Textos del mensual Lutte de classe

Israel: la población, rehén de una guerra permanente al servicio del orden imperialista

11 mayo 2026

Desde el 7 de octubre de 2023, el primer ministro israelí, Netanyahu, ha aprovechado la conmoción y el trauma provocados por el ataque perpetrado por Hamás para llevar a su población a una escalada bélica que ahora se ha extendido a todo Oriente Medio.

Con el respaldo de las potencias imperialistas, Netanyahu ha podido cometer con total impunidad un genocidio en Gaza, intensificar brutalmente la colonización de Cisjordania y enviar a su ejército a sembrar el terror en varios frentes. Los dirigentes israelíes presentan su estrategia bélica como el único medio de defender a su pueblo frente a la amenaza que describen como existencial y que encarnan el régimen iraní y sus aliados: Hamás en Gaza, los partidarios del derrocado régimen de Bashar al-Assad en Siria, Hezbolá en el Líbano y los hutíes en Yemen. Netanyahu se ha mostrado decidido a «terminar el trabajo» iniciado durante la guerra del otoño de 2024 contra Hezbolá y durante la guerra de doce días de junio de 2025 contra Irán. Así, del 28 de febrero al 8 de abril, Irán fue blanco de intensos bombardeos israelo-estadounidenses, mientras que el Líbano fue víctima de la aviación israelí del 1 de marzo al 16 de abril. Netanyahu prometía que, tras esta última guerra, Israel viviría definitivamente en paz y seguridad.

La tregua se tradujo en un pulso en el estrecho de Ormuz y en una ocupación israelí del sur del Líbano, respaldada por numerosos bombardeos.

Tras su propaganda sobre una supuesta guerra defensiva, con el fin de manipular mejor a su población, los dirigentes israelíes no ocultan su voluntad de «modificar el mapa de Oriente Próximo» y convertir a Israel en la potencia hegemónica de la región. Si bien no se pueden ignorar los cálculos personales de un Netanyahu, acusado de corrupción, y que tiene interés en que la guerra perdure para mantenerse en el poder, las razones de esta política son más profundas. Son, evidentemente, la continuación del proyecto inicial de las organizaciones sionistas de fundar, bajo la protección de los países imperialistas, un Estado solo para los judíos, en desprecio de los derechos nacionales de la población palestina. Este proyecto colonial ha conducido a la guerra permanente de Israel contra sus vecinos.

El sionismo al servicio del orden imperialista

Después de 1945, las organizaciones sionistas se encontraron en condiciones de imponerse por la fuerza, a pesar de las reticencias británicas. Con el apoyo de Estados Unidos y la URSS pudieron proclamar el Estado de Israel. Pero lo que permitió sobre todo su creación fueron los cientos de miles de judíos supervivientes de los campos de exterminio que, huyendo de Europa, veían en la creación de este Estado una esperanza de seguridad.

En 1948, fue el socialista David Ben-Gurión quien, al proclamar el Estado de Israel, desencadenó la primera guerra contra los Estados árabes. Tras salir victorioso, Israel pudo ocupar el 70 % de la Palestina bajo mandato, aprovechando también el acuerdo secreto alcanzado con Abdalá, rey de Jordania, quien aceptó mantenerse al margen del conflicto a cambio del control de la otra parte del territorio.

Posteriormente, con la excepción del Partido Comunista Israelí y de algunas organizaciones de extrema izquierda, el sionismo fue defendido por la mayoría de las fuerzas políticas del nuevo Estado. Ben-Gurión y los primeros ministros laboristas que le sucedieron —Golda Meir, Yitzhak Rabin y Shimon Peres— optaron por aliarse con los intereses imperialistas. En 1956, Israel participó junto a Francia y Gran Bretaña en la expedición contra Egipto, que acababa de nacionalizar el canal de Suez. A partir de entonces, no dejó de estar al servicio del imperialismo estadounidense, que deseaba controlar esta región estratégica. El Estado hebreo resultó ser una baza importante para debilitar a los regímenes árabes considerados demasiado independientes, como el Egipto de Nasser. A cambio, Israel pudo disponer de considerables medios militares y financieros para imponerse frente a los Estados árabes vecinos.

En 1967, durante la Guerra de los Seis Días, su abrumadora superioridad permitió a Israel ocupar nuevos territorios: Cisjordania, Gaza y el Sinaí en Egipto, así como los Altos del Golán, en Siria. Esta victoria hacía cada vez más difícil un acuerdo entre los Estados árabes e Israel. Aislado en medio de pueblos árabes de los que se había convertido en enemigo, Israel contó para asegurar su supervivencia con la protección de las potencias imperialistas, para las que se convirtió en un aliado incondicional. La guerra de Yom Kippur de 1973, durante la cual el ejército israelí sufrió un revés antes de salir victorioso, valió a los dirigentes laboristas duras críticas por parte del Likud, partido de derecha partidario del «Gran Israel», que el clima bélico no podía sino reforzar.

Finalmente, en 1979, el sha de Irán, apoyo militar potente de Estados Unidos y aliado de Israel, fue derrocado por una revuelta popular liderada por los islamistas de Jomeini, lo que reforzó aún más el papel de Israel como gendarme del imperialismo en la región de Oriente Medio.

El giro hacia la extrema derecha, consecuencia de la guerra contra los palestinos

A lo largo de estas décadas, la derecha y, posteriormente, la extrema derecha no han dejado de reforzarse, hasta el punto de que esta última domina hoy en día la vida política israelí. El Partido Laborista, que dirigió los destinos de Israel durante los primeros treinta años de su existencia, es el responsable de ello. Es este partido el que, en nombre del sionismo, expulsó a los palestinos por la fuerza y construyó un Estado en el que los rabinos pudieron imponer su ley. Es él quien llevó a cabo la ocupación de nuevos territorios y favoreció su colonización, proporcionando así el caldo de cultivo en el que ha prosperado la extrema derecha. En definitiva, fue él que convirtió a gran parte de los cientos de miles de judíos supervivientes de los campos de exterminio y a sus descendientes, que aspiraban a vivir en paz, en mercenarios del imperialismo.

Las políticas de esa izquierda en el poder, hegemónica entre 1948 y 1977, y posteriormente las de la derecha, allanaron el camino a la extrema derecha y le prepararon el terreno. En nombre del sionismo, ambos partidos libraron las mismas guerras coloniales sucias. Así, en 1982, fue el líder del Likud, Menahem Begin, quien desencadenó una guerra sangrienta en el Líbano, con el fin de desarmar y expulsar a los combatientes palestinos de la OLP que se habían refugiado allí. Mientras que en 1987, durante la primera intifada (guerra de las piedras), fue el laborista Yitzhak Rabin quien ordenó a su ejército «romper los huesos» de los jóvenes palestinos rebeldes.

Ya se ha perdido la cuenta de las guerras, los bombardeos aéreos, las invasiones terrestres y las represiones que el ejército israelí ha llevado a cabo bajo las órdenes de esos gobiernos en Cisjordania y Gaza.

El 7 de octubre de 2023, una tragedia instrumentalizada

El 7 de octubre, la masacre de cerca de 1 200 israelíes no solo provocó consternación en Israel, sino que forjó la unidad nacional en torno a Netanyahu, justo cuando este se enfrentaba a una protesta masiva. El primer ministro tuvo vía libre para llevar adelante sus planes de la forma más brutal. En nombre de la erradicación de Hamás, presentado como una amenaza existencial, el ejército mató en Gaza al menos a 73 000 palestinos e hirió a 183 000, la mayoría de ellos niños. Un genocidio facilitado por el apoyo del imperialismo estadounidense y la complicidad de las potencias europeas.

En Gaza, desde el alto el fuego establecido en octubre de 2025, los bombardeos israelíes han continuado y han causado la muerte de 750 palestinos. Israel ha establecido una zona de separación en más de la mitad de la Franja de Gaza, delimitada por una línea amarilla que se convierte en la nueva frontera. Los dos millones de habitantes de Gaza, confinados en la otra mitad, carecen de todo y muchos viven en refugios improvisados, desnutridos, sin agua realmente potable, expuestos a las inclemencias del tiempo y al calor, rodeados de basura que propaga enfermedades. Israel controla gran parte de las tierras agrícolas, los manantiales y los pasos fronterizos, y puede impedir el envío de ayuda humanitaria. Esta ayuda es desviada por grupos mafiosos, algunos de los cuales están armados por Israel. Hamás, aunque debilitado militarmente, está lejos de haber sido erradicado y su arraigo en la sociedad persiste. Controla la parte occidental del enclave palestino y se impone a la población mediante su policía, compuesta por diez mil hombres, y su capacidad para organizar la vida cotidiana.

En Cisjordania, desde el 7 de octubre de 2023, el número de colonos israelíes ha aumentado de forma sin precedente. Se calcula que ahora hay 180 000 en Jerusalén Este y 500 000 en los territorios ocupados. Los tres millones de palestinos, que ya están sometidos a toques de queda, controles de carretera y controles del ejército, sufren los ataques de colonos de extrema derecha fanáticos, violentos y armados. En un año, sus ataques se han intensificado, destruyendo metódicamente pueblos y barrios enteros, con la complicidad activa del ejército israelí, cuyos disparos han matado a más de 1 000 palestinos y herido a otros 10 000. Al mismo tiempo, 36 000 palestinos fueron expulsados de sus tierras y sus hogares. A estos sufrimientos se suman las consecuencias del cierre del mercado laboral israelí, que ha privado a 140 000 trabajadores de su salario. Agotar a la población con el objetivo de obligarla a marcharse es un proyecto descabellado impulsado por la extrema derecha, que quiere crear las condiciones propicias para la anexión del territorio.

La colonización ha alimentado el caldo de cultivo en el que han prosperado los partidos ultranacionalistas y religiosos. Bezalel Smotrich, líder del partido Sionismo Religioso y ministro de Finanzas del Gobierno de Netanyahu, e Itamar Ben-Gvir, líder del partido supremacista Poder Judío y ministro de Seguridad Nacional, son partidarios declarados de la anexión de Cisjordania, rebautizada como «Judea y Samaria» para dar una legitimidad bíblica a los abusos de los colonos. Al apoyarse en ellos para formar su coalición de gobierno, Netanyahu no solo ha salvado su puesto, sino que les ha dado la oportunidad de popularizar aún más sus tesis racistas, belicistas y anexionistas.

