Textos del mensual Lutte de classe

El deterioro de la crisis de la economía capitalista

30 diciembre 2020

Este texto es una traducción de uno de los textos votados en el último congreso de Lutte Ouvrière, en diciembre de 2020, publicado en la revista Lutte de classe de diciembre de 2020-enero de 2021.

La crisis de la economía capitalista ha conocido este año un deterioro brutal. La pandemia de coronavirus ha sido un factor de amplificación, pero no la causa fundamental. El hecho de que la crisis económica coincidiera con la crisis sanitaria sirvió a numerosos economistas burgueses para oscurecer la realidad, entre lo que es debido a la interrupción forzada de la actividad económica y lo que es debido al funcionamiento del capitalismo en crisis.

Sin embargo, las peculiaridades de este deterioro de la situación económica se integran en la evolución general de la economía capitalista mundial en la época de su “crisis secular” cuyas primeras manifestaciones fueron la crisis y luego el derrumbe del sistema monetario internacional de Bretton Woods en 1971, la caída brutal de la producción de los primeros años 1970 y la primera crisis petrolera de 1973.

Este medio siglo viene marcado por una sucesión de sacudidas, con más frecuencia financieras, seguidas por recuperaciones de la economía. Más allá de estas fluctuaciones, la economía capitalista es marcada por el estancamiento, o incluso el retroceso de las inversiones productivas, implicando por todos lados la persistencia del desempleo masivo. Sin embargo, ni las fases de expansión, ni las fases de recesión han parado el movimiento de concentración de las grandes fortunas entre un pequeño número de manos cada vez más restringido.

La acumulación de capital a escala internacional, que en la época imperialista se realiza bajo forma de capital financiero, abandona cada vez más la forma del capital industrial –fábricas, extracción minera, redes de transportes– para privilegiar las operaciones financieras. La gran burguesía que posee las grandes empresas multinacionales dispone permanentemente de enormes excedentes financieros. A falta de interés en invertir en la producción de una manera que estime rentable, prefiere las inversiones financieras. Resulta de ello una financiarización creciente de la economía mundial, con una multitud de consecuencias, tanto en el funcionamiento de esta como en la gestión de cada empresa.

No obstante, la producción de la plusvalía, su realización por la venta en el mercado y su capitalización, es la que asegura la reproducción del capital y su acumulación. Al mismo tiempo que vuelve a iniciar los ciclos de producción, este proceso es el que convierte el dinero en capital, en potencia social, reproduciendo una y otra vez las relaciones capitalistas.

El predominio de los intereses financieros sobre los intereses productivos no cambia la plusvalía global. Sólo garantiza para las operaciones financieras una ventaja en el reparto de la plusvalía global. En realidad, la creciente financiarización mina la economía capitalista y agrava sus contradicciones, al tiempo que disimula algunas de ellas.

Estatismo de ayer y de hoy

En cada sacudida financiera que amenazase desembocar en lo que sus economistas llaman una crisis sistémica, los Estados imperialistas administraron como remedio una inyección masiva de dinero y de crédito en la economía, por un lado, y por otro lado se esforzaron por facilitar las inversiones financieras y movimientos de capitales en la finanza. Resulta de ello, de crisis en crisis, un crecimiento extremadamente rápido de liquidez, créditos y deudas a nivel internacional. El volumen extravagante de capital-dinero acumulado y la facilidad con la que estos enormes importes se pueden mover en búsqueda de inversiones ventajosas dan a la vida económica un carácter inestable, febril, siempre al límite de la embolia. Los miles de millones derramados en los circuitos financieros durante las últimas semanas no han hecho sino hinchar el volumen de capital-dinero errante. Los propietarios de capitales no tienen más motivos que antes de orientarlos hacia las inversiones productivas. Los llamamientos de los gobiernos a que usen las cantidades de dinero distribuido para inversiones no pueden nada contra la ley de base del capitalismo: sólo se produce lo que se espera vender con ganancias. Sigue siendo exacta la expresión popular “No se hace beber un burro que no tiene sed”, que se ha usado mucho para describir las reticencias de los capitalistas a la hora de invertir en la producción o los servicios útiles a la sociedad.

Los trucos de la economía financiarizada para sustituir estas inversiones ausentes por las operaciones sobre una multitud de títulos financieros, no atenúan la contradicción entre la dinámica de la producción capitalista y los límites del mercado, es decir del consumo solvente. El mercado se extiende con excesiva lentitud respecto a las necesidades de la producción capitalista. Las cantidades de dinero vertidas por los Estados no amplían los mercados. Al contrario, el crecimiento del paro contribuye a restringirlos.

“Plan de recuperación”, he aquí el bonito nombre otorgado a los miles de millones vertidos en la economía por los gobiernos de todos los países.

100 mil millones desbloqueados por el gobierno francés. 130 mil millones por Alemania. “Histórico”, afirmaba el diario Le Monde el 8 de septiembre de 2020, añadiendo: “En algunas semanas, con una velocidad y una determinación que no se le conocía, Alemania se ha liberado de sus tabús, aquellos que eran el corazón de su política económica desde años.” “Desde el 3 de junio, un mes después de las primeras medidas de desconfinamiento, Berlín adoptó un plan de recuperación monumental de 130 mil millones de euros.” “El presupuesto votado en el mes de junio prevé la emisión de nuevas deudas, llevando el endeudamiento total para el año 2020 a 218.500 millones de euros, algo nunca visto antes.”

La actitud de Alemania hacia la decisión de los jefes de Estados de la Unión Europea de implementar una forma de plan de recuperación de 750 mil millones de euros, es más significativa aún de un verdadero giro. Más que el importe gigantesco de este plan, hecho de una mezcla de subvenciones y de créditos, sorprende el hecho de que, por primera vez, Alemania, principal potencia imperialista de la Unión Europea, no haya vetado esta forma de mancomunar el préstamo y el reembolso para financiar esta suma. Los representantes de la burguesía alemana han aceptado financiar, al menos en parte, el endeudamiento de los países imperialistas de Europa más endeudados que Alemania, pero también de los países del Este de la Unión Europea, más pobre. Es cierto que, si bien los dirigentes de Polonia y Hungría han podido presentar como una victoria la obtención de la garantía de la Unión Europea para sus préstamos en el mercado de capitales, sus principales empresas, que serán las mayores beneficiarias de las subvenciones y préstamos procedentes del fondo europeo, pertenecen a capitales alemanes o franceses (Audi, Mercedes, Peugeot. Renault, Volkswagen…) y, en menor medida, japoneses.

Los Estados Unidos de Trump, detractor del estatismo y vocero de la lógica del “dejar hacer” del capitalismo americano, han actuado como los demás Estados. Anunciaron un “plan de recuperación económica histórico”, por un importe de 2.000 mil millones de dólares, eso es tres veces más que el plan Paulson después de la crisis hipotecaria. Por no quedarse atrás, los demócratas acaban de prometer 2.200 miles de millones de dólares en el caso de acceder a la presidencia.

Es la afirmación cruda del estatismo al socorro del capital privado, “cueste lo que cueste”, retomando la expresión de Macron. Esto viene tras años de discursos sobre las virtudes de los mercados, la necesidad del equilibrio presupuestario, el carácter mortífero de la deuda pública y otras necedadesque sirvieron para justificar las políticas de austeridad, que todos los gobiernos han impuesto a sus pueblos. Fue en nombre de estas políticas que los banqueros de las potencias imperialistas estrangularon a Grecia y a sus clases populares.

Giro brusco en el languaje de los dirigentes. Ahora, los bancos centrales de todos los países imperialistas, como el Banco Central Europeo, mantienen sus arcas abiertas al sistema bancario y a las grandes empresas. El tipo de interés está cerca del cero, cuando no está por debajo. Los déficits presupuestarios se disparan sin que los abogados más ruidosos de la ortodoxia presupuestaria se opongan a ello.

Destaca en las intervenciones de los Estados imperialistas su carácter puramente financiero. El Estado no busca paliar directamente el fallo de la inversión privada con inversiones públicas. No hay nada comparable, en Francia, a las inversiones del Estado después de la Segunda Guerra Mundial para permitir que la economía capitalista se recupere tras las destrucciones de la guerra. En los Estados Unidos, nada comparable con las grandes obras del New Deal de Roosevelt, aunque modestas por la escala de la construcción de viviendas y la electrificación del campo. Tampoco hay política de grandes obras en Alemania, donde la infraestructura viaria está envejecida –gran parte de la red de autopistas es de la época de Hitler– y algunos puentes tienen que ser cerrados por riesgo de derrumbe.

La falta de preparación del sistema hospitalario de Francia ante el coronavirus, persistiendo a pesar de la alerta de la primera ola, con la falta de camas, de material, y sobre todo la falta de personal competente, basta para ilustrar hasta qué punto este sector siquierasería un amplio campo para inversiones estatales útiles.

El debate esbozado en Francia entre el personal político de la burguesía, sobre si condicionar o no las ayudas y los créditos a las empresas capitalistas, es significativo. Sea cual sea el importe acordado a una empresa en forma de ayuda o de crédito, lo es a fondo perdido. La empresa, es decir, sus propietarios o principales accionistas, cobra el dinero, se hace pagar una parte importante de sus gastos en sueldos, obtiene facilidades para pagar sus deudas, sin la menor obligación de destinar dinero a inversiones productivas, sin la más mínima obligación de no despedir o cerrar sus fábricas. Hace lo que quiere con el dinero recibido. No solamente el Estado rescata los capitales privados, sino que también acepta por adelantado –es decir, alienta– que los capitalistas puedan orientar el dinero-regalo hacia operaciones financieras.

¡Así que la recuperación es sobre todo la de la especulación!

Antes aun de que se hayan distribuido las sumas prometidas, la especulación se intensificó sin más esperar. Los mercados financieros ni siquiera necesitan realmente este dinero. Los tipos de interés nulos, o incluso negativos, bastan por sí mismos.

“Wall Street reanuda con los ‘locos años’ anteriores al crac de 1929” titulaba el diario Les Echos del 2 de septiembre de 2020. Escribiendo con cierto humor: “Los efectos secundarios de la Covid son decididamente curiosos. Para algunos, la pérdida del gusto y del olfato ha ido acompañado de una necesidad irracional de tesaurizar…, para otros, ha sido un impulso furioso de jugar en bolsa. En los Estados Unidos y Europa, incluso en Francia, los particulares confinados delante de su pantalla han descubierto o vuelto a descubrir las alegrías del trading en solitario. Hasta el punto que, en Wall Street, ya representan un 20% de los volúmenes negociados cada día, contra menos del 2% después de la crisis de 2009”.

Algo hay que matizar esta observación: son las grandes empresas, la gran burguesía, las que tienen, con mucho, el papel principal en los mercados financieros. E incluso los especuladores que no son de los grandes, entre los que tienen este “impulso furioso de jugar en bolsa”, suelen pertenecer a la pequeña burguesía más o menos adinerada, y muy pocos son asalariados (incluso entre los mejores pagados).

