.
8 de octubre de 2025
La situación en Francia
La crisis política alcanza su máximo
En Francia, el personal habitual de la burguesía ya no sabe cómo gobernar. Desde junio de 2024, cuando se disolvió la Asamblea Nacional y se convocaron elecciones anticipadas, ha habido cuatro primeros ministros, 90 ministros nombrados, 62 días con un primer ministro en funciones, 114 días con gobiernos en funciones. Tras un primer gobierno que sólo duró 14 horas, Lecornu encabeza un segundo equipo que sólo puede durar y hacer aprobar los presupuestos desmembrándose entre Los Republicanos (derecha) y el Partido Socialista.
Ambos partidos tienen más que perder de lo que pueden ganar si se repiten elecciones, con lo cual mantienen vivo a Lecornu. Sin embargo, no quieren que se note su papel de salvadores de un gobierno que puede hundirse en cualquier momento llevándoselos en el naufragio. El más mínimo incidente, la más mínima declaración o cualquiera encuesta pueden llevarlos a dejar caer al gobierno, y así provocar la disolución que viene reclamando RN, el partido de Le Pen. Por su parte, LFI, el partido de Melenchon, pide la destitución de Macron y una presidencial anticipada.
Para su gran disgusto, la burguesía constata la mezquindad y la irresponsabilidad de su personal político, incapaz de mantener la gestión corriente del Estado burgués haciendo aprobar los presupuestos. El presidente de la república, los ministros y los jefes de partidos, quienes se supone que gestionan el caos y las contradicciones de la anarquía capitalista, en realidad añaden imprevisibilidad y discordia en la cúpula del aparato político del Estado.
Para los grandes empresarios, que siempre aspiran a jugar en la primera liga, aunque Francia ya no sea más que un imperialismo de segunda categoría, lo peor es no tener en la cúpula del Estado un “consejo de administración” estable, que los ayude a enfrentar a sus competidores internacionales. En tiempos de competencia capitalista desenfrenada por el acceso a los recursos, las tecnologías y los mercados militares, la gran burguesía francesa debe conformarse con un gobierno estancado en su mezquino juego político.
Lecornu y los macronistas, quienes enarbolaban su trofeo de la jubilación a los 64 años, se han visto obligados a pausarla hasta la próxima elección presidencial para mantenerse en el poder. El coste de una segunda disolución sería superior al producido por la pausa en la reforma, según dicen. Asimismo, tienen que negociar con los socialistas un simbólico impuesto a los más ricos. A la burguesía no le hacen gracia esas concesiones, aunque se vean limitadas y más que compensadas por otros ataques contra la clase trabajadora.
La clase capitalista exige por parte de sus políticos una guerra social sin piedad
Hasta la fecha, la burguesía no se ha quejado de Macron, cuya política le ha venido bien para soportar la crisis sin dejar de enriquecerse considerablemente. Las ganancias, los dividendos y las cotizaciones bursátiles han batido récord en los últimos años. Los 500 más ricos han duplicado su patrimonio desde 2017, y el club de las familias milmillonarias pasó de 39 entonces a 145 hoy día.
Semejante balance le debe mucho a Macron, quien lideró la guerra social en varios frentes: bajada de impuestos de la burguesía, subida de las subvenciones a la patronal, ataques contra el derecho laboral, contra el subsidio de desempleo y las pensiones, despidos facilitados… Y eso sin que la clase trabajadora enseñe los dientes, ni siquiera en 2018 con el movimiento de los Chalecos Amarillos contra la subida de los precios de la gasolina o en 2023 contra la reforma de las pensiones.
La burguesía quiere seguir con la ofensiva anti obrera. “El compromiso parlamentario” es la condición de la supervivencia política de Lecornu, pero la lucha de clases es una necesidad de la burguesía francesa. Al principio del siglo 20, y después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se abrían nuevos mercados con nuevas fuentes de enriquecimiento, la burguesía aceptó pactar compromisos con la clase trabajadora, devolviéndole parte de la plusvalía bajo la forma de subsidios de desempleo, pensiones, hospitales públicos y ayudas diversas por parte de las administraciones locales o las asociaciones subvencionadas por el Estado.
Hoy en día, hay poca riqueza nueva creada, con un crecimiento muy bajo del PIB – en torno al 1,2% en 2024 y el 0,9% en 2025. La economía funciona como un juego de suma cero: lo que la burguesía acumula, se lo roba a los explotados y las clases populares. Sólo puede incrementar sus ganancias aumentando la explotación, el robo a los consumidores al subir los precios y el saqueo de las arcas públicas. La explosión de las ganancias y las grandes fortunas se paga con los sueldos bloqueados, más precariedad, más inflación y más deuda pública.
La deuda: producto y a la vez agravante del declive de la economía francesa
El estancamiento crónico de la economía francesa y el carácter cada día más parasitario de la burguesía vienen reflejados en la crisis de la deuda pública. El endeudamiento público ha superado los 3,4 billones (millones de millones) de euros, o sea el 115% del PIB. Se disparó tras la crisis de los subprimes de 2008, cuando Sarkozy movilizó 360.000 millones de dinero público para rescatar a los bancos y las grandes empresas. Superó otro nivel con la pandemia del Covid en 2020 y 2021, cuando Macron gastó 424.000 millones para mantener a flote a la clase capitalista a pesar de la brutal desaceleración económica.
Antes de suicidarse políticamente, Bayrou (ex primer ministro) explicó que el billón (millón de millones) de euros de deuda creada entre 2016 y ahora no había servido para invertir, sino para gastos corrientes, o sea una perfusión de dinero público para la gran patronal. Buena parte de estas ayudas, entre 211.000 y 270.000 millones de euros anuales, han ido a parar en los bolsillos de los accionistas y multimillonarios.
En 2024, el pago de los intereses de la deuda pública alcanzó 58.000 millones de euros; será de 69.000 millones en 2025 y se prevé que en 2028 supere los 100.000 millones de euros. El endeudamiento público es un mecanismo mediante el cual el Estado devuelve a los poseedores de capital una parte de la riqueza nacional. Marx ya expuso este robo institucional escribiendo irónicamente: “La única parte de la supuesta riqueza nacional que realmente entra en la propiedad colectiva de los pueblos modernos es su deuda pública.” (El Capital, 1867)
Hoy en día, casi todos los políticos de la burguesía nos presentan la deuda como algo perjudicial , aunque sirva como pretexto para vaciar los bolsillos de las clases populares. Es verdad que los financieros, los banqueros y rentistas se aprovechan ampliamente de ella. El reembolso de los intereses de la deuda es un flujo de dinero permanente, garantizado, hacia sus cajas fuertes. Sin embargo, la amplitud del endeudamiento hace subir el tipo de interés para los préstamos al Estado, con lo cual suben todos los tipos de interés, y esto es una lastra para las inversiones y el conjunto de la economía burguesa.
Otro problema relevante: la deuda reduce los márgenes de maniobra para el gobierno. Mientras el Estado no es capaz de invertir, ni siquiera para mantener lo existente, como por ejemplo el mantenimiento de la red de agua, necesita por otra parte de inversiones gigantescos en la energía, en la transición ecológica, y, por supuesto, en las armas.
La crisis de la deuda es el síntoma de una economía que se está pudriendo, presa de unos carroñeros de la gran burguesía financiera cada día más parasitaria. Una señal de la evolución de la economía capitalista hacia el parasitismo y la especulación es, por ejemplo, la subida de la cotización de las acciones de LVMH a lo largo del día 15 de octubre, lo cual incrementó de un golpe la fortuna de Bernard Arnault en 16.000 millones de euros.
El declive de la burguesía francesa respecto a las demás potencias imperialistas, su guerra social encarnizada contra los trabajadores, son la causa de la caída de sus políticos y el debilitamiento de sus partidos políticos tradicionales, así como el de su sistema electoral y parlamentario.
RN: el partido de extrema derecha se acerca al poder, en un contexto cada vez más reaccionario
La evolución derechista, nacionalista y reaccionaria de la sociedad no ha parado, y es el producto del empeoramiento de la crisis del sistema capitalista – no es específicamente francesa. En este país, dicha evolución se manifiesta en la atracción que sigue ejerciendo el partido de Le Pen.
Reagrupación Nacional (RN) es un partido burgués, cuya base electoral no ha parado de crecer en los últimos años. En la primera vuelta de las legislativas anticipadas de 2024, con alta participación, alcanzó un nivel histórico con el 33,4% de los votos, frente a sus 13% en 2017 y 18,7% en 2022. En la circunscripción de Henin-Beaumont, antaño plaza fuerte del Partido Comunista, Marine Le Pen fue elegida en la primera vuelta, mientras que, a unos kilómetros de allí, el líder del PC Fabien Roussel perdió frente a otro candidato de RN. Entonces el partido de extrema derecha dejó mucho atrás a la izquierda agrupada en el Nuevo Frente Popular (27,99%) y a la coalición presidencial Ensemble (“Juntos” – 20,04%). No ha tenido mayoría en la Asamblea Nacional por la alianza entre la izquierda y los macronistas.
Las encuestas señalan que esa tendencia sigue. La condena a Le Pen en el caso de los asistentes parlamentarios europeos – cinco años inelegible y cuatro años de encarcelamiento – no ha duchado a sus apoyos. Una encuesta del 31 de octubre confirma que RN superaría a todos en una elección presidencial, recogiendo más votos aún Bardella (el joven presidente del partido) que Le Pen. En esta encuesta, los candidatos de izquierda y extrema izquierda apenas logran juntos el 30% de los votos, frente a un 70% para los candidatos de extrema derecha, derecha y macronistas juntos.
En las clases populares, el apoyo a RN se mantiene por los mismos motivos: la ilusión de una “renovación” con “el partido que aún no se ha probado” y la demagogia contra los inmigrantes y los “asistidos”. Esta última ya no se considera vergonzosa para una parte del electorado. Para dirigirse a esta fracción cada vez mayor de la población, casi todos los partidos del espectro político han retomado, en parte o en su totalidad, los temas de la extrema derecha, ya sea la seguridad o la inmigración.
A finales de 2023, Darmanin se distinguió al promulgar una nueva ley de asilo e inmigración que aplicaba una parte importante del programa de Le Pen. Retailleau, líder de LR, ministro del Interior de los gobiernos de Barnier y Bayrou, fue uno de los ministros más populares al dedicar su tiempo a denunciar la “islamización de Francia” y a provocar al Gobierno argelino.
En cuanto a la izquierda, ya sea el Partido Socialista, el Partido Comunista o LFI, se habla más que nunca de proteccionismo, de dar prioridad a la producción francesa y a la soberanía francesa... Esto equivale a difundir el mismo veneno nacionalista que RN, banalizando la política de preferencia nacional y poniendo a los trabajadores a remolque de la burguesía francesa.
En su contrapropuesta de presupuestos y en previsión de las próximas campañas legislativas y presidenciales, RN ha decidido explotar al máximo la retórica nacionalista y antiinmigrante. Promete ahorrar 12.000 millones de euros en inmigración y reducir en 8.700 millones la participación francesa en la Unión Europea, al estilo del “I want my money back” de Margaret Thatcher.
Hubo un tiempo en que un programa así habría privado al partido de Le Pen del apoyo de la burguesía. Hoy ya no es así. Ésta sabe muy bien que hay que tener una política para ser elegido y otra una vez en el poder. La izquierda lo ha demostrado en múltiples ocasiones, mientras que los trabajadores esperaban mucho más de ella que lo que esperan hoy día de RN.
La burguesía puede tranquilizarse viendo lo que ocurre en Italia. Meloni está demostrando una gran flexibilidad para adaptar su programa a las necesidades de los empresarios. La candidata, que abogaba por la salida del euro y pretendía oponerse a los “dictados de Bruselas” y a la dictadura de las “multinacionales extranjeras” en nombre del poder adquisitivo de la gente humilde, se ha convertido en una buena alumna de la Unión Europea y en la “princesa de la austeridad”. Y a pesar de su programa xenófobo y antiinmigrante, ha concedido 500.000 visados de trabajo a ciudadanos no europeos.
Siguiendo el ejemplo de los multimillonarios Bolloré y Stérin, difundido por periodistas y columnistas del ámbito del canal de tele CNews, una parte de la gran burguesía milita abiertamente a favor de esta “unión de las derechas”, de la que RN sería el principal componente. Aunque Le Pen niega tal objetivo para no ahuyentar a sus votantes procedentes de la izquierda, esta unión de las derechas está en marcha. El 30 de octubre, su partido logró que se aprobara su primera ley en la Asamblea Nacional con los votos de la derecha y de los diputados de Édouard Philippe (ex primer ministro de centroderecha). Esta victoria es aún más simbólica si se tiene en cuenta que esta alianza se produjo en relación con Argelia.
De hecho, fue precisamente la cuestión argelina, tras los acuerdos de Evian de 1962, la que fracturó a la derecha y la extrema derecha francesas. Diez años después se creó el Frente Nacional, una coalición de antiguos colaboradores con los nazis y recientes terroristas de la OAS (grupo colonialista francés que cometió atentados en Argelia y en Francia) unidos en su rechazo a la independencia de Argelia y en su rencor contra los gaullistas, culpables, según ellos, de haber malvendido el imperio colonial. El cordón sanitario que la derecha había establecido entonces contra Le Pen padre y sus amigos, cada vez más permeable, está a punto de romperse.
De hecho, RN se prepara para gobernar. Desde hace algunos años, y de forma aún más clara desde junio de 2024, cuando Bardella creyó que había llegado a Matignon (la residencia del primer ministro francés), está dando todas las garantías a la burguesía, alzándose, por ejemplo, contra el impuesto Zucman y el supuesto “infierno fiscal francés”. Entre bastidores, Bardella multiplica los contactos para ganarse la confianza de los círculos patronales. Ha atraído a ejecutivos de la burguesía y altos funcionarios que han apostado por él para hacer su carrera política y que no desentonarían en Los Republicanos, cuando no proceden de ese partido. Si bien RN no puede crear en pocos años los vínculos estrechos que unen a la derecha y a una parte de la izquierda con la burguesía, se esfuerza por compensar su retraso.
Y hay otra ventaja, si fuera necesario, a los ojos de la burguesía: el partido, por su historia, por sus cuadros y por su nacionalismo, puede preparar al país para la evolución autoritaria y la marcha hacia la guerra.
Una clase obrera pasiva y desorientada
Salarios y pensiones que distan mucho de haber seguido la inflación, subida de los precios de los alimentos y la energía, intensificación del trabajo, despidos y precariedad, creciente escasez de viviendas a precios asequibles, humillaciones diarias... A pesar de los golpes que recibe, la clase obrera no se deja ver ni oír. Grupos multimillonarios como Michelin o Stellantis han podido cerrar fábricas sin una verdadera oposición obrera. Las movilizaciones de este último otoño, impulsadas por la convocatoria de las redes sociales para el 10 de septiembre, fueron muy minoritarias. Los debates que han suscitado en torno a los bloqueos o al boicot de la tarjeta bancaria muestran que pocos trabajadores están dispuestos a comprometerse en la lucha.
La CGT, que sigue teniendo la reputación de ser el sindicato más combativo, no ha querido ofrecer perspectivas a una movilización que buscaba su camino. Tras comenzar denigrando las movilizaciones del 10 de septiembre, desconfiando sobre todo de las acciones que se le escapan, impuso, junto con la intersindical, sus propias fechas sin un plan global. Si bien no llegó a calificar, como la CFDT, la falsa suspensión de la reforma de las pensiones como “una gran victoria para los trabajadores y las trabajadoras”, la CGT se retiró tan pronto como la crisis política se agudizó, dejando la iniciativa a los partidos de izquierda.
Incluso en el contexto actual, en el que el Gobierno no tiene ninguna base en las clases populares y la mayoría de los trabajadores observan el espectáculo político con repugnancia o indiferencia, la CGT opta por dirigirse ante todo a los ministros y volver a alimentar la máquina de ilusiones sobre el Estado. Un comunicado reciente indica, por ejemplo: “La CGT ha pedido al ministro que organice unas jornadas de la industria para definir una estrategia ambiciosa de reindustrialización”.
La clase obrera no solo no lucha como tal, sino que tampoco tiene conciencia de sí misma. La política de división de la patronal, la demagogia contra los extranjeros y los musulmanes y su corolario, el repliegue identitario, y, más sencillamente, la dureza de la vida de los explotados, separan y aíslan a los trabajadores unos de otros. A falta de reacciones colectivas, se generaliza el “sálvese quien pueda” individual y el encerramiento en la propia comunidad, a menudo religiosa.
Políticamente, la inmensa mayoría de los trabajadores sigue esperando al salvador supremo. Una parte lo busca en RN, otra en LFI. El voto obrero a la extrema derecha refleja la ausencia total de conciencia de clase, ya que populariza ideas perjudiciales para el mundo obrero. Pero el voto de los trabajadores a LFI, que refleja renovadas ilusiones en una política gubernamental de izquierda, también los aleja del terreno de la lucha y de la conciencia de clase.
LFI, que influye especialmente en el ámbito sindicalista, no lo hace sobre la base de las ideas de la lucha de clases. Como buen partido reformista y respetuoso con la propiedad capitalista, LFI propaga, como llevan haciendo desde hace tiempo el Partido Socialista y el Partido Comunista, la ilusión de una justicia social conquistada mediante impuestos a los más ricos y de un capitalismo regulado y con cara amable. Mientras que los trabajadores sienten confusamente que la evolución depredadora y reaccionaria de la sociedad está inscrita en el sistema capitalista, LFI rebaja esta conciencia al señalar únicamente a Macron como responsable de todos los males.
En lo que respecta a los trabajadores inmigrantes del Magreb o de África, LFI ha optado por dirigirse a ellos no como trabajadores explotados, sino como minorías oprimidas por su origen, color de piel o religión.
Así, LFI se ha convertido en la defensora de la lucha del pueblo palestino, y sus portavoces, acusados de antisemitismo, son cada vez más presentados como personas inaceptables y “ajenas al arco republicano” por los grandes medios de comunicación, lugar que durante mucho tiempo ocupó RN. Esto ha reforzado su popularidad en ciertos círculos musulmanes. Pero todo lo que LFI tiene que decirles es que confíen en las instituciones internacionales o en los diputados franceses o europeos, como si unos u otros pudieran tener la más mínima influencia en la política de Netanyahu. Incluso en este terreno, LFI oscurece la conciencia de los trabajadores que querrían establecer el vínculo entre la política imperialista en el mundo y la dominación de la clase capitalista aquí.
De hecho, LFI nunca se dirige a los trabajadores como si pertenecieran a una sola y misma clase de explotados, unidos más allá de las empresas, las diferencias de estatus, orígenes y creencias. Además, nunca duda en tocar la tecla patriótica.
A diferencia del Partido Socialista y el Partido Comunista, que se construyeron en sus orígenes como partidos obreros y fueron, en su día, una dirección para los trabajadores más combativos y para aquellos que soñaban con una sociedad comunista, LFI nunca ha tenido tales pretensiones. Quiere ganarse el apoyo electoral de los sindicalistas más combativos y de los sectores populares, pero no busca tener militantes ni una política para los trabajadores en las empresas. Permitir que los trabajadores sientan su fuerza y su capacidad de actuar por sí mismos no forma parte de su política.
Nuestras tareas
“El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos proletarios en general: formar la conciencia de clase del proletariado, derrocar el régimen de la burguesía, llevar al proletariado a la conquista del poder.” Eso escribieron Marx y Engels en el Manifiesto comunista. Al observar los flujos y reflujos del movimiento obrero, especialmente en Gran Bretaña, también explicaron: “Esta organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político, se ve minada a cada momento por la concurrencia desatada entre los propios obreros. Pero avanza y triunfa siempre, a pesar de todo, cada vez más fuerte, más firme, más pujante.”
El capitalismo en ascenso venía acompañado de un movimiento obrero en ascenso. Tras pasar por dos guerras mundiales seguidas por oleadas revolucionarias, la burguesía sobrevivió en el marco de un capitalismo en decadencia. Con él se pudren las organizaciones, partidos y sindicatos, que los trabajadores habían construido. Los unos, socialdemócratas, se hundieron en la colaboración abierta con la burguesía, otros en el estalinismo, que ha sido otra forma de integrarse en el orden burgués.
“La organización de los proletarios como clase” hay que reconstruirla, casi desde cero. Sólo futuras luchas masivas podrán darle a la clase obrera una nueva generación de militantes capaces de hacer surgir verdaderos partidos obreros, dignos de este nombre.
Lo que tenemos que hacer desde ya, con los trabajadores más conscientes, es reunir a la fracción de la clase trabajadora que, como ya dijo Marx en el Manifiesto, es “la parte más decidida, el acicate siempre en tensión” de los demás, la que “lleva de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales a que ha de abocar el movimiento proletario.” Es el objetivo del trabajo de propaganda y organización que nosotros llevamos adelante en las empresas, en torno a nuestros boletines cuando no existe una combatividad colectiva. Este trabajo esencial sigue siendo la prioridad de toda nuestra organización.