En definitiva, para Netanyahu y sus aliados de extrema derecha, el 7 de octubre de 2023 y la reelección de Donald Trump en noviembre de 2024 constituyeron una doble oportunidad que les permitió dar rienda suelta a su agresividad. Por su parte, Trump había roto en 2017 el acuerdo nuclear con Irán rechazado por Netanyahu, ya que podía permitir que Irán se abriera y se fortaleciera económicamente. A continuación, congeló la ayuda financiera a los palestinos y reconoció a Jerusalén como capital de Israel. En 2019, reconoció también la soberanía de Israel sobre el Golán sirio y, en 2020, la de los asentamientos de Cisjordania y Jerusalén Este. Su política pretendía traer la paz, en el marco de los Acuerdos de Abraham, que normalizaban las relaciones entre Israel y cuatro países árabes: Baréin, los Emiratos Árabes Unidos, Sudán y Marruecos.

Hoy en día, la idea de un «Gran Israel» y de la expulsión de los palestinos, difundida por Trump y sus representantes, está ganando terreno en la opinión pública. Dado que ningún país árabe vecino está dispuesto a acoger a los palestinos deportados, se está barajando incluso un éxodo hacia Somalilandia, país que Israel fue el primero en reconocer. Así, el embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, declaró sin ningún tipo de tapujos que, en nombre de un derecho bíblico, ¡Israel podía tomar posesión de la totalidad de un territorio que se extiende desde el Nilo hasta el Éufrates!

El expansionismo bélico de Israel cuenta con el respaldo del imperialismo estadounidense, que ve en él a su aliado más fiable y que puede convertirse en el amo indiscutible de Oriente Medio.

Una población prisionera del engranaje bélico

La prolongación de la guerra le ha venido muy bien a Netanyahu, que ha visto cómo se alejaba el momento de rendir cuentas ante la justicia. Aunque antes del 7 de octubre de 2023 se enfrentaba a una oposición masiva por un proyecto de reforma judicial que se percibía como un ataque a los derechos democráticos, ha logrado cerrar filas a su alrededor gracias a la guerra.

«Hay que terminar el trabajo, erradicar a Hezbolá, derrocar al régimen de los mulás, y el pueblo israelí vivirá en paz. » A partir del 28 de febrero, este discurso, repetido por todos los responsables políticos y los jefes del ejército, se repitió una y otra vez en los platós de televisión. Tanto es así que, según las encuestas realizadas a finales de marzo, el 93 % de la población judía israelí apoyaba estas nuevas guerras, en Irán y en el Líbano. Bajo el impacto de la propaganda, gran parte de la población está convencida de que Israel lucha para garantizar su paz. Aunque sea su ejército el que ataca primero, para ella se trata de legítima defensa. El uso de la fuerza sería el único medio de garantizar la supervivencia del país.

Sin embargo, tras la guerra de noviembre de 2024 librada en el Líbano contra Hezbolá, que destruyó el 80 % de su armamento y aniquiló su mando, Hezbolá ya no representaba una amenaza seria para el Estado hebreo. Y, según Joe Kent, director del Centro Nacional de Lucha contra el Terrorismo de Estados Unidos, no había «ninguna prueba de una amenaza inminente de agresión iraní». Sobre todo porque la guerra israelo-estadounidense de doce días había aniquilado la aviación iraní y reducido sus capacidades nucleares. El riesgo de que una bomba nuclear iraní cayera sobre las cabezas de los israelíes era nulo. Pero a Netanyahu le convenía que la población israelí pensara lo contrario para que apoyara la continuación de la guerra.

El 8 de abril, cuando Estados Unidos acordó un alto el fuego con Irán, los dirigentes iraníes lo condicionaron a una tregua en el Líbano, que Trump impuso a Netanyahu, sin que se hubiera invitado a Israel a la mesa de negociaciones. En una escalada belicista, los principales opositores de Netanyahu, Naftali Bennett, de la derecha, y Yair Lapid, de centro, calificaron esta tregua con Irán de desastre político. Unidos de cara a las elecciones del próximo otoño, intentan así desmarcarse de Netanyahu y ganar puntos entre una población que, en su mayoría, parece desear la continuación de la guerra. Porque, a pesar de los sacrificios, el cansancio de la guerra y el miedo a ver morir a sus hijos, sin duda quiere seguir creyendo en las promesas de paz y seguridad definitiva, una vez «terminado el trabajo».

Un Estado-fortaleza para redefinir Oriente Medio

Aprovechando este clima en el cual prevalencen imperativos de seguridad, el Estado hebreo ha sido capaz de movilizar a su población en torno a un ejército compuesto por 169 500 soldados en servicio activo y una reserva de 465 000 hombres. Para una población de 10 millones de habitantes, se trata de un esfuerzo bélico considerable, sobre todo si se tiene en cuenta que 2,1 millones de árabes israelíes están excluidos del servicio militar y que los judíos ortodoxos están, de hecho, exentos del mismo.

El domingo 1 de marzo, al día siguiente del ataque israelí-estadounidense contra Irán, Israel convocó a 100 000 reservistas de entre 25 y 40 años, además de los 50 000 que ya estaban movilizados en los frentes del Líbano, Siria, Gaza y Cisjordania.

Israel no podría librar estas guerras sin la ayuda estadounidense. Es el único Estado de Oriente Medio que posee aviones de caza F-35 y que puede contar con cientos de toneladas de material militar enviado por Estados Unidos. En cuanto a la ayuda financiera, asciende a 3.800 millones de dólares al año, a lo que se suma la ayuda excepcional estimada entre 16.000 y 22.000 millones en los dos últimos años.

Con el respaldo de las potencias imperialistas, Netanyahu y su grupo de ministros de extrema derecha pueden proseguir con total impunidad sus objetivos, que no tienen nada que ver con la seguridad de la población de Israel. El objetivo de esta última guerra era debilitar de forma duradera a Irán para convertirlo en una colonia sumisa, al estilo de Siria, con el fin de alterar el equilibrio de fuerzas regional a favor de Israel. La «amenaza existencial» es un pretexto para imponer su hegemonía en Oriente Medio y dibujar nuevas fronteras en beneficio del territorio israelí, incluso mediante anexiones.

Así, en diciembre de 2024, el ejército israelí aprovechó la caída del régimen de Bashar al-Assad, a la que había contribuido, para ocupar territorios en Siria. Cínicamente, se erigió en defensora de los drusos frente a los abusos de los grupos suníes, para apoderarse de una «zona de separación» alrededor de la meseta del Golán sirio, cuya ocupación en 1967 allanó el camino para su colonización y su anexión en 1981.

En el Líbano, Israel ha aplicado los métodos de guerra que ya había probado en el enclave palestino: bombardeos intensivos, invasión terrestre, desplazamiento de 1,2 millones de libaneses y destrucción de infraestructuras y viviendas para impedir el regreso de los habitantes. El ejército israelí, que no ha dejado de violar el alto el fuego de 2024, también continuó con sus bombardeos tras la tregua firmada el 16 de abril de 2026. Tras destruir los puentes sobre el río Litani, aislando el sur del Líbano del resto del país, ocupa esta región en una franja de unos diez kilómetros de profundidad, delimitándola con una línea amarilla que se extiende desde el Mediterráneo hasta la frontera entre el Líbano y Siria. Ciudades y pueblos borrados del mapa, rebaños sacrificados, sistemas de riego, huertos y olivares destruidos: se ha hecho todo lo posible para convertir estas tierras en inhabitables e impedir el regreso de cientos de miles de desplazados. Las «zonas de separación» establecidas por Israel son un infierno para los libaneses.

Al controlar una parte del río Litani, Israel también tiene la capacidad de desviarlo para abastecer de agua a los asentamientos de Cisjordania. Puertos pesqueros han sido bombardeados y no se ha levantado el bloqueo marítimo impuesto al sur del Líbano desde el 2 de marzo. Las fronteras marítimas son también uno de los retos de la guerra; hacerlas retroceder permitiría al Estado hebreo controlar yacimientos de gas sin explotar situados frente a las costas del Líbano. El control de la energía y el agua no es el único medio de presión política de Israel. Así, bombardear deliberadamente las regiones cristianas y suníes, donde se habían refugiado los desplazados, en su mayoría chiíes y supuestamente partidarios de Hezbolá, es una forma de avivar las divisiones comunitarias y deja en el aire la posibilidad de una vuelta a la guerra civil.

La población israelí tampoco ha salido indemne de estos treinta y un meses de guerra: los habitantes del norte han sido desplazados, viven con el temor a los bombardeos, cerca de mil soldados han perdido la vida, miles han resultado heridos y una parte de la juventud movilizada ha quedado traumatizada por la barbarie de la guerra.

Beneficios de guerra para unos y sacrificios para otros

La guerra también ha trastornado y reorientado toda la economía. El sector turístico se ha desplomado, y la suspensión de los permisos de trabajo de cerca de 200 000 trabajadores palestinos de Gaza y Cisjordania ha afectado gravemente a los sectores de la construcción y la agricultura. En las empresas, la llegada de trabajadores asiáticos no compensa la ausencia de los reservistas.

El 30 de marzo, el Parlamento aprobó una ampliación de 9.000 millones de dólares para un presupuesto militar que alcanza los 45.000 millones. Este presupuesto beneficia principalmente a las empresas de alta tecnología y de armamento. Así, en marzo, Elbit Systems, especializada en la fabricación de drones, anunció una facturación de 28.000 millones de dólares. Israel Aerospace Industries cuenta con una cartera de pedidos de 29 000 millones de dólares. Rafael, el especialista en sistemas antimisiles que desarrolló el «Domo de Hierro», realizó la mitad de sus ventas en el mercado internacional, por un valor superior a los 17 000 millones de dólares.

Estas empresas han conseguido contratos en todo el mundo. Para ellas, la guerra supone publicidad a escala mundial. Aún no ha terminado, pero los accionistas de estos grandes grupos ya son, sin duda, los grandes ganadores.

Mientras tanto, las clases populares sufren sacrificios sin fin. Así, Bezalel Smotrich, el ministro de Finanzas ultraortodoxo, quiere volver a subir los impuestos y recortar los presupuestos de educación, sanidad y transporte público. La escuela pública carece de recursos, pero Smotrich se ha encargado de conceder una partida presupuestaria adicional de 652 millones de dólares a las escuelas privadas que controla, y de 252 millones a las instituciones ultraortodoxas para financiar la implantación de colonias en Cisjordania.