Cuando la especulación se realiza sobre acciones en bolsa, está relacionada por naturaleza con la producción, o más exactamente con las empresas que producen. Pero son anticipaciones especulativas las que hacen que la capitalización bursátil de la empresa del automóvil Tesla, de Elon Musk, sobrepasa la de Toyota. Esto aunque Tesla sólo produjo y vendió 400.000 vehículos, mientras que Toyota vendió unos 13 millones. Pero el hecho de que Tesla fabrique coches eléctricos suena como una promesa de desarrollo para el porvenir. Como resultado, sus acciones se venden como pan caliente y su cotización en bolsa ha subido un 950% en algunos meses.

Misma atracción, y por los mismos motivos, para las grandes multinacionales del sector informático. La cotización en bolsa de Apple ha doblado en menos de seis menos. Su capitalización en bolsa representa 2.000 mil millones de dólares, ¡es decir casi el PIB de Italia, un país de más de 60 millones de habitantes!

La especulación bursátil con los valores de alta tecnología es la que más beneficios proporciona en el plazo más breve posible. Al lado de los grandes grupos financieros, atrae a los bobos de las llamadas clases medias.

Pero son también las apuestas más arriesgadas: lo señalan las fluctuaciones brutales de los altibajos de las cotizaciones de la bolsa. Si millones ficticios se pueden ganar en un solo día, también se pueden perder de un día para otro.

En este gran casino financiero, son ganadores los que tienen bastante dinero y poder como para aprovechar los altibajos. El que apuesta sobre todos los caballos tiene más posibilidades de ganar que el que apuesta por uno solo.

Pero a los grandes operarios del mercado financiero, que juegan su dinero y el de la gran burguesía –hay poderosas entidades financieras especializadas en este tipo de operaciones, como BlackRock– les hace también falta colocar su dinero en valores más estables a largo plazo.

Desde el inicio del capitalismo, o incluso desde la época de las monarquías del antiguo régimen, la deuda pública ha sido uno de los mayores proveedores en esta materia. En este mundo de inestabilidad como lo son los mercados financieros, son los títulos de deuda emitidos por los Estados los que parecen los más seguros, y es aquí donde el futuro préstamo europeo, por ser mancomunado, reduce en cierta medida la diferencia entre los préstamos emitidos por Alemania y los de Italia, España, o peor aún, Grecia. Las cantidades de dinero vertidas en la economía y la necesidad para los Estados de devolverlas después de la crisis del coronavirus, proveen volúmenes considerables de materia prima para la “industria financiera”.

Mucho antes de la pandemia y de la consiguiente disminución de la producción y de los intercambios, los cerebros menos obtusos de la burguesía dieron la voz de alarma ante los peligros que suponen para el capitalismo el exceso de liquidez y los movimientos caóticos de capitales, causas y consecuencias de la financiarización de la economía capitalista. “Entramos en la era de la crisis financiera permanente, hasta que una tormenta más devastadora desencadene una nueva crisis mundial y ponga el planeta a sangre y fuego.” Estas líneas del economista Patrick Artus en su libro La locura de los bancos centrales, subtitulado Porque la próxima crisis será peor, son de 2016. Pero ni él ni nadie controla la evolución de la economía.

El riesgo de derrumbe del sistema bancario en 2008 fue un serio aviso. Los líderes políticos de los países imperialistas y las figuras del mundo financieron se turnaron en aquel momento prometiendo una regulación, una reorganización, o la puesta en marcha de instituciones de control. Como resultado, diez años después, la deuda mundial (Estados, empresas no financieras, hogares) prácticamente ha doblado (Le Monde Économie del 14 de septiembre de 2018).

“Al nivel mundial, la deuda pública y privada que representaba el 61% del PIB en 2001, el 116% en 2007… pesa el 225% en 2018, según los datos del FMI”, escribía Les Echos del 14-15 de septiembre de 2018. El mismo artículo comentaba sobriamente: “Para los bancos centrales, es difícil volver a una política monetaria más normal.” El Estado y sus intervenciones han tenido un papel mayor en el desarrollo capitalista a lo largo de su historia. El estatismo acompañó el desarrollo del capitalismo industrial, e incluso lo adelantó. No cabe aquí repasar su importancia decisiva en los principios del capitalismo moderno, tanto en Inglaterra, cuna del capitalismo industrial, como en Francia. Sin embargo, recordemos el papel que desempeñó en Inglaterra el desarrollo estatal de los transportes –excavación de canales, construcción de carreteras y ferrocarriles–, por no hablar de la construcción naval, que dio a Gran Bretaña su preeminencia sobre los mares. En Francia, donde la revolución industrial se retrasó con respecto a Gran Bretaña, no se puede pasar por alto el estatismo al estilo de Colbert, ya bajo la monarquía absoluta, que despejó el terreno ante los capitales privados, tanto para el surgimiento de la industria textil como para la siderúrgica. Los altos hornos de Le Creusot, aunque construidos con capitales privados (donde ya se encontraba a uno de la familia de Wendel), se beneficiaron de la ayuda financiera del gobierno de Luis XVI. Estos altos hornos hicieron entonces la fortuna de la familia Schneider.

La construcción de los ferrocarriles desempeñó un papel central en la unificación política de una Alemania fragmentada, pero también como plataforma de lanzamiento del capitalismo alemán de la industria pesada.

El papel del Estado también fue predominante en la industrialización del Japón de la era Meiji.

El estatismo en favor de la burguesía ascendente era un estatismo progresista desde el punto de vista de la evolución de la sociedad. Participaba en el desarrollo del capitalismo que estaba sustituyendo lo que subsistía de la economía feudal. Ha perdido este carácter progresista con el surgimiento del imperialismo, edad senil del capitalismo, la edad de la competencia mundial del capital y todo lo que se deriva de ella: la puesta del Estado al servicio de grupos monopolísticos y de sus intereses, militarismo, conquista de colonias, gastos de armamento y préstamos internacionales como medios para favorecer la penetración del capital en los países poco o nada desarrollados. Hoy, el estatismo es reaccionario en todos los aspectos de su intervención.

Observando que “el imperialismo es una inmensa acumulación de capital-dinero en un pequeño número de países”, Lenin subrayaba hace más de un siglo el “parasitismo y la putrefacción del capitalismo” llegado a su fase imperialista. Esta acumulación de capital-dinero en los países que se han vuelto imperialistas ya no encontraba uso rentable en estos países. De ahí la tendencia a exportar capitales, en vez de exportar mercancías, una de las características esenciales de la economía en la era imperialista.

Estas exportaciones de capitales originaron las relaciones imperialistas entre naciones, es decir, la subordinación de las naciones mantenidas en el retraso respecto a las potencias imperialistas. No obstante, una parte de los capitales exportados acababan transformándose en capital productivo.

Analizando la economía capitalista en su obra La acumulación del capital, Rosa Luxemburgo insistía en el papel del militarismo, de la construcción de ferrocarril y de los préstamos internacionales como ámbitos de acción del capital.

Refiriéndose al préstamo internacional, afirmaba: “Sirve para transformar el capital-dinero en capital productivo a través de empresas nacionales como la construcción de ferrocarriles y el suministro de armamento; sirve para transferir el capital acumulado de los antiguos países imperialistas hacia nuevos países capitalistas.” Aparte de financiar el suministro de armamento a los dictadores de los países pobres, este papel de los préstamos internacionales se ha reducido, o incluso ha desparecido.

Los préstamos internacionales de los países pobres –es decir, los de las instituciones financieras de los países imperialistas– sirven hoy sobre todo para ahogarlos con la cuerda de la deuda financiera, y estrangularlos sin ninguna repercusión en la producción o los transportes de estos países.

La creciente financiarización de la economía lleva el parasitismo del imperialismo a un grado más elevado aún, siempre manteniendo las relaciones de subordinación. Los préstamos internacionales ya ni siquiera dejan huella, o casi ninguna, en la economía productiva.

Los préstamos del país todavía subdesarrollado que era la Rusia zarista se tradujeron aún en la construcción de líneas de ferrocarril, y las exportaciones de capitales franceses, ingleses o alemanes en la creación y desarrollo de grandes fábricas como Pútilov, que se convirtió en uno de los baluartes del proletariado ruso, con el papel que le conocemos en la toma del poder en 1917. Ya en aquel tiempo, una de las funciones esenciales de los préstamos internacionales era la financiación de los gastos de armamento de la clase privilegiada contra su propio pueblo. En nuestra época, esta función se ha vuelto casi exclusiva.

Entonces, ¿qué es exactamente lo que van a recuperar los planes de recuperación? ¡Las operaciones financieras y la especulación sin duda alguna! ¿Cómo y cuándo desembocará en una catástrofe financiera? Lo dirá el porvenir.

El actual resurgimiento de la crisis ha afectado profundamente a ciertas actividades económicas. Ha favorecido a otras.

Los periodos de crisis son periodos de guerra a muerte fundamentalmente entre la burguesía y el proletariado, pero también entre los capitalistas. Incluso cuando la actividad productiva se reanude, estará marcada por movimientos de capitales importantes, y por una alteración de la correlación de fuerzas entre los grandes grupos capitalistas. Es precisamente a través de la competencia aguda, de la desaparición de empresas y de las concentraciones que se realiza la regulación económica en el sistema capitalista.

Nuestro programa resulta de la situación objetiva

Nuestro problema no es adivinar quién saldrá vencedor de la rivalidad entre los capitalistas, agudizada por la crisis, sino militar a favor de un programa de lucha para preservar a la clase obrera.

Desde el inicio del año, el hundimiento de las clases trabajadoras en la pobreza ya se hace visible. Seguirá hasta que la depresión alcance su punto más bajo. ¿Cuándo y cómo? Evidentemente, no lo sabemos.

Tenemos que seguir defendiendo el programa de defensa de los intereses de los trabajadores, inspirado en el Programa de Transición. Tenemos que preservar y popularizar este programa sin desanimarnos, sin contar con una reacción explosiva inmediata de la clase obrera. Es normal que la primera reacción de nuestra clase ante los golpes que redoblan sea la inquietud, una actitud expectante, con todo lo que este estado de ánimo puede favorecer como falsas esperanzas en esta o aquella forma de superar la crisis de la economía sin tocar al imperio del gran capital o bien como ilusiones en un supremo salvador.

Incluso en la precedente gran crisis del capitalismo, después del crac del Jueves Negro de 1929, las primeras reacciones masivas de la clase obrera tardaron años. Y recordemos que la misma intensificación de la lucha de clase que desembocó en las grandes movilizaciones de la clase obrera, desde junio de 1936 en Francia hasta la insurrección obrera en España, pasando por las potentes huelgas en los Estados Unidos, también llevó al poder la peor forma de régimen para preservar la dominación de la burguesía, el nazismo.

La actitud expectante de la clase obrera es también reforzada por la actitud de la burguesía en los países imperialistas, principalmente en los que tienen una fuerte tradición estatista.

En Francia especialmente, el Estado buscó y aún busca preservar los amortiguadores sociales, asumiendo adicionalmente, en este periodo de crisis, la carga parcial del desempleo de una parte de la clase obrera.