El trabajo de reclutamiento y formación de los futuros cuadros proletarios no puede realizarse sin el compromiso consciente, junto con esos militantes obreros, de intelectuales capaces de dedicar su vida a esta lucha. Solo una minoría puede dar el paso, en el periodo actual de retrocesos políticos y apatía por parte de la clase trabajadora, pero es indispensable para la construcción del futuro partido revolucionario. Es menester seguir con el reclutamiento entre la juventud de los institutos y las universidades, con entusiasmo y dedicación, para pasar el testigo del ideal comunista. Nos toca hacer comprender a los más rebeldes que la burguesía es una clase del pasado cuando la clase trabajadora es la del futuro.
Las elecciones municipales
Estas tareas militantes, habituales y fundamentales, deberán combinarse con nuestra participación en las citas electorales. Debemos estar preparados para hacer campaña en caso de disolución de la Asamblea Nacional. También tendremos que prepararnos para las elecciones presidenciales de 2027, en las que proponemos presentar de nuevo a nuestra portavoz Nathalie Arthaud. Y debemos intensificar el esfuerzo militante que ya hemos iniciado ampliamente para las elecciones municipales que se celebrarán los días 15 y 22 de marzo de 2026.
Cada elección nos permite defender nuestro programa y nuestra perspectiva revolucionaria ante los trabajadores, en una escala mucho mayor de la que tenemos en nuestras actividades habituales, y en un contexto de mayor interés político. Las campañas nos permiten igualmente asociar a trabajadores y comprometerlos más con nosotros. Esto es el caso ante todo para las municipales.
Las elecciones municipales requieren formar listas de varias decenas de personas en cada municipio, nos llevan a buscar a miles de trabajadores para convencerlos de ser candidatos, es decir, romper con su pasividad. La búsqueda es una oportunidad para ampliar o rehacer en las ciudades y los barrios populares unas redes de trabajadoras y trabajadores, el embrión de la “organización del proletariado como clase”.
Bajo el título de Lutte ouvriere – le camp des travailleurs (el bando de los trabajadores), nuestras listas se fundamentan en la idea muy sencilla de que los trabajadores no podemos confiar en los políticos burgueses, que se arrodillan ante los poseedores; de que los obreros debemos meternos en política, representarnos a nosotros mismos, con el objetivo de construir nuestro propio partido de trabajadoras y trabajadores.
La idea del bando de los trabajadores, según la cual los obreros, empleados, auxiliares de enfermería etc. son las fuerzas vivas de la sociedad, es una fuente de orgullo legítimo para muchos. Prueba de ello, la reacción positiva de trabajadores muy poco politizados, que nunca han oído hablar de nuestra organización, a veces influenciados por prejuicios de división que les entran por todos los canales. Entre quienes se reconozcan en las ideas del bando de los trabajadores, muchos están demasiado desmoralizados para dar el paso de meterse en nuestras listas, pero saben que existe una corriente de mujeres y hombres cuyo combate es éste. En cuanto a los demás, tenemos que transmitirles el orgullo de representar a la clase obrera en su ciudad.
En resumen, esta campaña debe permitirnos cumplir nuestra tarea principal: ayudar a los trabajadores a adquirir una consciencia de clase a pesar de la ola reaccionaria, incluso dentro de la clase trabajadora; y avanzar, con modestos pasos, hacia la “organización de los proletarios como clase”. Frente a los retrocesos y al peligro de guerra que se avecinan y que no pueden ser detenidos a menos de una revolución obrera y el derrocamiento del orden imperialista, nuestro objetivo puede parecer insignificante; pero no lo es, ya que se inscribe en esta perspectiva política.
La presencia de militantes y un partido revolucionario es vital cuando la clase obrera está en situación de cuestionar el poder de la burguesía y tomarlo entre sus manos, como ocurrió en 1871 en la Comuna de París, en febrero de 1917 en Rusia, en Finlandia, Alemania, Hungría e Italia en 1918, 1919 y 1920, en China entre 1925 y 1927, en España en 1936 y en Chile en 1973…
Dicha presencia no deja de ser vital cuando el retroceso político, incluso el hundimiento en la barbarie, amenaza con borrar cualquier perspectiva para la clase obrera. Es en los periodos más oscuros donde surgen las explosiones sociales y las posibilidades revolucionarias. Una revolución acabó con el exilio de Lenin y Trotsky, una revolución sacó a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht de sus jaulas, y sacó a miles de militantes socialistas del infierno de la guerra imperialista. Fue la fracción que mantuvo firmes sus ideas revolucionarias la que entonces pudo cambiar la historia.
6 de noviembre de 2025
Debates sobre los textos orientativos
El hecho de que seamos homogéneos, que nuestros votos sean unánimes, es el resultado de decisiones conscientes por parte de los compañeros. Nos esforzamos por redactar textos políticos cada año. No tenemos nada de qué avergonzarnos por todo lo que hemos escrito, por nuestros análisis de los acontecimientos para los que Trotsky ya no estaba allí para guiarnos. Todo lo que hemos dicho sobre la naturaleza de China, sobre la evolución de las democracias populares, etc., se puede releer hoy, y se pueden comprender nuestras posiciones. Hablamos deliberadamente de China, porque si releéis los textos de Mandel, Krivine1, etc. sobre este tema, nuestros textos se ha confirmado que estaban ampliamente por encima de los suyos, a la vista de su evolución desde entonces. Entre los demás trotskistas, incluso hay textos que se preguntan si Zanzíbar no sería un Estado socialista deformado o un Estado obrero degenerado.
Las relaciones entre China y Estados Unidos
¿Nos encaminamos hacia una guerra entre China y Estados Unidos?
Hemos dicho muchas veces que, aunque la rivalidad entre Estados Unidos y China es intensa en el ámbito de la guerra económica, estas dos grandes potencias son, paradójicamente, por así decirlo, las únicas que no se enfrentan directamente en ningún conflicto militar. Sin embargo, se ha creado una especie de unanimidad para afirmar que es en torno a estas dos grandes potencias donde se producirá la confrontación decisiva.
Pero, al mismo tiempo, decimos y repetimos que nada nos permite predecir el curso que tomará la guerra mundial, inevitable en esta sociedad imperialista. No tenemos ningún don de adivinación o previsión, salvo en un punto fundamental: para evitar la barbarie, hay que derrocar esta sociedad. Pero se trata de un enfoque voluntarista y de un objetivo militante. Por otra parte, los amos de esta sociedad no tienen más poder de previsión o adivinación, incapaces como son de dirigir su propia sociedad, de prever hacia dónde se dirige. Ese poder no les sirve para influir en la situación o modificarla, al menos en el buen sentido.
Hay al menos una cosa en la que estaremos de acuerdo con los comentaristas: la próxima guerra mundial enfrentará a Estados Unidos y China. El razonamiento nos lleva a esta conclusión: imaginar que Estados Unidos podría aceptar ser superado por China sería imaginar que la primera potencia imperialista podría capitular sin luchar. Las guerras sirven precisamente para decidir quién domina, qué potencia imperialista domina.
Las raíces de las tensiones entre China y Estados Unidos
Se podría decir que, desde la llegada de Mao al poder, Estados Unidos y China coexisten de facto. Esta coexistencia ha adoptado múltiples formas y variaciones a lo largo de las décadas, entre ellas enfrentamientos militares. La guerra de Corea fue la más impactante, ¡con 1,5 millones de muertos! Por otra parte, se puede decir que la Segunda Guerra Mundial no ha terminado, en el sentido de que, en lo que respecta a Corea, ni siquiera hay un tratado de paz y, 80 años después, las alambradas siguen separando el norte y el sur de un mismo país.
Luego vino la guerra de Vietnam, seguida de un período de relativa paz, al menos sin enfrentamientos militares reales, durante el cual Estados Unidos y China parecieron encontrarse en un terreno completamente diferente, caracterizado por una colaboración cada vez más estrecha.
Hace algún tiempo, un periódico estadounidense publicó un artículo que, en resumen, afirmaba que desde la caída del Imperio romano solo se han conocido tiempos de guerra, y nunca un período de paz, en todo el planeta. Por supuesto, se trata de guerras a diferentes niveles, entre las que se declaran abiertamente, las que se ocultan, o todo tipo de conflictos más o menos importantes. En un período de supuesta paz, ha habido más muertos en la República Democrática del Congo que durante una guerra mundial. Los períodos de paz del imperialismo no lo son realmente, ni mucho menos.
La guerra de Corea contó con la participación de un gran número de países, directa o indirectamente. Toda una parte de la opinión pública se preparaba entonces para una tercera guerra mundial. Nuestros antepasados políticos, después de la generación Barta2, esperaban en algunos momentos, durante los años cincuenta, que estallara. No fue así. Pero esto es para decirles que las relaciones entre Estados Unidos y China, incluso maoísta, no han sido un camino tranquilo.
Así ha sido, en general, desde que Mao llegó al poder, y no porque amenazara el orden capitalista, a pesar de las divagaciones de los maoístas, que veían en el régimen chino algo menos estalinista. De hecho, la China de Mao buscaba integrarse en ese orden mundial imperialista y no derribarlo. Durante décadas, la orientación de China fue la integración, y las relaciones entre Estados Unidos y China se caracterizaron por una forma de colaboración. En cierta medida, la economía china se integró en el mundo imperialista. Pero, al mismo tiempo, eso no impidió los conflictos.
China se ha convertido en un rival de peso
Desde el momento en que, gracias a su estatalismo, China pareció entrar en competencia con Estados Unidos, la potencia imperialista dominante del planeta, el paso de la confrontación, de la guerra económica a la guerra propiamente dicha, se convirtió en una posibilidad, incluso en una necesidad.
Llevamos ya algún tiempo en esta situación. Hay un dicho africano: “no hay sitio para dos cocodrilos en el mismo pantano”.
Sin embargo, desde hace varios años, Estados Unidos ha dejado, de buen grado o por la fuerza, que China crezca y añada a sus indiscutibles avances económicos otros en el ámbito del armamento, la capacidad militar, el peso diplomático, etc.
Por ello, la rivalidad militar ha tendido a prevalecer en los diferentes aspectos de sus rivalidades, sobre todo porque la existencia de una segunda China, en este caso Taiwán, ha centrado todas las demás formas de rivalidad.
¿Es China imperialista o no? Esta cuestión ha sido objeto de numerosos debates entre nosotros. Por un lado, China es un régimen que, sin revolución proletaria, ha logrado liberarse del yugo imperialista; por otro lado, siempre tratando de mantener su independencia, ha logrado integrarse en la economía capitalista. Gracias a una revolución nacionalista pero profunda, ha podido sacudirse un poco el yugo y decir que no varias veces al imperialismo estadounidense.
Así que, por el momento, seguimos en paz, en el sentido de que no hay guerra entre Estados Unidos y China, mientras que hay guerras en casi todo el planeta. Por ejemplo, leemos en los periódicos que hay un conflicto entre Azerbaiyán y Armenia.
La pregunta que se plantea la sociedad es: ¿qué evento podría desencadenar la guerra entre Estados Unidos y China? Los comentaristas destacan cuestiones puntuales, como si la guerra fuera desencadenada por un acontecimiento puntual que se pudiera evitar. Recientemente, la rivalidad económica ha vuelto a ocupar un primer plano, con una escalada, por el momento verbal, entre China y Estados Unidos. “La guerra comercial entre Estados Unidos y China se reanuda brutalmente, entre tierras raras y aranceles”, escribía Le Monde los días 12 y 13 de octubre de 2025, y añadía: “Tras el anuncio de Pekín de un control de los productos fabricados en el extranjero, pero que contienen tierras raras chinas, Donald Trump amenazó con imponer impuestos adicionales del 100% a partir del 1 de noviembre”.
Todo esto fue desencadenado por Estados Unidos, con su decisión de gravar los barcos chinos que atracan en puertos estadounidenses y la creación por parte del Departamento de Comercio estadounidense de una lista negra de empresas chinas. China respondió anunciando controles drásticos sobre el uso de las tierras raras, sobre las que tiene un cuasi monopolio. Por cierto, los metales raros no son tan raros y son muy específicos, con propiedades particulares que les permiten desempeñar un papel esencial en diversas fabricaciones.
Hay que tener en cuenta que el Gobierno estadounidense tendría que pedir permiso al Partido Comunista Chino para utilizar tierras raras. Un libro interesante, Métaux : le nouvel or noir. Demain la pénurie ? (Metales: el nuevo oro negro. ¿Escasez mañana?), explica que dos tercios de la producción son chinos.
Esta guerra de bravuconerías pone de manifiesto la aberración que existe en un mundo en el que se puede encontrar de todo, cuando la humanidad no tendría ningún problema en gestionar racionalmente los recursos mundiales. Lo que sufre la sociedad son estos obstáculos que se han vuelto totalmente artificiales. Corea, volviendo al tema, es un buen ejemplo, ya que se trata de un solo país, donde todo el mundo habla el mismo idioma, pero dividido en dos por alambradas, en una separación totalmente artificial, que sólo existe por culpa del imperialismo.
La trampa de Tucídides
Objetivamente, estamos de acuerdo con quienes piensan que es probable que se produzca una guerra entre Estados Unidos y China. Hoy en día, los comentaristas no hablan más que de Taiwán. En cierto modo, la existencia de Taiwán es un poco como la de Israel; Taiwán podría ser el punto de partida de la próxima guerra. Pero también podrían serlo las tierras raras. Les Échos dice que es un farol. Quizás, pero las apuestas suben.
Ambas partes lo convierten en una cuestión de poder. Los dirigentes chinos no quieren que el Gobierno estadounidense decida por ellos, y viceversa. El imperialismo impone una relación de fuerza. ¿Hasta dónde pueden llegar los Estados Unidos? Son la potencia dominante y, a menos que acepten sufrir una derrota, no pueden retroceder y ceder ante China. Sería como dimitir, como abandonar la competencia y la relación de fuerzas. Por el momento, Estados Unidos sigue dominando esta relación de fuerzas. China no está lejos, ha progresado mucho y el gran temor de Estados Unidos sería que acabara ocupando una posición en la que Estados Unidos ya no pudiera imponerle lo que quisiera. En realidad, lo que el imperialismo estadounidense nunca ha aceptado realmente es que un Mao esté en posición de mandarlo a la mierda. Es un todo. Y para precisar el proverbio africano citado anteriormente, podríamos referirnos a la trampa de Tucídides, que considera, en relación con la guerra del Peloponeso, en el siglo V a. C.: “Fue el auge de Atenas y el miedo que inspiró a Esparta lo que hizo inevitable la guerra”. Un esquema que se puede aplicar a la situación de Estados Unidos frente a China.
Sobre Oriente Medio
El ataque del 7 de octubre de 2023
En lo que respecta a Oriente Medio, una frase ha suscitado un debate especial, la que se refiere a “la guerra desencadenada por Hamás el 7 de octubre de 2023”.
Algunos compañeros han recordado que la guerra entre Israel y los palestinos no se remonta al ataque del 7 de octubre, que es esencialmente el resultado de la política sionista e imperialista y que hablar así parece rechazar toda la responsabilidad sobre Hamás. Por supuesto, esta guerra dura al menos un siglo, incluso antes de la creación de Israel. El texto vuelve además sobre el sionismo y sobre el hecho de que la empresa de exterminio a la que hemos asistido en Gaza es coherente con la lógica del sionismo, al menos su lógica última, ya que desde el principio ha sido la negación del derecho a la existencia de una población palestina allí donde se ha instalado una colonización judía.
Pero lo que comentamos aquí es precisamente la guerra, el enfrentamiento al que hemos asistido durante más de dos años en Gaza. Por supuesto, se trata de un episodio más de un enfrentamiento que se desarrolla con altibajos desde hace un siglo. El conflicto armado se inscribe en este contexto, un contexto que ha visto un reciente aumento de las tensiones. Por lo tanto, tenía que estallar en algún momento de forma abierta y la responsabilidad principal recae en los dirigentes israelíes, que han colocado deliberadamente a la población palestina en un callejón sin salida, y en particular a la población de Gaza, a la que han impuesto durante años un verdadero bloqueo en todos los ámbitos.
En una guerra puede haber episodios, y esta guerra de Gaza, llamémosla así, se desencadenó el 7 de octubre de 2023. Hay personas que decidieron lanzar esta ofensiva, en este caso la dirección política de Hamás, y tenemos derecho a discutir el cálculo que hicieron, situándonos desde el punto de vista de la población palestina y su lucha contra la opresión que sufre, el único punto de vista que nos puede interesar como revolucionarios. Hamás se proclama representante del pueblo palestino que lucha por el reconocimiento de sus derechos. Pues bien, incluso dejando de lado el hecho de que es nacionalista e incluso islamista integrista, lo que evidentemente no es nuestra política, preguntémonos si esta iniciativa ha hecho avanzar ni un ápice la lucha de los palestinos por sus derechos.
Hacer la pregunta es responderla. Los dirigentes de Hamás lanzaron esta ofensiva con el objetivo de volver a poner sobre la mesa la cuestión palestina, que todo el mundo había conseguido ocultar bajo la alfombra. Esto es lo que le valió a Hamás, al menos en los días posteriores al 7 de octubre, un repunte de popularidad entre los palestinos refugiados en el Líbano, por ejemplo, y más en general en los países árabes. Muchos de ellos se sentían vengados, contentos de ver que por fin unos combatientes atacaban a Israel e incluso a los israelíes; un poco como ocurre en una guerra clásica en la que, al menos al principio, la población puede alegrarse de ver que el ejército de su país pasa a la ofensiva. Pero en este caso se equivoca, porque esta guerra no es una guerra para defender sus intereses. Hemos escrito que, aunque así se ha vuelto a poner sobre la mesa la cuestión palestina, se ha hecho de la peor manera posible, desde el punto de vista de la propia población palestina.
En primer lugar, está el método, que consistió en masacrar a cerca de 1.200 israelíes, y no solo eso, sino que entre las víctimas también había trabajadores agrícolas tailandeses. Era la forma más segura de provocar la unidad nacional en Israel en torno a Netanyahu, en un momento en que él se encontraba en dificultades. Podía decir: como ven, estamos rodeados de enemigos que quieren matar a todos los judíos y, por lo tanto, mi política de guerra sin cuartel contra los árabes es la única justa. Si el método de Hamás, esta ofensiva contra civiles que desemboca en la toma de rehenes, es condenable, no lo es sólo moralmente, sino también políticamente. Le daba armas a Netanyahu, enfrentaba a la población israelí contra los palestinos. Demostraba lo poco que les importaba a los dirigentes de Hamás la opinión de la población israelí, pero también, en el fondo, lo poco que les importaban los intereses de la propia población palestina, en este caso la de Gaza.
Y luego, en una guerra, incluso en una guerra entre ejércitos y Estados burgueses, los gobiernos a veces se plantean las consecuencias para sus poblaciones civiles y toman ciertas medidas para protegerlas; o si no pueden protegerlas, entonces también pueden preguntarse si realmente tienen los medios para llevar a cabo esa guerra. Pero en este caso, la respuesta de Israel y la forma en que los dirigentes israelíes iban a hacer pagar a la población civil de Gaza eran perfectamente previsibles y es evidente que esto no se tuvo en cuenta en los cálculos de los dirigentes de Hamás. Lo que les interesaba era recordar que estaban ahí, que había que contar con ellos, hacían sus cálculos como pequeño aparato en el poder en Gaza. Este aparato quería ser reconocido, tener su lugar entre los líderes árabes, que estaban elaborando los famosos acuerdos de Abraham con Israel, e incluso, si era posible, torpedear esos acuerdos mientras no se les diera un lugar en la mesa.
Evidentemente, dada la relación de fuerzas militares entre el ejército de Israel, con sus medios, y el pequeño ejército que constituía Hamás, se trataba de un intento suicida. Pero los dirigentes de Hamás consideraron que llevar a cabo este tipo de ofensiva era su única baza y que debían jugársela. Y en este cálculo, lo que le iba a pasar a la población de Gaza e incluso de Cisjordania, a la que el Gobierno israelí de extrema derecha solo esperaba un pretexto para atacar, era un elemento que no se tenía en cuenta en absoluto.
Evidentemente, en esta política de Hamás no hay nada de proletario, nada que busque defender los intereses del proletariado palestino o israelí. No nos sorprende por parte de una organización tan nacionalista que sólo utiliza a su pueblo para defender los intereses de su propia camarilla dirigente. Dicho esto, puede haber nacionalistas que se preocupen un poco más por su pueblo e incluso que, en determinadas circunstancias, puedan hacer avanzar un poco su lucha. En este caso, tomaron una decisión que condujo directamente a la masacre, prácticamente al suicidio de Gaza y su población. ¿Habrá sido también un suicidio para Hamás como organización? En realidad, no es nada seguro, ya que, de una forma u otra, Hamás, sus dirigentes o parte de ellos seguirán teniendo un papel que desempeñar. Basta con ver cómo Trump, en la aplicación de su supuesto plan de paz, parece comprender perfectamente que hay que saber utilizar a Hamás para controlar Gaza.
De hecho, en los debates que mantenemos al respecto, hay una pregunta subyacente: ¿qué habría que haber hecho entonces? En otras palabras: “Criticáis a Hamás, pero alguien tenía que decidir tomar la iniciativa de la guerra contra la política de Israel, insoportable para la población de Gaza”. Pues bien, nosotros no razonamos así. Como militantes, no creemos que debamos considerarnos líderes que se arrogan el derecho de decidir, en lugar de la población y los trabajadores, lanzarlos a una guerra. Los militantes deben luchar junto a esta población, defender sus ideas en su seno, con los métodos y las tradiciones del movimiento obrero revolucionario, durante el tiempo que sea necesario. Esto es válido en Gaza, en Palestina y en Israel, como en cualquier otro lugar.