La movilización prolongada de los reservistas ha sumido en dificultades económicas a un tercio de sus familias, ya que su paga dista mucho de compensar la pérdida de ingresos.

El aumento de la precariedad, la congelación de los salarios y la inflación de los alquileres, los precios de los alimentos, el transporte y los servicios básicos: muchas familias están cayendo en la pobreza. Más de dos millones de israelíes vivían por debajo del umbral de la pobreza en 2024, entre ellos 880 000 niños, lo que supone más de una cuarta parte de los niños del país.

La guerra, factor de orden social y de cohesión de una sociedad fragmentada

Israel contribuye a la fragmentación de Oriente Medio, pero la cohesión de su propia sociedad es solo aparente. La unión sagrada surgida de la guerra da la impresión de que su población es un bloque cuyos miembros comparten las mismas ideas e intereses. En realidad, la sociedad adolece de múltiples fracturas: políticas, religiosas y sociales.

Se trata de una sociedad en la que se enfrentan los judíos de Israel con los colonos judíos de los territorios ocupados, y los laicos con los religiosos supremacistas. 1,2 millones de ultraortodoxos concentran la ira, ya que incitan a la guerra, mientras que ellos mismos no trabajan y están exentos del servicio militar. Por otra parte, el estatus, los empleos y los salarios no son los mismos si se es un judío procedente de Europa, de los países árabes o de Etiopía, de Sudán o de la antigua URSS.

Casi dos millones de palestinos israelíes son considerados ciudadanos de segunda clase, que sufren discriminación en el acceso a la atención médica, al empleo y a los servicios, y que son esenciales para algunos sectores de la economía, empezando por la salud. Percibidos aún más como una "amenaza interna", desde el 7 de octubre de 2023 son acosados y una capa de plomo pesa sobre ellos.

La sociedad israelí es escenario de una feroz guerra social. La patronal y el gobierno aprovechan el clima bélico para mantener a raya a los trabajadores e imponer sus condiciones. En 2025, las huelgas afectaron al sector público, especialmente a los maestros y profesores, enojados por los recortes presupuestarios que sobrecargan las aulas. "Se nos pide que le demos todo a los niños, pero con la inflación y los recortes, nos cuesta pagar el alquiler y alimentar a nuestra familia", dijo uno de ellos.

La guerra es un poderoso factor de orden social. Hemos visto cómo la respuesta militar posterior al 7 de octubre puso fin a ocho meses de protestas contra Netanyahu y su reforma judicial. Es cierto que la suerte de los rehenes dio lugar a manifestaciones masivas, que expresaban desconfianza hacia Netanyahu y una forma de oposición a la extrema derecha, que calificaba a los manifestantes de traidores. Durante dos años, las manifestaciones semanales también permitieron a una minoría denunciar las atrocidades cometidas en Gaza.

En el ejército, antes del alto el fuego en Gaza, algunos reservistas o militares voluntarios se han negado a incorporarse a sus unidades o participar en operaciones militares. Estas protestas fueron minoritarias, pero en este contexto de guerra, es una suerte que algunos hayan tenido el valor de oponerse a sus líderes.

Tras la liberación de todos los rehenes, a los partidarios de la paz les resultó más difícil denunciar las políticas criminales de sus dirigentes. El 31 de enero en Tel Aviv, pudieron reaparecer. Ese día, decenas de miles de árabes y judíos israelíes se manifestaron contra el control de las pandillas sobre los pueblos árabes. Estos traficantes armados extorsionan a los comerciantes y mataron a 250 personas en 2025 con la complicidad de la policía, indiferente al destino de una población que desprecia. Pero la reanudación de la guerra el 28 de febrero sofocó nuevamente este movimiento que tendía a superar las divisiones comunitarias, única vía portadora de esperanza.

Guerras sin salida para los pueblos de Oriente Medio

La guerra dirigida por Netanyahu es parte de una ofensiva mucho más amplia del imperialismo estadounidense para controlar los recursos, los estrechos marítimos y así consolidar su posición hegemónica en el Medio Oriente. El expansionismo bélico de Netanyahu y sus ministros de extrema derecha ha sido un instrumento al servicio de las ambiciones estadounidenses en la región. Recíprocamente, la agresividad y el carácter aventurero de Trump han sido una oportunidad para Netanyahu, que tiene interés en continuar con la guerra.

Con el apoyo de los EE.UU., Israel puede mostrar una superioridad militar abrumadora e imponerse como potencia contra sus vecinos árabes, pero su guerra no tiene salida. Después de dos años y medio de guerra, aunque Hamas y Hezbollah sufrieron graves bajas, no han sido erradicadas. Por el contrario, su presencia dentro de sus respectivas poblaciones se mantiene. El estado israelí y los Estados Unidos, al destruir países enteros y aplastar pueblos, dan origen a generaciones de rebeldes que no ven otra salida que la de unirse a las filas de organizaciones que proponen combatir al poder que los masacra. Vimos cómo la destrucción de Irak dio origen a la organización del Estado Islámico, Daesh.

Convertida en mercenaria de intereses ajenos, la población israelí está condenada a vivir en un ambiente hostil y a soportar el peso de guerras que no le aportan ni paz ni seguridad.

29 abril 2026

 

Irán: el régimen sale reforzado tras el ataque imperialista

Trump pretendía acabar con la República Islámica de Irán y someter a su régimen en cuestión de días. Pero este le planta cara. Ni la «guerra de doce días» de junio de 2025, ni los bombardeos israelo-estadounidenses iniciados el 28 de febrero, ni el asesinato de sus altos dirigentes han logrado derribarlo. Al contrario, este poder, cuestionado por una profunda revuelta en enero de 2026, ha logrado recuperar el apoyo de la población, y no solo mediante el terror.

Los bombardeos no solo no provocaron el levantamiento popular que Trump había anunciado con su habitual ligereza, sino que el régimen logró aprovechar una cierta unidad nacional contra las intervenciones israelo-estadounidenses. Como era de esperar, los sentimientos antiimperialistas, que han servido de combustible a este régimen desde su llegada al poder en 1979, y que ha instrumentalizado durante décadas para imponer su dictadura, en nombre de la lucha contra «el gran y el pequeño Satanás», Estados Unidos e Israel, se han reactivado con la guerra. Los esloganes a favor de Trump que se escuchaban en las manifestaciones de enero o que aparecían pintados en las paredes han desaparecido. Muchos iraníes que deseaban esta intervención y se alegraron de las primeras bombas han cambiado de opinión, cuando no han sido ellos mismos asesinados mientras celebraban en la calle la muerte del líder supremo Alí Jamenei, asesinado junto con otros líderes el primer día de la guerra.

Por supuesto, la guerra ha favorecido el control sobre la población, la delación y las acusaciones de traición o espionaje al servicio de Israel o de Estados Unidos, seguidas de detenciones. Los Pasdaran y su milicia, los Basij, multiplican los controles en las calles, revisan el contenido de los teléfonos y aterrorizan a la población. El régimen cortó la conexión con la red mundial de Internet desde el inicio de la guerra, reservando el privilegio de conectarse sin restricciones a unos pocos fieles al régimen que figuran en una lista blanca. Quienes desafían la prohibición utilizando VPN carísimas y poco fiables se arriesgan a la muerte si son descubiertos. Cada día se ahorca a condenados a muerte: pueden ser opositores políticos detenidos desde hace varios años, manifestantes de enero, a veces muy jóvenes, militantes o no. El año 2025 ya fue un año récord con 1 639 ejecuciones.

Pero, mucho más que la represión, los bombardeos que han tenido como objetivo escuelas, equipos de rescate, centros de salud e infraestructuras vitales han convencido a muchos iraníes —que en un principio estaban a favor de una intervención militar estadounidense— de que no tenían nada que ganar con ello. En las concentraciones de apoyo al régimen, en los desfiles militares organizados desde el inicio de la guerra, en las cadenas humanas alrededor de las centrales eléctricas amenazadas por Trump, se ha visto a los partidarios tradicionales del régimen, pero también a muchas mujeres sin velo, a jóvenes que se habían manifestado contra el régimen en los meses y años anteriores y, probablemente, a muchos antiguos opositores. La prensa se hizo eco, por ejemplo, de la iniciativa de Ali Ghamsari, un músico que fue a tocar «por la paz» y para que «la luz permaneciera encendida en todos los hogares» frente a la central eléctrica de Damavand el 7 de abril, cuando Trump amenazaba con atacar todas las centrales y a pesar de que este músico había sido censurado por el régimen en 2019 porque una mujer había cantado en uno de sus conciertos.

De hecho, en lo que respecta al control de las costumbres y la forma de vestir, el régimen ya había relajado las normas antes de la guerra y hoy en día se puede ver en las calles de Teherán a parejas cogidas de la mano y a muchas mujeres sin velo cruzándose con otras completamente veladas. Esta relativa libertad en las costumbres convive con el reclutamiento de adolescentes, e incluso de niños a partir de los 12 años, en las milicias civiles de los basij.

Una guerra imperialista que no tiene nada de liberadora

La mentira estadounidense de una guerra liberadora ha durado, pues, muy poco. Aunque los bombardeos sobre Irán no son ni de lejos comparables a la intensidad de los que han destruido Gaza desde el 7 de octubre de 2023, ni siquiera a los que azotan el Líbano desde el 28 de febrero, han afectado a la economía iraní y a la población, causando al menos 3 600 muertos, según una ONG. Los ataques han dañado más de 125 000 edificios residenciales y civiles, entre ellos 339 centros sanitarios, 32 universidades y 857 escuelas, incluida la escuela de Minab, donde murieron 168 alumnas al inicio de la guerra. Según la portavoz del Gobierno iraní, el importe de los daños puede estimarse en 229 000 millones de euros. Los bombardeos han afectado o destruido cerca de 20 000 unidades industriales, desde pequeñas empresas hasta grandes complejos petroquímicos y siderúrgicos, como la acería de Mobarakeh, cerca de Isfahán, que antes de la guerra empleaba a varias decenas de miles de trabajadores y suministraba chapa a fábricas de automóviles, electrodomésticos y construcción. Estas destrucciones afectan, evidentemente, a los subcontratistas y proveedores.

