Textos del mensual Lutte de classe

Haití y la deuda extorsionada por Francia en 1825

22 junio 2025

A continuación reproducimos una conferencia realizada por nuestros compañeros de la Organisation des travailleurs révolutionnaires (OTR, Haití) en la Fiesta de Lutte Ouvrière celebrada en Presles los días 7, 8 y 9 de junio pasados.

Los esclavos rebeldes conquistan su libertad y la independencia de Haití.

La «deuda de Haití», es así como los historiadores han denominado el rescate que el pueblo haitiano ha tenido que pagar durante dos siglos para preservar la libertad conquistada con la lucha y mantener su independencia nacional.

Durante todo el siglo XVIII, Haití, entonces llamada Saint Domingue, fue el corazón del sistema colonial francés. Arrancados de África, 450.000 esclavos cultivaban azúcar bajo el yugo de 5.000 plantadores. El látigo, las torturas y, en ocasiones, la muerte eran el destino de aquellos que se atrevían a rebelarse. En estos presidios se producían tres cuartas partes del azúcar del mundo, para mayor beneficio de la burguesía metropolitana.

Los esclavos nunca habían aceptado su destino. En agosto de 1791, 100.000 esclavos se rebelaron y comenzaron a incendiar las plantaciones. El representante de la Asamblea Nacional, Sonthonax, enviado para restablecer el orden, no tuvo más remedio que proclamar el 29 de agosto de 1793 la abolición de la esclavitud en la parte norte de Haití, que estaba bajo su autoridad, mientras las tropas británicas y españolas invadían la colonia. En ese momento, Francia se encontraba en el punto álgido de la revolución y la abolición de la esclavitud fue ratificada con entusiasmo y extendida a todas las colonias francesas por la Convención el 4 de febrero de 1794. Los esclavos se hicieron con el control del país bajo el mando de su general, Toussaint Louverture.

Su victoria quedó sellada con la capitulación del ejército enviado por Napoleón en diciembre de 1803, y Dessalines firmó la independencia de Haití el 1 de enero de 1804.

Un rescate impuesto por un acto de piratería

La burguesía francesa se negaba a aceptar su derrota, los plantadores esperaban volver para retomar la lucrativa explotación de la caña de azúcar y de los esclavos que había convertido Saint Domingue en la «perla de las Antillas». Los colonos ingleses, españoles y franceses de otras islas temían que el ejemplo haitiano contagiara a sus colonias.

Así, veintiún años después, la flota francesa amenazó las costas de Haití. El 17 de abril de 1825, mediante una ordenanza firmada por el rey Carlos X, Francia exigió 150 millones de francos-oro a la joven República de Haití.

Se trata del equivalente a cinco mil millones de euros actuales para compensar las «pérdidas» de los antiguos colonos, es decir, los esclavistas desposeídos. Esta suma colosal representaba aproximadamente diez veces el presupuesto anual del joven Estado haitiano y alrededor del 300 % de su renta nacional, cuatro años de producción.

El rescate convertido en deuda financiera

Al no disponer de esa suma astronómica, el presidente haitiano estuvo obligado por Francia a pedir un préstamo a los bancos franceses —Rothschild y compañía— para indemnizar a la antigua potencia colonial. Así nació la famosa «deuda doble»: primero el rescate, luego la deuda contraída para pagarlo, con intereses, por supuesto, bajo la amenaza de una escuadra de guerra francesa anclada en la rada de Puerto Príncipe.

No existe «deuda» de Haití, se trata más bien de un robo respaldado por las burguesías coloniales, un «rescate» que ha metido el Estado haitiano en un círculo vicioso de endeudamiento. En este desastre, la fracción comercial de la burguesía nacional naciente, sacó provecho de la situación. La burguesía haitiana fundó el Banco Nacional de Haití (BNH) en septiembre de 1880. Desde su creación, este banco fue un instrumento en manos de los financieros franceses para mantener el control económico sobre la antigua colonia hasta el siglo XX.

Economía de renta y espiral de deuda

Detrás del BNH se encontraba el Crédito Industrial y Comercial (CIC), el cobrador de la deuda. El préstamo obligaba al Gobierno haitiano a pagar al CIC casi la mitad de los impuestos sobre las exportaciones, como los del café, hasta que se pagara la deuda, lo que agotaba la principal fuente de ingresos de los dirigentes del país.