Sobre la palabra “genocidio”
También hay que decir algo sobre el uso o no del término genocidio, que da lugar a debates y es como caer en una trampa. En lo que a nosotros respecta, cuando se trata de matanzas masivas de tal magnitud, podríamos utilizar este término o el de masacre casi indistintamente. Cuando se mata a personas en masa, no hay que establecer una escala de valores: en cualquier caso es criminal. Pero en la prensa, y sobre todo en el lenguaje de los organismos internacionales, el término genocidio tiene un significado preciso y jurídico. Existe una definición adoptada en 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el marco de una Convención Internacional para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Francia adoptó una definición ligeramente modificada tres años más tarde, en 1951.
A partir de ahí, la ONU y los juristas internacionales debaten eruditamente, cuando se produce una masacre en algún lugar, si merece o no ser calificada de genocidio, en función de los criterios establecidos en las diferentes definiciones: ¿Ha tenido la masacre realmente una gran magnitud? ¿Se cometió en función de la pertenencia a una nación, a una etnia, con la intención o no de hacer desaparecer a esa etnia? Pero si una masacre masiva no es un genocidio, ¿qué es? Es, por tanto, una masacre indiscriminada. Por ejemplo, ¿fueron las bombas de Hiroshima un intento de genocidio? Los juristas expertos nos dirán que no, que formaban parte de una guerra. Se les podría responder que sí fue un genocidio, ya que las personas a las que se dirigía eran los japoneses que vivían en esa ciudad, a los que se atacaba por ser japoneses.
De hecho, esta definición jurídica equivale, de forma más o menos explícita, a establecer una gradación en los crímenes masivos de la época imperialista. Da a entender que aplastar a una población por su pertenencia étnica sería condenable, pero que aplastarla con el pretexto de defenderse en el marco de una operación de guerra, en el fondo, no lo sería tanto. Evidentemente, se trata de un terreno peligroso. De hecho, la calificación de una masacre como genocidio, en el sentido jurídico y en el sentido del famoso “derecho internacional”, por parte de cualquier institución o tribunal, no tiene realmente ninguna consecuencia, salvo quizá la de permitir condenar a un subordinado o considerar que el Estado que la ha cometido debe indemnizar a sus víctimas, si así lo desea, como hizo en parte Alemania con los judíos después de la guerra.
En cualquier caso, este debate entraña una trampa en la que no queremos caer. Los bandos enfrentados nos acechan, los proisraelíes para decir: no es un genocidio, es una guerra defensiva, y los propalestinos para decir: “Si no decís que es un genocidio, entonces estáis del lado de Israel”. Para nosotros es más sencillo: una masacre es una masacre y la denunciamos tal y como se desarrolla, y no en función de una especie de jerarquía moral.
Por lo tanto, en lo que respecta a lo que está sucediendo en Gaza, utilizamos indistintamente los términos masacre, guerra de exterminio o genocidio, sin preocuparnos por la jerarquía que otros comentaristas establecen entre estos términos. De hecho, lo que ha cambiado es que la prensa ha empezado a hablar a menudo de genocidio en relación con lo que está ocurriendo en Gaza y no hay por qué parecer reticente o excusar de alguna manera a Israel por no utilizar el término. Pero, en el fondo, para calificar de criminal la política imperialista hacia los palestinos, no necesitamos ese tipo de distinción.
En cualquier caso, hay algo que es cierto, y es que a veces nos faltan palabras para calificar la barbarie a la que estamos asistiendo, ¡y todas las denuncias que podamos hacer seguirán quedando por debajo de la realidad!
Sobre la situación en Francia
Nuestras discusiones han sido variadas. Aquí se ha hablado de LFI, allí del RN, allí de las municipales. También se ha debatido mucho sobre la preparación de Francia para la guerra. Algunos compañeros han lamentado que en este texto no se mencione nada sobre la marcha hacia la guerra, sobre todo tras la reciente declaración del general Mandon sobre el necesario sacrificio de nuestros hijos y el anuncio del restablecimiento del servicio militar.
Sobre la marcha hacia la guerra
No hay ningún desarrollo particular porque las causas profundas de la marcha hacia la guerra, así como su ritmo, están ligadas a la marcha del capitalismo globalizado, a su fase suprema, como decía Lenin, el imperialismo, con sus contradicciones y sus crisis, lo que se desarrolla a lo largo del primer texto... La agitación de Macron para que Francia o la Unión Europea tengan presencia en este juego imperialista es la de un actor secundario: no insignificante, pero tampoco decisivo.
Por ahora, en Francia, la marcha hacia la guerra se traduce esencialmente en propaganda. Estamos bajo el fuego cruzado de una intensa propaganda antirrusa y antichina alimentada por los medios de comunicación y por las posturas marciales de Macron o de un jefe del Estado Mayor para, según sus propias palabras, “que Francia se rearme moralmente”. Ya en 2020, antes del inicio de la guerra en Ucrania, el antiguo jefe del Estado Mayor Burkhard advertía: “Los conflictos duros entre Estados siguen siendo posibles, incluso probables. El Ejército de Tierra debe estar más preparado que nunca para generar poderío militar de forma inmediata con el fin de hacer frente a un peligro inesperado, sabiendo encajar los golpes con resiliencia”. Añadía: “La sociedad francesa se ha alejado de la tragedia y de la historia. No prepara a estos jóvenes para las exorbitantes responsabilidades que tendrán a los 25 años, la edad de los primeros compromisos operativos, de las primeras muertes. ¡Debemos hacerlos madurar lo más rápido posible!”. Entonces pasó más desapercibido que la declaración del general Mandon, pero iba en la misma línea.
Manipulan las mentes, escenifican el peligro ruso, intentan tocar la fibra patriótica, evocan la defensa de la patria... Trabajan, por retomar una expresión de Rosa Luxemburgo, en la “fabricación de la guerra” en la opinión pública. ¿Funciona? Sin duda, funciona en parte. En cualquier caso, como podemos comprobar en nuestras discusiones, el Gobierno, el Estado Mayor y los medios de comunicación han logrado instaurar la idea de la guerra, la idea de que hay que temer a Rusia y que hay que ser capaz de defenderse, y eso es preocupante. En cuanto al retorno del servicio militar, no está nada mal visto, al igual que el aumento del presupuesto del ejército.
Esta propaganda refuerza el sentimiento de unidad nacional, en contraposición a la necesaria conciencia de clase. Un sentimiento ya ampliamente difundido por las ideas proteccionistas y soberanistas defendidas por todos los partidos y sindicatos como el único medio para poner fin a los despidos y los cierres de empresas. Esta propaganda, junto con el ambiente bélico que la acompaña, también alimenta el sentimiento de impotencia de los trabajadores ante una situación que empeora en todos los aspectos. ¿Cómo imaginar que se puede impedir una nueva guerra mundial cuando ni siquiera se puede luchar por el salario? Es algo que escuchamos con frecuencia en las conversaciones.
¿Y qué pueden sentir hoy aquellos que se han solidarizado con los palestinos, si no es una inmensa sensación de derrota? El mensaje que las grandes potencias han enviado desde Gaza es: “¡Quedaos en vuestro sitio! ¡Y mirad lo que les hacemos a los que no se someten!”.
Así que sí, todo esto pesa, pero se trata más de un ruido de fondo que de una preocupación cotidiana. Porque el camino hacia la guerra se recorre a pequeños pasos. La guerra no es inminente. Y eso forma parte de los problemas del Gobierno. Debe mantener una cierta tensión, aunque sabe que Rusia no va a atacar mañana. Utiliza la amenaza rusa y la guerra en Ucrania para preparar las mentes. Una vez más, los kits de supervivencia, los planes de las agencias regionales de salud y los hospitales para acoger a los heridos, siguen siendo sobre todo una operación de propaganda.
Economía de guerra: la prudencia de los empresarios
La preparación material y militar para la guerra sigue siendo muy gradual. Fíjense en el nuevo servicio militar: por ahora, lo han concebido como voluntario. Para 2026, solo afectará a una pequeña minoría de jóvenes: 3.000. Su objetivo es llegar a 50.000 en 2030, una cifra limitada cuando 750.000 jóvenes cumplen 18 años. Macron habló de la necesidad de transformar la economía en una “economía de guerra” el 13 de junio de 2022, durante una feria de defensa. Una vez más, se trataba más de propaganda que de realidad.
El sector de la defensa está en auge, los beneficios de la industria armamentística y sus cotizaciones bursátiles se han disparado, pero la economía no se ha transformado en absoluto en una economía de guerra. No tiene nada que ver con lo que está sucediendo en Rusia, ni siquiera en Ucrania. El Estado aún no se ha dotado realmente de los medios necesarios, aunque el Gobierno haya aumentado el presupuesto militar. Y la burguesía no va a empezar a invertir masivamente si no tiene garantizados los pedidos y los beneficios que puede esperar. Compañeros nuestros que trabajan en Dassault han señalado que, contrariamente a lo que anuncia la prensa, es decir, que se triplicará la producción del Rafale, la empresa no consigue mantener ese ritmo porque la cadena de producción, con sus múltiples subcontratistas, no da abasto.
También podemos tomar el ejemplo de Fundición de Bretaña, empresa que fabricaba piezas de fundición para automóviles. Fue adquirida por Europlasma, que anunció su intención de reorientar su actividad hacia la producción de proyectiles. Europlasma prometía 250.000 proyectiles para 2025, ¡el doble en 2026! Hoy, seis meses después de la compra, no ha salido ningún proyectil de la fábrica, no se ha hecho nada para adaptar las herramientas de producción y los trabajadores temen el cierre de la planta. El mismo sinvergüenza se hizo con las Forjas de Tarbes, en el suroeste, y la fábrica Valdunes, en el norte, donde la actividad también debía reorientarse hacia el armamento. Los empleados denuncian la misma falta de inversión y actividad.
No hay requisas, ni control del Estado, tampoco planificación, y sigue la competencia, incluso entre actores tan importantes como Thales y Naval Group, entre Thales Group y Airbus Defence and Space... En este ámbito, como en otros, el gobierno burgués deja total libertad a los accionistas y a las negociaciones capitalistas, y es incapaz de anticipar y planificar realmente. En 1914, cuando la guerra era previsible desde hacía siete u ocho años, se había anticipado la movilización general y se había aumentado el servicio militar a tres años; pero solo después del inicio de la guerra los capitalistas, tanto en Francia como en Alemania, se pusieron en marcha. Y lo hicieron bajo la presión del Estado, protegiendo, por supuesto, sus beneficios.
Hubo que esperar hasta septiembre de 1914 para que Millerand —el primer socialista que entró en 1899 en un gobierno burgués junto a Galliffet, uno de los asesinos de la Comuna, y que por lo tanto se había convertido en ministro de Guerra en 1914— convocara a altos mandos y grandes empresarios de la industria para que pusieran en marcha programas de producción, encontraran proveedores, etc. Como dijo un historiador: “Reinaba la improvisación, con sus incoherencias; se necesitaron entre dos y tres trimestres para que la maquinaria bélica alcanzara realmente su pleno rendimiento”. Así pues, el Gobierno y el Estado se preparaban para la guerra, pero estaban lejos de ser una cohorte disciplinada que aplicaba un plan preestablecido. Estamos en una sociedad capitalista dominada por la burguesía y las leyes del mercado, y nada está organizado de forma racional, ni siquiera la preparación para la guerra. Y hoy, sin duda, los negocios siguen como de costumbre, ¡es “business as usual”, como se suele decir!
¡Y la política es “as usual”! La marcha hacia la guerra no es en absoluto un tema de la crisis política. Ni siquiera forma parte del debate. Se oyen voces discordantes. El partido Agrupación Nacional (RN) y Francia Insumisa (LFI), al igual que el Partido Comunista Francés (PCF), se dan un aire pacifista al denunciar las declaraciones marciales de unos y otros, a quienes acusan de echar leña al fuego en lugar de recurrir a la diplomacia. Pero no es un verdadero motivo de discordia porque, en el fondo, todos están de acuerdo en aumentar la capacidad militar. Todos hablan de la necesidad de librar guerras cuando son justas. Es decir: si nos atacan, ¡habrá que defenderse!
Pero, una vez más, no es en absoluto la cuestión de la guerra lo que quieren destacar. Lo que ocupa a los partidos hoy en día son sus payasadas en la Asamblea Nacional, la supuesta nacionalización de ArcelorMittal, el compromiso del Partido Socialista con los macronistas, sus posibles alianzas para las municipales, la carrera hacia las presidenciales. Y en lo que respecta a la campaña de las municipales, por supuesto los políticos burgueses no la van a hacer explicando que hay que prepararse para que nuestros hijos se pongan el uniforme y vayan a la guerra en los próximos años, sino que hablan sobre el comedor escolar gratuito, la subvención escolar de inicio de curso o del transporte público...
Nuestra política frente a la guerra
Por nuestra parte, no debemos minimizar la campaña en torno a la marcha hacia la guerra. Más allá de la propaganda, hay una realidad: el estancamiento y la senilidad del sistema capitalista, la rivalidad exacerbada por disputarse los mercados, la decisión de Trump de agravar el proteccionismo, todo ello empuja a la guerra en un momento u otro. Y entonces todo se precipitará. Hay que prepararse para ello.
Debemos apoyarnos en los diversos y múltiples sentimientos que suscita esta preparación, no para restar importancia a la marcha hacia la guerra, sino para convencer de que será una guerra imperialista. Una guerra no para defender “nuestros valores”, “nuestras libertades”, sino por los intereses de los capitalistas franceses (ya que estamos en Francia). Y recordar que “el enemigo principal está en nuestro propio país”. No debemos hacerlo en un sentido pacifista. Denunciamos la restauración del servicio militar porque es un paso más en la preparación para la guerra. Porque el servicio militar siempre ha sido el medio para reclutar a los jóvenes y convertirlos en carne de cañón para la burguesía. No es que rechacemos el uso de las armas y la violencia. Ninguna revolución puede vencer sin el armamento de los trabajadores y el enfrentamiento armado para romper el Estado burgués.
Y no es el hecho de arriesgar la vida lo que hay que denunciar. Que los jóvenes estén dispuestos a comprometerse con una causa más grande que ellos es algo bueno. Pero, ¿por qué causa y detrás de qué líderes? ¿Para perpetuar el orden capitalista y los privilegios de los imperialistas? En el pasado, cuando el servicio militar era obligatorio, nuestros compañeros no intentaban especialmente eludirlo. Muchos podrían haberlo evitado, ya que los estudiantes tenían los medios para aplazar su servicio y sustituirlo por un servicio civil u otro. Pero la organización les aconsejaba más bien que fueran, sobre todo para relacionarse con los proletarios y, de paso, para aprender a manejar las armas.
“De paso”, digo, porque todos los compañeros que hicieron el servicio militar explican que la primera lección del ejército no es aprender a usar las armas, sino aprender la obediencia ciega y los prejuicios patrióticos bajo las órdenes de los mandos. Y otro compañero señaló que los jóvenes traficantes saben muy bien manejar el kaláshnikov sin haber pasado por el servicio militar. La decisión de hacer el servicio militar era coherente con la idea de que los revolucionarios no deben huir de la guerra, no deben huir de la movilización más o menos general que se producirá, sino estar al lado de su clase, tanto en la fábrica como en el ejército.
En cuanto a los jóvenes que se declaran en contra del servicio militar o de la guerra diciendo “conmigo no contarán” o “si hay guerra, me voy al extranjero”, hay que hablar con ellos. Hay que decirles que la solución no puede estar en gestos individuales, si es que son posibles, y que no escaparán más que los demás.
Salvo un levantamiento revolucionario, nada detendrá la apisonadora cuando el Gobierno, el Estado Mayor y los medios de comunicación la pongan en marcha. Así lo demuestran la Primera y la Segunda Guerra Mundial, cuando la conciencia de clase no tenía nada que ver con la actual, cuando existía, en vísperas de 1914, una verdadera corriente antimilitarista impulsada por el movimiento socialista que, hasta la víspera de la guerra, decía que no haría la guerra. Lo vemos, por ejemplo, en Les Damnés de la terre, la novela autobiográfica de Henri Poulaille. Hoy en día, partimos de un punto aún más lejano. Y la diferencia en cuanto a preparación entre la burguesía y nuestro bando no deja de aumentar. Así que sí, hay que reflexionar sobre todo esto. Hay que intentar anticiparse para prepararse moral y políticamente. Cuando la guerra sea inminente, todo esto se acelerará y cambiará por completo. Las condiciones de trabajo, de vida y las libertades públicas cambiarán brutalmente para todo el mundo.
La economía de guerra, la verdadera, es también la militarización de los trabajadores. Por ahora, son los que trabajan para la industria armamentística o los del sector del automóvil, que saben que su fábrica puede reconvertirse en armamentística, los que reflexionan sobre su responsabilidad en una próxima guerra. Pero en un contexto de guerra, todos los trabajadores son reclutados y se convierten en eslabones del aparato bélico, desde los trabajadores temporales que fabrican proyectiles hasta los conductores de tren o los profesores que servirán como agentes de propaganda y reclutamiento para el ejército.
Las condiciones en las que tendremos que miltar tampoco tendrán nada que ver. Hoy en día, todavía se puede responder y oponerse al discurso de Mandon con un tuit que cita la letra de La Internacional: “Si estos caníbales se obstinan en convertirnos en héroes, pronto sabrán que nuestras balas son para nuestros propios generales”3. Se puede hacer sin ser perseguido por alta traición. En caso de guerra, esa tranquilidad será cosa del pasado. ¿Cómo se mantendrá la organización, cómo podremos mantener los vínculos militantes, resistiremos contra la ola patriótica? También hay que prepararse para eso. Por ahora, hay que seguir la línea trazada por Trotsky:
“El revolucionario se abre camino con su clase. Si el proletariado es débil, atrasado, el revolucionario se limita a realizar un trabajo discreto, paciente, prolongado y poco brillante, creando círculos, haciendo propaganda, preparando cuadros; con el apoyo de los primeros cuadros que ha creado, consigue agitar a las masas, legal o clandestinamente, según las circunstancias.
Siempre distingue entre su clase y la clase enemiga y solo tiene una política, la que corresponde a las fuerzas de su clase y las refuerza.
El revolucionario proletario, ya sea francés, ruso o chino, considera a los obreros chinos como su ejército, para hoy o para mañana”.
Esta cita está tomada del texto escrito por Trotsky en junio de 1931 en respuesta a la novela Les Conquérants (Los conquistadores) de André Malraux, titulado “De la revolución estrangulada y sus estranguladores”, que se encuentra en La revolución permanente. Trotsky desarrolla en él todo un razonamiento sobre la política criminal de la Internacional Comunista y de Borodine en China; igualmente esa cita, incluso tomada de forma aislada, tiene mucho valor.
1 Ernest Mandel, dirigente y teórico trotskista belga; Alain Krivine, dirigente trotskista francés de la LCR y luego el NPA.
2 Barta, militante trotskista de origen rumano que fundó en Francia durante la Segunda Guerra Mundial la corriente de Lutte ouvriere.
3 Esta parte antimilitarista de la canción no se ha traducido al español en las versiones usadas durante la Guerra Civil, ni tampoco en las que cantan hoy el PCE y el PSOE. No por casualidad…
Conclusiones
¿Qué podemos esperar para el próximo periodo? Esa es la pregunta que planteamos en nuestros textos del congreso sobre relaciones internacionales. Lo hacemos en este texto y no en el que trata sobre la situación francesa, porque es absolutamente evidente que ni la UE ni Macron deciden nada. La respuesta que nos viene a la mente es, evidentemente, que todo depende de la evolución de la crisis económica, en particular de la aparición de una grave crisis financiera, con las reacciones sociales que podrían modificar las condiciones de nuestras actividades militantes. Y están las guerras en sí mismas.
Un estado permanente de crisis y de guerra
Por ahora, la parte imperialista occidental de Europa sólo conoce de la guerra las imágenes y el aliento. El año que está terminando ha demostrado la rapidez con la que el fuego de la guerra ha podido pasar de Ucrania a Oriente Medio, sin olvidar las múltiples chispas bélicas del Cáucaso a Sudán. La desestabilización de varios Estados africanos, en particular del antiguo feudo del colonialismo francés, anuncia otras guerras. Tanto más cuanto que no solo no se ha estabilizado la situación en la antigua “Franciáfrica”, sino que se ha agravado la rivalidad entre las potencias imperialistas, poniendo en tela de juicio el equilibrio colonial elaborado en la conferencia de Berlín en febrero de 1885.
Cabe señalar que los innumerables vínculos establecidos entre las economías de los diferentes países, que podrían y deberían dar a la humanidad una formidable ventaja para controlar su vida económica y su organización social, contribuyen, por el contrario, a agravar el caos. Como resumió Trotsky al comienzo de una guerra que se estaba convirtiendo en la Segunda Guerra Mundial, “la propia burguesía no encuentra una salida”. Lo que parece evidente a la luz de los últimos dos o tres años es que la sociedad se ha instalado en un estado permanente en el que la crisis y la guerra se combinan para dar la imagen de un barco ebrio que ya nadie controla. Ni siquiera, y sobre todo, aquellos que dirigen la sociedad...