Durante los 40 días de bombardeos, la principal preocupación de la población era protegerse de las bombas, ya que no hay sirenas ni refugios subterráneos. Al alto el fuego del 7 de abril le siguió el bloqueo marítimo de los puertos iraníes por parte de Estados Unidos. La vida cotidiana de los iraníes consistía en conseguir alimentos y medicamentos a precios desorbitados, a menudo tras haber sido despedidos sin indemnización tras la destrucción de su lugar de trabajo, y en encontrar un refugio cuando su vivienda había quedado destruida. Se habrían perdido entre tres y cuatro millones de puestos de trabajo, lo que se traduce en que entre 12 y 15 millones de personas, de una población de 90 millones, ya no tienen medios de subsistencia, salvo la mísera suma que abona el Gobierno: 300 000 tomans por persona y al mes y un vale de compra de un millón de tomans (menos de 7 euros a finales de abril), lo que solo permite comprar unos pocos kilos de arroz. La inflación, ya elevada antes de la guerra debido a las sanciones estadounidenses y a la corrupción de los dignatarios del régimen, se dispara aún más. En marzo de 2026, alcanzaba una media del 70 % en un año, e incluso más del 110 % en los productos alimenticios de primera necesidad.

Tanto en lo que respecta a las libertades democráticas como a las condiciones de vida, la situación de decenas de millones de iraníes es peor tras la guerra con Israel y Estados Unidos que antes. Pero, evidentemente, mejorar esa situación no era el objetivo de los dirigentes israelíes y estadounidenses al desencadenarla.

La obstinación estadounidense

Desde su instauración en 1979, la República Islámica de Irán ha sido una espina clavada en en el pie del imperialismo. Para este, es cierto que dicho régimen tiene el mérito de someter a su población y de constituir un elemento de su orden en Oriente Medio, como ha quedado patente, por ejemplo, en la colaboración entre Irán y Estados Unidos en Irak desde la década de 2010. Pero los dirigentes de la República Islámica llegaron al poder gracias a una profunda revuelta popular que derrocó el régimen del Sha, una monarquía a las órdenes del imperialismo, que actuaba de forma despiadada contra la clase obrera y contra la más mínima oposición, cuyo ejército estaba equipado, formado y entrenado por Estados Unidos. Aunque las altas esferas de ese ejército, y los dirigentes estadounidenses de la época, facilitaron el regreso del exilio del ayatolá Jomeini para que se pusiera al frente del nuevo régimen y canalizara la revuelta movilizando a su red de militantes religiosos, la República Islámica se construyó oponiéndose a las presiones del imperialismo estadounidense. Desde su nacimiento, contó con una importante base social entre los comerciantes y las capas pobres. Este régimen oscurantista sometió, mediante la represión, a todas las fuerzas que podían desbordarlo: la clase obrera industrial, movilizada y concentrada; las minorías nacionales, como los kurdos; las mujeres que se negaban a llevar el velo; y los partidos de izquierda que habían dado su aval y su apoyo a Jomeini, mientras que, paralelamente, este radicalizaba su discurso antiimperialista.

Desde el principio, los dirigentes occidentales hicieron todo lo posible por contener al régimen y debilitarlo. En 1980, incitaron a Irak, bajo el mandato de Sadam Husein, a declararle la guerra, un conflicto que duró ocho años y se cobró cerca de un millón de víctimas mortales. Las sanciones económicas contra el régimen comenzaron ya en 1979 y se endurecieron con el paso del tiempo, con algunos breves respiros, como en 2015, cuando Obama aceptó firmar un primer acuerdo nuclear. Cabe citar, entre otras medidas, la prohibición en 1996 a que las empresas que comerciaran con Irán pudieran comerciar con empresas estadounidenses; en 2007, una resolución de la ONU que imponía la congelación de sus activos en el extranjero; en 2012, el embargo sobre los hidrocarburos iraníes decidido por la Unión Europea y la exclusión de Irán de la red de intercambios interbancarios (Swift).

Las sanciones occidentales contra Irán han provocado un aislamiento financiero y comercial que, en primer lugar, recae sobre la población. Debido a las sanciones y al rechazo al que se ve sometido el régimen iraní, este se ha visto obligado a recurrir a otros países. Si Rusia está terminando la construcción de la central nuclear de Bushehr es porque el grupo alemán Siemens, que había iniciado dicha construcción en la década de 1970, incumplió sus compromisos en 1979. Cuanto más se endurecían las sanciones, más se veía Irán obligado a buscar alianzas con otros países: China, a la que vende hidrocarburos y a la que compra productos manufacturados, y más recientemente Rusia, a la que vende los famosos drones kamikazes Shahed utilizados en Ucrania.

Integrarse en la economía mundial

En el fondo, los dirigentes de la República Islámica —y, tras ellos, la burguesía iraní— no piden otra cosa que encontrar su lugar en la economía mundial e integrarse en el sistema monetario internacional del que han sido excluidos, con el fin de poder obtener beneficios mediante la explotación de sus inmensas reservas de hidrocarburos. Pero, al igual que los dirigentes de todos los países que no pertenecen al círculo restringido de las potencias imperialistas, los dirigentes iraníes solo tienen la opción de someterse a estas y, por lo tanto, ver cómo sus recursos son saqueados por las grandes empresas occidentales, o plantarles cara, lo que significa, de una forma u otra, ir hacia una confrontación, ya sea diplomática, económica o militar. Los dirigentes iraníes nunca han sido los iniciadores de estos enfrentamientos. Ante las sanciones, ante las intervenciones militares más o menos directas, como los asesinatos de dirigentes del régimen en 2011, 2020, 2022… e incluso ante la guerra de doce días de junio de 2025, el régimen ha optado más bien por agachar la cabeza, intentando evitar el enfrentamiento directo.

En cuanto a la supuesta amenaza nuclear iraní, no es más que un pretexto para justificar la guerra en un momento en el que, desde Venezuela hasta Groenlandia, ningún rincón del planeta parece escapar a los buitres imperialistas. La guerra es también una oportunidad para dar un escarmiento, mostrando a los dirigentes que se atrevan a desafiar el poder estadounidense lo que se arriesgan. Por otra parte, la propia jefa de los servicios de inteligencia estadounidenses ha afirmado que el programa nuclear y balístico iraní no representa una amenaza real, lejos de la propaganda, en particular la israelí, que pretende que los misiles iraníes amenazan a Europa.

En realidad, Trump y su círculo más cercano, animados por Netanyahu y los servicios de inteligencia del Mossad, en plena euforia tras el exitoso secuestro de Maduro en Venezuela, consideraron evidentemente que había llegado el momento de derrocar al régimen iraní. Por su parte, Netanyahu siempre ha afirmado querer derrocar un régimen que no ha dejado de presentar a su población como una amenaza existencial contra Israel, para justificar mejor el mantenimiento de su país en un estado de guerra permanente. En cuanto a Trump, seguido por los mandos del ejército estadounidense, veía allí la oportunidad de derrocar por fin un régimen que no se somete desde hace cuarenta y siete años, elude las sanciones, mantiene relaciones políticas, diplomáticas y comerciales con China y Rusia, y arma a Hezbolá y a los hutíes, en un periodo de crisis económica en el que las tensiones internacionales sobre los mercados y los recursos están en su punto álgido.

Trump y Netanyahu podrían haber pensado que el régimen iraní se había debilitado lo suficiente con la caída del régimen de Bashar al-Assad en Siria, el retroceso de Hamás en Palestina y de Hezbolá en el Líbano, los golpes asestados por la guerra de doce días de junio de 2025 y las protestas que sacudieron el país en diciembre y enero pasados, como para que la eliminación física del ayatolá Jamenei, seguida de una campaña de bombardeos, le asestara el golpe de gracia. Con su desprecio de multimillonario, el líder supremo del imperialismo más poderoso ignoró los sentimientos nacionales de la población iraní y subestimó la capacidad del régimen para sustituir a los altos cargos asesinados y mantenerse en el poder.

Los Pasdaran y la burguesía iraní

El régimen iraní se sustenta en una amplia red de complicidades, en la que se entremezclan el clero, los empresarios de la burguesía y los responsables militares, entre los que se encuentran algunos dirigentes que, en ocasiones, pueden ser todo eso a la vez. Desde el nacimiento de la República Islámica, los pasdaran (o CGRI, por Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica) han ido adquiriendo cada vez más peso en la sociedad. Hoy en día, concentran las fuerzas armadas mejor equipadas. Supervisan a los basij, esa milicia de casi 5 millones de miembros reclutados entre las clases populares, que viven vestidos de civil entre la población. Los basij desempeñan tanto el papel represivo que hemos visto, especialmente en las recientes revueltas, como una función de orientación a través de actividades deportivas, culturales y sociales en los barrios populares.

Los Pasdaran se han convertido en pilares del régimen, con presencia en todos los ámbitos de la economía, desde el sistema bancario hasta la industria, pasando por la economía informal y el contrabando. Controlan el 60 % de la economía del país y ocupan la mayoría de los cargos ministeriales. Tras la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), a los veteranos de guerra de mayor rango se les encomendaron responsabilidades en fundaciones creadas por el régimen. Durante las oleadas de privatizaciones de la década de 2000, estos dirigentes tomaron el control de sectores enteros: la agricultura, la banca, el petróleo; por ejemplo, en 2006, el de una parte del inmenso complejo petrolero y gasístico de South Pars.

La alta burguesía iraní colabora con los «Guardianes» y resulta muy difícil distinguirlos, dado lo entrelazadas que están sus fortunas. Por citar solo un ejemplo entre tantos otros, el banquero Ali Ansari mantiene una estrecha relación con la familia Jamenei, la del antiguo y el nuevo líder supremo, que a su vez está al frente de un imperio financiero valorado en varios cientos de miles de millones de dólares. Al parecer, ayudó al hijo de Jamenei —el que fue nombrado líder supremo tras su padre, pero que desde entonces ha permanecido en la sombra— a colocar su fortuna en paraísos fiscales. El hijo de Ansari fundó en 2013 el Banco Ayandé, que se vio envuelto en escándalos de corrupción y que desde entonces ha quebrado, arruinando a numerosos pequeños ahorradores. Este banco financió así proyectos inmobiliarios descabellados, entre ellos la creación de un gigantesco centro comercial con piscina, pista de patinaje y jardines en Teherán, concediéndose un préstamo de 10 000 millones de dólares que nunca se devolvió. El banco fue objeto de una demanda en 2019 y posteriormente liquidado en 2025, y fue el banco central —y, por tanto, el Estado— quien asumió sus deudas al fusionarlo con el banco público Melli.