Así, la mayor parte de los ingresos públicos del país, que deberían haberse invertido en la construcción, en particular de escuelas y hospitales, en infraestructuras para el suministro de agua corriente y electricidad, y en educación, fueron desviados. Se transfirieron a Francia, donde el CIC los invirtió en actividades lucrativas, entre ellas la construcción de la Torre Eiffel.

Los beneficios obtenidos de la explotación de los campesinos cultivadores de café se convirtieron en un factor de enriquecimiento de la burguesía francesa. Durante casi un siglo, los campesinos haitianos compraron sus tierras a los antiguos colonos franceses que habían sido expropiados cuando Saint Domingue alcanzó la independencia. El dinero se envió por barco a través del Atlántico y llegó a la Caisse des dépôts et consignations (Caja de Depósitos y Consignaciones) en París. Estos ingresos se repartieron posteriormente entre 12.000 antiguos colonos expropiados, seleccionados por una comisión como beneficiarios.

Mientras el mercado del café se mantenía en niveles altos, la burguesía haitiana pagó a los bancos franceses su cuota obligatoria, al tiempo que se metía en los bolsillos la parte que desviaba.

Cuando el mercado del café se derrumbó en la década de 1890, la economía se encontró al borde del abismo y la burguesía que gobernaba el país necesitó un nuevo préstamo. En 1896, el Banco Nacional obtuvo cincuenta millones de francos (unos 310 millones de dólares actuales). El préstamo estaba garantizado una vez más por el impuesto sobre el café, la fuente de ingresos más fiable del país.

Los banqueros franceses se pagaban a sí mismos comisiones gigantescas. Los banqueros haitianos también se aprovecharon de la situación, desviando gran parte del dinero. Le siguieron otros préstamos, oficialmente para construir el país. El pago de la deuda se extendió a lo largo de varias décadas y, por lo tanto, a varias generaciones de pagadores y beneficiarios.

De la ocupación estadounidense a la dictadura de los Duvalier

La burguesía estadounidense también se interesó por la situación económica de Haití. El National Bank de Nueva York compró parte de la deuda y luego tomó el control de los bancos del país. En 1914, los marines estadounidenses invadieron el país, saquearon 500.000 dólares en oro y se instalaron en Haití. Durante la ocupación estadounidense, los militares impusieron trabajos forzados, similares a la esclavitud, para construir infraestructuras. Los banqueros estadounidenses controlaban las finanzas y los sucesivos presidentes eran instrumentos a su servicio. En 1922 impusieron nuevos préstamos. La ocupación militar duró hasta 1947.

Entre 1957 y 1986, durante treinta años de dictadura, los Duvalier, padre e hijo, continuaron explotando a los trabajadores y campesinos. Se enriquecieron a costa de la clase trabajadora y aumentaron aún más su miseria. Tras la caída de los Duvalier, la burguesía siguió navegando en un océano de miseria. No fueron la oligarquía ni la clase política dominante quienes pagaron la deuda. Fueron los campesinos de la época y sus descendientes actuales.

Detrás de la cuestión de la deuda, la del dominio imperialista.

El impacto de este rescate en la economía de Haití fue devastador. Este chantaje colonial agotó durante un siglo las finanzas públicas del país. El dinero que debería haberse destinado a construir carreteras, escuelas y hospitales, y a desarrollar la agricultura y la industria, se desvió para enriquecer a los antiguos colonos y sus bancos. Más allá de la burguesía francesa, benefició a la burguesía mundial. El resultado fue que el campesinado, que representaba la columna vertebral económica del país, se vio sometido a una gran presión. Era necesario gravar, expropiar y obligar a producir para pagar esta deuda. Sin infraestructuras, sin acceso al crédito, sin asesoramiento técnico, sin nada, los campesinos se vieron reducidos a una vida de miseria, condenados a sobrevivir día a día en tierras y montes empobrecidos. Este rescate, pagado con el sudor y la sangre de las masas trabajadoras, condenó a Haití a un subdesarrollo cuyos efectos aún son visibles hoy en día: un país sin base industrial, sin servicios públicos y con una población empobrecida hasta el extremo.