Las medidas del gobierno sobre el desempleo parcial no son en absoluto una señal de generosidad por su parte. Los capitalistas y sobre todo sus representantes políticos quieren mantener la posibilidad de una recuperación. Prefieren conservar a aquellos de sus asalariados de los que no podrían prescindir en caso de reanudación de la actividad productiva, sobre todo si el Estado es quien se encarga de pagarlos.

Todo indica que la crisis continuará agravándose en el periodo por venir. Las empresas que ya están virtualmente por quebrar, cerrarán. Entre proveedores y subcontratas se producirán reacciones en cadena. Incluso sostenidas a duras penas por el Esatdo, a falta de ampliación del mercado, las empresas cerrarán o multiplicarán los despidos.

Después de los trabajadores precarios, ya echados a la calle, será el turno de los trabajadores cualificados. Se unirán a ellos muchos más, procedentes de esta fracción de la pequeña burguesía en vías de ruina, empujados hacia la proletarización.

Es cierto que nuestros medios de propaganda y de agitación son limitados. Pero tenemos que defender nuestro programa y una política que corresponda a la situación del momento. En un período de crisis, las cosas cambian muy rápidamente. Como se pueden modificar las relaciones entre los distintos componentes de la pequeña burguesía y de la clase obrera. La intensificación de la lucha de clase nos llevará a defender muchos más puntos del Programa de Transición que los relativos a la preservación de los empleos y de los sueldos.

En un período en el que el movimiento obrero está ausente de la escena política, en todo caso desde un punto de vista de clase, los enfrentamientos políticos se limitan a opciones que apuntan todas a preservar el capitalismo y la dominación de la burguesía. Por muy diferentes que parezcan estas opciones, por muy violenta que pueda volverse su expresión mañana, contribuyen, todas, a envenenar a la clase obrera, a dividirla según opciones favorables a la burguesía, a desviarla de la conciencia de clase.

Defender una política de clase va mucho más allá de defender un programa de combate para los futuros enfrentamientos. Consiste en demostrar lo falaces que son todas las políticas inspiradas en la preservación del orden capitalista.

En este momento, es necesario ir en sentido contrario a todas las formas de repliegue nacional, de proteccionismo o de soberanismo, propagadas tanto por los reformistas como por la extrema derecha. No solamente señalando lo absurdo que es dentro de una economía globalizada desde hace mucho tiempo, sino también combatiendo su carácter reaccionario.

El soberanismo es, en el mejor de los casos, una demagogia sin contenido porque, en una economía globalizada, la burguesía imperialista sólo puede concretarlo en ámbitos limitados y parciales. E incluso dentro de estos límites, a coste de un enorme despilfarro de trabajo humano.

Trotsky escribía, en 1933, en un texto dedicado al estatismo capitalista defendido tanto por los reformistas como por los fascistas: “…a la actual ‘economía planificada’ se la debe considerar una etapa completamente reaccionaria; el capitalismo de Estado pretende apartarla de la división mundial del trabajo, adaptar las fuerzas productivas al lecho de Procusto del Estado nacional, constreñir artificialmente la producción en algunas ramas y crear de manera igualmente artificial otras ramas a través de enormes inversiones improductivas. La política económica del Estado actual –comenzando con los impuestos al estilo de la antigua China y terminando con las prohibiciones episódicas de utilizar maquinaria en la ‘economía planificada’ de Hitler– logra una regulación inestable al costo de la declinación de la economía nacional, de provocar el caos en las relaciones mundiales…”

Esta afirmación de Trotsky se fundamentaba en su visión marxista del mundo.

La agonía del mundo capitalista resulta ser mucho más larga de lo que Marx y varias generaciones de revolucionarios podían contemplar.

Las formas de organización social no están modeladas en el organismo humano. Todo los aspectos del mismo capitalismo, la globalización tanto de la economía como de las ideas, la creciente absurdidad de la propiedad privada y de las fronteras nacionales respecto a los avances de la técnica y de la cultura, muestran hasta qué punto la sociedad lleva el potencial de una forma de organización colectivista a escala internacional. Pero el dominio de la burguesía no desaparecerá hasta que sea derrocada.

“No se trata de comprender el mundo, sino de transformarlo”, decía Marx en sustancia ya en 1845. Seguir paso a paso la agonía el capitalismo sólo tiene sentido y utilidad para preparar el derrocamiento revolucionario del orden social existente.

Por muy poderosa que sea la burguesía, por muy sólido que esté asentado su poder político, las fuerzas profundas que trabajan la economía y la sociedad son mucho más potentes. Como en tiempos de Marx, y en mucho mayor grado aún, todas las tendencias de la economía van en la dirección de una creciente socialización de la misma economía.

Al menos que se produzca una catástrofe de tal magnitud que ponga en peligro la existencia misma del género humano, la burguesía no puede hacer retroceder la historia, sólo puede ralentizarla y retrasar los plazos. Un siglo y medio después de los análisis de Marx, todas las tendencias que desveló en la sociedad y sobre las cuales fundó sus convicciones socialistas se manifiestan hoy, y con mucha más fuerza que en su época. Es precisamente lo profundos que fueron estos análisis lo que hace de su socialismo un socialismo científico en oposición al socialismo utópico de sus predecesores. Científico en el sentido de un socialismo que se derivaba no de un sueño utópico, sino del análisis de la sociedad capitalista y de su dinámica interna.

Lo que, en los escritos de Marx, era a menudo una anticipación sobre la evolución futura, se ha vuelto un hecho. La economía está socializada en un grado mucho más elevado que en su tiempo. El capitalismo no solamente se ha desarrollado en una docena de países de Europa Occidental y América del Norte como en tiempos de Marx. Ha conquistado el mundo entero.

La socialización de la producción es a escala mundial

Desde la extracción de materias primas hasta el producto terminado, cualquier producto contiene el trabajo de cientos, de miles de trabajadores a nivel de todo el planeta. De hecho, la producción pone en contacto a trabajadores de todo el mundo y los hace depender los unos de los otros, aunque la mayoría de ellos no tienen conciencia de ello, o incluso no conocen el país donde se realizó la etapa anterior de la producción.

Es decir que la globalización y la interdependencia de los seres humanos ha alcanzado un grado que no se puede comparar con la época de Marx. Los dictadores más poderosos al servicio del gran capital no pueden hacer nada contra este hecho.

El llamado “soberanismo” que exhiben como objetivo los demagogos de hoy, no todos de extrema derecha, fue llevado a su extremo por el régimen nazi en Alemania. La política de conquista encarnada por Hitler para alejar las fronteras, que condujo a la Segunda Guerra Mundial, fue ya una demostración por reducción al absurdo de la inanidad de su planteamiento. Y una vez derrotado el nazismo, la Alemania capitalista se reconstruyó reintegrando la división internacional del trabajo y convirtiéndose en la principal potencia exportadora de Europa.

La globalización no es solamente económica, sino también cultural, humana, aunque sólo sea por todos los inventos de la técnica moderna, desde Internet hasta todos sus derivados.

Todas estas tendencias que hacen evolucionar la sociedad profundamente han sido concretadas por la burguesía bajo el capitalismo y encerradas en la camisa de fuerza de la ganancia privada. La contradicción entre la dinámica de la sociedad y su organización capitalista se torna en contra de la humanidad. La energía atómica domada puede tanto proveer la electricidad de la que carece África, como desembocar en un Hiroshima. La comunicación instantánea está puesta al servicio de la especulación financiera automatizada.

Pero todo aquello otorga medios a la colectividad humana, técnicos y sociales, para controlar su destino. Medios con los que Marx sólo podía soñar. Seguía siendo verdad medio siglo más tarde, en los tiempos de Lenin. Cuando este último formulaba, en pocas palabras, que el socialismo era el poder de los soviets más la electricidad, la electrificación de Rusia era aún un objetivo a alcanzar para el poder de los soviets.

Cien años después, lo mismo sigue siendo en muchas regiones subdesarrolladas del planeta. Pero mientras tanto el hombre ha pisado la Luna y ha empezado a explorar el espacio.

Las condiciones económicas y sociales están presentes. Al proletariado le corresponde asumir su papel histórico. Las tendencias colectivistas de la dinámica del capitalismo sólo pueden realizarse mediante el derrocamiento revolucionario del poder de la burguesía, la expropiación de la última de las clases dominantes en la historia de la humanidad y la toma en sus manos de su destino por la colectividad humana.

Entonces, por retomar la expresión de Marx: “¡bien has hozado, viejo topo!”

15 de octubre de 2020

La situación internacional

Este texto es una traducción de uno de los textos votados en el último congreso de Lutte Ouvrière, en diciembre de 2020, publicado en la revista Lutte de classe de diciembre de 2020-enero de 2021.

La crisis de la economía capitalista mundial, que agudiza la guerra social que libra la burguesía contra la clase trabajadora y que también puede alterar las relaciones entre las distintas categorías víctimas del gran capital, domina asimismo las relaciones internacionales. Aumenta la rivalidad entre las naciones imperialistas. Agrava la presión del imperialismo sobre los países pobres. Y resucita o refuerza numerosas tensiones entre naciones, etnias y religiones.

Al tiempo que ilustra a su manera lo profundo que es la unidad de la humanidad, la pandemia también ha puesto de relieve todos los defectos y contradicciones de la organización capitalista de la sociedad.

En todas partes, se observa la incapacidad de gestionar la pandemia de forma que no sea culpando a la población de su propagación, con el fin de ocultar las responsabilidades pasadas y presentes del Estado en la criminal insuficiencia de los medios materiales y humanos en la sanidad. Frente a un virus que se salta fronteras y distancias, los Estados nacionales van cada uno por su cuenta y erigen más barreras en vez de colaborar.

El dominio imperialista del mundo constantemente provoca, directa o indirectamente, la reacción de los pueblos oprimidos. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, apenas ha habido un solo instante sin un conflicto de este tipo. Las potencias imperialistas, adeptos del “divide y vencerás”, aprovechan y, por lo tanto, favorecen –o incluso fomentan– continuamente conflictos nacionales, étnicos, religiosos. Estos conflictos, cuyos orígenes se remontan a menudo a tiempos muy lejanos, se ven constantemente reavivados por las rivalidades entre las distintas potencias imperialistas.

La crisis, el empobrecimiento de las clases explotadas hasta en los ricos países imperialistas, y el afianzamiento de las ideas reaccionarias y xenófobas agravan esas tensiones. La creciente tensión en las relaciones internacionales en los últimos años muestra cómo conflictos locales pueden desembocar en guerras generalizadas.

La guerra civil en Siria, desencadenada en 2011 por la represión de Asad contra su pueblo, provocó una reacción en cadena en todo el Oriente Medio. Mediante el juego de alianzas, involucró a potencias regionales como Irán y Turquía. Esto llevó a la intervención de Rusia, así como la implicación de todas las potencias imperialistas en un grado u otro.

En el conflicto de este año entre Azerbaiyán y Armenia se observa la creciente implicación de Turquía, que por otra parte interviene cada vez más en la rivalidad entre los señores de la guerra que se enfrentan por el poder sobre Libia y sus recursos petroleros. Grecia y Turquía bien pueden pertenecer a la misma alianza militar, la OTAN; sin embargo, están al borde del enfrentamiento militar por el control de las aguas territoriales en el Mediterráneo oriental.