Los dirigentes de los Pasdaran están unidos tanto por sus negocios como por su trayectoria dentro del Estado. Se ganaron sus galones en la guerra entre Irán e Irak y luego participaron en las violentas represiones de los movimientos de protesta contra el régimen. Entre los que fueron asesinados a lo largo del año 2026 se encuentran Gholamreza Soleimani, jefe de los basij, Mohammad Pakpour, jefe de los Guardianes de la Revolución, nombrado tras el asesinato de su predecesor en junio de 2025, o incluso Ali Larijani, que era hijo de un dignatario religioso. Tras la guerra entre Irán e Irak, este último se convirtió en ministro de Cultura y luego dirigió la radio y la televisión estatales, antes de presidir el Parlamento, de 2008 a 2020. Participó en las negociaciones del acuerdo nuclear de 2015, lo que le valió que su candidatura a las elecciones presidenciales fuera rechazada en 2021 y de nuevo en 2024, por considerarse demasiado « prooccidental ». Pero en junio de 2025, el régimen volvió a recurrir a él para negociar el fin de la guerra de doce días, antes de que se convirtiera en presidente del Consejo de Defensa hasta su asesinato a manos de EE. UU. en marzo.

Estos iraníes privilegiados se parecen en muchos aspectos a sus homólogos occidentales. Algunos han estudiado en las mismas universidades de Norteamérica, donde envían a sus hijos. Se reúnen en los mismos centros turísticos de los Emiratos que la jet set internacional. Las imágenes de la fastuosa boda celebrada en octubre de 2025 de la hija de Ali Shamkhani, un allegado del líder supremo, en un hotel de lujo, con mujeres con escotes, causaron conmoción en Irán cuando se filtraron en las redes sociales. Los dirigentes de la República Islámica se ven salpicados regularmente por escándalos: corrupción, malversación de fondos, importaciones ilegales de armas… La pena de muerte por las relaciones extramatrimoniales no se aplica, evidentemente, a las esferas dirigentes, sobre todo cuando se trata de responsables del Ministerio de Cultura, de la televisión estatal o del organismo encargado de la «virtud», como ocurrió en 2023 durante el escándalo de los «sextapes» de dignatarios ultraconservadores en plena acción con hombres o con mujeres casadas. Esta hipocresía y este doble lenguaje de las clases dirigentes con su discurso rigorista contribuyeron a alimentar la revuelta «mujer-vida-libertad» de 2022-23 y la más reciente de diciembre de 2025 y enero de 2026, como atestiguaba una consigna de los manifestantes: «Nuestra mesa está vacía; sus hijos viven en Canadá».

Un revés para Trump

Hoy en día, contrariamente a lo que afirmó Trump a mediados de marzo (« todos están muertos »), siguen estando al frente del régimen muchos dirigentes totalmente dispuestos a negociar un compromiso con el imperialismo. Los dirigentes de la República Islámica no son extremistas y no cuestionan en absoluto el orden imperialista. Como burgueses nacionalistas, quieren encontrar su lugar en él, pero sin dejarse saquear ni someter.

Así, el actual ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, procedente de una familia de la burguesía comerciante, cursó parte de sus estudios en Gran Bretaña. Posteriormente, continuó su carrera en el ministerio, ora como embajador, ora participando en las negociaciones sobre el programa nuclear. ¡Casi solo tuitea en inglés! A Trump, que se jactaba de «llevar a Irán a la Edad de Piedra», le respondió en X (antes Twitter) que en aquella época no se extraía ni petróleo ni gas en Oriente Medio, preguntándose irónicamente si el presidente de EE. UU. realmente quería retroceder tanto en el tiempo. El que dirigió el equipo de negociadores tras el alto el fuego, Mohammad Bagher Ghalibaf, actual presidente del Majlis (Parlamento), exalcalde de Teherán y exjefe de la Fuerza Aérea, dirige la empresa Khatam al-Anbiya. Se trata de un enorme grupo que posee cientos de empresas pertenecientes a los pasdaran, entre ellas una parte de South Pars, el gran complejo petrolero.

Las disensiones y rivalidades dentro del régimen, que a lo largo de los años se han traducido en purgas y, en ocasiones, en estancias en prisión de dirigentes debilitados, no han cesado en décadas. Algunos, como los artífices del acuerdo nuclear de 2015, lo apoyaban porque daban prioridad al comercio con los países occidentales, mientras que otros apostaban más bien por los intercambios con China y otros países no alineados.

La guerra desencadenada por Trump ha cambiado las reglas del juego. Es cierto que ha destruido infraestructuras vitales y dañado instalaciones de producción esenciales y rentables. Pero los supervivientes del régimen han encontrado, al controlar el estrecho de Ormuz, una baza para negociar.

Al no haber logrado Trump derrocar al régimen con su campaña de bombardeos aéreos, se ha visto enfrentado al bloqueo del estrecho, que está disparando los precios del gas y del petróleo y agravando la crisis económica mundial. Parece que, por el momento, ha preferido no organizar un costoso y difícil desembarco de tropas terrestres. Aunque a su vez ha bloqueado los puertos iraníes para intentar asfixiar al país, ha aceptado de hecho, al prolongar el alto el fuego, negociar sobre la base de las propuestas iraníes. Y a pesar de las bravuconadas de Trump, estas propuestas no eran las de un país derrotado, acorralado: levantamiento de las sanciones económicas contra Irán; descongelación de los miles de millones de dólares bloqueados en diversos bancos internacionales; negociación, de acuerdo con su vecino omaní, de un nuevo régimen para el tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz con recaudación de un impuesto; aplazamiento de las negociaciones sobre el programa nuclear iraní tras una paz verdadera que también afectaría al Líbano.

Ni tutela imperialista ni dictadura de los Pasdaran

Este pulso tan desigual entre la primera potencia imperialista y el régimen iraní está lejos de haber terminado, y sería arriesgado pronosticar su desenlace. La guerra de Trump y Netanyahu ha añadido caos a un Oriente Medio desestabilizado por más de un siglo de saqueo imperialista, e inestabilidad a una economía mundial en crisis, minada por las rivalidades entre potencias y entre grupos capitalistas por el control de los mercados y los recursos. De las negociaciones actuales no podrá surgir realmente ninguna paz duradera. Pero el simple hecho de que el régimen iraní no haya caído, el hecho de que se haya mantenido en condiciones de negociar los términos de la paz, se ha presentado como un revés para el imperialismo estadounidense y una victoria para Irán. El revés es real y no puede sino alegrar a los revolucionarios que denuncian los crímenes de sus propios dirigentes, que siembran la guerra y la miseria por todo el mundo.

Pero, en este momento, mientras el régimen siga en el poder, si hay algún éxito, será el de las clases privilegiadas iraníes, el de los Pasdaran, y no el de los trabajadores y las clases populares, ni en Irán ni en ninguna otra parte del mundo. Sea cual sea la evolución del pulso entre Trump y los dirigentes de la República Islámica, la población iraní ya está pagando un precio alto por la destrucción masiva causada por las bombas israelo-estadounidenses y pagará caro el esfuerzo de reconstrucción bajo el yugo de los Pasdaran. Estos últimos, dispuestos a luchar contra los buitres imperialistas para poder disfrutar de las riquezas de su país, seguirán siendo igual de despiadados con los trabajadores que extraen y refinan el petróleo, construyen los puentes y las carreteras, producen y transportan todas las mercancías. El alto coste de la vida, los salarios impagados, la corrupción, los privilegios, la prohibición de reunirse y organizarse libremente, la represión contra militantes obreros, periodistas o abogados, y las detenciones arbitrarias han alimentado las sucesivas revueltas en Irán desde hace quince o veinte años. Evidentemente, estas revueltas no cesarán si se firma un tratado de paz entre Estados Unidos e Irán. Y si encontraran un terreno de entendimiento, si firmaran acuerdos económicos en torno a la explotación del petróleo y el control del estrecho de Ormuz, los dirigentes iraníes y estadounidenses se aliarían para repartirse lo que han robado a los trabajadores.

Pero aún no hay nada decidido y existe otra opción totalmente diferente: la intervención en la escena política de las clases populares de Irán, de la juventud del país —que ha demostrado su valentía y su rebeldía— y, sobre todo, de la clase obrera, que cuenta con una larga tradición de organización y ha sabido movilizarse, al menos en el ámbito económico, en numerosas ocasiones en los últimos años. Es imposible, desde la distancia, evaluar los sentimientos actuales, tras los bombardeos israelo-estadounidenses, de los millones de personas que salieron a las calles hace menos de cinco meses y que fueron recibidas con las balas del régimen. Pero es evidente que no han olvidado nada. Si el régimen gana el pulso que mantiene actualmente con Trump, tarde o temprano se enfrentará a nuevas revueltas. La verdadera victoria sería que esas revueltas se transformaran en una revolución que arrastrara a los explotados de todo Oriente Medio, enfrentados a la misma tutela imperialista con la que los regímenes locales, igualmente dictatoriales, colaboran todos a su manera.

5 de mayo de 2026


Estados Unidos: la situación en el país y su política imperialista

Los artículos presentados a continuación están adaptados de los textos de orientación del congreso de 2026 de la organización trotskista estadounidense The Spark. Se publicarán en la revista Class Struggle. Estos textos fueron redactados en marzo, antes del aumento de la inflación que siguió a la guerra con Irán y al cierre del estrecho de Ormuz.

La situación económica y social

A medida que se acercan las elecciones de mitad de mandato en el otoño, tanto el Partido Demócrata como el Partido Republicano están centrando sus campañas en lo que llaman "la crisis del costo de vida". Calificar así la situación actual es un eufemismo. Como si se tratara simplemente de privarse de su latte macchiatto matutino o de su suscripción a Netflix! Hablar de esta crisis permite al personal político multiplicar las promesas vacías. Sin embargo, la realidad es que los precios de bienes básicos como vivienda, atención médica, alimentos y transporte se han disparado, haciéndolos inaccesibles para sectores enteros de la clase trabajadora.

En los últimos cuarenta años, los alquileres han aumentado mucho más rápido que los salarios. En la actualidad, más de 12 millones de hogares restringen fuertemente su consumo debido al nivel de precios. Gastan la mitad o más de sus ingresos en pagar el alquiler y las facturas de energía, lo que deja poco para el resto. Los aumentos de los alquileres también han provocado un fuerte aumento del número de personas sin hogar. Millones de trabajadores de la construcción, los servicios o el comercio han perdido su hogar: viven en sus autos, refugios y moteles con sus familias. En todo el país, casi dos millones de niños carencen de hogar según la contabilización de los distritos escolares. Los expertos consideran que esta es la punta del iceberg, y más de la mitad de las personas sin hogar son ancianos. Cuando los trabajadores mal remunerados dejan de ser aptos para trabajar, la mayoría no recibe una pensión suficiente como para pagar un alquiler.