Pero este rescate no es la única causa del subdesarrollo de Haití. Algunos países africanos, que no tuvieron que pagar ningún rescate por su independencia, se encuentran sin embargo en una situación de miseria comparable, e incluso peor en algunos casos.

El verdadero denominador común es la dominación imperialista mundial. La colonización destruyó las estructuras económicas locales, impuso economías rentistas dependientes y mantuvo a los antiguos territorios bajo el yugo de potencias extranjeras mediante la deuda, el control de los recursos y el dominio político. Desde entonces, el capitalismo no ha dejado de agravar estas desigualdades, transformando los antiguos países colonizados en reservas de materias primas y mano de obra barata, estrangulando cualquier posibilidad de desarrollo autónomo. El rescate no fue más que un instrumento entre otros para mantener a Haití en el seno de la dependencia cuya matriz global es el sistema capitalista.

«El capitalismo vino al mundo sudando sangre y lodo por todos los poros», decía Marx, refiriéndose a los crímenes de la acumulación primitiva del capital y al «tráfico de carne humana». Crímenes y saqueos durante las cruzadas, esclavitud y exterminio de los indígenas de América Latina, esclavitud de más de 15 millones de africanos deportados a América, trabajo infantil en Europa, leyes contra la vagancia, trabajos forzados, jornadas laborales de 16 a 18 horas en las primeras fábricas y manufacturas de Europa: fue mediante el robo, el saqueo y la feroz explotación de seres humanos en todo el mundo como se produjo la acumulación primitiva de capital de la clase explotadora actual , la burguesía.

¿Qué «reparación»?

Dos siglos después de la independencia, Haití sigue pagando por haber osado romper sus cadenas. Hoy, en 2025, se conmemora el bicentenario de esta estafa internacional, un saqueo legalmente certificado, que ha estrangulado a Haití durante más de un siglo. El único homenaje verdadero que se puede rendir con motivo de este bicentenario no es una conmemoración hipócrita ni una enésima promesa de reparación. Sería acabar con el sistema que ha engendrado tal injusticia. Un sistema que aplasta a los pueblos en beneficio de una minoría de parásitos. La burguesía imperialista y sus lacayos locales en Haití continúan su obra de destrucción, saqueando los recursos, empobreciendo y masacrando a las masas, ahora lo hacen bajo la barbarie de las bandas armadas, avatares modernos de la misma dominación capitalista.

Macron habla de reparaciones. ¿Cuáles? Las verdaderas reparaciones no vendrán ni de los miles de millones prometidos ni de las comisiones creadas por los Estados imperialistas. Porque la deuda acumulada por la burguesía capitalista —tanto por la esclavitud de los negros como por la explotación de los trabajadores de todos los colores— es simplemente inconmensurable. El capitalismo se ha construido sobre el saqueo, el sudor y la sangre de las masas oprimidas del mundo entero. Por eso, la única salida real pasa por una revolución social liderada por quienes hacen funcionar la sociedad: los trabajadores.

Los esclavos asalariados, productores de toda la riqueza, son los únicos capaces de derrocar el orden capitalista. Esta tarea solo puede ser internacional, ya que la opresión de los negros, como la de todos los pueblos dominados, es producto de un sistema mundial.

La emancipación de los descendientes de esclavos no puede disociarse de la de los explotados de todos los continentes. No se trata de un eslogan, sino de un imperativo histórico: ¡será el socialismo mundial o la barbarie!

Trump, la guerra comercial y la economía estadounidense

A continuación traducimos un artículo del periódico trotskista The Spark (28 de abril de 2025), titulado «Cuestiones económicas internacionales».

La guerra comercial actual de Trump no es exclusividad suya. Los aranceles han aumentado en todo el mundo a un ritmo sin precedentes desde la Gran Depresión de la década de 1930. Cuando Biden era presidente, renovó todos los aranceles heredados del primer mandato de Trump, antes de añadir otros nuevos. En cuanto a los demócratas de izquierda, como Bernie Sanders, siempre han acusado al T-MEC1 de acabar con los empleos industriales. Hoy, lo único que los demócratas le reprochan a Trump es que actúe de forma caótica e imponga aranceles de forma demasiado indiscriminada.