¡Oh, el barco sigue avanzando! Hablar de crisis parece incluso una expresión demasiado fuerte, ¡no para los desempleados y todos aquellos que están amenazados de quedarse sin trabajo! ¡Desde luego, no para la mayoría de las clases populares! Desde luego, no para toda esa fracción del planeta —una gran parte, si no la mayoría— para la que la alimentación diaria es un problema. Pero, al mismo tiempo, contrariamente a lo que cuenta la leyenda de la crisis de 1929, los grandes burgueses no se tiran por las ventanas de sus rascacielos y los dividendos distribuidos alcanzan máximos históricos.
Entonces, ¿la crisis? ¿Qué crisis?
La guerra, una oportunidad para los capitalistas
La guerra en sí y el peligro de guerra constituyen nuevos mercados. El presidente de los Estados Unidos, especulador inmobiliario de profesión, puede ver en las ruinas de Gaza futuras playas salpicadas de clubes Med (empresa de lugares de vacaciones)... Hay que tener el cinismo inconmensurable de sinvergüenzas de este tipo para atreverse a decir cosas así. ¡Póngase en el lugar de la población de Gaza! Este tipo de sinvergüenzas en el poder, por cierto, es una razón para militar.
Los semejantes del presidente estadounidense, más interesados directamente en Ucrania que en Oriente Medio, ya han incluido en sus cálculos hacer pagar a los rusos, entre otras cosas, la reconstrucción de la ópera de Mariúpol.
Si se pone en el lugar de un traficante de armas, sí, la guerra es un negocio. Y, por cierto, ni siquiera pueden seguir el ritmo del mercado, lo cual es característico de la situación. Se puede vender, pero no hay suficientes productos. “Austeridad, el festín de los accionistas”, así se titula Le Monde diplomatique del mes de septiembre. ¡No se puede hablar de forma más realista! Entonces, ¿de qué podría quejarse la burguesía? Hablamos de la gran burguesía, la verdadera, la que explota a decenas, a cientos de miles de trabajadores en cada uno de sus grupos, la que, al cerrar grandes empresas o incluso simplemente al reducir la plantilla, puede arruinar la existencia de toda una ciudad, de toda una región. Es decir, la burguesía imperialista.
Ella domina igualmente el destino de los pueblos, está en condiciones de tomar decisiones que transforman en campos de ruinas regiones donde viven miles de mujeres, hombres y niños. De ella, un cierto camarada de la antigua generación decía que “las burguesías pueden cerrar una empresa como se cierra una tabaquera”. Ciertamente, parafraseando a Engels, ya no hay tabqueras, pero sigue habiendo empresas que los burgueses cierran.
Por lo tanto, no vamos a intentar aquí hacer predicciones sobre las guerras que se avecinan. Decenas de estados mayores trabajan en ello, por no hablar de todos los generales o almirantes retirados a los que las cadenas de televisión recurren para que den su opinión profesional sobre el conflicto generalizado que se avecina, del que no saben gran cosa, pero sobre todo para acostumbrar a la población a la guerra, a aceptar presupuestos —aprobados o no en sede parlamentaria— y a financiarlos. Su mensaje es claro: “Prepárense para ello y tengan tantos hijos como puedan, porque en el futuro les tocará”.
Digamos simplemente que, por el momento, nadie puede decir cuáles serán los principales protagonistas, en caso de que los diferentes enfrentamientos militares locales y regionales conduzcan a una guerra generalizada que desemboque en un conflicto general, es decir, en la tercera guerra mundial. Lo único que se puede decir es que la guerra ya ha comenzado en Rusia, en Ucrania y, desde hace mucho más tiempo, en Oriente Medio. Ya domina la vida social incluso allí donde no caen las bombas, al menos por ahora. Así que sí, la guerra ya ha comenzado y, en el futuro, cientos de historiadores se preguntarán cuándo comenzó realmente y cuáles fueron las razones oficiales... Como siempre, la respuesta la dará el bando vencedor, ¡con toda objetividad, por supuesto! Los vencidos serán los pueblos que pagarán el precio y que ya lo están pagando, desde Odessa hasta Kiev, desde Palestina hasta Teherán...
Mientras tanto, la guerra ya permite a los estados mayores probar armas o familiarizarse con nuevas prácticas de combate. Los drones, omnipresentes en los campos de batalla, han entrado en masa en los arsenales. ¡Qué gran experiencia la del ejército israelí, que registra los túneles con drones! Cabe señalar, entre paréntesis, que el Estado de Israel no ha ganado esta guerra, ya que está dando lugar a generaciones que se dicen a sí mismas que hay que vengarse. Sea como fuere, parece ser que los drones ya son ampliamente utilizados por el ejército estadounidense contra las bandas en Haití.
Un caos rentable
Volvamos a la pregunta: ¿qué crisis? Henry Kravis, cofundador y copresidente ejecutivo de KKR, uno de los tres mayores fondos de inversión de private equity (es decir, inversión de capital en pymes y microempresas que generalmente no cotizan en bolsa), afirmaba en una entrevista con Les Échos: “Estos periodos de caos siempre han sido el mejor momento para invertir”. Entonces, ¿dónde está la crisis para Henry Kravis? Este añade: “A pesar de la inestabilidad política y económica, Francia sigue siendo un terreno fértil para el capital privado”.
Un artículo del periódico Le Monde del 30 de septiembre de 2025, titulado “El regreso a la gracia del fundador de Blackwater” y subtitulado “De América Latina a África, Erik Prince, cercano a Donald Trump, ha relanzado su negocio de la guerra”, permite observar en primer lugar que la consecuencia de la guerra es la muerte, la ruina para muchos, pero también es un negocio. Es más, desde tiempos inmemoriales, un negocio muy rentable, que se traduce en una realidad de la que tenemos algunas imágenes en la televisión, en forma de cadáveres y heridos. Blackwater es una especie de ejército privado que se ganó sus galones, en particular, durante la guerra librada por Estados Unidos en Afganistán. Le Monde comienza así su artículo: “Erik Prince ha vuelto. En Haití o El Salvador, pasando por Perú, Ecuador y hasta la República Democrática del Congo (RDC), entre la lucha contra el tráfico de drogas, la expulsión de inmigrantes ilegales, guerra contra los grupos armados no estatales y la seguridad de las zonas mineras en África, el fundador y antiguo director general de la empresa de seguridad privada Blackwater multiplica sus apariciones desde la reelección, a finales de 2024, de su mejor aliado en la Casa Blanca, Donald Trump, del que es un ferviente partidario.” El artículo es interesante por la realidad que describe. El mencionado Erik Prince es un exmilitar del comando de élite de la marina estadounidense, heredero —según destaca Le Monde— de una rica familia establecida a orillas del lago Michigan, y que pretende dirigir “el ejército privado más poderoso del mundo”.
¿Y qué le motiva a relanzar su negocio de la guerra? Evidentemente, no le interesa intervenir en Haití o El Salvador, países de una pobreza inconmensurable. Pero, en cambio, al otro lado del Atlántico, está la República Democrática del Congo, con sus extraordinarias riquezas mineras, un verdadero escándalo geológico, según un geógrafo, con multitud de grandes empresas occidentales que buscan platino, diamantes, cobalto, cobre, con Katanga, “la caja fuerte minera del país”. Sí, pero ¿cómo garantizar la seguridad de la explotación en un país cuyo Estado se está desintegrando? En países como la RDC, la pobreza provoca corrupción e ineficacia del aparato estatal y de sus cuerpos represivos: todo el mundo puede ser comprado por todo el mundo. La demanda de seguridad de la burguesía, y aquí también nos referimos a la burguesía blanca e imperialista, no puede ser garantizada por el Estado. Blackwater responde a esta demanda: ha sentido la necesidad de una “policía minera” encargada de recaudar los impuestos de las empresas mineras.
Esa es la necesidad (la demanda), y Blackwater se propone garantizar la oferta. En el fondo, Blackwater es igual que el sanguinario jefe de banda y expolicía Barbecue en Haití, pero a mayor escala y más ambicioso. ¡Así es el imperialismo senil, que reinventa el mercenariado de la Edad Media!
Al señalar la afluencia a la RDC de una multitud heterogénea, compuesta por todos aquellos que se sienten atraídos por la perspectiva de hacer fortuna o, en cualquier caso, de encontrar trabajo, el reportaje de Le Monde añade: “Nada indica que estos sudamericanos estén allí en el marco del contrato de Erik Prince. Una parte del este no controlada por el M23, y Kisangai, se ha convertido en una torre de Babel con contratistas eslavos, sudamericanos, turcos, europeos del este, israelíes... Por no hablar de las fuerzas armadas congoleñas. No se sabe quién hace qué cosas.” En este artículo se insinúa una evolución que va más allá del caso de Blackwater, y que presagia una evolución más general.
Aparatos estatales en descomposición
Los revolucionarios comunistas no somos, desde luego, defensores de los aparatos estatales de la burguesía, ni en Francia, ni en Estados Unidos, ni en la RDC. Militan por su destrucción por y en beneficio de la clase obrera, del proletariado, que lo produce todo y, sin embargo, no controla nada.
Pero la incapacidad de las potencias imperialistas para sustituir los antiguos poderes coloniales por regímenes no corruptos no sustituye al ejército, la policía, un aparato represivo eficaz para controlar a las masas. Ahora bien, el mantenimiento de un aparato represivo es costoso. El recurso al sector privado se inscribe en este contexto. Los propios Estados burgueses se construyeron a lo largo de los siglos, y su instauración supuso un avance considerable para la humanidad. Al representar los intereses de la burguesía frente al orden feudal, encarnaban el progreso.
Haití, con sus bandas, sus policías jefes de banda al estilo Barbecue, con su población entregada a la depredación de unos y otros, es más anunciador del futuro que la burguesía de los países imperialistas supuestamente más civilizados. Por otra parte, en el fondo, ¿hay tantas diferencias entre ambos? ¿Entre la democracia burguesa más grande y rica y las demás? Basta con pensar en ese 6 de enero de 2021, la víspera de la toma de posesión de Biden, y en la multitud variopinta pero reaccionaria que asaltó el Capitolio.
Alguien escribió que Francia se encontraba en el mismo nivel en vísperas de la Revolución Francesa que en el siglo XIII. Muchos fenómenos, desde epidemias como la Gran Peste o las guerras de los Treinta o los Cien Años, explican que el nivel de producción y desarrollo, incluso después de siglos, no hubiera evolucionado tanto. A pesar de ello, la larga construcción de un aparato estatal en Francia, entre Felipe el Hermoso y la revolución de 1789, supuso un avance histórico. Hoy en día, este aparato estatal al servicio directo de la gran burguesía representa al mismo tiempo, de forma más o menos directa, a todas las clases privilegiadas, incluidas las más anacrónicas. En Camerún, por ejemplo, donde se envió al ejército francés para restablecer el orden, fueron los reyes y los jefes tribales quienes recuperaron el poder, como ocurrió en casi todas las colonias (véase el artículo de Le Monde sobre el Camerún de Paul Biya).
La decadencia de los Estados burgueses, la multiplicación, especialmente en los países pobres, de Estados corruptos hasta la médula, incapaces de garantizar eficazmente una forma de protección de la burguesía, son un retroceso, uno de los aspectos del retroceso de la humanidad hacia la barbarie.
El proletariado, garante del futuro de la humanidad
Hubo un tiempo en que, para conocer la evolución futura de la sociedad, había que mirar hacia los países imperialistas más avanzados. Hoy en día, es la decadencia de la sociedad, la podredumbre generalizada, lo que indica con mayor fidelidad cómo será la sociedad, tal y como nos la impone y nos la impondrá cada vez más la burguesía decadente.
Entonces, ¿y nosotros en todo esto? Es una burda banalidad afirmar que no tenemos influencia sobre ese futuro y que lo combatimos. Pero, al mismo tiempo, confiamos en el proletariado. Confiamos en su capacidad para retomar la iniciativa y retomar o, más exactamente, tomar las riendas de la sociedad por la sencilla y buena razón de que es el único en esta sociedad que tiene la capacidad y la fuerza para hacerlo. Y nuestra confianza en el proletariado se basa, en última instancia, en nuestra confianza en la humanidad.
La historia de la humanidad nunca ha sido un largo río tranquilo. La sociedad humana no se caracteriza por un avance glorioso. Trotsky expresó en numerosas ocasiones la idea de que “la crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria”. Esta “crisis de la dirección revolucionaria” no se superó durante la vida de Trotsky. No se ha superado desde entonces. Las repetidas traiciones de la dirección del proletariado, seguidas de su descomposición, han podrido las organizaciones del propio movimiento obrero. El movimiento organizado se ha derrumbado, pero el proletariado sigue ahí, al igual que su papel insustituible en la sociedad. Y es en el proletario en quien confiamos, y no en las diferentes versiones de sus organizaciones. Además, los plazos históricos no se miden a escala de una vida humana.
Pero, en el párrafo en el que Trotsky insiste más en esta crisis de dirección, lo hace alzándose contra “las estupideces de todo tipo según las cuales las condiciones históricas aún no están maduras, que no son más que el producto de la ignorancia o de engaños conscientes”, para insistir: “las premisas objetivas de la revolución proletaria no solo están maduras, sino que incluso han comenzado a pudrirse”.
Esto es y sigue siendo una profesión de fe en favor del futuro socialista. ¡Oh, no el socialismo de Stalin o de la pandilla de sus imitadores! Sino el que defiende el derrocamiento del poder de la burguesía por parte del proletariado.
Entonces, la historia se interpuso. Sufrió retrocesos catastróficos. La única revolución victoriosa durante un tiempo se convirtió en una infamia, incluso antes de ser barrida del escenario de la Historia. No queda nada o casi nada de sus logros.
La revolución proletaria tuvo lugar. Las ideas y los razonamientos de Marx se hicieron realidad. Y eso es algo que ni siquiera el estalinismo puede revertir. El proletariado demostró que era un candidato para dirigir el poder, para dirigir la sociedad. Esto va más allá de la defensa de un ideal o de una posición humanista: el proletariado ha presentado, históricamente, su candidatura al poder y ha demostrado que era capaz de hacerse con él durante el tiempo suficiente para demostrar su legitimidad para el futuro. De ese pasado solo quedan ideas, posiciones políticas, y es a partir de ahí que hay que volver a intentar. Este primer intento no tuvo continuidad. Pero, ¿cuántas revueltas se intentaron sin éxito durante las diferentes fases de la sociedad de clases? ¿Cuántos intentos hizo la propia burguesía antes de llegar al poder? Y todo ello para llegar al mundo tal y como es bajo los Trump o los Macron y, detrás de ellos, bajo innumerables representantes de la clase capitalista.
Por lo tanto, no tenemos revelaciones particulares para este futuro hecho de guerras y destrucción, salvo que, como repetimos desde hace años, la sociedad capitalista no puede ser el futuro de la humanidad. El periodo que se avecina será más difícil y la guerra nos alcanzará sin duda, porque el proletariado no está en absoluto en condiciones de defenderse. Recordemos que ni siquiera un proletariado mucho más organizado y fuerte políticamente pudo impedir la Primera Guerra Mundial. Así que el periodo será lo que sea, pero nosotros debemos seguir siendo lo que somos: comunistas revolucionarios, es decir, personas convencidas de que el proletariado, que ya tomó el poder anteriormente, tiene el futuro en sus manos.
Un programa que hay que preservar a toda costa
Nuestras perspectivas, nuestro programa, deberán sobrevivir en el sentido más material del término. Pero “sobrevivir” se refiere a nuestras ideas, a nuestro programa y, más allá de eso, a nuestra voluntad de crear una sociedad que sea verdaderamente humana.
Sobrevivir con nuestra convicción fundamental de que la sociedad capitalista no puede representar el futuro de la humanidad es continuar una lucha que la mayoría oprimida y explotada de la población siempre ha librado y seguirá librando hasta que esa lucha pierda su razón de ser.
Un autor científico dijo, en esencia, que los dinosaurios fueron durante 160 millones de años los representantes más evolucionados de la vida. Y durante ese largo reinado en el planeta, los dinosaurios nunca hicieron lo que la humanidad, cuya historia es mucho más corta, ha logrado y se propone hacer, como lanzarse al espacio e ir a Marte. Por supuesto, somos solidarios con los seres vivos en general, pero aun así establecemos una jerarquía: los dinosaurios han desaparecido, y la humanidad, con su capacidad de avanzar, razonar y progresar, todavía no. Tiene el futuro por delante... ¡pero aún hay que llegar hasta él!
¿Qué entendemos hoy por trotskismo? Para resumirlo en pocas frases, es ante todo la comprensión que Trotsky tenía de la política bolchevique tras la revolución de octubre de 1917. Insistamos en este punto: no hablamos de lo que Trotsky defendió al principio de su vida, cuando estaba equivocado, sino, evidentemente, de toda la aportación del bolchevismo, incluidas cuestiones como la burocratización y el fascismo, que son en gran medida aportaciones personales de Trotsky. Nuestro trotskismo es también nuestra solidaridad con las posiciones de Trotsky, expulsado de la URSS en vida, como la crítica a los frentes populares. Pero Trotsky fue asesinado en 1940, y la vida política y la vida en general no se detuvieron con su muerte.
Nuestros análisis tras la muerte de Trotsky
En relación con una serie de acontecimientos importantes, como por ejemplo la revolución china tras la Segunda Guerra Mundial, Trotsky nos proporcionó claves políticas para comprender esta revolución que condujo al régimen maoísta, que él no llegó a conocer en vida. Tampoco conoció personalmente las democracias populares, impuestas a los países de Europa del Este tras la Segunda Guerra Mundial, es decir, regímenes pseudocomunistas, impuestos por un ejército conquistador, sin la participación de la población, e incluso en su contra.
Trotsky no pudo escribir sobre ello ni guiar nuestra comprensión. Tampoco conoció el titismo ni, posteriormente, Vietnam o Cuba. Algunos de estos acontecimientos tuvieron una importancia y un alcance mundiales, en mayor o menor medida. Por ejemplo, entre el titismo y el maoísmo, el alcance no era el mismo. Excepto para los militantes de la IVª Internacional, que partieron a construir el socialismo en Yugoslavia, que entonces les parecía menos fea que la URSS. Como suele ocurrir, lo que la revolución proletaria no les dio, lo fueron a inventar a otra parte.
Pero había que comprender e interpretar todo eso y había que hacerlo con nuestras propias mentes y sin que Trotsky nos llevara de la mano. Lo hicimos y sentimos la necesidad de poner por escrito nuestros razonamientos: sobre la naturaleza de las democracias populares, sobre China, etc., porque comprender lo que realmente ocurrió en revoluciones como la de Cuba o la de China es importante para comprender lo que queremos construir.
Así que escribimos sobre estos análisis incluso antes de integrarlos completamente en nuestro programa, en los años 1970-1971. Mantuvimos nuestros análisis sobre la naturaleza del Estado soviético, incluso después de la Segunda Guerra Mundial, librada y ganada conjuntamente por el imperialismo estadounidense y la Unión Soviética, a pesar de Yalta y la división del mundo en dos bandos. Estos escritos forman parte de nuestro programa, hay que difundirlos y utilizarlos.
No hicimos nuestras las posiciones capitalistas de Estado, ni siquiera en sus variantes de posguerra. Y en lo que respecta a nuestra corriente, sin haber comprendido realmente y por completo la naturaleza de las democracias populares desde el principio, nuestros antepasados exigieron la retirada del ejército soviético de esas democracias populares.
Incluso antes de que los Estados constituidos bajo el patrocinio de la burocracia soviética se convirtieran en el escudo contra el que luchaban los trabajadores de la Stalinallee en Berlín en 1953, de Polonia y de la revolución húngara en 1956, nuestros compañeros de la época adoptaron una postura coherente con la que defenderían durante la revuelta de “los de la Stalinallee”. Por cierto, contrariamente a la idea de que la posguerra no conoció un período revolucionario, hasta mediados de los años cincuenta, Europa del Este vivió un período de agitación revolucionaria. Desde los obreros de Berlín hasta los obreros húngaros, fueron tres años de revolución proletaria.
Nuestras posiciones eran coherentes y, en cierta medida, también lo eran las de otras organizaciones trotskistas, ¡pero su coherencia las llevó a apoyar a los estalinistas! La coherencia de nuestras posiciones era nuestra sencilla idea de que sólo una revolución proletaria liderada por la clase obrera, más o menos controlada por ella, merece ser considerada una revolución proletaria. Y no tal o cual de sus medidas y consecuencias, como el grado de nacionalización, estatización o la naturaleza de sus decisiones económicas, como la planificación.
El conjunto de estos textos constituye nuestro programa. Por ejemplo, bajo el título “El caso de los países subdesarrollados en ruptura política con el imperialismo”, discutíamos la posibilidad de que los movimientos nacionalistas lograran tomar el poder para romper con el imperialismo, pero no para derribarlo, ya que ese no era su objetivo. Pero este análisis podría haberse interpretado como una ruptura con el trotskismo, con la idea expresada en La revolución permanente de que, en la era imperialista, solo una revolución proletaria podría llevar a cabo las tareas de la burguesía nacional y liberarla del dominio imperialista? También era necesario analizar y comprender estas situaciones y las contradicciones que podían acarrear.