Una de las causas de la crisis es que no es rentable para las empresas constructoras construir viviendas baratas. Se agrava por el hecho de que buena parte de las viviendas existentes son compradas por grandes grupos financieros que especulan en el sector inmobiliario. Se trata de millones de viviendas unifamiliares, edificios residenciales de alquiler y parcelas de casas móviles. Al mismo tiempo, en la mayoría de las aglomeraciones urbanas, las escasas viviendas accesibles son demolidas para dejar plaza a complejos inmobiliarios de lujo, sin quedar casi nada para el resto de la población.

La salud también está atravesando una crisis dramática. Los costos se dispararon, a un ritmo tres veces más rápido que el aumento de los salarios. Como resultado, aproximadamente 16 millones de personas entre 18 y 64 años no tienen cobertura médica. En sectores que generan enormes beneficios, como la agricultura, la construcción y la hostelería, la proporción de trabajadores sin seguro médico es muy alta. Pero la crisis no termina aquí. De hecho, tener un seguro médico no garantiza el acceso a la atención médica, ya que más de 100 millones de trabajadores tienen un seguro "inadecuado". Millones de personas están aseguradas, pero aplazan la atención debido a una carga o franquicia demasiado elevada. Estas personas terminan endeudándose para recibir tratamiento médico. Esta situación obliga a un tercio de los adultos en Estados Unidos a reducir sus gastos en alimentos o energía para cubrir sus costos de salud. Y la mitad de ellos posponen etapas importantes de sus vidas, como cambiar de empleo o tener hijos, debido al aumento de los costos médicos.

La salud está convirtiendose cada vez más en un aspirador de dinero controlado por un puñado de grandes empresas como UnitedHealth Group, Elevance Health (antes Anthem), CVS (Aetna) y Centene Corporation. Estas empresas fueron inicialmente compañías de seguros que compraron empresas en los ámbitos de sus actividades para formar monopolios que dominan prácticamente todos los aspectos de la salud. El mayor de ellos, UnitedHealth Group, es ahora la cuarta compañía más grande en Estados Unidos en términos de ingresos y la séptima a nivel mundial. Sus tentáculos van desde los seguros hasta la industria farmacéutica, pasando por los cuidados clínicos y el procesamiento de datos. Posee 3 000 filiales. Una de ellas, Optimum Health, emplea al 10% de todos los médicos que trabajan en Estados Unidos.

Los precios de los alimentos también han alcanzado niveles estratosféricos en los últimos cinco años, aumentando a un ritmo muy superior al de la inflación. Según cifras del propio gobierno, casi 50 millones de personas, entre ellas 15 millones de niños, están "en situación de inseguridad alimentaria", es decir, no tienen recursos suficientes para alimentarse con regularidad. Los aumentos de precios son decisiones de un puñado de empresas que dominan la industria agroalimentaria, desde la producción hasta la venta de productos agrícolas, semillas, fertilizantes y maquinaria. Estos monopolios están dominados por inversores internacionales como BlackRock y Vanguard, que son accionistas importantes en casi todas las empresas del sector, consolidando así su influencia.

Por último, 104 millones de personas en Estados Unidos no tienen acceso a un medio de transporte confiable porque no pueden comprar un automóvil en un país que prácticamente carece de transporte público. Esto es aún más problemático porque el costo de la vivienda obliga a un número cada vez mayor de trabajadores a vivir lejos de los centros económicos donde pueden encontrar empleo o llevar a sus hijos a la escuela. El precio de un coche nuevo es tan alto (más de 50 000 dólares en promedio, sin contar los intereses de los préstamos) que se ha vuelto prohibitivo para el 80% de la población. Incluso los automóviles de segunda mano se venden a un promedio de 25.000 dólares, lo que los pone fuera del alcance de la mayoría de las personas. El precio medio de un automóvil de segunda mano hoy es más alto que el de uno nuevo hace 15 años. Los otros costos asociados con la posesión de un automóvil también se han disparado, ya que las grandes corporaciones que dominan el sector de repuestos y seguros, así como la venta de neumáticos, accesorios y combustible, han impuesto enormes aumentos de precios.

 

En consecuencia, decenas de millones de trabajadores con jornadas laborales largas ya no pueden comprar bienes de primera necesidad, y la mayor parte del resto lucha no sólo para mantener la cabeza fuera del agua sino que, en caso de un acontecimiento inesperado, simplemente para mantenerse con vida. La clase trabajadora, que produce todo y hace que todo funcione en este país, está amenazada de pauperización.

Burguesía: la explosión de las ganancias

Mientras tanto, la burguesía ha aumentado considerablemente sus ganancias y su riqueza. "El aumento de las ganancias y de las cotizaciones bursátiles transfiere una parte creciente del PIB a las empresas, sus altos ejecutivos y accionistas", tituló el Wall Street Journal el 12 de febrero. El artículo indicaba que las ganancias hoy absorben el doble de la riqueza producida en comparación con los años 1980, y que esas ganancias fueron tomadas directamente de lo que él llama "la remuneración de los asalariados". La proporción de los salarios en el valor añadido se ha reducido considerablemente.

Actualmente, una ínfima minoría está acumulando riquezas inimaginables. Según el New York Times del 2 de marzo, el 1% más rico tiene más de 55 billones de dólares, más que el PIB anual combinado de Estados Unidos y China. En la cima, el número de multimillonarios aumentó de 269 en 2000 a más de 900 en 2025, incluidos 88 nuevos multimillonarios el año pasado. La fortuna de Elon Musk, el más rico de ellos, ahora se acerca al billón de dólares.

Este crecimiento asombroso de la riqueza de la clase capitalista está directamente vinculado al empobrecimiento rápido de la clase trabajadora. Los capitalistas siguen construyendo su riqueza destruyendo el nivel de vida de los trabajadores, lo que provoca una degradación y un declive aún más marcado para la mayor parte de la población y para la sociedad en su conjunto.

Este empeoramiento de la situación de los trabajadores es consecuencia directa del funcionamiento del sistema capitalista. Esto es lo que Marx analizaba en 1865 en su folleto Salario, precio y ganancia, cuando el capitalismo aún estaba en pleno crecimiento: «El desarrollo mismo de la industria moderna debe inclinar cada vez más la balanza en favor del capitalista contra el obrero y [...], por consiguiente, la tendencia general de la producción capitalista no es elevar el nivel medio de los salarios, sino reducirlo, es decir, reducir, más o menos, el valor del trabajo a su límite mínimo».

Si Marx sostenía que los trabajadores nunca deben dejar de resistir el "ataque del capital", añadía: "Los obreros no deben exagerar el resultado final de esta lucha diaria. No deben olvidar que luchan contra los efectos y no contra las causas de estos efectos, que sólo pueden contener el movimiento descendente, pero no cambiar su dirección, que solo aplican paliativos, pero sin curar el mal. Por lo tanto, no deben dejarse absorber exclusivamente por las inevitables escaramuzas que engendran las incesantes intrusiones del capital o las variaciones del mercado. Deben entender que el régimen actual, con todas las miserias que les abruma, genera al mismo tiempo las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la transformación económica de la sociedad. En lugar de la consigna conservadora: "Un salario justo por una jornada laboral justa", deben inscribir en su bandera la consigna revolucionaria: "Abolición del trabajo asalariado".»

Esta conclusión es aún más pertinente hoy, en este período de degeneración del capitalismo. Recuerda a los trabajadores que las reformas y las luchas cotidianas no pueden impedir la miseria que el capitalismo les impone. Al mismo tiempo, abre la perspectiva del derrocamiento del capitalismo por parte de la clase trabajadora, para construir una sociedad nueva .

La inteligencia artificial y los empleos

Algunos sostienen que la introducción de la inteligencia artificial (IA) en el mundo del trabajo plantea una gran amenaza para la clase trabajadora. Ya se ha acusado a la IA de causar despidos masivos.

Sin embargo, muchos estudios muestran que las empresas están utilizando la IA como un pretexto conveniente para reducir su fuerza laboral. Un informe de investigación del Oxford Economics Institute concluyó en enero: "Al presentar los despidos como causados por factores tecnológicos, las empresas pueden presentarse como innovadoras en vez de estar luchando contra una contracción cíclica". Así, pues, las empresas, al afirmar a gritos que utilizan la IA, quieren incitar a los especuladores a comprar sus acciones para hacer subir su precio en el mercado de valores. Y, por supuesto, también lo usan como un pretexto para congelar las contrataciones y sembrar el miedo y la ansiedad entre los trabajadores para que acepten una mayor carga de trabajo.

La afirmación de muchos medios de comunicación de que la IA es responsable del "crecimiento sin empleo" también carece de fundamento. Con esta expresión se refieren a la escasez de empleos, sobre todo para los jóvenes que no tienen experiencia todavía, mientras que las ganancias y la riqueza de la burguesía siguen alcanzando picos.

Los estragos de un sistema

En este caso, no es la tecnología lo que hay que incriminar, sino el hecho de que los capitalistas la utilicen para su propio beneficio, para aumentar su poder y su riqueza a expensas de la clase trabajadora y de toda la población. Una pistola se puede usar para matar personas, pero también para defenderse y liberarse. Es una herramienta simple, y su uso depende de la persona que lo utiliza. Lo mismo ocurre con la IA. Es sólo una herramienta, y es demasiado pronto para saber si será útil a la humanidad. Pero hoy los trabajadores tienen motivos de sobra para temer cómo usarán la IA los capitalistas y pensar que lo pagarán con sus empleos.

La historia ofrece ejemplos de una evolución similar, cuando los capitalistas utilizaron nuevas técnicas para eliminar empleos hasta el punto de destruir sectores enteros. Los trabajadores no sólo perdieron sus empleos, sino que toda su vida retrocedió décadas. Pero esto no significa que el número de empleos en toda la economía se redujo, ya que aparecieron nuevos empleos en otros sectores. Marx escribió en 1867 (El capital, libro 1, capítulo 15, sección VI): «Desde el momento en que la máquina expulsa del oficio o de la manufactura una parte de los obreros hasta entonces ocupados, este nuevo flujo de reclutas industriales es desviado de su destino y va a descargarse poco a poco en otras industrias, pero las primeras víctimas sufren y mueren durante el período de transición.»