Según los políticos y los principales medios de comunicación, los aranceles son una respuesta al hundimiento del empleo manufacturero en el país, al que suelen referirse como desindustrialización. Para ilustrar este declive, evalúan el porcentaje de empleos manufactureros en relación con el resto de la población activa, y analizan cómo ha cambiado esta proporción a lo largo del tiempo.

En realidad, este enfoque es engañoso. No demuestra que el número de puestos de trabajo esté disminuyendo, que es lo que parece sugerir este argumento; ni que la producción industrial esté disminuyendo en el país, que es lo que cree la mayoría de la gente hoy en día. Nada de esto es cierto.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, la producción se disparó. A partir de entonces, aumentó de forma bastante constante, con caídas temporales en épocas de recesión. Este fue el caso en 2008, durante la Gran Recesión, que se caracterizó por una caída significativa. A continuación se produjo una relativa recuperación. En 2020 se produjo otra fuerte caída, debido a los cierres de empresas inducidos por el Covid, seguida de una vuelta al nivel anterior, o incluso ligeramente por encima. No ha habido un crecimiento significativo de la producción industrial desde 2008, una clara señal de que la crisis se está agravando.

La producción industrial real es hoy diez veces superior a la de finales de la Segunda Guerra Mundial. Es el doble de la de 1980. Durante todo este período se nos ha dicho que la producción estaba en caída libre, que Estados Unidos se ahogaba en importaciones, que ya no se fabricaba nada en este país, que todo se fabricaba en Japón, China o México... Sin embargo, la producción industrial real no ha dejado de crecer.

Aumenta la producción, disminuye el empleo

No pretendemos pintar un cuadro halagüeño al decir eso. No se trata de decir que todo es para bien, cuando la situación es catastrófica. Lo es. Se ha producido una desindustrialización a gran escala. Regiones enteras han sido devastadas. Pero la verdadera razón es el funcionamiento caótico del capitalismo.

La mayoría de las pérdidas de empleo en la industria siderúrgica están relacionadas con el cambio tecnológico. Los grandes complejos siderúrgicos han sido sustituidos por plantas más pequeñas que funcionan con hornos de arco eléctrico. Al mismo tiempo, se cierran plantas siderúrgicas en un lugar y se abren otras en otro, y se han perdido nueve décimas partes de los puestos de trabajo en la siderurgia.

Hay muy poca extracción de carbón. En su lugar, máquinas gigantes atacan las cimas de las montañas, y otras máquinas gigantes extraen enormes cantidades de carbón de minas a cielo abierto, destruyendo la mayoría de los empleos mineros.

Los tres fabricantes de automóviles de Detroit han renunciado al monopolio del mercado automovilístico estadounidense para concentrarse en los sectores más rentables del mercado. Como consecuencia, los coches los producen ahora fabricantes controlados por empresas asiáticas o europeas, pero en otras partes del país. Al mismo tiempo, las empresas automovilísticas han empezado a subcontratar tareas que antes hacían ellas mismas, y estos subcontratistas a veces operan en la misma fábrica que los trabajadores del cliente, pero con salarios y condiciones laborales muy inferiores. Además, el trabajo ya no se realiza en un solo país, sino en todo el mundo, con una división internacional del trabajo. Las empresas desplazan constantemente el trabajo y la mano de obra, destruyendo millones de puestos de trabajo.

Se podría continuar la lista. Industrias antiguas mueren o se trasladan al extranjero. Pero son reemplazadas por otras. Puede que haya menos industria ligera, como la textil, pero hay más industria de alta tecnología, aeronáutica, armamento, máquinas de imagen médica, máquinas-herramienta, etcétera.

Hay una constante en este caos: el aumento de la productividad. Se realiza más trabajo con menos trabajadores. Desde 1945, la producción por trabajador se ha multiplicado por cuatro o cinco. En otras palabras, un trabajador produce hoy tanto como cinco trabajadores en 1945.

El aumento de la productividad no ha beneficiado a los trabajadores

Pero los trabajadores no se han beneficiado de estos aumentos de productividad.