La guerra es una realidad sangrienta en varias regiones cercanas a Europa.

La posibilidad de una guerra ya forma parte de los temores de las masas populares en numerosos países. Este temor acabará alcanzando las masas populares de los propios países imperialistas.

Para las de Francia, las aventuras guerreras de su imperialismo en su antiguo imperio colonial so pretexto de “lucha contra el terrorismo” siguen apareciendo como una amenaza lejana que les concierne poco, sobre todo porque se libran con un ejército profesional. Pero el sentimiento de una catástrofe por venir se extenderá inevitablemente con la agravación de las tensiones internacionales.

Por otro camino hoy que en los años que llevaron a la Segunda Guerra Mundial, los objetivos planteados por Trotsky en el Programa de Transición (“La lucha contra el imperialismo y la guerra”) se vuelven actuales otra vez.

En los países imperialistas, entre ellos Francia, los dirigentes políticos no tocan, por el momento, el tema del "enemigo hereditario". Pero en lugar de ello, agitan la lucha contra el terrorismo.

Tanto las medidas antiterroristas interiores como las intervenciones militares exteriores están vinculadas y justificadas por la “defensa de la patria”. Esto es un fraude. Como dice el Programa de Transición, “bajo esta abstracción la burguesía entiende la defensa de sus ganancias y de su pillaje”.

Las numerosas guerras locales que tienen lugar en Asia o África evidentemente hacen la fortuna de los vendedores de armas. Al mismo tiempo, los gastos militares sirven como barómetro bastante fidedigno del empeoramiento de la situación internacional. Afirma el informe de un organismo internacional especializado que “los gastos militares han alcanzado su nivel más alto desde el final de la Guerra Fría”.

Al mismo tiempo, los enfrentamientos locales sirven como terrenos de entrenamiento para los ejércitos de las potencias, si no directamente, al menos a través de mercenarios. El crecimiento del número de mercenarios y ejércitos privados sigue la misma trayectoria que el de la venta de armamento.

Las alianzas militares que pueden llevar rápidamente a una guerra generalizada no se limitan a las alianzas oficiales, basadas en tratados diplomáticos. También están las alianzas forjadas entre los vendedores de cañones y aviones de los países imperialistas y sus clientes.

Yemen, por ejemplo, que no pertenece a la zona de influencia directa del imperialismo francés, es sin embargo un excelente mercado para sus vendedores de armas.

Las alianzas se establecen y se rompen en Libia según la correlación de fuerzas entre los señores de la guerra, pero también según las ventajas comerciales que pueden presentar los vínculos con uno u otro de los bandos en guerra. Desde Egipto hasta los Emiratos Árabes Unidos, la guerra civil en Libia implica a más países que los que hasta ahora han intervenido directamente sobre el terreno.

El mundo capitalista es un barril de pólvora. Las chispas ya son muchas, y cada una podría provocar reacciones en cadena susceptibles de desembocar en una guerra que involucre a las grandes potencias. Esto podría convertirse entonces en la primera etapa de una nueva guerra mundial.

Dos de las principales potencias del mundo, Estados Unidos y China, sólo están en la fase de las disputas verbales. Sin embargo, una guerra comercial ya ha empezado. Por el momento, se ve frenada por la interdependencia de las economías estadounidense y china, debida a la fuerte presencia de grandes trusts estadounidenses y, más en general, occidentales en China. Mientras el Occidente imperialista exporta capitales hacia China, China exporta mercancías hacia Occidente. La mitad de la industria china trabajaría para la exportación, de una manera u otra. Esta interdependencia es asimétrica: Estados Unidos es una potencia imperialista, mientras que China sigue siendo en gran medida un país pobre. Esta asimetría no sólo existe en el ámbito económico, sino que también se refleja en el ámbito militar y en la cantidad y calidad de sus respectivos armamentos.

Los puntos de tensión con implicaciones directamente militares ya existen. Es antiguo el asunto del apoyo de Estados Unidos a Taiwán, isla separada de China desde que Chiang Kai-shek fue derrotado en 1949 y se refugió allí. Es verdad que, en 1978, Estados Unidos reconoció la República Popular de China. Pero la actividad diplomática estadounidense, a la que se suman operaciones navales y ventas de armas, demuestra la voluntad de Estados Unidos de considerar a Taiwán como parte del arco de Estados, desde Malasia hasta el Japón y Filipinas, aliados para contener la influencia china. Lo cual amenaza con quitarle a China el acceso a los océanos Pacífico y Índico.

Los diminutos archipiélagos del mar de la China Meridional, las islas Paracels y Spratlys, son unos de los puntos calientes del planeta, donde se cruzan y se observan buques de guerra de China y los de Estados Unidos y de sus aliados en la región.

Aún no existe una dinámica como la que llevó a la Segunda Guerra Mundial, oponiéndose dos bandos imperialistas por el dominio del mundo. Sin embargo, Estados Unidos ya está preparando a su pueblo a la idea de un enfrentamiento con China. Para Trump, ¡hasta el coronavirus es chino, y la pandemia es un acto de guerra! Y esto no es sólo una manera de exonerarse de la incapacidad manifiesta de su régimen para combatir la propagación del virus.

Aquí en Francia, la “guerra contra el terrorismo”, con sus consecuencias internacionales, tiene el mismo objetivo de enrolar a la población. Los repetidos llamamientos a la “unión nacional”, ampliamente compartidos por todos los partidos de la burguesía, de un lado a otro del espectro político, apuntan a este objetivo. Todo ello se hace en nombre de la patria y su defensa, como es tradicional para justificar todas las guerras del imperialismo, incluso las más infames.

Al degradarse las relaciones internacionales, los comunistas revolucionarios tendrán que denunciar cada vez más esta estafa. Al patriotismo al estilo burgués, deben oponer el internacionalismo de los trabajadores, que forma parte de las perspectivas comunistas.

Si bien es indispensable la propaganda general por el internacionalismo, no es suficiente. Es preciso combatir día a día la política y el lenguaje de los partidos burgueses que, más allá de sus diferencias, defienden unánimemente su imperialismo. Todos tienen como objetivo, declarado o no, el acostumbrar a las masas populares a las guerras actuales o por venir.

Hay que rechazar la “unión nacional”, que está diseñada para ocultar la oposición fundamental entre los intereses de los explotados y los de sus explotadores, y que apunta a subordinar los primeros a los segundos. Hay que rechazar cualquier política que enfrente entre ellos a los proletarios de distintos países, incluso en su variante soberanista.

Vinculando los problemas planteados por los aspectos económicos de la crisis a sus consecuencias militares, el Programa de Transición especifica la reivindicación transitoria resultante de forma concisa: “¡Nada de programas de armamento, sino un programa de obras de utilidad pública!” Esto podría actualizarse así: “Dinero por la construcción de hospitales y para la formación y contratación de trabajadores en la sanidad, no por la industria de armamento.”

La política internacional de la burguesía es la continuación de su política nacional por otros medios.

La potencia imperialista que es Francia no puede hacer guerras justas. Las guerras que ya está librando o a las que se asociará son y serán guerras imperialistas.

La única manera de oponerse a las amenazas guerreras que llevan en sí las relaciones internacionales es volviendo a la única guerra justa de nuestros tiempos: la guerra revolucionaria del proletariado por el derrocamiento del poder de la burguesía. “El enemigo principal está en nuestro propio país”. Esta afirmación resume el contenido fundamental de la actitud de los revolucionarios comunistas; válida en la época de Karl Liebknecht, Lenin y Trotsky, sigue siendo válida hoy.

Estados Unidos

Con 225.000 muertos de la pandemia, Estados Unidos es el país con más víctimas del mundo. En Nueva York ya son 24.000 los muertos, más que Lombardía y tres veces más que la región parisina, que cuentan con una población mayor. En realidad, Nueva York tiene más muertos que cualquier otra metrópoli en el mundo. La pandemia afecta ahora hasta zonas rurales, debiendo a veces los enfermos cambiar de Estado para ser hospitalizados en urgencia, por falta de plazas.

Las razones de este desastre sanitario son muchas. Durante meses, para no mellar su balance económico, Trump negó la gravedad de de la amenaza sanitaria. Gobernadores republicanos hicieron lo mismo, negándose a cualquier confinamiento, antes de verse obligados a ello por la situación. Seguramente tiene también su importancia el hecho de que más de 30 millones de estadounidenses no tengan seguro médico, y que las condiciones laborales, como en los mataderos o en las fincas, sean las de una explotación feroz. Los trabajadores, los obreros, el personal sanitario y de asistencia domiciliaria, los más pobres, los negros y los hispanos están dos o tres veces más afectados que los ejecutivos y los más ricos, y están pagando un terrible tributo al desastre sanitario. Ya antes de la pandemia, la esperanza de vida había disminuido durante tres años seguidos, un hecho excepcional quizás debido a la crisis de opioides. Aunque Estados Unidos tiene un PIB por habitante siete veces más elevado que el de Cuba, la esperanza de vida no es mayor y la mortalidad infantil es más alta. Este es el precio que paga la población por las ganancias de las compañías de seguros privados y de la industria médica y farmacéutica.

La crisis del coronavirus ha provocado un desplome económico. Mientras el gobierno se jactaba del crecimiento y de una tasa de desempleo especialmente baja, el PIB cayó un 5% en el primer trimestre de 2020 y un 31% en el segundo. El número de desempleados pasó de 7 millones a principios de marzo a 30 millones a finales de abril, mientras que otros millones no pudieron registrarse por la saturación del sistema, o porque no cumplían con los requisitos de indemnización. Desde entonces se ha vuelto a crear empleos, por la reactivación de las empresas, pero la tasa de desempleo sigue siendo muy elevada: oficialmente de un 8%, ha sido estimada por el presidente de la Fed en un 11%, y en realidad se acercaría al 27%, una tasa comparable a la de la Gran Depresión. Lo que era presentado como desempleo temporal debido al Covid se está convirtiendo en desempleo permanente.

En cambio, los índices bursátiles casi han vuelto a alcanzar el punto en el que se encontraban antes de la pandemia. Tras una abrupta caída en marzo, el Dow Jones y el S&P 500 han vuelto a sus niveles anteriores. En cuanto al Nasdaq, el índice de los valores de las nuevas tecnologías, alcanza un récord histórico. Mientras las aerolíneas, los cruceros y los parques de atracciones están estancados, y miles de Pymes se vienen abajo, el sector financiero busca refugio en las Gafam, en PayPal, Netflix, Tesla o Teledoc (medicina a distancia), así como en las multinacionales farmacéuticas, en espera del premio gordo de la vacuna. Tras el Jueves Negro” de Wall Street en 1929, la bolsa tardó 25 años en recuperarse; en 2020, tardó menos de seis meses.