Por lo tanto, transmitir y defender nuestras posiciones, incluso y sobre todo en nuestro programa, es nuestra forma de seguir defendiendo el marxismo. Si la guerra se acerca, debemos protegernos. Es cierto que para hacer la revolución hay que empezar por sobrevivir. Pero no a cualquier precio ni de cualquier manera: para sobrevivir, debemos conservar nuestro programa y nuestras ideas.
Intervenciones de los grupos invitados
A continuación publicamos amplios extractos de las intervenciones de organizaciones hermanas de Lutte ouvrière, agrupadas en la Unión Comunista Internacionalista (UCI). Nuestros lectores pueden encontrar sus respectivos órganos de prensa en Internet (véase la web de la UCI https://www.union-communiste.org/fr).
Combat ouvrier (Martinica y Guadalupe)
Amenazas de guerra
La región del Caribe se ve ahora afectada por la política de cañoneras del imperialismo estadounidense con el pretexto de la guerra contra el narcotráfico. Los aviones y barcos de guerra hunden pequeñas embarcaciones que supuestamente transportan droga. Y sin pruebas.
Trump aprovecha para amenazar a regímenes como el de Maduro en Venezuela, que no se someten lo suficiente al imperialismo estadounidense. Estos ataques ya han causado la muerte de 80 personas.
La guerra está apareciendo por todas partes y, para los pueblos del Caribe, ya no es un acontecimiento lejano.
Por ahora, estos acontecimientos no son objeto de debate entre la población, salvo en los círculos politizados. Pero si mañana se produjera una nueva guerra mundial, se movilizaría a una generación de jóvenes de Guadalupe, Martinica, Trinidad y Tobago, Barbados o San Vicente para defender los intereses de sus respectivas potencias coloniales, Francia o Gran Bretaña, Holanda o España o, tal vez incluso, los del propio imperialismo estadounidense.
Por lo tanto, los comentarios sobre la actualidad son más frecuentes en lo que respecta a la crisis política actual en Francia.
Desde los territorios ultramarinos, esta crisis política ofrece un espectáculo aún más ridículo que en el propio país. A los ojos de las poblaciones alejadas de los centros de decisión, los acontecimientos políticos refuerzan el escepticismo y el desinterés por la política. De hecho, en general y desde siempre, la tasa de abstención en las elecciones lo demuestra claramente. En las últimas elecciones legislativas anticipadas, se registró una abstención superior al 69% en Martinica y al 65% en Guadalupe. Nunca hemos tenido tantos ministros de Ultramar: 10 en 8 años. Cada uno de ellos ha estado en el cargo una media de unos meses, algunos unas semanas e incluso unos días.
Coste de la vida
En las Antillas, los trabajadores han empezado a sentir los efectos de la política de ahorro a expensas de la población, que el Estado quiere aplicar para reducir su deuda. Ya soportan las mismas restricciones que los trabajadores de Francia continental, con el agravante habitual. Porque en Martinica y Guadalupe, los salarios son, de media, mucho más bajos y hay el doble de desempleo y precariedad que en Francia continental.
Desde octubre de 2025, la prima por carestía de la vida de los trabajadores del sector público, lo que se conoce generalmente como el 40%, se suprime para estos trabajadores en caso de baja por enfermedad. Cabe preguntarse si esta medida no supone el inicio de su supresión por etapas. Recordemos que la prima por el alto coste de la vida se consiguió tras una dura lucha y una larga huelga de los funcionarios de ultramar en 1953. Hasta entonces, esta prima solo se concedía a los funcionarios procedentes de Francia continental. Se trataba de una verdadera discriminación colonial.
El agua contaminada y el sargazo perjudican la salud
El servicio público de agua sigue estando en un estado lamentable, sobre todo en Guadalupe. Esto se constata cada año. Pero en lugar de mejorar poco a poco, la situación empeora. Municipios o barrios que hasta ahora se habían librado ya sufren cortes inesperados. En otros lugares, la población se ve privada de agua corriente durante varios días. Los anuncios públicos para advertir a la población de que no beba agua, ni siquiera para lavarse los dientes, se repiten con regularidad. Y cuando llega el anuncio, la no potabilidad del agua, contaminada por la clordecona y otras impurezas, ya lleva varios días precediendo al anuncio. Las plantas depuradoras están en mal estado, al igual que las tuberías. Cada vez hay más playas contaminadas. A falta de una movilización muy fuerte, no se verán los dos mil millones necesarios para la renovación general de la red de abastecimiento de agua de la población. Y se sigue improvisando año tras año.
Gran parte del litoral está contaminado por el sargazo: se trata de algas marrones que crecen en la superficie del mar Atlántico y llegan a las costas. Al secarse en la orilla, estas algas desprenden un olor muy fuerte debido al sulfuro de hidrógeno y al arsénico. Los gases desprendidos atacan los pulmones, favorecen el asma y provocan afecciones cutáneas. Poco a poco, destruyen los electrodomésticos de los ribereños. Casi todas las islas del Caribe se ven afectadas por este fenómeno.
Hasta la fecha hay pocas soluciones. Existen los “sargators”, barcos capaces de recoger las algas antes de que lleguen a la costa. Son muy caros. Se necesitarían varios en cada isla. Pero ni el Estado ni las asambleas locales quieren asumir estos gastos por el momento.
Otro hecho destacable es el aumento de la delincuencia, organizada o no. Rara vez pasa una semana sin que se produzcan ajustes de cuentas entre jóvenes en ambas islas. Estos jóvenes van fuertemente armados y se matan entre ellos.
Miseria material y moral... y sus consecuencias
En Martinica se registraron 33 homicidios con armas de fuego en el año 2025. En Guadalupe, el 1 de noviembre se superó la cifra de 47 homicidios. Estos delitos con armas de fuego o armas blancas están relacionados con atracos o robos de motos, disputas intrafamiliares y, a menudo, tráfico de drogas. Tienen causas diversas, pero un origen común: la miseria, tanto material como moral, la precariedad y el desempleo.
El descenso demográfico y el envejecimiento se acentúan. Este último es más pronunciado en las Antillas que en la metrópoli. Casi el 40% de la población de Martinica tendrá pronto 60 años o más. Los mayores de 60 años serán más numerosos que los menores de 20. En Guadalupe, en 2023, los mayores de 60 años ya representaban el 30% de la población, frente al 21% en 2013. Dentro de 20 años, Martinica será el departamento más viejo de Francia. Además, las dos islas pierden juntas unos 5.000 habitantes al año. Los jóvenes abandonan las islas para estudiar y buscar trabajo. Se marchan principalmente a Francia, pero también a otros lugares del mundo, a menudo a Canadá.
Huelgas victoriosas
En esta situación general bastante sombría, hay trabajadores que levantan la cabeza y luchan.
Es cierto que en las empresas no ha habido huelgas ofensivas. Pero una serie de huelgas ha marcado regularmente la vida social.
En Correos, la larga huelga de los empleados de Guadalupe en septiembre estuvo relacionada con el deterioro de las condiciones de trabajo. Los carteros denunciaron en particular la grave falta de personal, que los agota. Protestaron contra un proyecto de reestructuración que aumentaría la carga de trabajo sin personal adicional. Esta huelga fue un éxito. Los carteros consiguieron:
la creación inmediata de un centenar de puestos de trabajo con contrato indefinido para la gran mayoría de los agentes; el cese de las contrataciones temporales; el mantenimiento de las oficinas de correos en pleno funcionamiento; la interrupción de las reorganizaciones durante 6 meses; la formación de los trabajadores postales para desarrollar sus competencias;
el fin de las presiones por parte de la dirección.
En Martinica, en enero, los trabajadores postales iniciaron una huelga indefinida, y tras cuatro días la dirección cedió en muchas de sus reivindicaciones, que se referían especialmente a las condiciones de trabajo, higiene y seguridad, así como a los puestos vacantes que no se cubrieron durante las últimas reorganizaciones. Entre el 23 de septiembre y el 2 de octubre tuvo lugar una segunda huelga de los trabajadores postales de Martinica.
La dirección de Correos quería pasar de 22 a 12 repartos semanales, con la amenaza de perder puestos de trabajo. Gracias a la huelga, los trabajadores pudieron mantener 16 repartos. También consiguieron mantener un reparto diario, en lugar de uno cada dos días, como quería la dirección.
Huelgas dirigidas por los propios trabajadores
En el sector privado, en Martinica, se produjeron varias huelgas largas: en el transporte, con las lanchas Blue Lines o Transaglo, así como en la Oficina Nacional de Bosques. Los huelguistas lograron pequeñas victorias en cuestiones de seguridad, pero también en aumentos salariales o en la paga extra de diciembre, como en Transaglo.
La última huelga notable en el sector privado fue la de los trabajadores de la SAUR, empresa de servicios de agua, en Martinica. Estuvo dirigida por un comité de huelga. Los huelguistas reclamaban el pago de una prima prometida por la dirección. Fue un éxito y cabe destacar que los huelguistas recibieron el apoyo de la población, a pesar de los cortes de agua provocados por la huelga.
En Guadalupe, la reciente huelga de los trabajadores de la empresa Rest'Antilles contra las malas condiciones laborales también fue dirigida por un comité de huelga. Los trabajadores ganaron en todos los frentes, incluido el pago íntegro de los días de huelga.
Contra el alto coste de la vida, ¿qué hay del RPPRAC?
El movimiento contra la carestía de la vida que comenzó el año pasado en Martinica no ha suscitado tantas manifestaciones este año. Los líderes del movimiento crearon la Agrupación para la Protección de los Pueblos y los Recursos Afrocaribeños (RPPRAC en francés). Decidieron constituirse en partido, bajo el nombre “Pour le peuple” (Por el pueblo). Además de la mejora del poder adquisitivo, su principal reivindicación consiste en reclamar una mayor autonomía legislativa para Martinica. La consecuencia probable es la presentación de candidatos de este nuevo partido a las elecciones municipales de 2026, en particular en Fort-de-France.
El movimiento y las manifestaciones contra el alto coste de la vida no han conseguido realmente que la vida sea más barata. Se presentño un proyecto de ley en la Asamblea Nacional, pero realmente vacío. Sin embargo, este movimiento ha permitido dar a conocer el escándalo del alto coste de la vida en las Antillas. También ha obligado al Grupo Bernard Hayot —que lleva el nombre del beke1 más rico del Caribe— a admitir que, en 2023, a pesar de obtener unos beneficios de 227 millones de euros, había recibido 55 millones de euros en ayudas públicas.
La cuestión de la autonomía
En el plano político, la cuestión de la autonomía vuelve a ocupar un lugar destacado, como el año pasado, tanto en Martinica como en Guadalupe. Son los representantes electos de las asambleas locales y el Gobierno quienes relanzan la cuestión del estatus político de las dos islas.
Los trabajadores y la población están muy lejos de estas preocupaciones de los representantes electos. Existe entre ellos una desconfianza cada vez mayor hacia los notables. La sucesión de escándalos en el ámbito político y las condenas que afectan a los representantes electos y se suceden año tras año contribuyen a esta desconfianza.
En ausencia de un partido obrero revolucionario, serán los mismos notables y políticos locales los que se encargarán de los asuntos locales en caso de autonomía. Por mucho que intenten esconderse detrás de “los intereses de Martinica” o “los intereses de Guadalupe”, no se han convertido en defensores de los trabajadores y de la población pobre. Siguen siendo miembros del personal político de la burguesía.
Por lo tanto, nuestro papel es señalar a estos falsos amigos de la población y denunciarlos como tales. Debemos posicionarnos regularmente frente a la propaganda de los regionalistas y nacionalistas de todos los bandos que contamina el ambiente actual.
No somos ni antiautonomistas ni antiindependentistas, pero tampoco somos “autonomistas” o “independentistas”; somos comunistas revolucionarios. Y, como tales, estamos, por supuesto, a favor de borrar en la medida de lo posible las secuelas coloniales. Pero, sobre todo, estamos a favor de luchar contra la explotación capitalista y, a largo plazo, por el derrocamiento del capitalismo, que es el padre del colonialismo.
En las próximas elecciones municipales de marzo de 2026, pensamos presentarnos en Guadalupe en cinco municipios: Capesterre-Belle-Eau, Pointe-à-Pitre, Le Gosier, Les Abymes y Deshaies; y en Martinica, en Fort-de-France.
Unión Africana de Trabajadores Comunistas Internacionalistas (UATCI, Costa de Marfil)
Inestabilidad en la frontera norte y avance de los yihadistas
Varios países vecinos de Costa de Marfil se han visto afectados en los últimos años por una ola de golpes de Estado y la llegada al poder de líderes hostiles a la presencia francesa. Malí es uno de ellos, con una población atrapada entre la dictadura militar y los ataques de bandas armadas islamistas, fanáticas y oscurantistas, que quieren imponer la sharia. Desde hace unos tres meses, estas bandas controlan las principales vías de comunicación y bloquean los camiones cisterna que transportan combustible a las grandes ciudades. Las repercusiones de este bloqueo son importantes en varios sectores de la vida económica y social. La población pobre sufre, entre otras cosas, el aumento del coste del transporte y de los alimentos. Ante este caos y el temor a una oleada de violencia, las cancillerías occidentales han pedido a sus ciudadanos que abandonen el país.
A pesar del refuerzo de los mercenarios de Wagner (sustituidos por el Africa Corps), estas bandas armadas parecen estar ampliando su zona de influencia. También están presentes en Burkina Faso, Níger y otros países de África Occidental.
Por el momento, Costa de Marfil se ha librado... pero ¿por cuánto tiempo? Ya lo veremos... aunque las fuerzas armadas estadounidenses y francesas estén presentes en territorio marfileño y velen por los intereses de sus grandes capitalistas.
Al ser un país agrícola, Costa de Marfil siempre ha atraído a las poblaciones vecinas. Entre 5 y 6 millones de malienses y burkineses viven allí. Actualmente, hay una nueva afluencia de personas en situación de emergencia que vienen a refugiarse en los pueblos fronterizos. Naturalmente, son acogidas por los aldeanos, que hacen lo que pueden con sus escasos medios. Se manifiesta una verdadera solidaridad.
Una relativa prosperidad económica en medio de un mar de miseria
Costa de Marfil es también un polo económico regional. Por ejemplo, gran parte de las mercancías destinadas a Malí o Burkina transitan por los puertos de Abiyán y San Pedro. Además, las industrias que abastecen a estos dos países en productos manufacturados se concentran en gran parte en Abiyán.
La economía marfileña ha experimentado un crecimiento anual del 6 al 7% durante los últimos quince años. Su impacto es visible en Abiyán a través de sus construcciones, sus obras de urbanización y también su expansión: los campos de palmeras aceiteras están dando paso a nuevas ciudades residenciales.
El presidente Ouattara se jacta de tener un país joven, de haber reducido la tasa de mortalidad, de haber aumentado la esperanza de vida, y bla, bla, bla. Se trata de desinformación, ya que si el país es joven es sobre todo porque la gente no vive hasta una edad avanzada por varias razones relacionadas con la pobreza y la incapacidad del Estado para atenderla.
El número de trabajadores del sector privado que perciben una pensión de jubilación es de poco más de 100.000. Oficialmente, hay que cumplir 60 años y tener al menos 15 años de servicio para tener derecho a una pensión completa. Hay quienes mueren antes de alcanzar esa edad. En cuanto a los que no se benefician de ella, deben arreglárselas para sobrevivir. Algunos regresan al pueblo.
Los hospitales siguen siendo lugares donde se muere, al tiempo que están fuera del alcance de las poblaciones pobres. Desde hace algunos años existe una cobertura sanitaria universal (CMU), pero no cubre gran cosa. Los enfermos suelen convivir con su dolencia y se curan con remedios indígenas, a base de plantas y, a veces, con amuletos que les ofrecen charlatanes. Muchos trabajadores ancianos sufren graves discapacidades y mueren lentamente. Sin embargo, a menudo bastaría con muy pocos medios para curarlos.
El distrito de Abiyán concentra alrededor de 6 millones de los 32 millones de habitantes que tiene el país. La gran mayoría de la población sobrevive en una economía informal. Los trabajadores de las fábricas son en su gran mayoría jornaleros mal pagados, con ingresos inciertos e irregulares. El sector privado cuenta con alrededor de 3 millones de trabajadores. Se estima que 8 millones de personas viven de pequeños oficios y del pequeño comercio, a los que las autoridades denominan “trabajadores autónomos”.
La situación general de los trabajadores
Desde la devaluación del 50 % del franco CFA en 1994, la situación de la clase obrera se ha ido deteriorando con el paso de los años. Los capitalistas hacen prácticamente lo que quieren. Cuentan con el apoyo incondicional de un poder que aplasta a los más pobres. Se muestran aún más duros y arrogantes debido a la escasa combatividad de los trabajadores. Los dirigentes de los sindicatos más importantes están a las órdenes del poder, por decirlo suavemente. Los trabajadores no disponen de ninguna organización digna de ese nombre para defenderse, ni sindical ni política.
Cuando hay trabajo, muchos trabajadores cumplen dos turnos de ocho horas seguidas debido a los bajos salarios. Incluso con varios años de antigüedad, cobran unos siete euros al día. Este salario mensual equivale hoy en día, digamos, a un saco de arroz de 25 kg, un pequeño alquiler y los gastos de desplazamiento al trabajo. Por ejemplo, en una fábrica de cosméticos con un millar de trabajadores, la gran mayoría de los cuales son jornaleros que trabajan en tres turnos de ocho horas, estos trabajadores no tienen derecho a vestuario y deben llevar ropa de trabajo antes de entrar en la fábrica. Deben presentarse mucho antes de la hora de entrada a la fábrica, sin tener nunca la seguridad de que van a trabajar ese día, incluso si tienen un contrato.
En la construcción
En el sector de la construcción, la situación no es mucho mejor, pero hay trabajo. Actualmente, hay bastantes obras importantes, como la construcción de una ciudad, edificios comerciales, una torre, una línea de metro aéreo, viviendas, carreteras, etc.
Las grandes empresas, incluidas las multinacionales, subcontratan a otras empresas que emplean a varias decenas o varios cientos de trabajadores. A menudo trabajan más de ocho horas sin que se les paguen las horas extras. Rara vez se respeta la escala salarial oficial. Por eso, cuando la obra llega a su fin, al no tener nada que perder, a diferencia de los trabajadores de las fábricas, los del sector de la construcción expresan su enfado y se ponen en contacto con el sindicato para que les ayude a organizar sus luchas y reclamar lo que el patrón no les ha pagado. Por lo general, acaban consiguiendo parte de lo que les corresponde. En la mayoría de los casos, los que lideran estas luchas son despedidos rápidamente, pero como la obra está casi terminada, ya es hora de buscar una nueva.
La cuestión de la vivienda
La cuestión de la vivienda de los trabajadores es un problema enorme. Los que no tienen recursos —que son muchos— se ven obligados a arreglárselas como pueden construyendo refugios improvisados en lugares insalubres. Las autoridades siguen desalojándolos regularmente con excavadoras y policías armados.
A veces se producen reacciones de protesta y también violentas peleas contra estas operaciones denominadas “desalojos” (expulsiones). Los pequeños vendedores ambulantes en los mercados o en las calles también son perseguidos.
Toda esta miseria, esta brutalidad y estas humillaciones cotidianas estallarán tarde o temprano a mayor escala, como se ha visto recientemente en Bangladesh, Nepal, Marruecos o Madagascar. Pero sabemos de antemano que, sin la existencia de una organización proletaria revolucionaria bien implantada en la clase obrera y con una política justa, los estallidos se desviarán inevitablemente hacia callejones sin salida.
Las elecciones presidenciales de 2025
En este contexto se celebraron las elecciones presidenciales el pasado 25 de octubre. Ouattara lleva 15 años en el poder y se presentó a su propia sucesión para un cuarto mandato. Se movilizaron alrededor de 44.000 agentes armados. Al caer la noche, camiones llenos de agentes armados recorrieron los barrios populares y se llevaron casi sistemáticamente a los jóvenes que deambulaban por las calles, a menos que la víctima tuviera dinero para pagar y escapar de la detención. Así, incluso en los barrios considerados bastiones de la oposición, a partir de las 20:00 horas los bares ya estaban desiertos.
Ouattara temía sobre todo las candidaturas de los dos principales opositores: el expresidente Laurent Gbagbo y el presidente del PDCI, Tidjane Thiam. Pero sus candidaturas fueron prohibidas desde el principio. A principios de agosto se autorizó una marcha de protesta unitaria en Yopougon. Fue un éxito, ya que varios miles de personas salieron a las calles. Muchos manifestantes entonaban cánticos xenófobos contra Ouattara, del tipo “¡Pequeño Mossi, vete a tu casa!”. Los mossi viven principalmente en Burkina Faso.
Los que proferían estos comentarios abiertamente xenófobos se grababan y difundían sus vídeos en las redes sociales. A raíz de ello, las autoridades anunciaron que todos ellos serían buscados por la policía y perseguidos judicialmente. Posteriormente, Gbagbo se pronunció y pidió a sus seguidores que no hicieran comentarios xenófobos.
Las autoridades aprovecharon la ocasión para prohibir las manifestaciones. A pesar de ello, hubo dos o tres fuera de Abiyán, que fueron reprimidas.