Esto es lo que ha sucedido repetidamente en Estados Unidos. A principios del siglo XX, más de la mitad de la población aún dependía de la agricultura para su sustento. Luego, debido a la mecanización, los agricultores, los jornaleros y los aparceros cambiaron de granja o incluso abandonaron el campo para buscar trabajo en las ciudades. Muchos nunca encontraron un empleo estable. Pero otros se encontraron en sectores que antes no existían, comenzando con las industrias manufactureras y de transformación que surgían en las grandes ciudades. Posteriormente, cuando los capitalistas, aprovechando las ganancias de productividad, eliminaron muchos empleos industriales, surgieron nuevos empleos en el sector de servicios, que crecía rápidamente. Hoy en día, el 60% de la población activa en Estados Unidos tiene empleos que no existían en 1940.

Este proceso no es automático. Todavía menos en este período de crisis agravada, marcado por el espectro de un colapso económico generalizado, la carrera armamentista y la amenaza de una nueva guerra mundial. El problema no es la tecnología, sino quienes la controlan. Hoy, la tecnología está en manos de la burguesía.

Este es el callejón sin salida en el que el capitalismo conduce a la sociedad y, con ella, a quienes producen los bienes y servicios que la población necesita para vivir. Pero no basta con que la clase trabajadora sea consciente de los desastres que trae consigo el capitalismo. Debe tomar conciencia de su capacidad para liberarse, y así liberar a toda la sociedad, de la trampa del capitalismo. Aunque seamos pocos, es esta necesidad la que justifica nuestra existencia y la de quienes trabajan para crear un partido revolucionario.

Abril 2026

 

Estados Unidos en movimiento hacía la Tercera Guerra Mundial

La guerra entre EE. UU. e Israel contra Irán puede haber sido iniciada por Netanyahu, quien habría halagado a un Trump vanidoso y lo habría llevado con astucia a una guerra en pro de Israel. También es posible que esta guerra haya sido instigada por Trump, como uno de esos golpes de estafa del que se jacta en El arte del trato ("Dejaremos de bombardearos si os rendís"). Otra posibilidad es que esta guerra, bautizada por Trump como la Furia épica, sea una nueva y espectacular distracción, entre las cientos de otras que Trump ha utilizado desde que asumió el cargo, para hacer olvidar el caso Epstein. ¿O es el resultado de una frustración personal, un acto deliberado decidido porque pensó que se le había privado injustamente del Premio Nobel de la Paz?

Estas absurdidades, y muchas otras, se publican en los editoriales de la prensa que sirve de portavoz de la burguesía estadounidense, como el New York Times y otros periódicos similares. Sí, Trump y Netanyahu son unos lunáticos egocéntricos, y peor aún. Pero la psicología de salón no puede explicar por qué el imperialismo estadounidense, el más grande, el más poderoso, que goza de un dominio absoluto, ha decidido iniciar una guerra que, en la práctica, significa que hemos entrado en la Tercera Guerra Mundial.

Esta última guerra contra Irán se denomina «guerra elegida». Lo que parece preocupar a los analistas es que el gobierno de Estados Unidos no estaba obligado a entrar en guerra contra Irán. Estados Unidos no sufría ataque. No existía ninguna amenaza de ataque inmediato. Incluso el jefe de la inteligencia estadounidense, nombrado por Trump, declaró ante el Congreso que no había indicios de una amenaza previsible. Pero el imperialismo estadounidense entró en guerra. Lo eligió, sin verse arrastrado a ella. Tomó la decisión absolutamente libre y consciente de ir a la guerra.

En otras palabras, la decisión de ir a la guerra contra Irán fue políticamente motivada, dictada no solo por Trump, sino por el Estado estadounidense en su conjunto. Es la piedra angular de una ofensiva global de largo alcance del imperialismo estadounidense, diseñada para subyugar a los países que se atrevieron a buscar incluso un mínimo de independencia. El ataque contra Irán, al igual que el que le precedió contra Venezuela, es una forma de allanar el camino para futuras batallas, es decir, para la guerra que ya se está intensificando, la nueva guerra mundial.

Guerras en curso y guerras por venir

Según el periódico británico The Guardian, nunca ha habido tantos países con tropas combatiendo fuera de sus fronteras desde la Segunda Guerra Mundial. Solo en 2025, Estados Unidos bombardeó siete países: Yemen, Somalia, Irán (ya), Siria, Irak, Nigeria y Venezuela. Las fuerzas especiales estadounidenses también llevaron a cabo incursiones en Colombia y México, además del secuestro del presidente Maduro. Cuba fue privada del petróleo venezolano e iraní, mientras Trump declaraba: «Creo que tendré el honor de tomar Cuba de una forma u otra […]. Creo que puedo hacer lo que quiera con ella». Esto podría ser solo una de las "tácticas de negociación" de Trump, como sus afirmaciones de apoderarse de Canadá o Groenlandia, a menos que se trate de una amenaza más directa como las que lanzó contra Irán y Venezuela cuando afirmaba estar negociando con ellos.

Estas agresiones militares se produjeron tras dos guerras en curso: una que ha debilitado a Rusia y otra que ha consolidado el control de Israel sobre Oriente Medio. Estas guerras se desencadenaron, por un lado, con la invasión de Ucrania por Rusia, que buscaba liberarse del control de la OTAN, y por otro, con los ataques de Hamás contra civiles israelíes. Independientemente de quién "inició la guerra" en Ucrania, tras cuatro años de conflicto, el ejército ruso quedó diezmado por enormes pérdidas en combate y la deuda nacional ha paralizado el sistema financiero ruso. En cuanto a la devastación de Gaza, reforzó la amenaza que Israel representa para Oriente Medio.

Una pregunta sigue en el aire: ¿a dónde conducirá el antagonismo entre Estados Unidos y China? China es, sin duda, un socio comercial clave para Estados Unidos, pero también su competidor más importante. Esta contradicción aún no ha llegado a su fin, pero es crucial. China no se vio directamente involucrada en la última guerra en Oriente Medio, pero está sufriendo las repercusiones. Al paralizar a Venezuela e Irán, Trump pretendía controlar el destino de su petróleo e impedir que abasteciera a China. Tras la primera ofensiva contra Irán hace nueve meses, y aún más después del ataque a Venezuela, China sacó las conclusiones necesarias y acumuló reservas de petróleo para seis meses. Pero la visión de Estados Unidos va mucho más allá de este corto plazo.

Desde el primer día, la guerra en Oriente Medio se extendió. Con el pretexto de una supuesta amenaza iraní, Israel recurrió a bombardeos masivos para expulsar tanto a Hezbolá del sur del Líbano como a la población libanesa. Irán, víctima de un ataque despreciable e incapaz de alcanzar militarmente a Estados Unidos, involucró a los países ribereños del Golfo Pérsico en el conflicto armado. Estos países no solo habían proporcionado a Estados Unidos territorio para sus bases en Oriente Medio, sino que también eran un importante centro de producción de petróleo y gas. Esto afectó de inmediato la producción agrícola mundial de fertilizantes y helio, utilizado en la fabricación de semiconductores.

Al bloquear el transporte marítimo en el estrecho de Ormuz, Irán ha convertido esta guerra en una guerra económica, que no solo amenaza a los países africanos y asiáticos más dependientes del gas de Oriente Medio, sino que también corre el riesgo de desestabilizar el sistema financiero mundial, en el que Oriente Medio desempeña un papel importante: Abu Dabi y Dubái forman parte de los centros financieros más importantes del mundo, centros plenamente integrados en el sistema imperialista.

Aunque Estados Unidos se libre de otra escasez de petróleo gracias a su producción nacional, las turbulencias del comercio internacional bien podrían volver a atormentarlo. Y podrían verse inmersos en una guerra de desgaste, una de esas "guerras interminables" que Trump prometió evitar a su base electoral.

La guerra que se está extendiendo se desarrolla en el contexto de una crisis económica prolongada . A pesar de su predominio, el sistema financiero estadounidense no ha cesado de acumular deuda. La parte de la producción de bienes y servicios en la economía estadounidense está disminuyendo, ya que se centra cada vez más en la especulación. La guerra es, sin duda, un producto necesario del capitalismo, una consecuencia de la guerra económica, pero la guerra ella misma puede exacerbar la crisis económica.

La Tercera Guerra Mundial surge de las relaciones de poder existentes. No se inicia como una lucha entre imperialismos rivales que compiten por el control del resto del mundo, como en guerras mundiales anteriores. Estados Unidos, tras emerger de la Segunda Guerra Mundial como la potencia dominante en términos económicos y militares, busca preservar, e incluso fortalecer, este dominio sobre el resto del mundo. Las alianzas que Estados Unidos forje para librar esta guerra no serán necesariamente las mismas que en el pasado. Y es posible que se enfrente a enemigos que no estaban en el bando contrario en aquel entonces.

Desde hace mucho tiempo, Estados Unidos gasta más en guerra que la mayoría de sus principales competidores juntos. En 2024, el gasto militar estadounidense equivalía al de sus nueve mayores competidores. El gasto total de Estados Unidos en 2026 podría acercarse al billón de dólares antes de que el ataque a Irán lo cambiara todo. Pero el presupuesto de Trump para 2027 incluye un aumento fenomenal del 50 % (fuente: Instituto Internacional de Estudios Estratégicos).

Aumento del autoritarismo

La otra forma de prepararse para una guerra mundial es la marcha continua hacia un régimen más autoritario. Hoy en día, esto se materializa en Trump, quien intenta dejar su impronta en todo lo que cae en sus manos en Washington, incluyendo —es un proyecto— una moneda de oro de un dólar.

Durante el primer año de su segundo mandato, Trump se dedicó a atacar, intentar aislar y someter a cualquier entidad o individuo que pudiera representar o expresar oposición a sus políticas: bufetes de abogados que defendían a clientes "impopulares", abogados defensores de los derechos civiles, universidades y sus institutos de investigación, maestros y profesores de enseñanza pública, medios de comunicación y sus periodistas, sindicatos, agencias reguladoras e incluso instituciones culturales como el Centro Kennedy y los museos Smithsonian, administrados por el gobierno federal. Los parques nacionales fueron un objetivo específico, dado que contienen vestigios de la Guerra Civil, ataques contra los nativos americanos y guerras contra Canadá y México.