El primer motivo del optimismo de los especuladores es el apoyo estatal. Como en otros países, el gobierno federal hizo frente al colapso económico mediante la creación masiva de deuda. No sólo están los tipos de interés cerca de cero, sino que la Fed ha comprado masivamente las deudas de de las empresas, que de lo contrario habrían quebrado. La deuda pública representa ahora el 135% de la riqueza nacional producida cada año; que ya había pasado del 67% en 2008 al 103% en 2017. Dicho de otra manera, la economía estadounidense vive cada vez más a crédito, y esto no es una novedad. Trump ha anunciado un plan de recuperación de 2.000 miles de millones de dólares; Biden dice más: ¡2.200 miles de millones! Ambos quieren presentar la factura a las clases populares.

Mientras los propietarios de activos inmobiliarios y bursátiles ven aumentar su riqueza, la clase obrera se empobrece. La cuarta parte de los estadounidenses sería incapaz de satisfacer sus necesidades alimenticias y depende de la ayuda para alimentarse. El problema no es nuevo, pero la crisis y la eliminación de millones de empleos en muchos sectores lo han agudizado. Ya en la primavera, muchas familias trabajadoras que no podían reembolsar su préstamo inmobiliario o pagar su alquiler se han visto amenazadas de desahucio de su vivienda, lo cual recuerda las dramáticas consecuencias de la crisis de 2007-2008.

A nivel político, este año estuvo marcado en junio por una amplia movilización contra el racismo y la violencia policial, tras el asesinato de George Floyd en Minneapolis. Las protestas fueron masivas, hasta en Alaska, y en ellas participaron muchos negros, pero también blancos antirracistas. Pero al reclamar una reforma de la policía, la movilización se ha topado con una contradicción irresoluble en el marco actual: el capitalismo estadounidense se edificó en base a la esclavitud y la división racial, y la policía es un instrumento indispensable para la dominación de clase.

Mientras que Biden y los demócratas han tratado de explotar la rabia provocada por el asesinato de George Floyd; Trump, en cambio, ha apostado por la oposición directa a los manifestantes, alentando demagógicamente el racismo contra los negros. En varias ciudades, milicias de extrema derecha han salido a la luz, como en Portland (Oregón); mataron a manifestantes antirracistas, como en Kenosha (Wisconsin); o planearon el secuestro de una gobernadora demócrata, en Michigan. Esos grupos son minoritarios, pero tienen apoyo en una parte de la opinión y hasta en la Casa Blanca. Si Trump pierde, puede que busquen vengarse sobre los negros. Si empeora la crisis y se agrava la situación social, podrían desempeñar un papel más amplio de fuerza armada supletoria al servicio del capital.

El resultado de las elecciones presidenciales aún se desconoce. La votación es el 3 de noviembre, pero nadie sabe cuándo exactamente se decidirá la elección, porque posiblemente habrá litigios. Además, en este modelo de democracia del mundo capitalista, el ganador de las elecciones no es necesariamente el que gana en las urnas… En cualquier caso, el favorito en las encuestas, Joe Biden, está bien visto por los financieros. Si se mide su valoración por los aportes de los grandes capitalistas, está incluso por delante de Trump. ¿Por qué sería de otra manera? Biden lleva casi 50 años siendo un político burgués tan insulso como leal. Al igual que Trump, propugna “producir americano con empleos americanos” y planea seguir el pulso con China. Así es, la burguesía está tranquila. Sabe que, con Biden, aunque vengan sumándose millones y millones de parados más, el dinero federal seguirá llegando a las grandes empresas, y la bolsa seguirá floreciendo.

Oriente Medio

Los conflictos de influencia, las consecuencias de las intervenciones militares de varias potencias regionales y del imperialismo se suman para hacer de Oriente Medio una zona de tensión permanente. Desde Yemen hasta Siria y Libia, las situaciones de guerra o de guerra larvada se mantienen, y en cualquier momento pueden desembocar en conflictos más violentos y amplios. Ahora es la crisis económica la que viene a extremar las tensiones, haciendo insoportable la situación de las masas. También agudiza las tendencias belicosas de los distintos regímenes.

Tras Irak e Irán, este año fue en Líbano donde ha surgido un amplio movimiento popular. El papel peculiar de este país, en el centro de las transacciones bancarias y de los flujos financieros regionales, le permitió durante mucho tiempo mantener a una pequeña burguesía relativamente acomodada. Se han agotado esas fuentes, llevando el país a una crisis económica más violenta aún por los intentos de los dirigentes de retrasarla mediante maniobras financieras. La fuga de capitales provocó la caída de la divisa libanesa y el rápido hundimiento de la mayoría de la población en la miseria. La revuelta popular, superando las divisiones religiosas, se dirigió hacia el sistema político, su corrupción, su incapacidad para gestionar el país con un mínimo de coherencia, como lo evidenció la catastrófica explosión en el puerto de Beirut, el pasado 4 de agosto. La demagogia de Macron que insta a los dirigentes libaneses a reformarse, no puede hacernos olvidar que el Líbano, tal y como es hoy, es una creación del colonialismo y del imperialismo francés. Quisiera éste que Líbano siga siendo un punto de apoyo para su presencia en Oriente Medio. Sus requerimientos para restablecer la situación financiera del país son llamamientos a los dirigentes libaneses para que se muestren capaces de hacerle pagar a su población y de hacerle soportar su dramático empobrecimiento.

Durante el mandato de Trump, el apoyo de Estados Unidos al gobierno israelí ha abandonado cualquier forma de recato. Reconocimiento de Jerusalén como capital y establecimiento de la embajada de Estados Unidos en esa ciudad, reconocimiento de la “legalidad” de las colonias en Cisjordania y de la anexión del Golán: Estados Unidos respalda incondicionalmente la política israelí de hechos consumados. Por demagogia hacia la extrema derecha, especialmente los colonos, Netanyahu ha afirmado su voluntad de anexionar parte de la Cisjordania ocupada. Pero una cosa es la demagogia y otra la aplicación. Sobre todo porque tal decisión está lejos de contar con el apoyo unánime de los dirigentes israelíes, incluidos los del ejército, algunos de los cuales consideran que dejar que la Autoridad Palestina mantenga el orden en la parte de Cisjordania que administra sigue siendo la opción menos costosa. Inicialmente prevista para el 1 de julio de 2020, esta anexión fue primero pospuesta sin ninguna explicación real y finalmente aplazada sine die a cambio del reconocimiento oficial del Estado de Israel por parte de los Emiratos Árabes Unidos y Baréin. Este acuerdo permitió a Netanyahu evitar tener que cumplir su promesa a los partidarios de un Gran Israel. Por su parte, los Emiratos Árabes Unidos y Barein, a los que posteriormente se sumó Sudán, ya ni siquiera se sienten obligados a mostrar una solidaridad fingida con la reivindicación de los palestinos de un Estado propio. La normalización de sus relaciones con Israel es, sin duda, más prometedora desde el punto de vista comercial y financiero, por no hablar del mayor apoyo que han podido recibir de Estados Unidos como resultado de su decisión. La mayoría de los Estados árabes consideran ahora al régimen de Teherán como su principal enemigo, e Israel como un posible socio en su lucha contra Irán.

En realidad, siempre ha sido meramente simbólico el respaldo de los Estados árabes a los derechos de los palestinos. Lo afirmaron durante años para no aislarse de la opinión de las poblaciones árabes, al tiempo que no vacilaban en ejercer una represión sangrienta de los movimientos palestinos cuando éstos amenazaban con desestabilizar sus regímenes. En el Septiembre Negro de 1970 en Jordania o en la guerra civil en Líbano, fueron los Estados árabes los que pararon el desarrollo de las organizaciones nacionalistas palestinas. Lo cual ayudó a Israel a reforzar su posición, y a sus gobiernos a negar al pueblo palestino cualquier reconocimiento de sus derechos.

Sin embargo, la política israelí se enfrenta a una contradicción. Al seguir rechazando cualquier acuerdo con los palestinos y al multiplicar los hechos consumados en sus territorios, los dirigentes israelíes hacen que la llamada solución de dos Estados sea cava vez más hipotética. Pero la completa anexión de Cisjordania sería integrar a Israel una población árabe que podría superar en número a la judía, una población que no podría aceptar indefinidamente una situación de apartheid. Por lo tanto, como siempre ha sucedido desde la creación de Israel, sus dirigentes siguen rechazando cualquier acuerdo real con los palestinos.

En los márgenes de la región, el intervencionismo turco turco de Erdogan es una respuesta a la grave crisis de su economía. Después de un periodo de relativa prosperidad, los mercados que podían ofrecerle Siria, Irak e Irán se han reducido. A ello se suman las consecuencias del agotamiento de los flujos turísticos y de la crisis sanitaria. La política de prestigio de Erdogan ha llevado al país a una situación de endeudamiento masivo a la que ya no puede hacer frente. Tiene como consecuencias la caída de la moneda, el empobrecimiento de la mayoría de la población y el descrédito del poder. Su respuesta consiste en gesticulaciones permanentes y intervenciones contra los Kurdos, en Siria, en Libia, en el Cáucaso, por no hablar de las acusaciones a Francia en nombre de la defensa de los musulmanes. El régimen turco también procura hacerse con parte de las riquezas petroleras y gaseras del Mediterráneo oriental y cuestionar el reparto de las aguas territoriales con Grecia, aunque ello suponga el riesgo de una guerra contra este país. La otra cara de esta política es la tensión constante mantenida en el interior de Turquía, las continuas detenciones, la represión y la denuncia de supuestos conspiradores. Este régimen, que se siente amenazado, sólo consigue mantenerse a este precio.

En todos los países de Oriente Medio, pero también en el Magreb o en Turquía, la crisis sanitaria ha añadido sus efectos a los de una crisis económica ya catastrófica. Ha llevado a un nuevo deterioro de la situación de las masas, pero tiende también por el momento a paralizar sus reacciones. En Argelia, la epidemia llegó en el momento oportuno para que el régimen detuviera el movimiento de protesta que continuaba desde febrero de 2019, y para que diera un giro represivo. No obstante, en todos esos países, la situación sigue siendo explosiva. Frente a unas condiciones cada vez más insostenibles, las reivindicaciones y las revueltas volverán a surgir.

Irak, Yemen, Siria, Libia, y ahora Líbano muestran cómo el dominio imperialista puede arruinar países enteros, mediante la destrucción física y material o mediante la destrucción de su economía. Acabar con este dominio del imperialismo requerirá la destrucción de los regímenes dictatoriales que son sus intermediarios, y la eliminación de las fronteras con las que el imperialismo ha dividido la región.

Rusia y su “extranjero cercano” sacudidos por las crisis

Los Estados de la ex Unión Soviética, la mayoría de los cuales ya se encontraban en un estado de crisis casi permanente desde la disolución de la URSS hace tres décadas, están viendo estas crisis tomar a veces un giro explosivo con la profundización de la crisis de la economía mundial.

En Kirguistán, uno de los cinco miembros de la zona de libre comercio formada en torno a Rusia, la sucesión de elecciones amañadas seguidas de disturbios condujo al derrocamiento del gobierno. Como ya sucedió en 2005 y 2010 en semejantes circunstancias. Desde hace quince años, la corrupción el autoritarismo de los clanes en el poder y el continuo empobrecimiento de la población han provocado “revoluciones” llamadas de colores en Ucrania, Georgia, Armenia, Moldavia y en Asia central.