El miedo se instala
La propagación de comentarios xenófobos ha provocado un sentimiento de miedo, especialmente en la capital. Habiendo vivido ya este tipo de situación hace unos años, la gente temía un nuevo estallido de violencia. Nadie ha olvidado los abusos, los muertos y los heridos causados por las bandas armadas que desfilaban por las calles.
Muchas personas pensaron en enviar a sus familias al pueblo, otras ya habían empezado a hacerlo. Nos pareció útil publicar un folleto sin firmar, con el único encabezamiento “trabajador”, para denunciar el etnicismo, la xenofobia y todos esos venenos que dividen a los trabajadores y que los políticos alimentan y mantienen en su carrera hacia el poder.
Ouattara autorizó a cuatro candidatos minoritarios a presentarse contra él. Estos sirvieron sobre todo como garantía democrática para esta farsa electoral. En muchas ciudades, muy poca gente acudió a votar. En Yamoussoukro, un feudo baoulé2 del PDCI, el día de las elecciones se produjeron enfrentamientos con las fuerzas armadas, bandas encapuchadas aprovecharon la ocasión para saquear y golpear a los extranjeros. Se conoce el caso de un pequeño comerciante guineano, víctima de estos jóvenes delincuentes que le robaron todo el dinero de su tienda de comestibles, pero también le golpearon y le ordenaron que regresara a su país, Guinea.
En un pueblo baoulé cercano a Yamoussoukro, la víspera de las elecciones, las autoridades, acompañadas por las fuerzas armadas, acudieron a instalar las urnas, pero los jóvenes del pueblo se lo impidieron. Tras un pequeño enfrentamiento, las fuerzas armadas huyeron. Al día siguiente, día de las elecciones, las autoridades anunciaron que las urnas previstas para ese pueblo habían sido trasladadas al pueblo vecino, pero allí la población las quemó.
No obstante, se puede decir que, en general, las elecciones se desarrollaron con relativa calma en todo el país. Ouattara puede haber obtenido el máximo de votos en las ciudades del norte del país, donde se encuentra su grupo étnico.
Los candidatos minoritarios siguieron el juego. Para algunos, era una forma de darse a conocer y, posiblemente, de conseguir un puesto lucrativo con Ouattara. Para otros, al menos para Jean-Louis Billon, un hombre de negocios rico y ambicioso, era una oportunidad para posicionarse... para 2030, pero para entonces habrá llovido mucho.
Hasta la fecha, el balance oficial de estas elecciones es de unos treinta muertos y 1.560 detenidos. Dentro de veinte días (el 27 de diciembre) se celebrarán las elecciones legislativas y el Gobierno sigue amordazando a la oposición.
The Spark (Estados Unidos)
Trump, de provocaciones groseras a amenazas
En Estados Unidos, el clima político sigue dominado por Trump y sus provocaciones casi diarias en las redes sociales.
En un ambiente tóxico, Trump busca vengarse de sus “enemigos”: amenaza con demandar a los gobernadores de los estados de Illinois y California por no haber intervenido con la policía para defender a los agentes del ICE (servicio de inmigración) y a los soldados de la Guardia Nacional en su persecución de extranjeros. Intenta condenar a la fiscal general del estado de Nueva York y a un miembro del consejo de la Fed (el banco central) por fraude hipotecario. Para intentar condenar a James Comey, exdirector del FBI, cuando seis fiscales federales se habían negado hasta entonces a procesarlo, recurre a su abogado personal. Recientemente, seis parlamentarios demócratas que han sido militares o miembros de los servicios de inteligencia publicaron un comunicado en el que pedían a los soldados que desobedecieran las órdenes si eran ilegales; Trump respondió con furia: “Hay que callarlos. ¡TRAIDORES Y SEDICIOSOS! ¿TODOS A LA CÁRCEL? ¡COMPORTAMIENTO SEDICIOSO, eso merece la PENA CAPITAL!”. (La puntuación es de Trump). Los demócratas respondieron con más dureza, pidiendo el arresto de Trump por incitación al asesinato. Este es el panorama...
Ataques contra los pobres y regalos a los ultrarricos
Es un espectáculo burlesco... pero no hace gracia a todos aquellos cuya situación se ha deteriorado considerablemente debido a un aumento de los precios de los productos básicos (vivienda, alimentación, atención médica) dos o tres veces superior a la inflación oficial. En el mercado laboral, cada vez hay más trabajos mal remunerados y a tiempo parcial, e incluso trabajando en dos a la vez, no se puede mantener a una familia con hijos. En cuanto a las pensiones de jubilación o invalidez, casi ninguna permite pagar un mes de alquiler.
No es de extrañar que la política de Trump al servicio de los ricos y de sí mismo alimente la ira. La ley que él mismo ha bautizado pomposamente como “One Big Beautiful Bill” (Una gran y hermosa ley) ofrece a los ultra ricos nuevas exenciones fiscales y recorta dos programas de seguro médico que benefician a más del 30% de la población. Trump está utilizando su cargo de presidente para llenarse los bolsillos, lo que no lo diferencia mucho de muchos de sus predecesores, salvo por la magnitud del desvío. ¿Influyen su afán de lucro y su insaciable búsqueda de honores en sus decisiones de política exterior? Según los observadores, es más que probable.
Redadas de migrantes convertidas en espectáculo
Cada noche, la televisión muestra imágenes impactantes de redadas de migrantes en sus hogares o lugares de trabajo. Quizás hayas visto a esos escuadrones de hombres enmascarados con uniformes militares en Los Ángeles, sin insignias ni nada que los identifique, equipados con armas automáticas listas para disparar o con porras para agrupar a sus víctimas; y a esos hombres armados bajando de un helicóptero militar en Chicago, entrando en un edificio por el tejado, sacando a la gente de sus camas y obligándola a esperar en la calle: hombres, mujeres, niños, ancianas en pijama, esposados, alineados, para ser conducidos en autobús a quién sabe dónde. O la redada organizada en una fábrica de Hyundai en Georgia, donde cientos de técnicos surcoreanos fueron hacinados en una prisión.
Muchas de las personas encarceladas acabaron en centros de detención al otro lado del país, lo que les impedía ponerse en contacto con sus familiares o sus abogados. Algunas fueron deportadas en avión a Sudán o Nicaragua, países cuyos líderes, según anunció Trump con orgullo, ponían a disposición de Estados Unidos plazas en sus prisiones a cambio de unos pocos dólares.
Estas acciones son horribles. Pero, además, están orquestadas como una campaña televisiva destinada a aterrorizar a quienes no son detenidos. Porque todavía quedan muchos migrantes en Estados Unidos: los que trabajan en la agricultura en California u otros estados del oeste, en pequeñas tiendas de Chicago y el Medio Oeste, o en las fábricas de los fabricantes de automóviles asiáticos en el sur. A pesar de todo el revuelo que se ha formado en torno a estas redadas, siguen siendo 14,8 millones, es decir, un poco más que bajo la administración Biden y cuatro millones más que en la época de Obama. Si bien Obama organizó expulsiones a un ritmo más sostenido que Trump, este último convierte las expulsiones en un espectáculo.
Las deportaciones y el refuerzo de los controles fronterizos son sin duda un indicador de las promesas electorales y la política de Trump, pero este camina por la cuerda floja: difunde imágenes de redadas para complacer los deseos de su base de deshacerse de los extranjeros “que quitan el trabajo a los estadounidenses”, pero la economía sólo puede funcionar gracias al trabajo de millones de inmigrantes.
El sadismo de estas redadas y expulsiones, y el hecho de que muchos de los expulsados tengan un permiso de residencia válido, o incluso la ciudadanía estadounidense, tiene como objetivo aterrorizar a todo el mundo, y en particular a aquellos que están en regla. Se trata de auténtico terrorismo: el objetivo es que la gente se “expulse” a sí misma y que los que se quedan estén quietos. La burguesía estadounidense no intenta frenar a Trump, le deja hacer porque, hasta ahora, este método le ha funcionado bastante bien.
Hay algo más que decir sobre el envío de agentes del ICE a las ciudades por parte de Trump. En teoría, el ejército no está autorizado a actuar dentro de las fronteras nacionales, aunque ya lo hizo, por ejemplo, cuando reprimió una marcha de veteranos sin hogar en 1932 y cuando, durante los disturbios urbanos de 1967, la 82a División Aerotransportada patrulló las calles de Detroit. La propia Guardia Nacional no debe entrar en zonas civiles, a menos que se lo solicite el gobernador de un estado o el alcalde de una ciudad. Al enviar a los agentes del ICE a las ciudades y afirmar que están inundadas de delincuentes, Trump ha inventado una excusa falsa para enviar al ejército cuando él o uno de sus sucesores lo decidan. En una reunión con todos los generales de Estados Unidos, propuso que las ciudades que él considera “feudos del crimen” sirvan como campo de entrenamiento para el ejército.
Con algunas variaciones, Trump ha atacado sucesivamente a diferentes grupos: funcionarios federales, profesores de la enseñanza pública, profesores universitarios, abogados, periodistas, trabajadores sanitarios... Aunque el objetivo cambia, el método sigue siendo el mismo: amenazas estruendosas seguidas de algunas acciones espectaculares destinadas a dar credibilidad a las amenazas.
Oposición popular a las redadas
Hasta ahora, ha habido poca resistencia significativa contra el estilo o la política de Trump. Pero aún así ha habido algunos obstáculos. En Los Ángeles y en el área metropolitana de Chicago, en particular, las redadas de migrantes en los barrios y en sus lugares de trabajo no han sido tan fáciles. En cada una de las ciudades señaladas por Trump, se ha detenido a cientos de personas, pero a varias decenas no se les ha podido detener, por ejemplo, en los suburbios de Boston o Chicago, donde los vecinos y familiares han complicado la tarea del ICE.
En algunas ciudades pequeñas, donde la llegada de migrantes ha sido sinónimo de crecimiento demográfico y económico, se ha impedido a los agentes del ICE acercarse a ellos, incluso en estados republicanos como Texas y Montana.
También hubo protestas en las zonas rurales, duramente afectadas por las rápidas fluctuaciones de los aranceles aplicados por Trump, que se reflejaron en los precios y aumentaron las existencias de soja e incluso de carne de vacuno, que ya no encontraban compradores.
Los demócratas intentan canalizar el descontento
En octubre, los demócratas intentaron sacar partido de este descontento organizando una jornada de manifestaciones en ciudades de todos los tamaños, incluso en pueblos. El objetivo era claramente crear una ola de apoyo a los demócratas de cara a las elecciones de mitad de mandato que se celebrarán el año que viene. Pero estas manifestaciones se centraban en el comportamiento de Trump y en su supuesto intento de erigirse en dictador.
Aunque el aparato del Partido Demócrata organizó estas manifestaciones en todo el país, y aunque fue él quien eligió su reivindicación muy limitada —“No Kings” (“¡No a los reyes!”)—, no había pancartas ni carteles con los colores del partido. Es cierto que había miembros conocidos del Partido Demócrata en las manifestaciones, pero no estaban presentes como organizadores. Afirmaban estar allí simplemente como “ciudadanos de a pie”. En realidad, se trataba de una forma de movilizar a los votantes, en un momento en el que el apoyo popular a los demócratas era aún más débil que la caída en popularidad de Trump.
El resentimiento popular hacia Trump se reflejó en las elecciones de noviembre, aunque a escala limitada, ya que fueron esencialmente locales. Los demócratas obtuvieron victorias a nivel estatal (Nueva Jersey y Virginia), así como en un referéndum en California. Se trata de estados tradicionalmente demócratas, pero la magnitud de sus victorias fue notable. Por último, hubo un resultado que llamó la atención de todos y entusiasmó a gran parte de la izquierda: los candidatos que se presentaron bajo el nombre de Socialistas Demócratas de América (DSA) ganaron las elecciones municipales en Nueva York y Seattle. Puede que se haya añadido la palabra «socialista» a su nombre, pero se presentaron como demócratas y alinearon su política con la de otros alcaldes demócratas. Estamos muy lejos del regreso a la época de Eugene Debs. Pero el resultado bastó para desencadenar en Trump una cascada de invectivas contra el peligro comunista, hasta que, a la semana siguiente, Zohran Mamdani acudió a la Casa Blanca y cortejó a Trump. Al final, Trump y Mamdani se describieron como «”dos tipos que crecieron en Queens y se entienden bien”. Trump declaró efusivamente que ahora se sentía seguro en Nueva York, con Mamdani como alcalde.
La base de Trump se resquebraja
Por último, la base electoral de Trump muestra signos de fractura.
El detonante para los partidarios del movimiento MAGA (Make America Great Again, “Hagamos grande de nuevo a Estados Unidos”) fueron las grandes maniobras de Trump para impedir la divulgación de los expedientes del caso Epstein, que, según afirmaba el propio Trump hace unos años, contenían los nombres de miembros de la “élite”, de “ricos” que habían cometido abusos sexuales a menores. Para muchos partidarios del movimiento MAGA, era una línea roja que no se debía cruzar. También surgieron otros problemas. Quizás el más importante fue la negativa de Trump a renovar la ampliación de Medicaid y las subvenciones para el seguro médico. Como señaló Marjorie Taylor Greene, diputada de Georgia y antigua defensora acérrima de Trump en el Congreso, incluso su familia se quejaba de la próxima pérdida de su seguro médico. De hecho, los recortes en la cobertura médica penalizan más a los habitantes de los estados republicanos que a los de los estados demócratas. Además, la tradición aislacionista, muy arraigada en las zonas rurales, parece haber revivido con las acciones belicosas de Trump en el Caribe, cuando había hecho campaña prometiendo poner fin a las guerras en curso y no iniciar otras nuevas. Finalmente, la votación para divulgar todos los expedientes de Epstein fue casi unánime. Pero esta decisión se tomó por unanimidad únicamente porque los republicanos sabían que Trump había perdido la votación. Esto no protegió a Marjorie Taylor Greene, portavoz putativa de los descontentos con tal o cual política de Trump: cuatro días después de la votación, dimitió del Congreso, tras ser víctima de una campaña masiva de amenazas y agresiones.
Un autoritarismo creciente
Esta es, pues, la situación en la que nos encontramos. En algunos aspectos, no es muy diferente del último año de la presidencia de Biden, salvo por el carácter extremo de las amenazas esgrimidas por Trump. No hay nada nuevo en Trump, salvo que va más allá, incluso cuando se trata de decorar la Casa Blanca. Trump, aunque megalómano, no es un dictador, sino simplemente un presidente más en la línea de todos aquellos que han tratado de concentrar el máximo poder en sus manos.
Lo que estamos presenciando hoy en día no es, sin duda, fascismo, un término que se utiliza a menudo de forma errónea, ni es comparable a la represión del periodo McCarthy, en el que se encarceló a personas, que perdieron sus empleos, sus viviendas y sus prestaciones, perdieron a sus amigos y se les retiró la custodia de sus hijos por las causas que defendían. Pero, como mínimo, hay un autoritarismo creciente, que podría adoptar diferentes formas en el futuro y reforzarse muy rápidamente.
Workers' Fight (Gran Bretaña)
Una auténtica broma: la ministra de Finanzas, Rachel Reeves, habría dado marcha atrás en su proyecto de aumentar el impuesto sobre la renta porque eso rompería una promesa electoral hecha el año pasado y, según los ministros laboristas, provocaría una pérdida de confianza de la población en el Gobierno, los políticos y la política en general.
Estas personas creen que pueden gestionar la economía de Gran Bretaña tirando de unos cuantos hilos presupuestarios, como si se tratara de una isla aislada y como si las circunstancias objetivas y la economía mundial no existieran... Uno se pregunta si se trata de arrogancia o de estupidez. Deben saber que casi ningún votante confía en ellos de todos modos. Pero están claramente perturbados por el hecho de que el Partido Laborista y su querido líder (Keir Starmer) vayan a la zaga en las encuestas, muy por detrás del partido populista Reform UK e incluso por detrás de los Verdes en este momento...
Quizás realmente crean que ganaron las elecciones generales del año pasado porque la gente los encontraba formidables, pero en realidad sólo alrededor del 25% de los votantes eligieron al Partido Laborista. Después de 14 años en el poder, fueron los conservadores los que perdieron, en beneficio del Partido Laborista y también de Reform UK, el nuevo partido de Nigel Farage. Recordemos también que la participación fue solo del 59,7%, ¡la más baja desde las elecciones legislativas de 2001! Ningún partido despertó gran entusiasmo. Y hoy en día, la gente está aún más hastiada.
Los laboristas atacan la sanidad
Volviendo a Rachel Reeves y al presupuesto, al igual que Francia y Estados Unidos, el Estado británico está endeudado. Es cierto que un poco menos que Francia, donde la deuda representa el 115% del PIB, y que Estados Unidos, donde ha alcanzado el 125% del PIB. En el Reino Unido, se estima que es del 95,3%. Se supone que Reeves debe intentar reducirla, aunque los servicios públicos, en particular el sistema sanitario (el NHS), se encuentran en una grave crisis y necesitan inversiones urgentes. Para equilibrar sus cuentas, podría haber aumentado el impuesto sobre la renta y/o impuesto impuestos adicionales a los ricos... Pero dado que el gasto público más importante es el destinado a la protección social, este ha sido el objetivo de los recortes presupuestarios. Reeves ha optado por atacar a los trabajadores más pobres. Y también al NHS.
Los servicios administrativos del NHS han sido suprimidos en Inglaterra, lo que ha supuesto la eliminación de unos 9.000 puestos de trabajo, entre ellos los de cuidadores. Otros puestos simplemente se dejan vacantes. Los médicos “residentes” están de nuevo en huelga para conseguir un aumento salarial, pero también porque faltan 20.000 plazas en las formaciones para especializarse. Están atrapados durante años en puestos de trabajo menos remunerados, en los que se utilizan sus competencias como especialistas, pero no se reconocen, y en los que ni siquiera disfrutan de un descanso adecuado entre sus guardias. Por lo tanto, están hartos y agotados. Su salario anual es aproximadamente la mitad del de un maquinista de tren y un 25% inferior al de un trabajador de Ford. El ministro de Sanidad los ha tildado de glotones malvados. Pero la mayor debilidad de su huelga es que sigue siendo sectorial.
La carta antiinmigración
Lo que ha acaparado los titulares es el nuevo intento del Partido Laborista de revertir la tendencia en las encuestas jugando la carta antiinmigración. Las embarcaciones precarias que cruzan el Canal de la Mancha están constantemente en los titulares, y no sin motivo. Este triste espectáculo es una condena para esta sociedad.
Sea como fuere, la ministra del Interior, la laborista Shabana Mahmood, ha decidido adoptar la estrategia de los socialdemócratas daneses. Le da igual que, según muchas encuestas, el coste de la vida y el sistema sanitario sean las principales preocupaciones de la población, muy por delante de la cuestión de la inmigración. Y poco le importa que la clase obrera sepa muy bien que los trabajadores migrantes y los refugiados, cuyo número es relativamente reducido (40.000 al año), no son la causa de la crisis económica, sino un síntoma de la misma.
A decir verdad, la estrategia de retomar este tema tan querido por los populistas y la extrema derecha ni siquiera ha funcionado para la socialdemocracia danesa: no ha aumentado su popularidad en las encuestas ni ha ganado las elecciones... Parece que los votantes daneses no son tontos y que, o bien ya han dado la espalda al Gobierno, o bien prefieren el original a la copia...
Además, como señalan algunos comentaristas, Dinamarca y Gran Bretaña no juegan exactamente en la misma división en términos de atractivo para los migrantes. Estos prefieren Gran Bretaña porque hablan inglés debido a los vínculos heredados del colonialismo y porque sus amigos y familiares ya se encuentran allí.
No obstante, Mahmood ha revelado un proyecto destinado a imponer a los solicitantes de asilo un plazo exasperante de 20 años antes de poder solicitar la ciudadanía, y a convertir su “derecho de residencia” en temporal, revisable cada 30 semanas. También ha declarado que los trabajadores migrantes que actualmente tienen un visado de trabajo tendrán que esperar otros 15 años si desean solicitar la naturalización...
Por ahora se trata solo de propuestas, que deben ser aprobadas por la Cámara de los Comunes y la Cámara de los Lores para convertirse en ley. El apoyo de los cinco diputados de Reform UK y de 120 diputados conservadores, que ya han expresado su aprobación, podría no ser suficiente, dado que muchos diputados laboristas, liberal-demócratas y verdes se oponen. El futuro lo dirá.
Nacionalismo en todos los frentes
Volviendo al visible aumento del apoyo a los populistas y a la extrema derecha, muchos señalan a la clase obrera blanca del norte del país y a los antiguos votantes laboristas del “cinturón rojo”, en realidad un “cinturón oxidado”3 .
En Workers' Fight no estamos del todo de acuerdo con este diagnóstico, ya que el análisis de los votos en las últimas elecciones ha demostrado que los votos a favor de Reform UK procedían principalmente de votantes conservadores. Lo que los conservadores perdieron, Farage lo ganó. Por lo que podemos juzgar, los trabajadores blancos desmoralizados siguen estando principalmente en el bando de los abstencionistas.
Dicho esto, no cabe duda de que existe una corriente reaccionaria subyacente en la sociedad británica. Lo vimos en los años setenta y ochenta, y de nuevo en el período previo al Brexit. Se trata de un movimiento reaccionario en el sentido estricto de la palabra. Se manifiesta en forma de un nacionalismo retrógrado que ha cobrado fuerza gracias a los políticos tradicionales que compiten entre sí con políticas que llevan a toda la población a un callejón sin salida.