Trump utilizó agencias federales, al igual que investigadores privados, para presionar a cualquier tipo de oposición. Por ejemplo, el Servicio de Impuestos Internos (IRS) y la Administración Federal de Vivienda (FHA) fueron utilizados para fabricar un caso de fraude contra el presidente de la Reserva Federal.

Trump inundó los tribunales con demandas por daños y perjuicios e investigaciones penales, todas condenadas al fracaso, pero no sin antes haberles costado a las personas y organizaciones demandadas una gran cantidad de tiempo y dinero: más de 4 000 solo desde el inicio de su presidencia. La mayoría fueron desestimadas por tribunales de primera instancia, pero esto solo sirvió para que los casos volvieran a tribunales superiores y, finalmente, a la Corte Suprema, que ha encontrado una nueva forma de apoyar a Trump al abstenerse de pronunciarse sobre los casos y negarse a emitir sentencias definitivas.

Por supuesto, este tipo de obstrucción legal no comenzó con Trump, pero él la convirtió en un arte, como él mismo sería el primero en decirlo si estuviera escribiendo un nuevo libro, o si encontrara a alguien que lo escribiera por él. Además, la administración Trump ignoró por completo las órdenes judiciales de abandonar tal o cual proyecto. Por ejemplo, el Departamento de Seguridad Nacional deportó a personas antes de cualquier audiencia.

Las redadas contra migrantes se convirtieron en un espectáculo televisivo. Cada noche, las noticias se llenaban de imágenes impactantes de redadas de migrantes en sus hogares o lugares de trabajo. Luego vinieron los asesinatos a sangre fría en Minneapolis. Estas acciones, orquestadas como una campaña televisiva, fueron diseñadas para aterrorizar a quienes no estaban siendo detenidos. A pesar del carácter sensacionalista de estas redadas, todavía hay casi 15 millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos: quienes trabajan en la agricultura en California u otros estados del oeste, en pequeños comercios en Chicago y el Medio Oeste, y en las fábricas de automóviles asiáticos en el sur. La importancia de estas deportaciones no radica en su gran número. De hecho, Obama deportó a un ritmo mayor que Trump, pero Trump lo convirtió en un espectáculo.

Trump hizo una actuación de equilibrista. Difundió las imágenes de las redadas para satisfacer el deseo de su base electoral de deshacerse de los extranjeros que "le quitan el trabajo a los americanos". Sin embargo, la economía sólo funciona gracias al trabajo de millones de inmigrantes, lo que limita su margen de maniobra. Trump cedió un poco después del fiasco de Minneapolis, pero siempre dió la impresión de saber hasta dónde podía llegar. Hasta ahora, la burguesía estadounidense ha dado pocos indicios de que pueda poner fin a los actos de Trump, porque sus métodos han funcionado bastante bien para ella.

El problema del ICE, la policía de inmigración, va más allá de los inmigrantes a los que sigue deteniendo hoy en día. En teoría, las fuerzas armadas tienen prohibido operar en territorio nacional, aunque lo hayan hecho en el pasado, por ejemplo, al reprimir una manifestación de veteranos desempleados en 1932 y durante los disturbios urbanos de 1967. Al enviar agentes del ICE a las ciudades a su antojo, sin ninguna justificación legal, Trump ha creado precedentes que podrían ser útiles en caso de disturbios sociales. Al construir una nueva red de centros de detención en todo el país, con un flagrante desprecio por los derechos civiles, Trump está mostrando el rumbo que está tomando nuestra sociedad.

Lo que presenciamos hoy no es fascismo, un término que a menudo se usa de forma indebida. Ni siquiera es comparable, a estas alturas, a la represión de la era McCarthy, cuando muchas personas fueron encarceladas, perdieron sus empleos, sus subsidios, sus amigos, su ciudadanía estadounidense, e incluso les arrebataron a sus hijos debido a su activismo o al de sus hijos adultos. Algunos fueron asesinados.

Pero el autoritarismo actual, cualquiera que sea la forma que adopte en el futuro, se está fortaleciendo y podría intensificarse. Trump se ha arrogado poderes que antes ostentaban presidentes en tiempos de guerra, dejando su propia impronta al publicar sus mensajes nocturnos en Truth Social, una red social donde la verdad (truth) escasea, pero donde proliferan las amenazas de violencia y persecución legal.

Hasta ahora, todo se ha mantenido, más o menos, dentro de los límites de la ley. Esto no ha impedido que Trump haga declaraciones que podrían interpretarse como llamamientos a cometer actos violentos por parte de algunos de sus seguidores, como los que irrumpieron en el Capitolio el 6 de enero de 2021. Marjorie Taylor Green, antigua ferviente seguidora de Trump, se ha encontrado así en el punto de mira de sus diatribas: esta política reaccionaria, a la que el presidente ha tachado de desleal, ahora teme por su seguridad y la de su familia.

¿Del resentimiento a la movilización popular?

Desde el verano, los demócratas han intentado capitalizar el descontento popular con Trump. Organizaron una jornada de protestas en ciudades de todos los tamaños, incluso en las más pequeñas. El objetivo era canalizar la ira pública hacia Trump, limitándola a su supuesto intento de instaurarse como dictador. Si bien muchos manifestantes enarbolaban pancartas de diversos tipos, su lema común era: "No Kings !" :"¡No a los reyes!".

Cabe destacar que ninguna pancarta ni cartel lucía los colores del Partido Demócrata. Miembros conocidos del partido no querían ser vistos como organizadores. ¿Era esta una estrategia de los demócratas para movilizar a los votantes contra Trump, en un momento en que el apoyo popular a los demócratas era incluso menor que la popularidad de Trump en las encuestas? Quizás.

El resentimiento popular contra Trump se manifestó en las elecciones de noviembre, aunque a menor escala, en las elecciones locales. Un resultado en particular acaparó la atención de los medios de comunicación y agitó a la izquierda: los candidatos que se autodenominaban Democrátas Socialistas de América (DSA) ganaron las alcaldías de Nueva York y Seattle. Sea lo que fuera lo que querían decir con esa etiqueta, hicieron campaña como demócratas y se alinearon con las políticas de otros alcaldes demócratas de izquierda. Pero este resultado bastó para desatar una avalancha de críticas feroces por parte de Trump sobre esta supuesta amenaza comunista, hasta que Mamdani visitó la Casa Blanca cortejando a Trump.

Finalmente, la base electoral de Trump parece estar agrietándose. El detonante, para los partidarios del movimiento MAGA (Make America Great Again), fueron las maniobras de Trump para impedir la publicación de los archivos de Epstein. Han surgido otros problemas, principalmente su negativa a renovar los subvenciones para el seguro médico y la extensión de Medicaid, una ayuda financiera vital para los servicios médicos de las personas con ingresos bajos. Los recortes a la sanidad pública afectan de manera desproporcionada a los residentes de los estados gobernados por republicanos.

El malestar entre la base electoral de Trump se intensificó cuando sus acciones belicistas en el Caribe chocaron con la tradición aislacionista muy arraigada de las zonas rurales. A pesar de sus promesas de poner fin a las guerras en curso y no iniciar otras nuevas, primero llegó Venezuela, luego Irán. Voces prominentes del movimiento MAGA —entre ellas Steve Bannon, Megyn Kelly, Tucker Carlson, Candace Owens y Joe Rogan— tuvieron dificultades para aceptar estas guerras.

Sin fuentes de información directas en Texas, es difícil obtener una imagen concreta del llamado "juicio antifascista" que tuvo lugar en Fort Worth. Sin embargo, se pueden extraer algunas conclusiones. El Departamento de Justicia afirma que existe una célula antifascista de nueve miembros, recientemente condenados por organizar disturbios, usar armas y explosivos, ayudar a terroristas e intentar asesinar a un policía y a agentes en el centro de detención del ICE en Prairieland. Otros siete se declararon culpables el año pasado de cargos menores como brindar apoyo material a terroristas y testificaron en el juicio. Uno de los condenados, que aparentemente portaba un arma de fuego registrada legalmente —algo que no sorprende en Texas—, disparó contra los agentes, pero todos, excepto uno, fueron acusados de los mismos delitos.

¿Hasta qué punto afirmaban ser antifascistas? De hecho, hay jóvenes y mayores que creen poder frenar por sí solos el ascenso de las bandas racistas de extrema derecha. Pero este fue principalmente un juicio cuyo objetivo era utilizar todos los medios posibles contra personas que probablemente solo habían cometido una fracción de los actos de los que se les acusaba. Al final del juicio, la fiscal general Pam Bondi (despedida posteriormente por Trump) declaró: «El veredicto de hoy sobre los cargos de terrorismo no será el último». Trump dijo: «Nos estamos deshaciendo de la izquierda».

Pero la magnitud de las movilizaciones en Minneapolis fue incomparablemente mayor. No es necesario relatar aquí todos los acontecimientos, que se desarrollaron a lo largo de meses. Demuestran, sobre todo, la rapidez con la que la gente puede organizarse. Vimos, en particular, cómo utilizaron las organizaciones a las que ya pertenecían: asociaciones vecinales o profesionales, iglesias, sindicatos, clubes de lectura o grupos de jardinería, clases de todo tipo, grupos de trabajo, etc. Su acción fue posible porque habían decidido actuar. Por cierto, utilizaron internet y las redes sociales, pero lo que les abrió posibilidades fue todo lo que habían hecho antes de que comenzara el movimiento: las conexiones humanas que habían forjado, sus actividades compartidas; en otras palabras, sus redes. Lo que también les permitió pasar a la acción tan rápidamente fue, sin duda, la experiencia que muchos habían adquirido durante el movimiento tras la muerte de George Floyd, asesinado por un policía en Minneapolis en mayo de 2020.

No hubo soviet, ni mucho menos. Quienes se organizaron, aunque eran principalmente trabajadores, no plantearon el problema desde una perspectiva obrera. Pero la existencia de esta organización es lo que distingue los sucesos de Minneapolis de lo ocurrido anteriormente en Los Ángeles o Chicago.

Habíamos previsto en parte la situación actual. Pero solo en parte. En la práctica, entramos en una situación que ninguno de nosotros ha vivido jamás. Razón de más para estudiar —como algunos hicimos aprovechando el confinamiento durante la pandemia de la COVID las experiencias de quienes nos precedieron.

23 de marzo de 2026