La guerra ha vuelto a estallar entre Azerbaiyán y Armenia por el Alto Karabaj, teniendo como telón de fondo la huida hacia delante de las camarillas dirigentes de estos países y regiones, que intentan hacerle olvidar a la población sus responsabilidades en el empobrecimiento general; con el trasfondo de la rivalidad y competencia guerrera entre Rusia y Turquía para imponerse como potencia tutelar del Cáucaso.

En 1988, en tiempos de la URSS, cuando los burócratas que dirigían sus 15 repúblicas se afanaban en repartirse sus pueblos y riquezas compitiendo en demagogia esencialmente nacionalista, Alto Karabaj, con su población en mayoría armenia, se separó de Azerbaiyán, del que hasta entonces dependía administrativamente.

Seis años de “limpieza étnica” y guerra dejaron 30.000 muertos y más de un millón de desplazados en toda la región. Desde entonces, estas poblaciones, que durante siglos habían compartido un mismo territorio, han estado sumidas en un clima de hostilidad armada entre ellas, mantenido por sus dirigentes y sus padrinos, las grandes potencias.

La Revolución de Octubre de 1917 proclamó el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos y dio a los pueblos de la antigua Rusia zarista la mayor libertad en cuanto a la manera de organizar su vida colectiva dentro del país de los soviets. Sin embargo, no tenía capacidad para resolver “la cuestión nacional” en el marco de un solo país, aislado y pobre además. Este objetivo –como muchos otros por los que luchaban Lenin, Trotsky y sus camaradas– sólo se hubiera podido alcanzar si la revolución socialista, al triunfar al menos en varios países desarrollados, hubiera permitido a toda la sociedad, en su diversidad nacional, elevar su nivel de existencia material y cultural.

Pero durante los años 1920, la revolución retrocedió en Europa. En la URSS, esto permitió que una burocracia contrarrevolucionaria usurpara el poder de la clase obrera. Aplastando a todos y todo bajo su dictadura, la burocracia estalinista también pisoteó los derechos de los pueblos, algunos de los cuales (chechenos, tártaros de Crimea, etc.) fueron incluso deportados.

Sin embargo, y a pesar de todo el horror de estalinismo, más de un centenar de nacionalidades convivieron de manera generalmente pacífica durante siete décadas, dentro de este vasto conjunto multiétnico que era la Unión Soviética.

Uno de los aspectos más espantables del retroceso histórico que ha significado la desaparición de la URSS para sus pueblos es que vuelven a ser desgarrados por las alambradas de las fronteras artificiales, mientras sus vidas son ensangrentadas, como lo fueron bajo el zarismo, por pogromos, por odios nacionales instrumentalizados desde arriba.

Lo mismo ocurre en el este de Ucrania. Su población es rehén de las camarillas burocrático-mafiosas nacionales en el marco de un pulso entre Occidente y Rusia. El resultado son miles de muertos, un sinfín de destrucciones y un chovinismo vengativo que está envenenando la vida social en Ucrania como en Rusia.

En Rusia, Putin lleva veinte años jugando con el nacionalismo para mantenerse en el poder. Pero las políticas que el régimen ha implementado frente a las consecuencias de la crisis global en el país, con el objeto de proteger los ingresos de los privilegiados y de los ricos a expensas de las clases trabajadoras, socavan el consenso “popular” que constituía la base del bonapartismo ruso. Para consolidar su poder, el amo del Kremlin acaba de otorgarse una especie de presidencia vitalicia.

El pasado verano, en Bielorrusia, el presidente Lukashenko se vio desestabilizado cuando su fraudulenta reelección echó a la calle a multitudes de manifestantes, y luego a la huelga a decenas de miles de obreros. A pesar de una continua represión, Lukashenko todavía no ha recuperado el control, aunque cuenta con el respaldo de Putin –quién sabe que los efectos de la crisis global también podrían estremecer su régimen– así como con el respaldo, más hipócrita, de los Estados del occidente europeo, que temen que el caos político y social se instale a sus puertas.

Esta “última dictadura de Europa”, como dicen los dirigentes europeos que no le perdonan haber conservado algunos rasgos del régimen soviético, se mantiene desde hace 26 años. Esto se debe a que el régimen, al tiempo que asegura las prebendas de los burócratas, no ha procedido, o no tanto como en Rusia y Ucrania, a las privatizaciones mafiosas, la supresión de ventajas sociales de la época anterior y las “reformas” de mercado que empobrecieron brutalmente a la población del resto de la ex URSS.

Pero al debilitar el papel de intermediario comercial entre Rusia y Occidente, que le benefició al régimen bielorruso durante largo tiempo, la crisis global le obligó a cambiar drásticamente el “pacto social” en el que se asentaba. Ha atacado las condiciones de existencia de la clase obrera y ya no permite a la pequeña burguesía esperar enriquecerse como antes.

De ahí el carácter contradictorio de las protestas actuales: por una parte, una pequeña burguesía que mira hacia el oeste, y por otra parte clases populares que sienten que, si bien el régimen es su enemigo, no por tanto es su aliado la oposición liberal. Ni siquiera cuando llama a la unidad de los trabajadores… detrás de sus objetivos políticos e intereses de clase.

Por supuesto, los trabajadores de Bielorrusia tendrían el mayor interés en aprovechar las protestas contra el autócrata Lukashenko para organizarse y plantear sus propias reivindicaciones. No sólo para disputar a la oposición liberal –y de hecho pro-burguesa– su pretensión de dirigir la lucha de toda la población contra el régimen, sino más aún para demostrar que lleva en sí otra forma de organización económica de la sociedad que el paternalismo mafioso de la burocracia o la vuelta al seno del mercado, y por tanto de la dominación imperialista: un sistema dirigido por la clase obrera;un sistema socialista que no se ciña a un cambio aun radical en un solo país –algo imposible–, sino que se fije como perspectiva el derrocamiento del capitalismo y de cualquier forma de opresión a escala mundial.

Esta perspectiva no la defiende ningún partido en la crisis bielorrusa. Tampoco se defendió, y desde hace mucho tiempo, en ninguna de las crisis en las cuales, en otros países, la clase obrera se vio obligada a luchar, incluso a veces ocupando el centro del escenario, como lo hizo durante varias décadas en Europa del Este, y especialmente en Polonia.

La rápida agravación de la crisis del mundo capitalista impone, más que nunca, que organizaciones vuelvan a defender esta perspectiva, ante los trabajadores y, en su nombre, ante todas las capas sociales que buscan sacudir un orden injusto y cada vez más insoportable. Construir organizaciones revolucionarias, comunistas, implantadas en la clase obrera, es una tarea urgente y primordial. Es la única tarea verdaderamente fecunda para sacar a la humanidad del callejón sin salida de las luchas defensivas contra los males con los que el capitalismo la azota, y la seguirá azotando cada vez más hasta que la revolución obrera acabe con este sistema.

30 de octubre de 2020

La situación en Francia

Este texto es una traducción de uno de los textos votados en el último congreso de Lutte Ouvrière, en diciembre de 2020, publicado en la revista Lutte de classe de diciembre de 2020-enero de 2021.

El año 2020 ha estado marcado por la pandemia de Covid-19, que aceleró la crisis económica, social y política que viene viviendo el país desde hace años.

La epidemia ya mató a unas 40.000 personas, y la segunda ola podría duplicar este dato. El gobierno, incapaz de controlarla, tuvo que confinar a la población, una medida digna de la Edad Media. Durante casi dos meses, entre el 17 de marzo y el 11 de mayo, la vida social quedó entre paréntesis, se prohibieron los desplazamientos, se controlaron estrictamente las salidas fuera del domicilio, se cerraron las fronteras, y la actividad económica y los intercambios se redujeron a lo estrictamente necesario. La epidemia sigue trastornando la vida del país, ya que, frente al aumento de contagios, el gobierno decretó a finales de octubre otro nuevo confinamiento estatal.

Impotencia y descrédito del Estado

Por muy inauditas y excepcionales que sean, las medidas del gobierno para sostener artificialmente la economía y limitar la catástrofe social no han frenado los ataques a la clase obrera. Para el mundo laboral, el balance ya es tremendo: se destruyen cientos de miles de empleos, con el cese de los contratos de precarios, interinos, temporales y autónomos; se dispara el número de reestructuraciones y ERE; se cierran fábricas; se implementan planes de competitividad; se disparan la pobreza y el número de familias que dependen del reparto de alimentos. Víctimas directas del confinamiento, decenas de miles de pequeños comerciantes se hundieron en las deudas y están a punto de quebrar.

La crisis económica es general y cada uno puede sentirla. Se han esfumado brutalmente las perspectivas para los jóvenes que llegan al mercado laboral. Para todos son inciertas. Obreros o ingenieros, empleados de subcontratas o de ordenantes, trabajadores de la industria, de la hostelería, del espectáculo o del turismo… todas las categorías asalariadas están afectadas, y en general todas las clases trabajadoras, puesto que muchos autónomos también sufren la crisis.

A la crisis sanitaria fuera de control, a la incertidumbre y el miedo frente a las consecuencias económicas, se han sumado nuevos atentados terroristas. Mientras las amenazas sobre nuestras condiciones de existencia y vida se acumulan, el poder político demuestra su impotencia.

Macron se alzó al poder aprovechando el vacío político fruto del desgaste de la vieja alternancia entre izquierda y derecha. En 2017, su discurso de renovación de la política y su capacidad de cambiar la sociedad sólo convenció a la cuarta parte de los votantes en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Ahora, Macron ya no es más que el “presidente de la crisis permanente” en un “mandato horribilis” (según el diario económico Les Échos del 30 de octubre).

Epidemia, crisis económica, terrorismo: Macron y su gobierno corren detrás de los problemas sin resolver ni uno, incluso empeorándolos. Agenda perturbada, reformas aplazadas indefinidamente como la de las pensiones, presupuestos rectificativos… los ministros van de un incendio a otro. Aún no está en marcha el plan de recuperación del Estado, de 100.000 millones de euros, pero ya se está convirtiendo en un plan de emergencia que servirá para colmar el lucro cesante de los accionistas, consecuencia del segundo confinamiento.

Los años de crisis, reestructuraciones y cierres de fábricas vienen demostrando la impotencia de los Estados y su personal político burgués, que en realidad expresa la incapacidad de la clase dominante a la hora de gestionar la sociedad. Desindustrialización, dictados de las multinacionales, subida del paro, de la precariedad y de la pobreza: los políticos no pueden con los males del sistema que ellos defienden. Se trata de una impotencia social, fruto de un Estado al servicio exclusivo de una clase y de un sistema cada día más parasitarios.