Así, la campaña para izar banderas por todas partes —la Union Jack del Reino Unido y la cruz de San Jorge de Inglaterra— ha sido apoyada explícitamente por la mayoría de los responsables políticos, incluidos el Partido Laborista y la BBC, que afirman que esta campaña no es racista. Según ellos, solo se trata del buen patriotismo de siempre y del amor a la patria. Pero el despliegue de banderas fue en realidad una campaña lanzada por la extrema derecha, por un miembro destacado del grupúsculo Britain First que, a diferencia de Tommy Robinson, se enorgullece de calificarse de fascista.
No sabemos cómo perciben los trabajadores fuera de nuestro reducido círculo a esta extrema derecha. Tommy Robinson fue el principal organizador de la “Marcha por la Unidad del Reino Unido” del 13 de septiembre, que reunió a 150.000 personas en Londres, gracias a la ayuda de Elon Musk.
Aunque Robinson ya ha quemado una bandera nazi, al parecer no tiene ningún problema en relacionarse con Musk y los neonazis. Empezó a enarbolar banderas israelíes cuando formaba parte de la English Defence League, mucho antes del 7 de octubre de 2023, para demostrar que no era antisemita y porque su actividad principal se dirige contra los musulmanes: es virulentamente antiislámico. Y ese es uno de los principales peligros que entraña el actual auge de la extrema derecha.
Además de las manifestaciones de este verano contra los solicitantes de asilo y el intento de asociar la depredación sexual y la delincuencia con la condición de refugiado, han aumentado los ataques contra mezquitas y musulmanes, junto con el reciente recrudecimiento de los ataques contra judíos y sinagogas debido a la guerra de Israel contra Gaza. Sin embargo, también es importante señalar que, si bien la manifestación “Unite the Kingdom” reunió a mucha gente, todas las demás concentraciones que pedían ahogar a los refugiados y quemar los hoteles donde se les acoge fueron realmente pequeñas, con cientos de participantes en lugar de miles...
Por lo que sabemos, estas ideas antiinmigrantes o antimusulmanas no son compartidas por los trabajadores de las empresas en las que distribuimos nuestros boletines. Pero, como he dicho, nos dirigimos a un entorno bastante reducido en Londres y Oxford, y Londres es, al fin y al cabo, una ciudad con una mayoría de inmigrantes.
Bund Revolutionärer Arbeiter (Alemania)
Las consecuencias políticas del agravamiento de la crisis económica
Con el agravamiento de la guerra económica internacional, la clase capitalista ha pasado abiertamente al ataque. El nuevo gobierno, una coalición entre la CDU (centro-derecha) y el SPD (socialdemocracia), es una expresión de ello. Siguiendo el modelo de Trump en Estados Unidos, cuenta con varios directivos de empresas al frente de ministerios clave.
La sola decisión de nombrar a Friedrich Merz como canciller ya es una declaración de guerra a toda la clase obrera. Millonario reaccionario, exdirector general para Alemania del mayor grupo de inversión BlackRock, muestra abiertamente su desprecio hacia los trabajadores.
Desde su nombramiento, ha comenzado a tratar a los trabajadores alemanes de vagos que habrían vivido durante mucho tiempo por encima de sus posibilidades y promete una serie de “reformas” radicales del código laboral y la seguridad social... siguiendo el modelo de las leyes Hartz del canciller Schröder socialdemócrata de hace veinte años.
Autorizar jornadas laborales de 13 horas, retrasar la edad de jubilación, que ya es de 67 años en la actualidad, dejar de pagar las prótesis de rodilla a los jubilados mayores de 75 años... Cada semana se lanza una nueva idea para hacer trabajar aún más a los trabajadores y desviar aún más dinero público hacia las arcas patronales, supuestamente para reactivar la economía alemana.
Solo en los seis primeros meses del nuevo Gobierno, ya se han concedido a los empresarios más de 50.000 millones de euros en recortes fiscales anuales. Por no hablar de las subvenciones, cuyas cuantías superan lo imaginable. La deuda pública, que hasta entonces era proporcionalmente muy inferior a la de otros países europeos, está literalmente disparándose.
Toda la clase política, incluida la oposición, está de acuerdo: para apoyar a los grandes grupos industriales en su guerra económica internacional, hay que eliminar cualquier obstáculo: restricciones presupuestarias, seguridad en el trabajo, normas de construcción, protección del medio ambiente. Un ejemplo: una portavoz de los Verdes —cuya imagen ecológica es su principal carta de presentación— reclamó recientemente que la industria siderúrgica quedara exenta de cualquier restricción en materia de emisiones de CO2. Argumentaba que solo una medida de este tipo salvaría la competitividad de las fundiciones en Alemania y que sería vital, ya que, en caso de guerra, se necesitaría el acero producido en Alemania para garantizar la producción de armas.
La propaganda militarista
La militarización ha dado un salto adelante con el nuevo Gobierno. Este ha vuelto a aumentar el gasto armamentístico, que superará los 100.000 millones en 2026. Y ahora necesita futuros soldados para utilizar todas esas armas y, sobre todo, debe preparar ideológicamente a la población.
Por lo tanto, el Gobierno acaba de decidir reintroducir a partir de enero un servicio militar que puede durar entre 6 y 23 meses. A partir de ahora, todos los chicos de 18 años deberán pasar una entrevista y un examen médico obligatorios. El servicio militar en sí mismo sigue siendo voluntario por el momento. Pero el Gobierno ya ha anunciado que, si no se alcanza el objetivo de 30.000 y luego 40.000 voluntarios al año, pasará a ser obligatorio.
El viernes 5 de diciembre, unos 35.000 estudiantes de secundaria se manifestaron en contra del servicio militar. Sin embargo, la mayoría de la población aprueba estas medidas. Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, la propaganda de que una Alemania indefensa sería la próxima víctima del expansionismo bélico de Putin es omnipresente. Y, lamentablemente, hay que reconocer que esta propaganda, que incluso han retomado los sindicatos, está surtiendo efecto. Por lo tanto, uno de nuestros ejes de debate importantes es tratar de convencer de que el riesgo de guerra no proviene de Putin, sino de nuestra propia clase dirigente.
A pesar de todo, el nuevo Gobierno, que se supone que es el perro de presa de la patronal, ya ha mostrado sus primeras fisuras. Para obtener la mayoría, la CDU de Merz se vio obligada a aliarse con el partido socialdemócrata SPD. Este, para no perder a sus últimos votantes, que proceden esencialmente del ámbito obrero y sindical, se ve obligado a fingir que se opone al menos a los proyectos más antiobreros y reaccionarios de Merz, mientras que una fracción de la derecha impulsa proyectos aún más radicales, aunque ello suponga la ruptura de la coalición.
Si el Gobierno ha sobrevivido estos seis primeros meses, es sobre todo gracias al profundo sentido de la responsabilidad del partido socialdemócrata ante la burguesía.
La destrucción de puestos de trabajo industriales
Mientras el Gobierno sigue discutiendo sobre los ataques que debe lanzar contra el mundo laboral, estos ya están en pleno apogeo en las empresas. En dos años, se han destruido 200.000 puestos de trabajo sólo en la industria.
Entre 2010 y 2018, el número de asalariados aumentó en las empresas. Pero desde entonces se ha producido un brutal retroceso. Tras tres años de recesión, la patronal está decidida a deshacerse radicalmente y lo antes posible de todo lo que pueda obstaculizar el mantenimiento de sus enormes beneficios. Estamos asistiendo a una serie de ataques violentos, con despidos masivos y anuncios de cierres de plantas, uno tras otro.
No se trata de la “desindustrialización de Alemania”, pero sí de una sangría brutal. Y esta vez también afecta a un gran número de trabajadores que aún se creían un poco protegidos: los trabajadores de los grandes grupos automovilísticos, de la construcción mecánica, de la química o incluso de la función pública. Paralelamente, se está llevando a cabo una caza de trabajadores enfermos.
Tomemos el ejemplo de un polo químico en la región del Ruhr, un centro con 10.000 empleados repartidos en más de 70 fábricas. Hasta hace poco, cada año se contrataba a cientos de jóvenes con contratos indefinidos tras su aprendizaje. Para ellos, eso significaba tener un trabajo “para toda la vida”, con un sueldo neto de 3.000 euros. Cuando hablábamos con ellos a la puerta de la fábrica, la reacción solía ser: “No es a nosotros a quienes hay que acudir. Nosotros estamos bien”.
En dos años, la situación ha cambiado por completo. Solo este año, se han cerrado tres fábricas del complejo, lo que ha provocado cientos de despidos. Además, todos los aprendices del complejo también han sido despedidos, 3.500 trabajadores han sido externalizados y otros se enfrentan a importantes recortes salariales. Y lo mismo ocurre en todo el sector químico.
No es casualidad que precisamente en ese momento el Gobierno endurezca enormemente las sanciones contra los desempleados. Si se rechaza una oferta de empleo, la RSA (Renta de Solidaridad Activa) y cualquier ayuda para la vivienda y la calefacción pueden suprimirse por completo durante varios meses. Hay que asegurarse de que los cientos de miles de trabajadores despedidos de los grandes grupos industriales acepten ahora trabajos precarios, con el salario mínimo interprofesional y condiciones laborales degradadas.
Por el momento, la mayoría de los trabajadores se sienten impotentes ante esta ola de cierres y despidos. Sobre todo, porque los sindicatos les refuerzan este sentimiento. Peor aún, les dicen a los trabajadores que el enemigo no es el patrón que despide, sino el Gobierno que impone demasiados impuestos a las empresas.
Por ejemplo, en una fábrica química de Ineos en Renania del Norte-Westfalia, los trabajadores se enteraron en octubre de que la mitad de la fábrica cerrará a finales de diciembre. La única reacción del sindicato fue decir a los trabajadores: “No se preocupen. Los abogados negociarán un buen plan social. Sin embargo, si queremos salvar el resto de la fábrica, tendremos que luchar para que el Gobierno ‘nos’ ayude... contra la competencia china y estadounidense”. En todo el sector químico, ante la incesante serie de anuncios de cierres, los sindicatos no han convocado ni una sola huelga.
En otros sectores, la situación no es mucho mejor. Incluso cuando los trabajadores quieren luchar, como en el sector de la automoción, los sindicatos hacen todo lo posible por apagar la pequeña llama.
Este fue el caso de Volkswagen a principios de año. Y aún más en Ford, en Colonia, donde la dirección había anunciado el despido de 3.000 trabajadores, una cuarta parte de la plantilla de la fábrica. El 94% de los 11.000 trabajadores votaron entonces a favor de una huelga indefinida para luchar contra estos despidos. Pero el sindicato IG Metall solo convocó un paro de 24 horas, antes de firmar un acuerdo en el que aceptaba todos los despidos. Si se quería desmoralizar incluso a los trabajadores que aún no lo estaban, ¡no se podía hacer mejor!
Intentamos discutir con los trabajadores el peligro de dejarse arrastrar por la lógica patronal de la competencia, que los divide empresa por empresa y país por país y les impide luchar contra su verdadero adversario, cuando lo que habría que hacer es unirse para poder defenderse de sus ataques masivos. Intentamos demostrar que esta guerra económica nos está llevando directamente a la guerra.
Auge de la extrema derecha y las ideas reaccionarias
La política de desmoralización y división llevada a cabo por las direcciones sindicales favorece a la extrema derecha.
Ella se está fortaleciendo a gran velocidad. El partido de extrema derecha, que existe desde hace apenas 12 años, se ha convertido en el segundo partido más votado en el oeste y el primero en todas las regiones de la antigua Alemania del Este. Y aunque su discurso se vuelve cada vez más radical, llegando incluso a reivindicar abiertamente la deportación de millones de migrantes, incluso de nacionalidad alemana, sigue ganando votantes, incluso entre la población inmigrante.
Pero esta rápida evolución también sorprende a mucha gente. Sobre todo, porque la política de Merz consiste en intentar competir con la AfD llevando a cabo también una política muy reaccionaria y agresiva hacia los inmigrantes. Apenas 24 horas después de ser nombrado canciller, en una campaña muy mediática, instauró un control fronterizo.
Merz anuncia regularmente el número de expulsiones, como si se tratara de los resultados de un partido de fútbol. Y él y sus ministros lanzan provocaciones calculadas, explicando, por ejemplo, que los inmigrantes de origen árabe, al igual que los musulmanes, estarían impregnados de concepciones prehistóricas del hombre, o que los inmigrantes perjudicarían la imagen de las ciudades alemanas.
Ante estas declaraciones, se ha oído en varias ocasiones a trabajadores inmigrantes decir: “Nosotros, los inmigrantes, deberíamos hacer una huelga de un día. Entonces se darían cuenta de lo mucho que nos necesitan”. Aunque bastante comprensibles, estas declaraciones también reflejan una división entre “ellos” y “nosotros” según el origen, que hasta entonces apenas existía en la clase obrera alemana.
Todo esto pesa sobre el día a día del mundo laboral y también sobre nuestras actividades militantes. En las últimas elecciones, la AfD se llevó la mayoría de los votos en casi todos los barrios obreros en los que estamos presentes habitualmente, y está empezando a hacerse notar en las empresas.
Por otro lado, esta evolución reaccionaria también preocupa especialmente a una parte de la juventud. Entre ellos, algunos han comenzado a plantearse preguntas sobre la sociedad, a veces a través de sus disputas habituales con sus padres, influenciados por las ideas de la extrema derecha.
Por lo tanto, hay personas indignadas ante la preocupante evolución de la sociedad. Intentamos encontrar entre ellas a aquellas que estén dispuestas a analizar realmente los orígenes de esta evolución para intentar convencerlas de la validez de nuestras ideas.
Lutte ouvrière / Arbeidersstrijd (Bélgica)
Mientras que las crisis gubernamentales se multiplican en Francia o Alemania, en Bélgica, el país que ostenta el récord de 541 días sin gobierno, actualmente tenemos un gobierno en funcionamiento. En el capitalismo en crisis, esto significa que tenemos un gobierno que lucha contra los trabajadores.
En el poder desde diciembre de 2024, acaba de anunciar su tercer paquete de ataques contra los trabajadores.
El primer ministro de esta coalición de derecha es Bart de Wever, del partido nacionalista flamenco NVA. Este personaje y su partido desempeñaron un papel importante en 2010-2011, cuando el país permaneció 541 días sin gobierno bajo la presión de los nacionalistas flamencos, en un ambiente en el que la gente temía que el país se desintegrara. Hasta que el partido socialista francófono aceptó aplicar las medidas exigidas por los empresarios... no solo flamencos.
Hoy, De Wever, que hace 15 años decía desear la desaparición de Bélgica y se resistía a la bandera belga o a la lealtad al rey, dice ahora que quiere celebrar los 200 años de Bélgica en 2030 como primer ministro...
Llegar hasta ahí no será tan sencillo. Y no solo porque la extrema derecha flamenca corre el riesgo de recuperar a parte de sus votantes decepcionados, sino también porque la burguesía a la que sirve se encuentra atrapada en una situación sin salida. ¡Y que va mucho más allá de la pequeña Bélgica o la diminuta Flandes!
La cuestión de los activos rusos
Esto se ve actualmente en la historia de los activos rusos. El primer ministro belga está dando que hablar porque es mucho menos partidario que Merz, Macron y Von der Leyen de infringir el derecho internacional y violar la sacrosanta propiedad privada para confiscar los 180.000 millones de euros rusos con el fin de financiar la guerra en Ucrania. Este dinero está congelado en Euroclear, un banco con sede en Bruselas.
La directora general de Euroclear advierte del riesgo de una grave pérdida de credibilidad del sistema bancario y de una posible crisis financiera. De Wever y la burguesía belga temen claramente abrir la caja de Pandora y convertirse en blanco de ataques... quizá por parte de Rusia, pero sobre todo por parte de los mercados financieros. El periódico belga Le Soir titulaba: “El dilema de Euroclear: el terrible dilema moral de Bart de Wever: salvar a Ucrania o las finanzas de Bélgica”. Las presiones que recibe de diferentes frentes determinarán la decisión final (Merz acaba de invitarlo a cenar a solas). Pero independientemente del bando que elija y del demonio que salga de la caja de Euroclear, las consecuencias las sufrirán los trabajadores y la población.
Militarización y guerra social
Y, por supuesto, Bélgica sigue el mismo camino de militarización. El ministro de Defensa, Théo Francken (también de la NVA), acaba de enviar una carta a todos los jóvenes de 17 años invitándoles a alistarse en el nuevo servicio militar voluntario de un año. Les promete un sueldo de 2.000 euros y “hacer amigos para toda la vida”. En realidad, solo hay 500 plazas. Pero el objetivo del momento se ha alcanzado: introducir en los hogares la idea de la guerra y el sacrificio por “la patria”.
Mientras tanto, la guerra social está en pleno apogeo. Los ataques llueven en todas direcciones y a todos los niveles del poder, así como en las empresas, por supuesto. Recortes en las pensiones, recortes drásticos en los servicios públicos, en las escuelas, una nueva limitación de la indexación de los salarios, trabajo en domingo, cada vez más flexibilidad, aumento de todos los impuestos municipales... Y para que los trabajadores acepten las condiciones laborales y salariales deterioradas, se ha tomado la medida más espectacular: la limitación de los derechos de desempleo a dos años. A partir de enero de 2026, cerca de 200.000 desempleados perderán sucesivamente sus derechos a las prestaciones. Todo el mundo se ve afectado y la inquietud va en aumento, al igual que la sensación de impotencia... por ahora.
Reacciones alentadoras, pero muy circunscritas
Sin embargo, el 14 de octubre, una manifestación nacional convocada por las direcciones sindicales reunió a 120.000 personas. Ver a tanta gente reunida tuvo un efecto alentador. Y una segunda manifestación podría haber reunido a aún más gente. Por eso las direcciones sindicales convocaron una huelga. Hubo tres días de huelga: primero en el transporte público, luego en todos los servicios públicos y, finalmente, una huelga general en la que se sumó el sector privado. En Bélgica, una huelga significa que hay piquetes, formados por los permanentes y los delegados. La gran mayoría de los trabajadores se quedan en casa. En lugar de reunirnos 120.000 personas, nos encontramos 4, 5 o 10 en el frío...
No es la primera vez que las direcciones sindicales convocan este tipo de huelga para evitar situaciones en las que los trabajadores puedan contarse y constatar que son muchos. Y el blanco es sobre todo el Gobierno, que no los empresarios, para intentar reflotar electoralmente a la izquierda. Como afirmaba a finales de octubre en la prensa el presidente de la FGTB valona, Tamellini: “Los sindicatos, contrariamente a lo que se cree, son los primeros defensores del desarrollo económico. Los mejores embajadores de las empresas son los delegados sindicales”. En lugar de reforzar a los trabajadores frente a los graves ataques actuales y futuros, las direcciones sindicales han reforzado, una vez más, la desmoralización de los militantes.
Los comunistas revolucionarios no tenemos ningún medio para influir, pero toda la situación es propicia para el debate con los trabajadores y con los jóvenes, con aquellos que están dispuestos a ir a contracorriente o buscan ideas.
L'Internazionale (Italia)
Detrás de las bravuconerías de Meloni
Movilizaciones obreras por la causa palestina
Tras muchos años de inmovilismo casi total, ha surgido una novedad: las manifestaciones y huelgas en favor de la población de Gaza, que desde mediados de septiembre hasta mediados de octubre han sido movilizaciones importantes en muchas ciudades. La Confederación General del Trabajo (CGIL) también participó, convocando una jornada de huelga general el 3 de octubre de acuerdo con la USB, el sindicato independiente más conocido.
Esta adhesión masiva fue un fenómeno que despertó mucho interés y dio lugar a numerosos artículos periodísticos, en los que se destacaba generalmente el carácter espontáneo de la participación en las manifestaciones. Hoy en día, todo esto parece haberse desvanecido. En cualquier caso, el recuerdo de ese momento en el que se vio salir a la calle a mucha gente que, en circunstancias normales, ni siquiera se lo habría planteado, sigue vivo en la memoria de todos.
Los grupos y elementos más activos, por ejemplo entre los estibadores, actuaron de forma decidida, especialmente en Livorno, Génova y Ancona, para impedir el atraque de buques sospechosos de transportar armas a Israel. Estas acciones contaron con un apoyo masivo, no sólo por parte de los estibadores, sino también de los manifestantes. Su número, una vez reunidos en los muelles, desanimó el atraque de los barcos y obligó a las compañías navieras a buscar otros puertos de escala.
Otro hecho positivo fue la movilización de los trabajadores siderúrgicos. Este sector es objeto desde hace tiempo de una reestructuración cuyos contornos no se comprenden bien, salvo la voluntad manifiesta de reducir la plantilla en lo que antes eran las “catedrales” de la producción siderúrgica pública. En esta lucha, aún en curso, son principalmente los trabajadores de Tarento y Génova los que están en huelga. Tarento es la mayor acería de Italia y una de las más grandes de Europa, con unos 7.950 empleados de los 9.700 que cuenta el grupo. Tanto en Génova como en Tarento, los trabajadores han ocupado la autopista y, en Génova, han bloqueado el aeropuerto.