Por supuesto, las condiciones de vida mejoraron después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la patronal intentó comprar la paz social frente a una clase obrera que aún conservaba tradiciones de huelgua y frente a un gigantesco movimiento de la población negra, es decir, la fracción más oprimida de la clase obrera. Pero esta mejora fue temporal. Coincidió con un breve período tras la Segunda Guerra Mundial en el que la economía siguió creciendo para compensar todas las destrucciónes causadas por la guerra. Pero todos estos logros se esfumaron en cuanto comenzó la crisis económica de los años setenta.

Los capitalistas han utilizado los aumentos de productividad contra los trabajadores, imponiendo más desempleo y de mayor duración, empeorando las condiciones de trabajo. Millones de trabajadores han visto sus vidas destrozadas, lo que ha provocado un mayor desemparo social, una agravación de las llagas de la sociedad y una disminución de la esperanza de vida.

Esta situación no es exclusiva de Estados Unidos. El mismo proceso está ocurriendo en todo el mundo, incluso en China, un país celebrado como campeón de la industria y las exportaciones. Un artículo del New York Times del 17 de abril de 2025, sobre la situación de los trabajadores en China, informaba: «Para los trabajadores chinos, la seguridad financiera nunca ha estado tan fuera de su alcance». Como consecuencia, una proporción cada vez mayor de la mano de obra china tiene que recurrir a empleos tipo Uber para sobrevivir, como repartir comidas o conducir coches con chófer (VTC). Según el artículo, esto ya representaba a 200 millones de personas en 2020, y esta cifra se ha disparado desde entonces.

Tanto si los trabajadores viven en un país que importa como en uno que exporta más, su nivel de vida siempre se ve laminado por la clase capitalista. Nada de esto es normal en términos humanos. Pero es el funcionamiento normal del sistema capitalista.

El ejército de los parados

Así describía Marx el destino de los trabajadores atrapados en la constante reconfiguración de la producción en la década de 1860:

"Los trabajadores rechazados de un tipo de industria pueden sin duda buscar empleo en otra [...]. Pero sus posibilidades siguen siendo muy precarias.

Aparte de su ocupación anterior, estos hombres, atrofiados por la división del trabajo, sirven para poco y sólo encuentran acceso a empleos inferiores, mal pagados y, por su misma simplicidad, siempre atestados de candidatos.

Por otra parte, cada industria [...] atrae anualmente una nueva corriente de hombres que le aportan el contingente necesario para suplir las fuerzas agotadas y abastecer las fuerzas excedentes que requiere su desarrollo regular. Desde el momento en que la máquina rechaza del oficio o de la fábrica a una parte de los obreros empleados anteriormente, este nuevo flujo de reservistas industriales se desvía de su destino y se descarga progresivamente en otras industrias, pero las primeras víctimas sufren y perecen durante el período de transición "2.

Estas líneas podrían haberse escrito para describir lo que les está ocurriendo a los trabajadores hoy en día. No hay tregua en la guerra de clases que los capitalistas libran contra la clase obrera. Pero la gran diferencia es que, cuando Marx escribía, el desarrollo del capitalismo estaba aumentando las fuerzas productivas, sentando las bases materiales para una sociedad comunista, aunque de forma bárbara. Lo que ocurre hoy es mucho peor, porque el sistema capitalista hace tiempo que ha dejado de desempeñar su papel positivo, para hundirse en la barbarie.

Hoy, el Estado y los medios de comunicación afirman falsamente que las supresiones de empleos, sobre todo en el sector manufacturero, se debe a las mentiras y a la deslealtad de otros países. Así justifican sus aumentos de aranceles y su guerra comercial. Quieren que los trabajadores olviden la guerra de clases y apoyen su guerra económica. Quieren convencer a la población de que les interesa no sólo apoyar esta guerra, sino hacer sacrificios, aceptar precios más altos, más desempleo, peores condiciones de vida.

Y en el futuro, los capitalistas cuentan con que los obreros den su vida en una guerra en sentido propio. En otras palabras, quieren que los trabajadores se sacrifiquen por los intereses de sus esclavistas, de sus verdugos. Esta es la base de toda la propaganda de los medios de comunicación, los políticos, los economistas y los aparatos sindicales. Si los trabajadores lo aceptan, correrán hacia su propia ruina, encadenados a sus capitalistas.