Con la crisis sanitaria, el Estado demostró su impotencia hasta en las actividades que directamente dependen de él. Mandaron al frente sin recursos a los sanitarios en hospitales y residencias de mayores; mintieron sobre las mascarillas para ocultar la incuria; gestionaron la penuria; se negaron a requisar los medios de producción capitalistas; no pidieron contribución financiera a la burguesía; adelantaron el final del confinamiento bajo la presión de la patronal… El gobierno y la administración han gestionado la crisis sanitaria desde el punto de vista burgués, que es el único que conocen.

Las numerosas crisis refuerzan la desconfianza de las clases populares para con el Estado y los políticos burgueses. El diario Les Échos dijo el 26 de octubre: “En adelante es una detestación bien arraigada. Podría parecer excesivo el término, pero la crisis de los “chalecos amarillos”, los insultos que corren por las redes sociales, los sondeos y la subida de la abstención demuestran que no lo es. […] Los políticos son considerados indiferentes, desconectados, o directamente corruptos: sólo el 23% de los franceses los creen honestos, sólo el 13% piensa que ellos se preocupan por la gente. El engranaje no tiene fin.”

En el texto del año pasado escribimos lo siguiente: “Ese descrédito se extiende al aparato de Estado, y constituye una amenaza para la burguesía. El dominio burgués y la sociedad de clases no sólo se mantienen por la brutalidad y la violencia del Estado, sino que se basan en una autoridad que la gente admite y respeta, porque el Estado facilita la vida social organizando la educación, la sanidad, la justicia y la seguridad. Se debilita cada vez más esa confianza en lo que los defensores del orden burgués presentan como pilares de la república.” Este descrédito se está produciendo ahora a un ritmo más rápido.

Dos fuerzas reaccionarias paralelas

El paro, la miseria y la desconfianza hacia las autoridades favorecen a fuerzas políticas que utilizan el individualismo y los sentimientos identitarios, religiosos y nacionalistas. El crecimiento de la extrema derecha, por un lado, y por otro lado las ideas comunitaristas y religiosas, son dos evoluciones reaccionarias paralelas, que se alimentan entre ellas.

Se suele por comodidad confundir la extrema derecha fascista con el Rassemblement national (partido de Le Pen), pero en realidad no es lo mismo. El movimiento identitario es abiertamente hostil a los inmigrantes y a los musulmanes en particular. “Islam fuera de Europa”, “Estamos en nuestra tierra” son sus lemas. Con golpes colectivos, llamamientos al crimen más o menos velados en las redes sociales, y actuaciones aisladas (como hace poco en Aviñón contra un comerciante magrebí o varios ataques contra mezquitas): los militantes identitarios defienden la acción autoritaria, incluso la violenta. Si bien no tienen todavía los recursos para su política, se inspiran en ideas y métodos fascistas, y esperan que la crisis les ofrezca una oportunidad para desarrollarse.

El partido RN es una expresión pálida de dicho movimiento, una versión aséptica, porque, hasta la fecha, Le Pen quiere llegar al poder mediante las urnas, en el marco del sistema parlamentario. Sus éxitos electorales confirmados en las últimas europeas le dejan pensar que sólo hay que esperar. Con su nueva generación de dirigentes semejantes a los demás políticos, el trabajo de normalización del RN está terminado. Le Pen está dispuesta a revisar la parte de su programa relativa al euro y a la Unión Europea, que no le gusta a la clase capitalista, con el objetivo de ser aceptada en la cumbre del Estado. En cuanto a su política soberanista o proteccionista, que hace unos años era rechazada masivamente, ahora la crisis y la competencia extrema la están convirtiendo en una opción aceptable, si no útil, a los ojos de ciertas fracciones de la patronal.

Le Pen quiere ser más bien una derecha extrema que una extrema derecha. Pero, más allá de los planes de unos y otros está la evolución de las fuerzas sociales. Las que el partido RN refuerza y lleva tras de él pueden escapar de su control. La evolución política puede llevar al escenario a personas y grupos violentos, antiinmigrantes y de tendencia fascista que desborden a Le Pen, la hagan parecer anticuada y la suplanten a los ojos de los más rabiosos.

A diferentes ritmos, la crisis y la evolución de la sociedad llevarán a las clases sociales hacia soluciones cada vez más radicales y autoritarias. La lucha de clases agudizada y las repetidas crisis plantean decisiones autoritarias. Las decisiones autoritarias contra la clase obrera corresponden al interés de la burguesía, que ya no puede proteger sus ganancias salvo atacando las condiciones de vida de las clases populares con cada vez más violencia. El interés de los trabajadores requiere, por su parte, decisiones autoritarias dirigidas contra la burguesía, contra sus beneficios y su fortuna.

La evolución del poder hacia el autoritarismo brota del fondo de una sociedad en crisis, y Macron la representa con su modo de gobierno, con consejos de defensa y medidas discrecionales. Buena parte de la clase política asume lo antedicho, justificando el estado de alarma o cuestionando el “Estado de derecho” para luchar un día contra la Covid, otro día contra el terrorismo. “La amenaza autoritaria y fascista está grabada en nuestro periodo”, es lo que escribimos hace un año, en base a la evolución de la crisis económica y social. Una serie de índices confirman esta evolución.

En el periodo que vivimos, la decisión de Marine Le Pen de abandonar los discursos de su padre, su búsqueda de respetabilidad casi llegan a contratiempo. En 1982, a Jean-Marie Le Pen (el padre) le armaron una bronca política cuando dijo: “Francia, la quieres o la dejas”. Tras el cover de Villiers y el de Sarkozy, esta frase se escucha hoy día en boca del ministro de Interior, Darmanin, o en boca de ex ministros socialistas. Los partidos en competencia por el poder se enfrentaron durante años jactándose de su capacidad de bloquear a Le Pen. En adelante, la bestia que hay que combatir para ellos es el “islamo-izquierdismo”.

La otra fuerza política que crece amenazando al mundo laboral es el movimiento del islam político, con sus componentes integristas y terroristas. El asesinato del profesor de historia Samuel Paty en Conflans, así como el de tres católicos en la basílica de Niza, lo han vuelto a colocar en el primer plano. Lo importante no está en buscar y distinguir los objetivos actuales de las diferentes corrientes de dicho movimiento, sino razonar, reflexionar basándose en las fuerzas sociales existentes y su posible evolución.

El repliegue y ensimismamiento con su supuesta comunidad, el rechazo al otro, la búsqueda de un refugio religioso crecen en el terreno de la crisis. Los militantes integristas especulan con esas tendencias para ganar más poder sobre lo que consideran su comunidad, una comunidad que ellos mismos están contribuyendo a fabricar mediante la religión y las prácticas rigoristas. Buscan deliberadamente ampliar la brecha entre ella y el resto de la población.

Pruebas de su dinamismo encontramos en la influencia de tal o cual mezquita, tal o cual imán en las redes, así como en la presencia física de los militantes integristas y sus asociaciones en los barrios populares. El activismo de esas tendencias se extiende a las escuelas y programas escolares, se ha visto con el acoso a Samuel Paty. Se opusieron a la ley que prohíbe el velo en las escuelas. La denunciaron sin cesar, equiparándola (al igual que la laicidad o la libertad de expresión) a un racismo de Estado contra los musulmanes. Son ideas que se han apoderado de una parte de los jóvenes de los barrios populares, ya sean o no religiosos.

Parte de la juventud echa mano de las ideas religiosas para cuestionar la injusticia y proteger su dignidad e identidad, que ve amenazadas. En otros tiempos, esa juventud buscaba como modelos las figuras nacionalistas en lucha contra el imperialismo. Es característico de nuestra época que el fundamentalismo haya sustituido el tercermundismo, que abanderaba un nacionalismo progresista e influenciaba parte de la juventud.

La corriente político-religiosa integrista pertenece a un fenómeno internacional muy amplio, con partidos que la utilizan para llegar al poder, o ejercerlo, incluso dirigiendo países. Si bien se desmanteló al FIS en Argelia, a Dáesh en Irak y en Siria, la corriente integrista ejerce el poder en Irán, Afganistán, Pakistán, Arabia Saudí y en las monarquías petroleras del Golfo. No sólo niega la libertad de las mujeres, sino también los derechos de los trabajadores, su libertad de protestar, organizarse, reivindicar y ponerse en huelga. Defensora del orden social, antiobrera por esencia, en todos los países donde está o ha estado en el poder, es otra variante de la extrema derecha.

La influencia del integrismo aquí mismo tiene consecuencias tan nocivas para la clase obrera como el veneno de extrema derecha tradicional. Ambas fuerzas políticas dividen a los trabajadores, disuelven la conciencia de pertenecer a una sola clase social. En el contexto de crisis exacerbada, son dos peligros graves para la sociedad, y en particular para los trabajadores.

Por un lado, activismo de los militantes integristas y terrorismo de los fanáticos; por otro lado, influencia creciente de las ideas reaccionarias, antiinmigrantes y racistas: el proceso está en marcha desde hace años. En cada atentado terrorista, en cada agresión o declaración racista, el engranaje se lleva más mujeres y hombres. La situación tiene su lógica propia, que ya nadie controla.

El proletariado y la pequeña burguesía

Romper el engranaje depende de la intervención de la clase obrera y su capacidad para imponerse en la vida política. El año pasado por las mismas fechas, estábamos preparando la huelga del 5 de diciembre contra la reforma de pensiones. Sentíamos un repunte de la combatividad en el sector de transportes. Este año, nada parecido. La pandemia y la amenaza de perder su trabajo se combinan para pesar sobre la moral y la combatividad de los trabajadores. La desmoralización y desorientación suelen afectar más a los militantes que a los trabajadores de la base. Por el momento, el mundo laboral no cree en su fuerza ni se imagina posible entrar en lucha contra la burguesía. Para una gran parte de las clases populares, la referencia en términos de lucha y protesta no es el último movimiento de huelga y manifestación contra los ataques a las pensiones, sino el de los “chalecos amarillos”..

Uno de los peligros que se derivan de la crisis es que, mientras que el proletariado se quede quieto, se muevan otras clases sociales, como la pequeña burguesía que vive del comercio. Ella resistió más que la clase obrera a los sacrificios que ha impuesto el Estado a raíz de la emergencia sanitaria. Nos dio un anticipo la movilización de los patrones de bares y restaurantes contra los cierres administrativos en septiembre, así como los pequeños comerciantes que obligaron al gobierno a cerrar los estantes de productos no esenciales en los grandes almacenes.

Bien se puede comprender su resistencia por salvar su comercio. Se entiende su rabia contra un Estado que no tiene piedad alguna para los pequeños, y se mueve ante todo por los intereses de la gran burguesía. Al favorecer a los grandes grupos y a la banca, el gobierno refleja las relaciones de fuerzas dentro de la economía capitalista. La deformación de la competencia, o la competencia desleal, están grabadas en la ley de la jungla del mercado. Nunca ha existido ni existirá una competencia que respete los intereses de los pequeños. Los comerciantes topan con el funcionamiento propio de la economía, a la cual están encadenados por su propiedad. Están como desmembrados entre su apego a la propiedad privada y su espanto ante la amenaza del gran capital. No tienen perspectiva.