Como siempre que el clima social se caldea y se producen movilizaciones importantes, se plantea la cuestión de la dirección política del proletariado. Sabemos bien que las fuerzas y los grupos políticos que ejercen mayor influencia en las diferentes movilizaciones masivas y movimientos de huelga están todos, de una forma u otra, vinculados a la burguesía y limitados a su horizonte político. Y en esta situación, el grado de radicalidad alcanzado por estas luchas no cuenta mucho.
En el caso de las manifestaciones y huelgas en favor del pueblo palestino, la presencia absolutamente preponderante de banderas palestinas dejaba clara, incluso visualmente, la subordinación al nacionalismo palestino, sin dejar lugar a una reflexión internacionalista y comunista, sin abordar en absoluto la cuestión de las clases sociales y sin que apareciera la necesidad de diferenciarse de la burguesía palestina.
En cuanto a los metalúrgicos, digamos que, por muy duras que sean las formas de lucha, uno de los principales objetivos de los sindicatos es el regreso con fuerza del Estado al capital de la sociedad Acciaierie d'Italia, insistiendo en cada localidad en el mantenimiento de la producción in situ, convirtiéndolo en una cuestión local. Defender Tarento o defender Génova parece prevalecer entonces sobre “defender a la clase obrera”.
En Génova, la Federación de Metalúrgicos (Fiom) incluso realizó una pancarta con la frase, en genovés antiguo, «Che l'inse? » (¿Voy?), que según la leyenda habría sido pronunciada por Balilla, un joven del barrio popular de Portoria, y que desencadenó, en 1746 (!), la revuelta popular contra los ocupantes austriacos y piamonteses. La identificación con la historia de la ciudad le jugó una mala pasada a la Fiom genovesa, al resucitar a Balilla, uno de los héroes y mitos utilizados posteriormente por el fascismo.
Es cierto que la situación de la clase obrera en su conjunto requeriría una gran movilización general, sólidamente organizada para perdurar en el tiempo y orientada hacia unos objetivos importantes, comprensibles y compartibles por todos. La huelga nacional convocada por la CGIL para el 12 de diciembre dará una idea de la situación, al menos en lo que respecta a los sectores más organizados del mundo laboral. Pero hay que decir que la dirección del sindicato ni siquiera ha querido renovar la experiencia unitaria con el sindicalismo de base y que, por lo tanto, a finales de noviembre ya hubo una convocatoria de huelga general por parte de la USB y otros sindicatos.
Por su parte, el Gobierno ha optado por la vía del insulto y el menosprecio hacia la CGIL y el sindicalismo más combativo. Y se jacta de sus “éxitos” en el ámbito económico, incluido el aumento del número de puestos de trabajo. No tenemos tiempo aquí para analizar los datos en los que se basan las fanfarronadas de Meloni y sus acólitos, pero es evidente que lo que aumenta es el número de trabajadores de las franjas de edad más avanzada, debido al retraso de la edad de jubilación, mientras que el de los trabajadores de las franjas más jóvenes disminuye.
Parasitismo creciente en un contexto de estancamiento económico
Entre otras cosas, el estancamiento casi total del PIB, que sitúa a Italia en la parte baja de la clasificación de los países europeos en términos de crecimiento, demuestra que este aumento del número de puestos de trabajo se produce en gran parte en sectores de “trabajo pobre”, es decir, con salarios muy bajos y en ámbitos poco cualificados. El estancamiento parcial de la demanda interna de bienes de consumo va en la misma dirección.
Por supuesto, todo esto no impide que la minoría privilegiada del país aumente su riqueza. Existe una burguesía que, en sus sectores más ricos, los de los millonarios o incluso los multimillonarios, no se ve afectada por las políticas económicas de los distintos gobiernos y a la que no se le pide que contribuya a rellenar las arcas del Estado, que están vacías, sobre todo cuando se trata de financiar la educación, la sanidad o la vivienda social.
Así, en el Parlamento, el debate presupuestario actual gira en torno a unos 18.500 millones de euros. El aumento de la riqueza patrimonial registrado en 2024 por los 70 multimillonarios italianos oficialmente censados es de 71.000 millones, ¡casi cuatro veces más!
El capitalismo italiano ha reforzado sus características parasitarias en los últimos años. La familia Agnelli, que en su día fue símbolo de la industria nacional, controla ahora una sociedad financiera que constituye, de hecho, la “caja fuerte” familiar, Exor, con domicilio fiscal en los Países Bajos, accionista de referencia de Stellantis, propietaria de varios periódicos italianos, así como de The Economist, pero sobre todo con ramificaciones financieras en todo el mundo.
Para resumir las características del capitalismo italiano, hay que destacar tres puntos.
1. El peso creciente del sector financiero y de la renta en todas sus formas.
2. La pulverización del sistema productivo.
3. La importancia de la propiedad pública en el pequeño grupo de grandes empresas. Entre estas grandes empresas públicas, las relacionadas con la energía ocupan un lugar preponderante, seguidas de las que operan en el sector de la defensa.
Las implicaciones políticas de este “modelo” capitalista son diversas. Pero basta con destacar las relaciones muy particulares que se han desarrollado a lo largo de los años entre el sector capitalista-estatal y el aparato del Estado, los gobiernos y los diferentes partidos políticos. Por ejemplo, los comentaristas coinciden casi unánimemente en que ENI, la gran empresa italiana de hidrocarburos, ha desarrollado una gran influencia en la política exterior italiana, determinando a menudo su orientación o desarrollando una diplomacia paralela.
Militarización y ofensiva cultural nacionalista
En materia de política exterior, desde el principio el Gobierno de Meloni ha tratado de presentarse como el aliado más fiel de Estados Unidos en Europa. Esto era cierto en la época de Biden y aún más en la de Trump. La postura de Trump sobre la guerra en Ucrania permitió a Meloni y sus socios desempeñar aún más el papel de aliados de Zelensky, pero en la práctica moderan considerablemente su apoyo y apuestan sobre todo por la “solución diplomática” que busca la Administración estadounidense, en lugar de por una imposible victoria militar ucraniana.
Dado que la opinión pública ya se opone firmemente a la implicación directa de Italia en la guerra, esto refuerza la convicción de que Meloni es una especie de garantía de paz para los italianos, mientras que el Partido Demócrata (PD), de centroizquierda, es percibido como el “partido de la guerra” debido a sus repetidas declaraciones a favor de un apoyo militar aún mayor a Kiev, de un ejército europeo, etc.
Al igual que en otros países europeos, se ha impuesto una simplificación del panorama político, con los objetivos del centroizquierda por un lado: europeísmo, ejército europeo, armas a Ucrania, guerra contra Rusia. Por otro lado, los objetivos del centroderecha parecen ser la soberanía nacional, un ejército nacional, una ayuda militar limitada a Ucrania y la perspectiva de buenas relaciones con todos, incluida Rusia.
En nuestra propaganda, a veces hablamos de “militarización” de la economía. Esto no deja de ser una tendencia, un punto de llegada de la evolución actual de las relaciones económicas y políticas internacionales. El Estado italiano y el capitalismo italiano también han entrado sin duda en la vorágine del rearme, pero esto no se está haciendo de forma lineal y sin contratiempos.
La cuestión del acero nos da una pista. El acero es sin duda un material indispensable para la fabricación de armas pesadas y ligeras. La posesión física de empresas siderúrgicas en el propio territorio nacional favorece sin duda las perspectivas de rearme de un país. Sin embargo, esta simple constatación no incita ni al Gobierno ni a ningún grupo importante de la burguesía italiana a reivindicar la posesión y la reorganización de las acerías con el fin de proporcionar una base material para la “defensa de la patria”.
En el plano propagandístico y, digamos, cultural, las cosas avanzan más rápidamente y, sobre todo, sin demasiadas cuestionamientos. El ministro de Defensa, Guido Crosetto, ha promovido toda una serie de iniciativas que van en la dirección de una reevaluación de las fuerzas armadas, de sus “valores” (?), de la historia nacional vista desde el punto de vista de las batallas y las guerras, sin insistir demasiado en el frente en el que se desplegaron los militares italianos. Todo se oculta bajo mentiras bien elaboradas que enmascaran las verdaderas razones de las guerras, los crímenes cometidos en el pasado por el ejército italiano, la aniquilación de sus propios soldados cuando eran declarados culpables de “deserción”...
La ofensiva propagandística patriótica se extiende a la publicidad y a las ficciones televisivas. No se trata solamente de anuncios para el reclutamiento en las diferentes fuerzas armadas y policiales. Las ficciones proponen constantemente tipos ideales de italianos: buen carácter, empatía, simpatía por los más débiles, pero también inteligencia, valentía y amor por la patria, nunca ostentosamente exagerado.
Estas producciones televisivas nos hablan de soldados, científicos, médicos, empresarios, con una técnica ciertamente mucho más refinada que la del cine de la época de Mussolini, pero que sigue teniendo como objetivo reforzar el sentimiento de “identidad nacional” hasta convertirlo, evidentemente, en algo que hay que estar dispuesto a defender con la vida si es necesario.
Incluso en las escuelas continúa la ofensiva “cultural” nacionalista. Se multiplican las iniciativas, en las que a veces participan incluso los niños de primaria, siempre con el doble objetivo de aumentar el “índice de patriotismo” de la población y presentar el mundo militar como un entorno amistoso, que además puede ofrecer un trabajo remunerado, algo que hay que apoyar y aprobar en todos los casos. El ejército son “nuestros chicos que nos defienden”, como se escuchó recientemente en un encuentro con una clase de escolares en el sur.
Sınıf Mücadelesi (Turquía)
El clan de Erdogan se aferra al poder
Desde el año pasado, la situación en Turquía ha seguido deteriorándose en todos los ámbitos: económico, político y social. Una consecuencia de ello es el descrédito total del Gobierno de Erdogan, que se mantiene en el poder aplicando una represión cada vez mayor. También mantiene la apariencia de apertura sobre la cuestión kurda, celebrando reuniones con el partido nacionalista kurdo, el DEM. Esto no conduce a nada concreto, pero sí permite pronunciar discursos sobre una “solución” que conduciría a la “fraternización de los pueblos kurdo, árabe y turco” en Turquía y en todo Oriente Medio.
Ya hubo un intento de este tipo hace unos diez años, tras el cual el poder de Erdogan no solo no cumplió sus promesas, sino que aumentó la represión contra el movimiento nacionalista kurdo. Hoy en día también es probable que se llegue a un punto muerto y al fracaso. El poder de Erdogan, incapaz de reconocer los derechos de la población turca, será igualmente incapaz de reconocerlos a la población kurda de Turquía. De hecho, Erdogan propone esta alianza al DEM para obtener los votos de la población kurda en las próximas elecciones, que de otro modo está seguro de perder, pero no está dispuesto a hacer ninguna concesión concreta.
Mientras tanto, el alcalde de Estambul, Ekrem Imamoglu, muy popular y principal opositor de Erdogan, fue encarcelado en marzo y ahora se enfrenta a una pena de 2.340 años de prisión. El expediente de la acusación tiene 3.700 páginas y acumula acusaciones sin ninguna prueba. Varios alcaldes de distritos de Estambul y el consejo de administración del municipio también están siendo investigados por diversos delitos más o menos inventados, como el amaño de licitaciones, el blanqueo de dinero, los intentos de abuso de poder y el cobro de sobornos. Pero Imamoglu también es “responsable de los delitos cometidos por otros”, como líder de una organización que no es otra que el partido socialdemócrata CHP, el antiguo partido de Mustafa Kemal, que sin embargo está lejos de ser un partido revolucionario.
Una base social erosionada por la crisis
El problema de Erdogan es que, desde hace diez años, el régimen ha ido perdiendo progresivamente su base social y electoral debido a sus métodos dictatoriales y, sobre todo, al desgaste económico. En octubre de 2023, la tasa de desempleo había alcanzado el 21,3% y la tasa actual es del 28,6%. Mientras que hay 32 millones y medio de asalariados, el número de desempleados supera los 11 millones de personas, lo que supone una tasa de desempleo del 25%. El resultado de esta crisis económica es que, en octubre de 2023, cerca de 23 millones de personas fueron procesadas por no poder pagar sus deudas. Y esta cifra ha seguido aumentando.
Cuando el partido de Erdogan llegó al poder en 2003, la deuda externa era de 130.000 millones de dólares y actualmente ha aumentado hasta los 550.000 millones de dólares. Al mismo tiempo, una minoría de capitalistas y dirigentes cercanos a Erdogan se han enriquecido enormemente. Pero el 20% de los recursos del Estado se destinan al pago de los intereses de la deuda.
Para poder mantenerse en el poder con tal degradación social, Erdogan y su banda han aplicado “el método del palo”. Así, en los últimos diez años, las detenciones han batido récords. En los últimos seis meses, ha habido 50.000 encarcelamientos adicionales. Y el número total de presos ha superado los 400.000, mientras que las cárceles solo tienen capacidad para 300.000. Así, de un total de 143 países, la Turquía de Erdogan ocupa oficialmente el puesto 118 en cuanto al respeto de las leyes y el 134 en cuanto al respeto de los derechos humanos fundamentales.
Por supuesto, se podría pensar que el descontento de la población acabará estallando, como se ha visto en varios países en los últimos años, y de hecho esto empezó a ocurrir en marzo tras la detención de Imamoglu. Pero, en realidad, el partido kemalista CHP, que se ha convertido en el mayor partido de la oposición desde las elecciones municipales de 2024, sirve en cierto modo de válvula de escape. Desde marzo pasado, ha organizado 59 mítines masivos, incluso en los bastiones del partido de Erdogan, prometiendo que “mañana será maravilloso”, pero ofreciendo como única perspectiva votar bien en las próximas elecciones. No es de extrañar por parte de este partido burgués que ha estado mucho tiempo en el gobierno y que es realmente un elemento del sistema político.
Por otra parte, si bien hay luchas que continúan en diferentes sectores, en general están bien controladas por las burocracias sindicales y, frente a ellas, el poder y la patronal pueden hacer algunas concesiones en el plano económico. Pero no podemos sino preguntarnos hasta cuándo la burguesía turca logrará impedir que la situación desemboque en un verdadero estallido social.
Lutte Ouvrière (La Reunión)
El alto precio de la explotación
Los trabajadores de La Reunión se enfrentan a las mismas dificultades sociales que aquí. El peso del desempleo y la precariedad deteriora las condiciones de vida de las clases populares. Los empresarios, ávidos de beneficios, imponen el empeoramiento de las condiciones de trabajo y los bajos salarios. En 2024, ocho trabajadores perdieron la vida en el trabajo. El número de accidentes laborales está aumentando. Se han declarado 6.650 accidentes, lo que supone casi 30 accidentes por cada 1.000 empleados. El sector de la construcción ya no es el único gravemente afectado.
Tomemos como ejemplo la gran distribución, en manos de unas pocas familias ricas y grupos capitalistas franceses o caribeños, que emplea a miles de trabajadores. La rentabilidad es superior a la de la metrópoli. Estos explotadores afirman con orgullo que los periodos de crisis favorecen sus negocios. De hecho, no han dudado en subir los precios durante la pandemia de COVID-19 y el bloqueo del canal de Suez. Sus beneficios aumentan año tras año. Los consumidores pagan el precio, eso es evidente. Lo que no es tan evidente es lo que les cuesta a los trabajadores, a los que se les paga en su mayoría el salario mínimo con contratos precarios y a tiempo parcial para ritmos infernales, un trabajo físico y repetitivo, la presión de los jefes para alcanzar los objetivos y la polivalencia. Condiciones de trabajo que provocan enfermedades musculoesqueléticas y agotamiento.
En las empresas de servicios a las personas que emplean a varios miles de trabajadoras, las contrataciones también se realizan con el salario mínimo y, a menudo, a tiempo parcial. Además, estas trabajadoras se ven obligadas a utilizar su vehículo personal para desplazarse y sus indemnizaciones no cubren íntegramente los gastos incurridos. Al no sustituir a los jubilados, los dimitidos y las bajas por enfermedad, los jefes hacen todo lo posible por recuperar lo que han tenido que ceder en aumentos salariales en sectores que se han movilizado. Así, los jefes utilizan todo tipo de estratagemas para que se acepte que una sola persona haga el trabajo de varias. Al final, las bajas por enfermedad y los accidentes laborales no dejan de aumentar.
En los hospitales, la falta de personal es crónica: el 48% del personal sanitario se encuentra en situación de agotamiento. De hecho, la situación de los trabajadores se está deteriorando en todos los sectores, tanto privados como públicos. La desaparición de miles de empleos subvencionados y la reducción de su financiación por parte del Estado priva de sustento a las familias más modestas y, al mismo tiempo, supone un grave peligro para las actividades indispensables de las asociaciones y las colectividades locales.
Ante la magnitud de los ataques patronales tanto en las pequeñas empresas como en las más grandes, el sindicato CGTR es llamado en ayuda en conflictos colectivos, sobre salarios o contra despidos. La política de los revolucionarios es entonces defender algunos principios democráticos en la lucha. Pero muchos trabajadores aislados, desorientados o que quieren huir del infierno del trabajo se ven obligados a emprender largos y arriesgados procesos ante los tribunales laborales para recuperar su salario o sus indemnizaciones.
Solo los revolucionarios pueden entonces hacerles descubrir las ideas de la lucha de clases y hacerles tomar conciencia de que los trabajadores son los que hacen funcionar todo en la sociedad y que los patrones son los aprovechados y los parásitos. Los empresarios ya son mimados por los responsables políticos de derecha e izquierda con millones de subvenciones. Pero además, como ocurrió recientemente con la muerte de un empresario de La Reunión, los responsables políticos, con LFI a la cabeza, no tienen palabras suficientes para expresar su tristeza...
El ciclón, revelador de la negligencia del Estado
El 28 de febrero, el paso del ciclón Garance causó cinco muertos y tuvo importantes repercusiones en las viviendas, la agricultura, las redes eléctricas y telefónicas y los edificios públicos. Hubo cortes de luz en todos los sectores de la isla. La reparación de las redes telefónicas llevó hasta cinco meses en algunos barrios. Los habitantes expresaron su enfado bloqueando las calles, como en Saint-André o Saint-Benoît. De hecho, Garance puso de manifiesto la falta crónica de medios y mantenimiento de las redes, los defectos de construcción, las incoherencias de los contratos de reparto de las redes móviles e Internet entre los principales operadores de la isla y los subcontratistas, que se pasan la pelota unos a otros cuando se trata de intervenir para realizar las reparaciones...
Los cortes de agua demasiado frecuentes no se deben al ciclón, sino a la negligencia general en la gestión de este producto de primera necesidad. En el circo de Salazie, los habitantes se están organizando. En vísperas de las elecciones municipales, quieren que el alcalde exija a las empresas concesionarias que cumplan con sus obligaciones. Para que se entienda bien, invitan a la población a llevar sus facturas de agua al ayuntamiento en una operación denominada “sin agua, no hay pago”.
La campaña municipal
Como viene haciendo desde 2001, Lutte ouvrière presentará una lista en el ayuntamiento de Saint-Benoît. La cuestión de una vida cada vez más difícil, y la cuestión del poder adquisitivo son las principales preocupaciones de los trabajadores. Saint-Benoît es una ciudad especialmente afectada por el desempleo. Muchas familias viven de las ayudas sociales. La gente se queja mucho de los precios, que no dejan de subir. Incluso los productos locales son prohibitivos (plátanos: 7 euros el kilo, pimientos: más de 5 euros el kilo, etc.). Se oye decir: “Comemos menos, ya no vamos al dentista. Apretamos los dientes, pero pronto apretaremos las encías”. Un joven trabajador denuncia: “Trabajo seis días a la semana y todos los meses me quedo en números rojos. Mi jefe no tiene ningún respeto. Si digo algo, me despiden”. Aunque el alcalde Selly apoyó en su momento a Macron, lo que le valió muchas críticas, no es por eso por lo que más se le critica hoy en día, sino sobre todo el deterioro de la ciudad.
En este tema, que asocia la inseguridad con la delincuencia, el RN se ha fortalecido y se oye decir: “Al menos ellos hablan claro”. Algunos añaden: “No soy racista, pero hay demasiada delincuencia, demasiados extranjeros.” Un agricultor incluso confiesa: “Mi yerno es comorense, mis nietos se parecen a los comorenses. Los adoro. Pero creo que votaré al RN”. La seguridad, tema muy querido por la extrema derecha, se ha convertido incluso en uno de los ejes de la campaña del diputado de LFI Ratenon, que presenta una lista a las municipales de Saint-Benoît.
La afirmación de que el bando de los trabajadores, unidos contra los explotadores, tendrá fuerza, suscita simpatía. Un trabajador lo resumió así: “No tenemos los mismos orígenes, pero sí tenemos las mismas dificultades. Y si nos levantamos juntos, también tendremos las mismas victorias”.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
1 Los bekes son los descendientes y herederos de los esclavistas, una burguesía blanca que controlan buena parte de la economía caribeña y sus vínculos con la metrópoli.
2 En Costa de Marfil conviven más de 60 grupos étnicos. Los baoulé son uno de ellos.
3 Referencia al cinturón industrial de la región de los Grandes Lagos en Estados Unidos, que se convirtió en el “cinturón del óxido” cuando cerraron las fábricas.