El mundo es cada vez más estrecho para ellos. Las capacidades productivas son demasiado grandes, masas de dinero compiten por muy pocas inversiones productivas. El conflicto entre los grupos capitalistas es cada vez más amenazador y más violento.

El camino a la guerra empieza por la economía

La carrera hacia la guerra no es exactamente la misma que las que condujeron a las dos guerras mundiales. Aquellas guerras se libraron entre potencias imperialistas para decidir quién sería el líder. En 1918, Estados Unidos ya era la potencia imperialista más poderosa. Pero solo estaban empezando a imponer su dominio sobre las otras potencias imperialistas. Al final de la Segunda Guerra Mundial, este proceso se había completado. El imperialismo estadounidense ya se había establecido como la superpotencia imperial predominante e indiscutible.

Durante todo un período, esta dominación impidió que estallaran los conflictos y la competencia entre las diversas potencias imperialistas, aunque esta competencia se manifestara a menudo de otras maneras, indirectamente, en los países pobres y subdesarrollados. Este período ha sido celebrado por los defensores del liberalismo como un periodo de supuesta paz, aunque nunca hubo paz.

La agravación de estos conflictos, muchos de los cuales son guerras perpetuas, como las guerras en el Medio Oriente, el aumento del número de víctimas y refugiados que huyen de estas guerras, atestiguan el colapso y la putrefacción de este orden imperialista.

Ahora, exacerbados por el empeoramiento de la guerra comercial, los conflictos entre Estados Unidos y las diversas potencias imperialistas, así como con Rusia y China, están saliendo a la luz, y los preparativos para la guerra vuelven a acelerarse, tanto aquí como en otros lugares.

No sabemos de antemano cómo será esta guerra, cómo se alinearán los bandos o con qué rapidez y hasta qué punto se desarrollará. Pero sí sabemos que el potencial de destrucción y muerte es mucho mayor que nunca. Los avances rápidos de la ciencia y la tecnología, en manos de la clase capitalista, sólo tiende a producir artefactos de muerte y destrucción cada vez más horribles.

El 1 de noviembre de 1914, al comienzo de la primera guerra imperialista, Lenin escribió: «El imperialismo pone en juego el destino de la cultura europea. Después de esta guerra, si no se produce una serie de revoluciones, vendrán otras guerras: el cuento de hadas de «la última de las últimas» es un cuento vacío y pernicioso...»3

En 1940, Trotsky escribía: «¡Trabajadores, recordad esta predicción! La guerra actual —la segunda guerra imperialista— no es un accidente, ni es el resultado de la voluntad de tal o cual dictador. […] Su origen deriva inexorablemente de las contradicciones de los intereses capitalistas internacionales. Contrariamente a las fábulas oficiales destinadas a engañar el pueblo, la causa principal de la guerra, al igual que otros males sociales —el desempleo, el alto costo de la vida, el fascismo, la opresión colonial— es la propiedad privada de los medios de producción y el Estado burgués que se basa en estos fundamentos».

Los trabajadores pueden tomar el control

Pero Trotsky también veía una salida a este desastre: «Con el nivel actual de tecnología y cualificación de los trabajadores, es perfectamente posible crear las condiciones adecuadas para el desarrollo material y espiritual de toda la humanidad. Solo habría que organizar la vida económica en cada país y en todo nuestro planeta de manera justa, científica y racional, de acuerdo con un plan general. […] El poder del Estado y el dominio de la economía solo pueden ser arrebatados de las manos de estas camarillas imperialistas rapaces por la clase obrera revolucionaria».

Esta perspectiva es aún más valiosa hoy en día, cuando el capitalismo condena a la mayor parte de la humanidad a una existencia bárbara.

28/04/2025

1Tratado entre México, Estados unidos y Canadá, 1994.

2Karl Marx, El Capital, Capítulo 15, «Maquinismo y gran industria», sección VI, «Teoría de la compensación».

3Esta cita y las siguientes están extraídas del Manifiesto de la IV Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial de León Trotsky, conocido como Manifiesto de alarma, sección 2: «Lenin y el imperialismo». Fue adoptado en la Conferencia de emergencia de la Cuarta Internacional, 19 y 26 de mayo de 1940, texto publicado en el Socialist Appeal, 29 de junio de 1940.