¿Se movilizará de verdad la pequeña burguesía? ¿Con qué objetivos? La desesperación, acritud y asqueo político que algunos miembros de la pequeña burguesía expresan pueden desembocar en lo peor, convirtiéndolos en una masa utilizada para mantener el orden social que los aplasta. Lo mejor sólo puede llegar si la clase obrera movilizada se dirige a la pequeña burguesía y la arrastra detrás de sus objetivos de lucha contra la gran patronal.

La base de la pequeña burguesía tiene un pie en la clase obrera, sus cumbres se mezclan con la burguesía. Asimismo, se desmiembra políticamente. En los periodos de lucha de clase intensa, cuando se plantea la cuestión del poder, la pequeña burguesía y sus portavoces políticos vacilan. La dinámica objetiva de una sociedad dividida en dos clases, que ambas llevan su organización social, sólo deja dos opciones: o bien la supervivencia del capitalismo bajo sus formas más bárbaras, o el futuro comunista que representa la clase obrera.

La pequeña burguesía, en sí, no lleva ninguna organización social propia. La gran masa de los pequeños comerciantes, artesanos y autónomos sólo combatirá los capitalistas si la arrastra la fuerza de los trabajadores en lucha. Al contrario, a falta de semejantes luchas, sólo puede convertirse en fuerza supletoria del gran capital, reforzando políticamente a los más reaccionarios, que obran por un futuro más autoritario, antiobrero, antiinmigrantes.

Frente a la crisis histórica del capitalismo

Si la clase obrera no logra movilizarse por sus intereses de clase, la burguesía y sus lacayos políticos la condenarán al empobrecimiento y al retroceso general. Condenarán a toda la sociedad a la podredumbre social y política. La propia burguesía no ve solución a la crisis histórica de su sistema. La lógica propia de éste la lleva a demoler las condiciones de vida de la clase obrera para subsistir. O bien la humanidad encuentra cómo deshacerse de su vieja piel capitalista, tomando el poder el proletariado, o bien se ahoga en ella.

El problema no se resuelve con el repunte de la combatividad obrera. Es preciso que los trabajadores tomen conciencia de que tendrán que arrancarle el poder a la burguesía y organizarlo, para evitar que la sociedad se hunda en la barbarie. En las fases más extremas de la lucha de clases, dicha conciencia se recuperará si la lleva un partido comunista revolucionario, capaz de defender como objetivo que la clase obrera tome el poder.

5 de noviembre de 2020

 

Hoy como ayer, socialismo o barbarie

Este texto es una traducción de uno de los textos votados en el último congreso de Lutte Ouvrière, en diciembre de 2020, publicado en la revista Lutte de classe de noviembre de 2020.

Este texto fue escrito poco después del asesinato de Samuel Paty, un profesor de educación secundaria en un suburdio del noroeste de París, decapitado por un joven islamista.

El asesinato de un profesor por un joven fanático, inspirado por una corriente fascista que dice ser islámica, es una abyección.

Todos los que se reivindican de la clase obrera y de la emancipación social que ésta conlleva deben luchar tanto contra esta corriente de extrema derecha, que pretende poner bajo su control a los musulmanes, o a quienes considera musulmanes, como contra la extrema derecha fascista del otro lado, que ataca a las mezquitas y a los inmigrantes.

Deben combatirlas no sólo en defensa de la libertad de expresión, sino también con la conciencia de que estas dos corrientes se alimentan mutuamente. Ambos pretenden imponer su poder, uno sobre lo que considera su comunidad, el otro, si las circunstancias lo permiten, a escala del país. Deben ser combatidas, no en nombre de la república, ni de la democracia, ni siquiera de la libertad de expresión, sino del punto de vista de los intereses de los trabajadores, con la clara conciencia de que el poder que estas corrientes quieren crear es dictatorial. Pesará sobre toda la sociedad y, sobre todo, sobre las clases explotadas. Su función será salvaguardar el orden social basado en la explotación, en momentos críticos en los que las formas “republicanas” o “democráticas” de la dictadura del capital se muestren incapaces de hacerlo.

Incluso antes de que estas corrientes alcancen su objetivo de alistar tropas, cada una por su lado, dividen el movimiento obrero, enfrentando a los trabajadores entre sí. Incluso antes de que su control sobre el aparato estatal se convierta en un hecho, este se ejerce sobre las conciencias.

El capitalismo senil en crisis hace que innumerables problemas surjan o resurjan de sus entrañas en diferentes partes del mundo. En los Estados Unidos, el movimiento de protesta de los negros contra la violencia policial ha visto surgir milicias supremacistas. Este capitalismo podrido ha llevado al resurgimiento del Ku Klux Klan y a la proliferación de movimientos conspirativos, una variante moderna de las corrientes místicas medievales que florecieron ante la pandemia de la peste. Sin embargo, las ideas oscurantistas de estas corrientes no son un legado de la Edad Media.

No es el pasado el que se apodera del presente. Es el producto de una sociedad que ha sido capaz de enviar a los hombres a la luna, pero es incapaz de dominar su vida económica y social. Hace casi un siglo, Trotsky señaló el anacronismo entre las ideas e instituciones de la Iglesia Católica y el hecho de que las palabras del Papa pudieran ser transmitidas a Lourdes por ondas de radio: “¡Y qué puede ser más absurdo y repulsivo que esta combinación de la orgullosa técnica con la brujería del superdruida de Roma! La verdad es que el pensamiento humano está enfangado en sus propios excrementos.” (Diario del exilio).

El capitalismo está agonizando. Amenaza con arrastrar a la sociedad humana con él. Pero no desaparecerá por sí solo. Sólo desaparecerá cuando el proletariado tomé conciencia del papel esencial que tiene que desempeñar en la transformación social.

Todos aquellos que pretenden reaccionar ante la barbarie que aumenta en la vida social en nombre de la república, de la democracia, del laicismo, contribuyen a ocultar la realidad de una sociedad de clases, permanentemente feroz en los países más pobres, pero cada vez más feroz también en la parte rica, imperialista, del mundo. El peor régimen del siglo XX no fue una de las innumerables dictaduras de los países pobres: fue la Alemania de Hitler, el país más rico de Europa con el más alto nivel de cultura y educación...

La crisis económica, que continúa y se agrava, ya está provocando un aumento de la pobreza, incluso en los países más ricos. Después de haber creado asombro, ansiedad y angustia en todas las clases o estratos sociales que son víctimas de ella, generará ira. La inestabilidad económica conducirá inevitablemente a la inestabilidad social. Si la burguesía imperialista siente que está amenazado el orden social que domina, y con más razón aún su poder, luchará con uñas y dientes para preservarlo. Aprovechará cualquier instrumento político que le ofrezca la situación y el desarrollo de la lucha de clases.

Todas las corrientes políticas que aspiran al poder en el marco del capitalismo agonizante son candidatas al papel de secuaces de la burguesía. En los países imperialistas, es la extrema derecha la que, al tiempo que se esfuerza por el momento en integrarse en el juego parlamentario de la democracia burguesa, alberga y cubre corrientes de carácter fascistas. En los países pobres, es el fanatismo religioso, ya sea cristiano, musulmán, budista o etnista.

La crisis y sus amenazas

La crisis provocará cada vez más cambios en las relaciones sociales. En primer lugar, entre la gran burguesía dominante y la clase obrera. La fachada pseudodemocrática de los países imperialistas, incapaces de hacer frente a la crisis, se está resquebrajando por todos lados. La evolución autoritaria y conservadora ya está tomando forma, detrás de la forma democrática que siguen revistiendo los países imperialistas.

En los Estados Unidos, Trump no es sólo un accidente en la evolución política de la principal potencia imperialista. Sea reelegido o no, las tropas que lo apoyan, que se reconocen en él, siempre estarán ahí. ¿Se ceñirán al apoyo electoral? El futuro y la evolución de la crisis lo dirán. El aumento de las ventas de armas, del orden del 20%, no es algo anecdótico. Estas tropas pesarán en la situación política, con sus crasos prejuicios, y su deseo de ser el “partido del orden”.

Aquí en Francia, la crisis sanitaria y las medidas gubernamentales para combatirla son un medio de enrolar a la población para acostumbrarla a obedecer. La pandemia y los medios utilizados para frenarla no sólo sirven para ocultar las responsabilidades pasadas y presentes del Estado por la criminal insuficiencia de los recursos materiales y humanos del hospital público. Se están utilizando para preparar un futuro más autoritario. Por una vía completamente diferente, más abiertamente política, las medidas tomadas en nombre de la lucha contra el terrorismo islamista van en la misma dirección. Por muy distantes que estén entre sí, la crisis sanitaria y la respuesta del gobierno al terrorismo tienen en común el ser utilizadas para crear “unanimidad nacional” con una connotación autoritaria.

Ni siquiera podemos decir que se trata de una evolución hacia la derecha porque, de Le Pen a Mélenchon, los discursos de los políticos se parecen cada vez más.

La crisis también modificará la correlación de fuerzas entre las distintas capas o categorías sociales que son víctimas del capitalismo.

No hay que sobrestimar las reacciones de esta franja de la pequeña burguesía, propietarios de bares, restaurantes, locales deportivos y de ocio, etc., que protesta enérgicamente contra las medidas que afectan a sus ingresos y que consideran injustas para ellos. Pero tampoco hay que pasar por alto la advertencia que esto representa para el futuro. Incluso las categorías pequeñoburguesas que más se hacen oír en este momento aún no están luchando, ni mucho menos. Pero podrían empezar a moverse mucho antes de que la clase obrera lo haga con sus medios.

El futuro depende en gran medida de la capacidad de la clase obrera para reaccionar, movilizarse y luchar contra el capitalismo con sus armas y perspectivas de clase. Pero todo depende de la política y de la perspectiva en torno a las que se moviliza el proletariado. Aquí es donde el papel de la corriente comunista revolucionaria puede ser decisivo. Por minoritaria que sea hoy, es la única corriente que defiende la perspectiva que puede representar un futuro para la sociedad: el derrocamiento del poder económico y estatal de la burguesía.

Es vital que las ideas comunistas estén presentes en la clase obrera. Es vital que no sean pervertidas, comprometidas, por las corrientes burguesas mayoritarias, algunas de las cuales defienden abiertamente el capitalismo y otras no lo combaten. En un cierto nivel de la lucha de clases, estas dos corrientes confluyen.

Por lo tanto, todos los que se reivindican de la corriente comunista revolucionaria deben estar orgullosos de sus ideas, orgullosos de representar la conciencia de la clase obrera y aferrarse a sus actividades. Más aún en los difíciles tiempos que se presentan para la clase obrera. La burguesía seguirá atacando aún más fuerte cuanto más tarde en reaccionar la clase obrera. Los tiempos serán difíciles si la reacción viene principalmente, si no exclusivamente, de la pequeña burguesía. Porque, sin que la historia se repita de forma idéntica, la burguesía puede utilizarla para defender el sistema capitalista, incluso apoyándose en ciertas capas sociales que son víctimas de él.

Hay que mantener la bandera comunista y sobre todo las perspectivas que representa, porque es la única alternativa frente a la barbarie en la que el capitalismo arrastra a la humanidad.

21 de octubre de 2020